El último y el primero:
rincón para el sol más grande, sepultura de esta vida donde tus ojos no caben.
Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.
Por el olivo lo quiero,
lo persigo por la calle, se sume por los rincones donde se sumen los árboles.
Se ahonda y hace más honda
la intensidad de mi sangre.
Los olivos moribundos
florecen en todo el aire y los muchachos se quedan cercanos y agonizantes.
Carne de mi movimiento,
huesos de ritmos mortales: me muero por respirar sobre vuestros ademanes.
Corazón que entre dos piedras
ansiosas de machacarte, de tanto querer te ahogas como un mar entre dos mares. De tanto querer me ahogo, y no me es posible ahogarme.
Beso que viene rodando
desde el principio del mundo a mi boca por tus labios. Beso que va a un porvenir, boca como un doble astro que entre los astros palpita por tantos besos parados, por tantas bocas cerradas sin un beso solitario.
¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?
Tu pelo donde lo negro
ha sufrido las edades de la negrura más firme, y la más emocionante: tu secular pelo negro recorro hasta remontarme a la negrura primera de tus ojos y tus padres, al rincón de pelo denso donde relampagueaste.
Como un rincón solitario
allí el hombre brota y arde.
Ay, el rincón de tu vientre;
el callejón de tu carne: el callejón sin salida donde agonicé una tarde.
La pólvora y el amor
marchan sobre las ciudades deslumbrando, removiendo la población de la sangre.
El naranjo sabe a vida
y el olivo a tiempo sabe. Y entre el clamor de los dos mis pasiones se debaten.
El último y el primero:
rincón donde algún cadáver siente el arrullo del mundo de los amorosos cauces.
Siesta que ha entenebrecido
el sol de las humedades.
Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.
Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, nadie. |
Lírica y prosa de un polígrafo, de los autores de todos los tiempos, artes, filosofía, ciencia y mucho más... Levantarse como un taumaturgo resuelto a poblar su jornada de milagros, y caer de nuevo en la cama para rumiar hasta la noche penas de amor y de dinero…
martes, 7 de julio de 2020
Fue una alegría de una sola vez, de esas que no son nunca más iguales. El corazón, lleno de historias tristes, fue arrebatado por las claridades. Fue una alegría como la mañana, que puso azul el corazón, y grande, más comunicativo su latido, más esbelta su cumbre aleteante. Fue una alegría que dolió de tanto encenderse, reírse, dilatarse. Una mujer y yo la recogimos desde un niño rodado de su carne. Fue una alegría en el amanecer más virginal de todas las verdades. Se inflamaban los gallos, y callaron atravesados por su misma sangre. 21 Fue la primera vez de la alegría la sola vez de su total imagen. Las otras alegrías se quedaron como granos de arena ante los mares. Fue una alegría para siempre sola, para siempre dorada, destellante. Pero es una tristeza para siempre, porque apenas nacida fue a enterrarse.
lunes, 6 de julio de 2020
El último rincón
mÁS POEMAS DE MIGUEL HERNÁNDEZ
sábado, 4 de julio de 2020
QUISIERA ESTA TARDE
Quisiera esta tarde divina de octubre pasear por la orilla lejana del mar; que la arena de oro, y las aguas verdes, y los cielos puros me vieran pasar. Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, como una romana, para concordar con las grandes olas, y las rocas muertas y las anchas playas que ciñen el mar. Con el paso lento, y los ojos fríos y la boca muda, dejarme llevar; ver cómo se rompen las olas azules contra los granitos y no parpadear; ver cómo las aves rapaces se comen los peces pequeños y no despertar; pensar que pudieran las frágiles barcas hundirse en las aguas y no suspirar; ver que se adelanta, la garganta al aire, el hombre más bello, no desear amar... Perder la mirada, distraídamente, perderla y que nunca la vuelva a encontrar; Y, figura erguida, entre cielo y playa, sentirme el olvido perenne del mar.
Alfonsina Storni
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