miércoles, 9 de marzo de 2022

La salamandra - (Morris West) - Fragmento

 En la Italia de los setenta, el general Pantaleone es asesinado. En el lugar del crimen, que las autoridades hacen pasar por suicidio, aparece una tarjeta con el símbolo de la salamandra. El coronel Matucci de la inteligencia italiana se hace cargo del caso, descubriendo tras la trama un proyecto de golpe de Estado que abandera su propio Director. Tras enredarse en una relación con Lili, la amante polaca del general asesinado, Matucci entra en contacto con la propia Salamandra, que resulta ser un enigmático y próspero industrial.


LIBRO TERCERO 

Hemos cambiado todo eso. Molière: Le Médicin malgré lui 

Me desperté, o soñé que me despertaba, en una absoluta oscuridad y silencio. Estaba, o soñaba que estaba, flotando en un espacio indeterminado de un continuo sin tiempo. No estaba triste; no estaba contento; no me dolía nada; simplemente, estaba. Al principio aquello era bastante: el flotar, el soñar y el simple ser. Luego comencé a sentirme intranquilo, al principio, levemente, luego de forma más y más aguda. Faltaba algo. No lo podía definir mejor. No podía definir nada. Mi mente era un remolino de niebla. Estaba tanteando, sin manos, en la nada. La niebla se disipó lentamente en remolinos y corrientes. Poco a poco, y de forma intermitente, comencé a recoger las dispersas partes de mí mismo. Mi pulgar encontró las yemas de los otros dedos. Mi lengua halló el paladar. Mis párpados parpadearon. En algún sitio, entre la niebla, mis pies se rozaron el uno al otro. Al cabo, las partes se convirtieron en un todo y me di cuenta de que mi cuerpo y yo seguíamos juntos. Fui capaz de alzar mi mano, ambas manos, y pasarlas sobre mi rostro, hombros, pecho, vientre y genitales. Allí estaba, desnudo y yaciente sobre una superficie dura y plana, cálida al tacto. Entonces, el pánico me invadió. Estaba enterrado en vida. Estaba ciego. Estaba mudo. Estaba sordo. Cuando gritaba, ningún sonido salía de mi garganta agrietada y constreñida. Comencé a sudar de terror y tomé la posición fetal, acurrucándome para escapar al horror de la nada. El pánico subía y bajaba, incesantemente, como olas en una playa, pero lenta, lentamente, fue disminuyendo hasta ser una superficie algo rizada, constante, hostil, pero, por suerte, ya no enloquecedora. La niebla de mi mente era ahora una masa de tentáculos y telas de araña, pero al menos sabía que tenía una mente y que, de alguna manera, debía comenzar a usarla. Primero ordené a mi cuerpo que se distendiera; y trabajosamente, mi cuerpo obedeció. Luego pedí a mis dedos que exploraran el ambiente inmediato. La losa sobre la que yacía parecía al tacto mármol o piedra lisa. Terminaba a algunos centímetros a cada lado de mi cuerpo y, por encima y alrededor, había un espacio vacío. Abajo, mis dedos hallaron un suelo no pavimentado, áspero al tacto. El suelo era más frío que la losa. No sabía hasta dónde se extendía. Pero ya me bastaba con haber hallado un asidero a la realidad. Ahora, tenía que hacer una investigación de mi yo íntimo, buscando agarraderos en el tiempo y recuerdos. Esto era más difícil. Dentro de mi cráneo había un caleidoscopio que creaba formas, las fragmentaba, las reagrupaba y las disolvía en un fluido monocromo. Fui alzado por una ola de pánico, dejado caer en la desesperación, giré una y otra vez sobre mí mismo arrastrado por una corriente profunda, y floté libre de nuevo. Al fin se formó una imagen, quedó un recuerdo firme: una mujer caminando a través de una nube de palomas, un hombre con un jersey verde sentado en una mesa, contemplándola. Podía seguir adelante, podía volver atrás. De pronto estuve llorando en silencio en la oscuridad. Las lágrimas eran buenas. Caían como aceite en las aguas del pánico. Cuando se hubieron acabado, supe que aún seguía siendo un hombre. Sabía, y sabía que sabía, lo que me había sucedido y lo que me sucedería muy pronto. Si uno camina por los museos del mundo encontrará una variedad de instrumentos de tortura: potros, aplastadedos, látigos con garfios en las puntas, damas de hierro, tenazas, hierros de marcar, máquinas para descargas eléctricas. Pero nunca verá los instrumentos más potentes de todos. Son la oscuridad y el silencio. Cada uno de ellos es una ausencia, una negación. La oscuridad es la negación de la luz. El silencio la negación del sonido. El mal, dijo santo Tomás de Aquino, es una ausencia de bien. Mi homónimo, Dante Alighieri, escribió un poema acerca del infierno que se ha convertido en uno de los clásicos mundiales. Yo puedo atestiguar ahora que no sabía de lo que hablaba. El infierno no es nada más que una habitación oscura y silenciosa. La condenación es ser encerrado dentro... solo. Por favor, déjenme explicarme. Me resulta necesario. Y si llega el día de los tiranos, quizá también sea necesario para ustedes el comprenderlo. ¿Conocen la palabra parámetro? Mucha gente la usa, muy pocos comprenden su significado o su importancia. El diccionario la define como: «Cantidad sujeta a determinarse satisfaciendo ciertos valores condicionales.» Admítanlo: la definición les dice poco, o nada, a ustedes. Pero supongan que una noche se van a dormir y que cuando se despiertan por la mañana el campanario o el abeto que siempre se ha visto por su ventana, ya no está allí. Supónganse que abrieran la puerta de su cocina y se encontrasen, por el contrario, en un jardín de rosas. Las constantes de su vida habrían desaparecido. Estarían perdidos. Ustedes dirán: no sé dónde estoy. Si los cambios continuaban día tras día, se convertirían en víctimas de su falta de continuidad. Acabarían diciendo: no sé quién soy. Pero supongan... supongan que, repentinamente, todas las constantes han desaparecido: el campanario, la cocina, el amanecer, el anochecer, el sol, la luna y las estrellas e incluso la luz... Supongan que también desaparece lo que no es constante: los coches de la calle, las palomas en el huerto de coles, el grifo que gotea, las nubes que pasan, el viento, el sonido de la lluvia, las voces humanas que se oyen a lo lejos... Entonces, uno se halla condenado y más allá de toda posible redención. Esto es lo que pasa cuando uno encierra a un hombre dentro de una habitación oscura y silenciosa, y se olvida de él. No tiene nada con lo que pueda medirse excepto los confines del suelo, y la monotonía de esta medición ayuda a volverlo loco. No tiene sentido de la altura, ni sentido del tiempo. Está aislado de su pasado. No tiene esperanza de futuro. Su presente es oscuridad y silencio. No puede divertirse con las cosas más diminutas: una mosca que zumba contra un cristal, una hormiga corriendo por el suelo, las motas de polvo en un rayo de sol. Sus únicos puntos de referencia son los contornos de su cuerpo, los contornos fijos de las paredes, el suelo y el lugar en que duerme, y el pequeño mundo de la memoria dentro de su propio cráneo. Y eso no basta, ni con mucho, para mantenerle cuerdo. Puedo decirles lo que sucede porque me pasó. Planearon que me pasase. Fue imaginado, y realizado como la más sutil venganza que ningún hombre pueda llevar a cabo contra otro... uno está solo en aquella nada oscura y silenciosa. Se dice a sí mismo: sé quién soy.. Sé lo que estáis tratando de hacerme. No os dejaré lograrlo. Me retiraré dentro de mi cráneo y viviré allí, alimentándome de recuerdos, esperanzas, fe y amor, el capital de toda una vida. Me aterraré a los hechos que conozco: esta nada es, en realidad, un algo; fuera de aquí hay humanos, animales y cosas sólidas y tangibles. Sé que tendrán que alimentarme o al menos dejarme algo para beber. Esta perpetua quietud es tan imposible como el movimiento perpetuo. Algo tiene que ceder en algún momento. De lo contrario, ¿por qué iban a tomarse todas estas molestias para atormentarme? Alguien vendrá, aunque sólo sea para disfrutar viéndome. De otro modo, hubiera sido más simple pegarme un tiro y echarme a un foso. ¡Je, je, je! Todo es ilusión. Nadie viene. El silencio y la oscuridad permanecen inalterables. Uno descubre, en su primer recorrido de las paredes, que han dejado tres recipientes de plástico con agua, lo bastante como para mantenerlo a uno con vida durante mucho, mucho tiempo. También descubre otras cosas. El mundo del interior del cráneo se torna rápidamente confuso. Uno busca un recuerdo y se encuentra con otro. Las imágenes pasan y uno no puede enfocarlas. Uno se apoya en la esperanza y se hunde en una desesperación sollozante. Trata de rezar y se encuentra maldiciendo. Recita poemas y de pronto está balbuceando sinsentidos. Tras tres días, aunque hace bastante que se ha olvidado del tiempo, uno está sumido en una alucinación constante y, aunque entrase alguien, no sabría si era real o no. Ésa es la trampa, ¿comprenden? Entra, pero uno no lo sabe. Lo alzan del suelo y le inyectan barbitúricos para que continúe la alucinación. Le echan unas gotas de glucosa en la sangre para mantenerlo a uno con vida, y le alimentan a uno con nuevos temores que lo llevan más y más cerca del precipicio de la locura permanente. Luego me enteré de que estuve allí durante quince días. Cuando me sacaron, me quedé ciego durante un tiempo, y mudo y atáxico, caminando tambaleante como un animal, barbudo y sucio por mis propios excrementos. Me colocaron bajo un sueño profundo con sedantes durante cuarenta y ocho horas, y cuando desperté, estuve seguro de que había muerto y llegado, por algún error cósmico, al Paraíso. 



 El abogado del diablo


Morris West murió mientras trabajaba en su escritorio sobre los capítulos finales de su novela La última confesión, sobre el juicio y la prisión de Giordano Bruno, quien fue quemado en la pira por herejía en 1600. Bruno fue una figura por quien West sintió una gran simpatía e incluso identificación. En 1969 había publicado una obra de teatro titulada El hereje, sobre el mismo tema.

Un tema mayor al que la obra de West se refirió fue si era moralmente aceptable responder con violencia cuando las organizaciones oponentes utilizan extrema violencia con fines perversos.


El momento Ricœur* - Fragmento

 Durante mucho tiempo el diálogo entre filosofía e historia fue un diálogo de sordos, sobre todo en Francia donde los historiadores, orgullosos de su profesión, enfocaron su mirada para el lado de las “hermanas” ciencias sociales más que para el de la filosofía, que no generaba más que desaprobación, basada en el rechazo de toda filosofía de la historia, y desconfianza debido a la posición dominante ocupada tradicionalmente por la filosofía, que en su campo siempre ha sido amo y señor. 

Sin embargo, se presenta la oportunidad de un cambio en esta relación gracias a cierto número de factores novedosos. En primer lugar, la crisis de la historicidad (crisis del futuro) que atraviesa un mundo occidental lánguido, carente de proyecto y a menudo reducido a una compulsión de repetición bajo la forma de una verdadera fiebre conmemorativa. En segundo lugar, la consulta cada vez más insistente a los historiadores de parte de una sociedad que tiene tendencia a confundir los roles del testigo, del experto, del juez y del historiador; este último experimenta una imperiosa necesidad de clarificación. Asimismo, con la pérdida del valor estructurante de los grandes esquemas de explicación históricos que son el funcionalismo, el estructuralismo, el marxismo y todos los ismos que tenían tendencia a erigirse como lecturas de lo real, vino el tiempo de las dudas y de la posible entrada del historiador en una era reflexiva, la de la interrogación sobre el significado de la operación historiográfica. Es en estas circunstancias favorables que la obra maestra de Ricœur, La memoria, la historia, el olvido (1), aparece como un hito significativo por la sorpresa que suscita este meteorito caído en el territorio del historiador y por la respuesta esclarecedora que ofrece para las exigencias del momento.


https://www.academia.edu/38373077/Traducci%C3%B3n_de_El_momento_Ric%C5%93ur_de_Fran%C3%A7ois_Dosse

martes, 8 de marzo de 2022

TORRES GIRALDO IGNACIO - LOS INCONFORMES HISTORIA DE LA REBELDIA DE LAS MASAS EN COLOMBIA

 Esta no es, evidentemente, la Historia de Colombia en su sentido literal. Tampoco es la historia exhaustiva de todos los movimientos de rebeldía popular contra el orden social de la Colonia y la República. Es una parte de todo eso. Una parte de la historia de la comunidad nacional colombiana que se forja en el espacio de tres siglos, que adquiere conciencia de su ser y se rebela contra el dominio del imperio feudal y militar de España; una parte de la historia de la sociedad de clases que, retrasada y desfigurada, crece en el paisaje del hemisferio occidental a semejanza de todas las naciones que tuvieron su origen en la conquista ibérica. Es, sobre los trazos del lento desarrollo histórico, el reflejo fiel de una sociedad que llega al escenario de la vida moderna desde la remota entraña del siervo indígena, el esclavo africano y el colono español, con sus masas laboriosas inconformes como fuerza principal de su progreso.

Proyectar este reflejo fiel no significa, rigurosamente, que la presente Historia de la rebeldía de las masas en Colombia, deba tener, en gracia de inventario, los datos y relatos de todos los hechos relacionados con el tema. Es obvio que una estadística de tal naturaleza no solo sería imposible de obtenerse, prácticamente, sino que, además de monótona, sería también fundamentalmente inútil. Lo importante, en nuestra tarea, no consiste en acumular demasiado material de carácter informativo, sino en saber elaborar con el método del análisis, a la luz de la crítica, aquellos hechos que, por las condiciones históricas en que se produjeron, sean de por sí suficientes para caracterizar y expresar la realidad de las etapas, períodos y momentos que debamos presentar al juicio del lector. Lo dicho quiere decir, de paso, que no aspiramos a deslumbrar a ninguna modesta persona del común con alardes de erudición ni con maquillajes académicos, entre otros motivos por el muy importante de que aspiramos a escribir, precisamente, para las gentes del común. Naturalmente, trabajamos sobre documentos, sobre materiales escritos; sobre datos dispersos en libros, revistas, periódicos y archivos que unidos forman el historial colombiano, de cuyo alud debemos extraer, examinar, ordenar y en parte transcribir lo que sea estrictamente necesario. Pero lo esencial, lo que puede en realidad constituir un aporte al conocimiento de la historia, es la interpretación, el juicio crítico en la relación de causa y efecto: el sentido realmente histórico de los hechos como expresión de los procesos que se operan en las comunidades nacionales y en el fondo de las relaciones sociales. La historia no consiste únicamente en narrar los sucesos con más o menos resplandores de su propia vida. La historia es mucho más que los hechos en sí, es más que los factores también en sí, que hacen posibles los hechos, es decir, más que objetividad es también esencia subjetiva. Para proyectar la historia como realidad se requiere el conocimiento de las leyes del movimiento y de la naturaleza de las fuerzas que las constituyen; se requiere el conocimiento de los cauces sobre los cuales se opera el desarrollo histórico de la sociedad, esto es, el conocimiento de la dinámica social que impulsa el progreso de los agregados humanos. En este plano, los hechos tienen la superior virtud de revelar esas fuerzas, de expresar la dimensión de los factores en acción, de indicar su ruta y sus mudables contenidos y formas.

La mujer en la Rusia soviética - T. SEREBRENNIKOV

 En este folleto nos proponemos contar algunas cosas sobre la mujer en la Unión Soviética. Actualmente todo el pueblo soviético sostiene una guerra patria contra los invasores germano fascistas. En esta dura lucha, la mujer soviética desempeña una importante y honrosa tarea.

Duro era el destino de la mujer en la Rusia zarista. Por unos míseros céntimos la mujer se veía obligada a trabajar en los talleres y fábricas 12 y 13 horas diarias en durísimas e insoportables condiciones. Estaba privada de todo derecho y en continua zozobra por su porvenir. Por temor a ser despedida, la mujer frecuentemente ocultaba su preñez y daba a luz en el mismo taller, junto al banco de trabajo, volviendo al día siguiente a éste. En el centro del país, en Moscú, más de una tercera parte de los hijos de familias obreras morían antes de llegar a tener un año. A la edad de 30-40 años, la mujer obrera era ya una inválida. La vida de la campesina era más dura aún: el trabajo agotador de sol a sol, los constantes reproches y palizas del amo y del marido, el analfabetismo; todo esto reducía a la mujer campesina a la condición de esclava.

La Revolución de Octubre de 1917 en Rusia entregó el Poder a los Soviets de Diputados Obreros y campesinos. Los obreros y campesinos crearon su propio Estado. E1 Poder Soviético cambió radicalmente la vida de la mujer: la libró de la servidumbre y le concedió los derechos que corresponden a todo ser libre, la incorporó a la vida activa, a la edificación estatal y económica del país. La mujer soviética obtuvo la libertad e igualdad de derechos.

"Para nosotras no puede haber otra vida -dicen las obreras del heroico Leningrado-, que la vida del ser libre. Esta libertad nos la ha dado nuestra Patria libre, que nos sacó de la miseria y de la mayor desigualdad; y nosotras estamos dispuestas a cualquier sacrificio para defenderla contra la vil agresión".

En estas vigorosas palabras resuena la voz de millones de mujeres soviéticas que se alzaron en defensa de su tierra, en defensa de las grandes conquistas de la Rusia Soviética.

Dicen que no hablan las plantas - Rosalía de Castro

 

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

El museo pictórico, y escala óptica: Práctica de la pintura Escrito por Antonio Palomino de Castro y Velasco