domingo, 31 de enero de 2021

 Me hacía sonreír la idea de que mi interior era (en ese momento) una cámara oscura, más bien un estanque negro del que saltaban formas que se dirigían a mí, un surtidor negro porque así lo visualizaba; era consciente de que aún no disponía de los medios suficientes, del poder necesario, para percibir las cosas con mayor claridad; me llegaba la idea de que si me esforzaba un poco podría saber algo que ya estaba listo a entregarse y que sólo requería de un mínimo esfuerzo: la sensación de que podía (un resplandor) pasar a otro estrato, un plano en el que no había ni altas ni bajas, ni cimas ni depresiones, ni climas ni turbulencias, sólo un perenne estado de exaltación contenida que se desbordaba con lentitud delectante como espuma de luz y fecundaba el contorno, nostalgia profundísima de un pasado que rebasaba los seis años, mi vida entera: un estadio de existencia en el que siempre estoy, del que nunca salgo, aquí es donde sueño que vivo y a donde regreso al despertar, la verdadera realidad en la que ahora estamos tú y yo, de la mano a través del tiempo y el espacio; me llenaba la sensación gozosa aunque vaga, informe, de que estaba formado por un centro que pertenecía a algo más vasto, una maquinaria inmensa, naturaleza infinita, un todo que se autorregulaba, del cual se desprendían los círculos fibrosos de existencia, distintos planos de acontecer, simultáneos por su condición ilusoria y a la vez terriblemente concreta, carreteras de telaraña y sistema solar..., y esa muchacha de cuerpo nirvánico, de cachondeces majescas, de buenez fulminante, que resultó llamarse Consuelo, encarnaba una vieja compañera de la eternidad, una aliada cuya corporalidad presente era una verdadera prueba y también señal en la carretera: me hallaba cerca de recordarme y ella había llegado a esa esquina de mi vida en el momento exacto...


JOSÉ AGUSTÍN

 “Has pronunciado las palabras como si no reconocieras la existencia del mal y de las sombras. Por qué no eres un poco amable y te detienes a pensar en lo siguiente:¿qué haría tu bien si no existiera el mal y qué aspecto tendría la tierra si desaparecieran las sombras? Los hombres y los objetos producen sombras. Esta es la sombra de mi espada. También hay sombras de árboles y seres vivos. ¿No querrás raspar toda la tierra, arrancar los árboles y todo lo vivo para gozar de la luz desnuda? Eres un necio”



Mijaíl Bulgákov - El maestro y Margarita

viernes, 29 de enero de 2021

Hace años que he adquirido y leído el libro de Harry Cobdan y Cabell,
Los hijos de Satán, pero ignoro por qué razón había dejado una parte de los
apéndices sin leer y sin siquiera meter la plegadora en los folios. Tiene que
haber alguna razón, ya que en estos libros que tratan de demonios es muy
difícil que algo pase por casualidad. Y ahora releo todo el libro, con todos
los apéndices, y encuentro que uno de ellos trata de la potencia marítima de
Satanás y de su flota mercante, la cual tuvo su máximo momento de
esplendor en los grandes días de la trata en el siglo XVIII. Era jefe de las
naves militares y mercantes de Satán un demonio que se hacía pasar por
holandés y llegó a tener relaciones con los grandes jefes de la revolución
americana, especialmente con Jefferson, al que más de una vez parece haber
sacado de apuros económicos. Jefferson lo conocía como marino holandés,
que no como demonio, e ignoraba que aquel pequeño, gordo y rubicundo
capitán Lutfson era un príncipe muy importante en el Infierno, domador de
ballenas y práctico en artillería como si hubiera leído el tratado de
pirotecnia del Biringucho, llamado Babel. La flota militar que mandaba el
almirante Babel estaba compuesta por una nave capitana, «construida como
el Arca de Noé, pero de menor tamaño», y por setenta bestias marinas
capaces de transportar en su lomo cada una setenta demonios desde Lisboa,
o de las costas del África negra, a las costas de América del Norte o del
Brasil en una sola noche.


Fábulas y leyendas de la mar (Álvaro Cunqueiro)

 El humo se vuelve mas y mas denso, lo enmascara todo, ya, y solo veo unas formas blancas que siguen y siguen retorciendose al son cada vez mas frenetico de los tambores, no veo las manos de los tamboreros que vuelan sobre los parches, solo oigo las palmas que tamborean, las yemas de los dedos, sucesion de dorsos, palma, sucesion de dedos, palma, palma, para cambiar el toque, y adivino el movimiento entre el humo densisimo de los cigarros que nos hace invisibles y sin moverme me integro al movimiento, me entrego al humo. Estrella flotando y yo también flotando en dimensión distinta. Son nubes. No es mas el humo de charutos, ahora son nubes que me arropan, me envuelven como velos y yo floto sin el lastre de Estrella y me voy deshilachando en extasis.

Valenzuela Luisa, Cola de lagartija

lunes, 25 de enero de 2021

A GLORIA

 

No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.

Semejante al nocturno peregrino,
mi esperanza inmortal no mira el suelo;
no viendo más que sombra en el camino,
sólo contempla el esplendor del cielo.

Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal y, por lo mismo, impuro.

A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.

Inútil es que con tenaz murmullo
exageres el lance en que me enredo:
yo soy altivo, y el que alienta orgullo
lleva un broquel impenetrable al miedo.

Fiando en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
«El ave canta aunque la rama cruja,
como que sabe lo que son sus alas».

Erguido bajo el golpe en la porfía,
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí; la adversidad podría,
quitarme el triunfo, pero no la gloria.

¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.

El mal es el teatro en cuyo foro
la virtud, esa trágica, descuella;
es la sibila de palabra de oro,
la sombra que hace resaltar la estrella.

¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.

Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!

¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma
crece en la orilla que el oleaje azota.
El mérito es el náufrago del alma:
vivo, se hunde; pero muerto, ¡flota!

¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle!
¡Consuela el corazón del que te ama!
Dios dijo al agua del torrente: ¡bulle!;
y al lirio de la margen: ¡embalsama!

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.

Salvador Díaz Mirón

sábado, 23 de enero de 2021

El mar, el mar.

" Mientras yo causaba la desdicha de mis padres, cuando aprendía en Londres las

artes histriónicas, James era un muchacho modelo en Oxford, donde estudiaba

historia. Por entonces perdí el contacto con él; desapareció la avidez de conocer sus

triunfos y no tenía el menor interés en saber a qué se dedicaba el primo James. Fuera

lo que fuese, no lo terminó a causa de la guerra. Se incorporó a algo llamado Cuerpo

de Fusileros, y así empezó, aunque creo que en aquel momento él no se dio cuenta, su

vida militar. Ahora me resulta muy difícil imaginar a James en otro papel que no sea

el de militar. Su experiencia en la guerra fue bastante interesante, mientras yo hacía

giras, viajando en autobús, a fin de representar a Shakespeare para los mineros del

carbón. Al cabo de un tiempo oí decir que estaba en Dehra Dun, en la India. Yo tenía

mis propios problemas, especialmente mi primer amor y sus secuelas, a lo que

siguieron las escaramuzas iniciales de mi larga guerra con Clement. Más adelante

conocí las principales aventuras de James, el cual escaló varias montañas, se interesó

por el Tíbet, aprendió el tibetano y cruzaba continuamente la frontera tibetana en su

poni. (Su considerable entrenamiento infantil debió de serle útil). Después le

encargaron de una o más misiones como embajador ante algún dirigente tibetano por

no sé qué asunto que tenía que ver con prisioneros de guerra alemanes. Vivió

experiencias pintorescas, pero no creo que jamás haya visto una acción verdadera.

Siempre temí enterarme de que había ganado la Cruz al Valor. Por supuesto, jamás he

dudado de que James sea un valiente, de una manera en que yo, desde luego, no lo

soy."


"Una primera parte es la crónica diarística de un viejo director de teatro

retirado en una casa solitaria frente al mar, cerca de un pequeño pueblo.

Desde la soledad, la visita del pasado se hace inevitable, no sólo a través de

cartas y recuerdos, sino entre visitas y encuentros inesperados. La segunda

parte está escrita en tono de memoria. La historia ha terminado, al menos

para la voz del narrador, el tono es más pausado y, paradójicamente, la

narración más ágil: la comprensión se abre poco a poco. En ese lapso se

han cruzado pasado, presente y futuro; además de los sueños, los posibles y

los imposibles."


Iris Murdoch



jueves, 14 de enero de 2021

LA PEQUEÑA LLAMA

  

Yo siento por la luz un amor de salvaje.
Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge;
¿No será, cada lumbre, un cáliz que recoge
El calor de las almas que pasan en su viaje?

Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,
Lo mismo que las almas taciturnas y buenas.
Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.
Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.

Yo respeto y adoro la luz como si fuera
Una cosa que vive, que siente, que medita,
Un ser que nos contempla transformado en hoguera.

Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado
Una pequeña llama de dulzura infinita
Para tus largas noches de amante desolado.


Juana de Ibarbourou

PROFECÍA

¿A dónde vas tan deprisa
sin desirme ni ¡con Dió!?
Me puedes mirá de frente,
que estoy enterao de tó.
Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hase un mé
y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera en mi caso,
se hubiera echao a llorá,
yo, crusándome de brasos
dije que me daba iguá.
Y ná de pegarme un tiro
ni liarme a mardisiones
ni apedrear con suspiros
los vidrios de tus barcones.
¿Que t'has casao? ¡Buena suerte!
Vive sien años contenta
y a la hora de la muerte,
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los artares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi mare
que no te guardo rencor.
Porque sin sé tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
yo fui quien más t'ha querío,
con eso tengo bastante.


Rafael de León

Zapatos de tacón rojo para mujer linda

 


a Magaly Lara

A los zapatos rojos los colorearon de manzana. Los zapatos rojos se ven bien en el zapatero, en el buró, o abandonados al pie de la cama. Con unos zapatos rojos los pies son importantes. A veces los zapatos rojos piensan. A los zapatos rojos les pusieron chapas por todos lados. Los zapatos rojos saben esperar. Son sinceros. Los zapatos rojos son el corazón de los pies. Los zapatos rojos se parecen a la mujer linda. Los zapatos rojos van bien con un vestido ajustado, o con uno amplio. Los zapatos rojos van bien sin vestido. Son medio gitanos. Son los labios de la sensualidad. Los zapatos de tacón rojos son amigos de los zapatos de tacón negros. Los zapatos rojos desean desnudos a los pies. Los zapatos rojos están pintados de amor. Los zapatos rojos atraen a pequeños minotauros. Son el sueño realizado de los pies. Los zapatos rojos siempre llevan a una bailarina.

 

miércoles, 13 de enero de 2021

POEMA DE INVIERNO

 El Loco decía: Amo la nieve, flor del invierno, tanto como a las rosas de las mañanas tibias y a las espigas de las tardes doradas; amo de ella, en la ciudad, la blancura efímera de sus primeras horas, cuando el manto cándido hace mate la luz del sol, y también cuando convierte en morados misteriosos la negrura de la noche; la amo en el campo, allí eterna su pureza irreprochable. Si miro desde mi ventana cómo bajan los copos a lo largo de invisibles hilos temblorosos, o cómo los arrastra el viento a remolinos sin sentido, el alma se me cuaja de tristeza. Pero si hundo en la nieve los pies, si dejo que ella me azote cara y manos y no evito que resbale a veces entre el vestido y la piel hasta derretírseme en el cuello, en el pecho, en la espalda, la sangre se me rejuvenece entonces y vuelve a mí la alegría de las locas carreras infantiles. Nevado estaba el parque ayer: pequeñas colinas albas subían desde los diminutos albos valles. Nevado estaba y solitario. Y en el corazón de tanto silencio, sobre la blanca sábana de nieve, las líneas quebradas de los árboles daban toda su música a los ojos. Uno que otro grito se oía de súbito, también preciso y rápido como raya negra. Con pies y manos aventé la nieve. Hice bolas para tirar a los árboles. Me senté sobre la nieve amontonada en los bancos. Esculpí figuras rudimentarias. Construí castillos y fuentes fantásticos. Levanté trincheras. Me escondí en cuevas. Echéme a rodar por las pendientes. Abrí la boca para que en ella entrara la nieve y se derritiera. Una bandada de muchachos pasó haciendo cabriolas. Los desafié, y llenos de júbilo guerreamos largo rato. Hubo arrojo y temor; hubo saltos, carreras, encuentros, caídas, sorpresas. Al principio fingieron huir de mí; mas, envalentonados después, acabaron por cercarme y vencerme. Me ahogaban durante la lucha la risa y la fatiga, y reían ellos también a medida que 8 arreciaban sus golpes, más y más certeros. Cuando al fin echaron a correr, tenía yo nieve en los ojos, en las orejas, en la boca, y la sangre me cosquilleaba por todo el cuerpo. ¡Cuánta felicidad! Decían los muchachos: El Loco estaba ayer en el parque mordiendo la nieve y arremetiendo contra los árboles. (Cuentan que lleva largas las barbas y la cabellera, porque con ellas ata a los niños cuando los coge para clavarles las uñas y chuparles la sangre.) Juan nos decía: “Presto hemos de pasar, porque la noche llega.” Y escondidos detrás de un recodo, veíamos al Loco patear de rabia. Tan pronto apilaba la nieve, como la esparcía y aplanaba; o la echaba al viento con pies y manos; o se cubría con ella hasta la cintura... Sin quitar de él los ojos, nos consultamos y nos dimos valor: —Volvamos a la Puerta Grande y sigamos el borde del río. —No. Esperar será mejor. —Si nos persigue, lo atacamos todos. El Loco cavaba hoyos e iba formando con la nieve un gran montón. (Cuentan que en esos hoyos esconde a los niños que mata.) Del montón hizo una cueva, en donde se metió luego. Buen rato estuvimos mirándole la punta de los pies, que dejó afuera; pero de pronto rascó con ellos en la nieve y desaparecieron también. Esperamos… Esperamos… —¡Ahora! —dijo Juan, y corrimos todos. Pero el Loco nos espiaba; surgió de nuevo y se abalanzó a nosotros. Sus barbas eran tan grandes que cerraban todo el camino. La cabellera le nevaba, y con la mano libre de la capa nos disparaba enormes bolas de nieve. (Cuentan que bajo la nieve los guardas del parque hallaron tres niños muertos el otro invierno.) Sobrecogidos de pavor, quisimos correr. Juan gritó: “Todos contra él”, y nos defendimos. A cada golpe certero que le dábamos saltaba furioso y lanzaba alaridos horribles. Si quien acertaba era él, rompía en una risa espantable que todavía nos llena de terror. Lo vencimos al cabo de muchas horas: lo obligamos a refugiarse cerca de un árbol y allí lo golpea9 mos con furia cada vez mayor. El bufaba y gruñía. Doblóse al fin por la cintura y clavó la cabeza en la nieve. Entonces huimos… (Cuentan que en las noches de luna el Loco anda por el parque escarbando la nieve; cuentan que busca los cuerpecitos de los niños cuya sangre ha chupado.) 

Martín Luis Guzmán

"Éxtasis"

Cada rosa gentil ayer nacida,
cada aurora que apunta entre sonrojos,
dejan mi alma en el éxtasis sumida...
¡Nunca se cansan de mirar mis ojos
el perpetuo milagro de la vida!
Años ha que contemplo las estrellas
en las diáfanas noches españolas
y las encuentro cada vez mas bellas.
Años ha que en el mar, conmigo a solas,
de las olas escucho las querellas,
y aun me pasma el prodigio de las olas!
Cada vez hallo la Naturaleza
más sobrenatural, más pura y santa,
Para mí, en rededor, todo es belleza;
y con la misma plenitud me encanta
la boca de la madre cuando reza
que la boca del niño cuando canta.
Quiero ser inmortal, con sed intensa,
porque es maravilloso el panorama
con que nos brinda la creación inmensa;
porque cada lucero me reclama,
diciéndome, al brillar: «Aquí se piensa,
también aquí se lucha, aquí se ama».

Amado Nervo