viernes, 20 de agosto de 2021

Sobre E.M. Cioran - Por Fernando Savater

 ¿Cuáles son los derechos de la desesperanza? ¿Puede edificarse un discurso atareado en negarlo todo y en negarse, en desmentir sus prestigios, su fundamento y su alcance, su verosimilitud misma? ¿No es el escribir una tarea afirmativa siempre, de un modo u otro, apologética incluso en la mayoría de los casos? ¿Cómo se compagina la escritura con la demolición radical, que nada respeta ni propone en lugar de lo demolido, que no se reclama de tal o cual tendencia, ni quisiera ver triunfante cosa alguna sobre las borradas ruinas de las anteriores; cómo se compagina el texto con las lágrimas, las palabras con los suspiros, el discurso racional con el punto de vista de la piedra o de la planta? ¿Es concebible un pensamiento que se ve a sí mismo como una empresa imposible o ridícula, inevitablemente falaz en el justo momento de reconocerse su verdad? Estas son algunas de las más urgentes preguntas que se plantean al hilo de la lectura de Samuel Beckett o de E. M. Cioran. La respuesta no puede venir de un exterior que las obras de esos autores niegan: es preciso volver al interior del texto mismo, reincidir en la pregunta, convencerse de que dentro tampoco hay nada. Leer a Beckett o a Cioran es reasumir, una y otra vez, la experiencia de la vaciedad. Lo que hay que decir es que siempre se dice demasiado: «tout langage est un écart de langage» (Beckett). La multiplicidad de los discursos, informativos o edificantes, persuasivos, entusiasmados o curiosos, tiene algo de nauseabundo. El hombre es un animal ávido de creencias, de seguridades, de paliativos, y consigue todo eso merced al lenguaje. Pero sus creencias son deleznables, sus seguridades ilusorias, sus paliativos risibles: ¿por qué no decirlo así? Una vez que por azar o improbable ejercicio se ha conquistado la lucidez, la condición enemiga de las palabras, nada puede ya decirse, excepto lo que revele la oquedad del lenguaje de los otros, frente al que el discurso del escéptico es pleno, pues asume su vacío como contenido, mientras que los demás discursos, pretendidamente llenos de sustancia, se edifican sobre la ignorancia de su hueco. Pero, ¿qué propósito puede tener proclamar la inanidad que acecha tras las palabras, salvo excluir al escéptico de la condición de engañado, de drogado por el humo verbal, excluirle de la condición humana, en suma? Por encima o por debajo de los hombres, quien conoce la mentira de las palabras y su promesa nunca puede volver a contarse entre ellos. Será una roca que no se ignora, un árbol que se sospecha o un dios consciente de que no existe: un hombre, jamás.

Asno de oro - Lucio Apuleyo

 "En este momento llegaron los ladrones, cargados de botín, después de haber sostenido yo no sé que rudo combate. Dejaron en casa los heridos, para curarles y algunos de los más intrépidos partieron nuevamente, para traer el resto de su captura, oculto, según decían en una cueva. Despachan a escape la comida y nos llevan a mi caballo y a mí en busca de estos objetos. no ahorraron los palos, y después de la mas pesada carrera a través de montañosos y escarpados caminos y vericuetos llegamos, por la tarde, a una caverna de donde sacaron mil objetos distintos. Nos cargaron a más y mejor, y sin dejarnos resollar un momento, emprendimos la vuelta al galope. Era tal su impaciencia y su apresuramiento, que dejando caer sobre mis costillas  una granizada de palos, me empujaron hacia una roca, desde la cual me despeñe. Ellos continuaron martirizándome , y a pesar del tremendo dolor que sentía en la pierna derecha y en el casco de la pata izquierda, me obligaron a levantarme penosamente. Uno de ellos empezó a chillar: "¿Hasta cuándo hemos de mantener sin provecho este mal rucio lleno de alifafes y que, por añadidura, ahora empieza a cojear?" Otro decía: "Con seguridad que desde que tuvimos la mala pata de llevarlo a casa, no hemos hecho una sola captura lucrativa. Por el contrario, nuestros mas valientes compañeros han sido muertos o heridos" Un tercero añadió: Lo que yo os aseguro cuando la haya llevado a casa, con toda la mala gana que en ello emplea, este bagaje, no tardare un minuto en precipitarlo de lo alto de la montaña al valle; será excelente provisión para los buitres" Mientras estos bondadosos bandidos discutían el genero de muerte que me aplicarían, llegamos a casa, por que el miedo había cambiado mis cascos en alas. Nos quitaban con presteza la carga y sin preocuparse de nuestra subsistencia ni de mi defunción, se apoderan de lo de sus compañeros heridos y empiezan sus continuos viajes, para traerlo todo ellos solos. Tanto les aburría, decían, mi lentitud. "




https://es.wikipedia.org/wiki/Las_metamorfosis_(Apuleyo)