miércoles, 22 de diciembre de 2021

Rima LXXIII - Gustavo Adolfo Bécquer

 

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil rüidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

?¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

*

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

?¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

*

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

?¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

*

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos...!

* * *

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Sonata in F minor K555

Cada vez me alegra mas la música

no sentir nada mas que las notas

de un violín y dos guitarras

el uno una chica virtuosa joven

el otro un dueto de ancianos 

pueden acallar mis pensamientos

callemos mi musa musical oigamos

las sinfonías de la vida ruidosa

o vastos silencios entre senderos

como cantan las aves y las hojas

que a nuestros pies han de caer

El gorgotear de las aguas rientes

hasta tus pasos tienden un compas

las calles envejecerán hoy también

entre sus alamedas nacerán suspiros

La nieve caerá sobre los ramajes

seremos mas ancianos princesa

pero renacerán las primaveras

trayendo con sus dalias colores

olores refrescantes embriagantes

alguien volverá a tocar sonatinas

de antaño para resucitar los sueños


https://www.youtube.com/watch?v=Hf7F6oRijb0


MP


lunes, 29 de noviembre de 2021

El silencio - Diego Jesús Giménez

 


¿Dónde podré esconderme
si no es ahí, en estas
palabras de amor?
                                    Ante vosotras,
hijas del turbio hospicio
de mi alma -mis dóciles
doncellas-, llora mi desconsuelo.
Yo les escribo
a las pequeñas manchas de tinta
de tus manos, como si fuesen
                                                   cartas que debo
contestar en la noche. Toco el falso
disfraz, el picaporte
de tu oscuro colegio; en él
suena mi vida, discurre
como un río mi vida.
                                       Llega ya el príncipe
de tus libros azules, sobrevuelan las hadas
que te ocultan y encienden. En tu cuello alargado
se oscurecen mis sueños, tus caderas sin nadie
me preguntan; ya llegan
como calientes besos, como nubes lejanas
tus rodillas; me bendice tu sombra
clandestina. ¿Dónde
                                         están tus ojos,
que a todo respondían?
Entonces
eran tus pechos nidos, eran pequeños pájaros
sin vuelo; eran llanuras, pueblos
deshabitados, llaves
de pequeñas iglesias, de alacenas
vacías.
Hoy,
que el deseo se cumple, este
negro silencio de la noche nieva
en el alma, nieva
sobre la oscuridad;
                                       como la lumbre
de los romeros o de las aliagas, yo oigo
tus calladas respuestas.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Lontananza



Y como si se tratase de un esplendor

la rerum nature esta en algarabía

no hare el amor con estos versos

sin mas preámbulo es que deambulo

no es algo de elección es el destino

son los pasos recorridos los que veo

es un destello sideral de honda paz

son las hojas que caen de las ramas

como si quisiéramos libar mieles

llorar es una constante invariable

es andar evadiendo las miradas

de los transeúntes fantasmales

querer correr a todas partes

sin saber el sendero mas viable

no solo iré por ahí y no pienso

si llegare a buen puerto es solo

desvariar de la belleza del sol

por un momento el mar esta en calma

se apacigua mi tormento interior

no pienso si voy a la deriva 

es disfrutar aquel cuadro que nadie

ha pintado con cielo azul y verdores

sumergirme en el olvido en esa Arcadia

olvidar los cantos de mi corazón mortal

ser eterno amo en estos dominios perdidos

no perderse no es naufragar el yo

es encontrar en el silencio o el vocerío

un lugar entre el momento efímero 

que luego se perderá y nunca mas será

es cierto que ha quizá de repetirse

pero no con estas palabras ni con

estas manos que lo han retratado

no importa que traerá mañana la mar

he vivenciado este mágico manantial.


mp


viernes, 26 de noviembre de 2021

Coro de ánimas - Diego Jesús Giménez

 Ved ahí el púlpito

de nuestra gloria, ahí el callado altar, los ciegos
comulgatorios del vicio; la estropeada
sonrisa de los hombres.
                                        Ahí nace
con el humo
y la paz, nuestra humana discordia. Velas
bajo la sombra de un último
cadáver. Un desterrado y solitario coro
de ánimas, baja del techo
o de la cúpula. Se oye su voz aquí, en el sonoro
sepelio de la carne.
                                        Solos,
solos ante el sonido de la muerte; solos
en la alegría, avergonzados
ante la soledad.
                                        ¡Padre!, ¡madre!, tú, vosotros,
todos, los inútiles
muertos, los distraídos, que con palabras que nunca
pude entender, me habláis; ¿dónde poneros?; vosotros, los que nunca
me traicionáis, los más amigos, ¿como os conoceré?.

Mi avergonzada soledad
os ama. Así, así, estériles, pálidos, señores
del hastío, sombras lejanas
donde vive el amor, ¡vosotros!, el único deseo
de mi vida, ¿dónde
os puse, qué hice
con tan alto disfraz?, ¿dónde
pude esconderos?
                                        Este
es el oscuro canto
de la elegancia. Os deseo, os deseo, ¡os amo!, seres
de la desgracia y el fracaso;
                                                         yo,
que os veo con el duro
silencio de mi vida,
con la fértil caricia
de la esterilidad, ¿cómo
puedo olvidaros?

                                    Oigo las voces, entro
en la clara abadía, piso el refugio
de vuestro convento. Aquí,
sobre las piedras frías de este templo, os hablo. Aquí,
sobre la nieve os beso
con dolor.

                     ¿De qué alta
cartuja, de qué débil
sacristía estáis hechos? Solo,
                                                           lo que es cornisa pura
para la sangre, la herencia inútil
de vuestro sosiego, la calma
de vuestra voz, la vacía memoria y el pulso
desgastado. ¿Dónde, dónde
podéis estar?
                           Si os hice
ver, si os hice
respirar, si estáis tallados
con lo mejor que tuve
y tengo, con lo que nunca
poseí. Si con todo mi amor oscuro
me amáis, decidme: ¡cómo!, ¡cómo
he podido perderos!

De "Coro de ánimas" 1968

 

martes, 16 de noviembre de 2021

 Una mujer no quiso recibirme

diez mil en monedas de cincuenta

me he enojado tanto que la mande

al diablo, no sabe como ahorre

en todo el año una a una esta

cantidad hasta las recogí del 

piso es mejor hacer esto que ser

un vulgar ladrón pero la paciencia

y la dignidad hechas trizas hacen

perder los cabales de cualquiera

La travesía de subir a Monserrate

a paso lento viendo las nubes que cubrían 

la ciudad entre las ventiscas que mecen

las hojas de los arboles 

luego llamar a un burro por el nombre

de nuestro insigne mandatario

la gente que me mira perpleja

El cumpleaños olvidado de Angela

no tener un céntimo para regalarle

aun que fuera una flor además llegamos

cuando todos se estaban yendo

unas miradas desconocidas un

una risa algo insegura rompe el hielo

se fueron tan rápido que me sentí

otra vez en soledad y beber una cerveza

es algo que jure nunca volvería a hacer

pero es temporada el pastel era dulce

como la agua de panela, tenia almendras

coco la cerveza era de lo mejor

pero no hizo mas que dar depresión

a eso de una am después de haber tomado

un Uber las calles están tan soltarías

creo ver dos taxistas dándose a puños

el conductor dice que trabaja como

una veintena de horas diarias

luego por alguna extraña razón

estoy relajado y el alcohol se me

había tardado en subir a la cabeza

en este extraño estado recordé 

que mientras buscaban una billetera

extraviada tome un juguete de Alejandro

que es como un huevo lo mire hacia

un globo que había en el techo y ahí

recordé la proporción de uno sobre

ciento diez según la trigonometría para

hallar la distancia de la tierra a la luna

luego conversamos como a las dos de la

madrugada sobre bioquímica y como se

metaboliza el etanol en nuestro cuerpo

para convertirse en una molécula azúcar

yo hablaba que desde la antigüedad han

existido los alcolicos y que en todas

las culturas por cientos de años

han fermentado distintas variedades

de plantas para sentir lo que sentían

los sumerios en el acto del coito

ósea el dios de vino con la del amor

Voy hacia el centro de la ciudad

es feriado hace un día soleado

y quiero despejar mi mente

ya que hay una discusión pero no

quiero que esto empañe todo

así que tomo por la vía en la cual

hay ciclistas  cuando veo a la gente

disfrutando y paseando  a sus mascotas

olvido las tristezas tomo un salpicón

compro un libro gordo y pesado

aun así me devuelvo trotando 

corro a prisa entre la multitud

paso por entre muchos vendedores

de ropa de muchos y variados colores

me duelen los pies y siento calambres

 A una cámara de video del dos mil seis

que compre en el mercado de pulgas

en cuatro mil le puse dos baterías 

de computador portátil ósea siete

coma cuatro voltios a un amperio

esta hizo unos raros sonidos su

lente como si fuera un enorme ojo

a la vida volvió tenia una pantalla

en la cual la cortina se veía como

en un espejo que redujera la imagen

cosa que no paso con otra cámara

de plástico que tenia todo oxidado

por mas que le metí corriente cual

Franquestein no hizo nada muerta 

y tiesa en ese estado se quedo 

unas lentesillas como lentejuelas

pude obtener de aquel cadàver

eso si una lente vea todo muy

minúsculo y lejano así como si 

mi gata negra estuviera en una

esfera continuando con la que si

revivió resulto que el paciente

tenia padecimientos un diagnostico

de atrofia fue lo mas acertado

ya que su cuerpo no respondía 

solo podía ver mas nada hacer

así que recurrí al bisturí

de par en par la abrí pero al 

ver sus entrañas no había ni

la menor señal de desgaste

todo parecía estar en su lugar

afuera atardecía el sol bañaba

las paredes a lo lejos los pinos

mecían sus ramas este galeno

no tuvo mas remedio que dar

por terminado su laborioso

empeño sin remuneración alguna.

Hoy pienso en ella sin querer

me percato que es un atrevimiento

pero no puedo negar que me gusta

rememorar los momentos a su lado

además las tristezas se van as no mas

se que no debería que es necio

te pido una disculpa si lo hago

no soy bueno para estar hablando   




MP

sábado, 13 de noviembre de 2021

ESTO ES LO QUE HOY SIENTO

Es nunca y siempre sed que habrá

Es Esta condena a nunca beber 

Es esta fuente que es espejismo

Es tan solo probar una gota

Es el malestar del arrepentimiento

Es la culpa que corre la entraña

Es volver a repetir el ciclo

Es subir la piedra de Sísifo

Es el destino con malas tretas

Es no poder escapar de Ellas

Es ansiar las estrellas besar

Es verdad y mentira a la vez

Es duda y certeza al tiempo

Es tregua y guerra, también

Es alegría y melancolía? Si¡

Es tener todo y nada...quizás

Es soñar estando despierto

Es son victorias y desaciertos

Es verdad falsa y mentira veraz

Es hacer castillos con la arena

Es creer en lo que no sera

Es esperar lo que no llegara

Es hallarte e ir perdiéndome

Es naufragar cerca de la playa

Es que ser y no ser no puede ser

Es el castigo mas apremiante

Es ser una flor sin su abeja

Es la noche que nunca amanece

Es el invierno sin su primavera

Es con palabras esculpir corduras

Es divagar en angustiosa soledad

Es compartir nuestras locuras

Es y son complicidades claras

Es escapar con alguien de la Nada

Es noches en vela luego de la velada

Es no tener en absoluto certezas

Es lanzar los dados del tiempo

Es desear lo que no tengo

Es cultivar cimente al Céfiro


MP


viernes, 12 de noviembre de 2021

Hola, es usted Henry Miller?

 Es Irene, me esta diciendo hola, su voz suena preciosa al teléfono, por un momento siento autentico  pánico, no se, que decirle: Oiga Irene, creo que usted es hermosa...Creo que usted es maravillosa. Me gustaría decirle algo que fuera cierto, por ridículo que fuese, porque, ahora que he oído su voz todo ha cambiado. Pero, antes de poder serenarme, Carl vuelve a estar al aparato y me esta diciendo con su voz chillona: <Le gustas, Joe. Le he contado todo lo relativo a ti ...>

viernes, 5 de noviembre de 2021

Garcilaso de la Vega - Égloga I, fragmento.

 Como al partir del sol la sombra crece,

  y en cayendo su rayo se levanta

 la negra escuridad que el mundo cubre,

 de do viene el temor que nos espanta, 

 y la medrosa forma en que se ofrece 

 aquella que la noche nos encubre 

hasta que el sol descubre 

su luz pura y hermosa; 

tal es la tenebrosa 

noche de tu partir en que he quedado 

de sombra y de temor atormentado, 

hasta que muerte el tiempo determine 

que a ver el deseado 

sol de tu clara vista me encamine.

jueves, 4 de noviembre de 2021

La noche de la verdad - Albert Camus

PRÓLOGO

 El moralista en combate

 Albert Camus fue nombrado redactor jefe de Combat , periódico que hablaba en nombre de la Resistencia francesa contra el nazismo, en otoño de 1943; apenas contaba treinta años. El dato es chocante: pensamos en un autor reputado cuando pensamos en Camus, pero entonces no lo era todavía. Es cierto que su vida había empezado a acelerarse y ya solo se vería frenada por el accidente de coche que lo mató en enero de 1960, dejándonos para siempre la imagen emblemática del escritor que se da un aire al Humphrey Bogart de la Warner y fuma Gauloises en blanco y negro. Pero a comienzos de la Segunda Guerra Mundial solo era un escritor vacilante que encadenaba aventuras amorosas moviéndose entre Argel y Orán, lejos de París y por tanto del éxito que tanto anhelaba. Es la publicación casi simultánea de El extranjero y El mito de Sísifo en 1942 la que le abriría las puertas del estamento literario. Poco después de su aparición, tras pasar una temporada recuperándose de su vieja tuberculosis en un sanatorio situado al norte de Occitania, Camus entró a trabajar a tiempo parcial en la editorial Gallimard, mientras su esposa Francine le esperaba en Argelia. Y fue entonces cuando —tras haber sido rechazado en varias ocasiones por el ejército por razones de salud— asumió la responsabilidad editorial en Combat , formalizando así su relación con la Resistencia. El joven Camus se convertiría con ello en una de las voces más prominentes de aquella Francia minoritaria que no se resignaba a ser Vichy. 

***

27 DE OCTUBRE DE 1944

 Se nos hizo muy cuesta arriba hablar ayer de René Leynaud. [42] Quienes hayan leído en un rincón de algún periódico la noticia de que los alemanes habían fusilado a un periodista resistente que atendía a ese nombre no habrán prestado sino una atención distraída a lo que para nosotros era una terrible, una atroz noticia. Y, no obstante, tenemos que hablar de él. Tenemos que hablar de él para que se conserve la memoria de la resistencia, no en una nación que bien podría ser olvidadiza, sino al menos en unos cuantos corazones que atienden a la calidad humana. Ingresó en la Resistencia en los primeros meses. Todo cuanto constituía su vida ética, el cristianismo y el respeto a la palabra dada, lo impulsó a ocupar silenciosamente su puesto en esta batalla de las sombras. Escogió el nombre de guerra que respondía a lo más puro que había en él; para todos sus camaradas de Combat se llamaba Clair. [43] La única pasión personal que le quedaba aún, junto con el pudor, era la poesía. Había escrito poemas que solo dos o tres de nosotros conocían. Tenían la virtud de lo que era él, es decir, la transparencia misma. Pero en la lucha cotidiana dejó de escribir, y solo se concedió la compra de los más diversos libros de poesía, que reservaba para leerlos después de la guerra. En lo demás, compartía nuestro convencimiento de que determinado lenguaje y la obstinación de la rectitud devolverían a nuestro país el rostro sin igual que esperábamos para él. Desde hacía meses su sitio estaba esperándolo en este periódico y, con toda la tozudez de la amistad y del cariño, rechazábamos la noticia de su muerte. Lo cual no es ya hoy posible. Ese lenguaje que había que usar, ya no volverá a usarlo. La absurda tragedia de la resistencia está entera en esta espantosa desgracia. Pues hombres como Leynaud habían entrado en la lucha convencidos de que nadie podía hablar antes de haber pagado un tributo personal. La desgracia es que en la guerra sin uniforme no existía la terrible justicia de la guerra a secas. Las balas del frente hieren a cualquiera, al mejor y al peor. Pero en esos cuatro años fueron los mejores quienes se significaron y cayeron, fueron los mejores los que se ganaron el derecho a hablar y no pudieron hacerlo. En cualquier caso, este a quien queríamos no volverá a hablar. Y, sin embargo, Francia necesitaba voces como la suya. Ese corazón, el más orgulloso de entre los orgullosos, tanto tiempo callado entre su fe y su honor, habría sabido decir las palabras necesarias. Pero ahora ya está callado para siempre. Y otros, que no son dignos de ello, hablan de ese honor que él había hecho suyo, igual que otros, que no están seguros de ello, hablan en nombre del Dios que él había escogido. Es posible hoy criticar a los hombres de la Resistencia, indicar sus debilidades y acusarlos. Pero eso es quizá porque los mejores de ellos han muerto. Lo decimos porque lo pensamos en lo más hondo: si todavía estamos aquí es que no hicimos lo suficiente. Y hoy, vuelto a esa tierra, para nosotros sin porvenir y para él pasajera, apartado de esa pasión a la que lo había sacrificado todo, tenemos al menos la esperanza de que su consuelo sea no oír las palabras de amargura y baldón que retumban en torno a esta infeliz aventura humana en que nos hemos visto implicados. Que nadie tema nada: no vamos a utilizarlo, a él que nunca utilizó a nadie. Salió desconocido de esta lucha en la que entró desconocido. Le guardaremos lo que él habría preferido, el silencio de nuestro corazón, el recuerdo atento y la espantosa tristeza de lo irreparable. Pero aquí, donde siempre hemos intentado ahuyentar la amargura, nos perdonará si le permitimos que esta regrese y empezamos a pensar que, quizá, la muerte de un hombre así es un precio demasiado elevado para que otros hombres recuperen el derecho a olvidar en sus hechos y en sus escritos lo que valieron durante cuatro años el valor y el sacrificio de unos cuantos franceses.

domingo, 17 de octubre de 2021

He vuelto a Soñar con Ruth


Soy el único hombre que al despertar 

no recuerda lo que he soñado.

un día me lo dijo una ninfa 

mas vuelvo a soñar con ella


Venus celosa de una simple mortal

en venganza envió a cupido

para que aquella humana diosa

se enamorara del ser mas mísero


Veo la efigie de Santa Teresa

cuando reza implora luz a su oscuridad

ella vive en completa soledad

mística pasión en busca de su amor


Un perro de ojos azules me recuerda

al posar mi mano en su pelaje

que puede que todo no sea mas que

un simple sueño soñado enamorado


Ya que así fue y así será al trocar

versos contigo hay en el mundo pax

de esa que aborrecen Ares y los Titanes

pero al despertar todo es Caos,... lotos?


Escucho los ecos de su voz a lo lejos

hay una cadencia musical en sus versos

en una noche que se acerca, murmullos

alas entre las sombras de las zozobras.




MP 





lunes, 4 de octubre de 2021

Trópico de Cáncer - Henry Miller

 

Como comenzar con las anecdóticas y verosímiles locuras de un mar de alucinaciones , inicia nuestro autor con las mas intrincadas reflexiones sobre la valía de su arte en una época oscura como es la nuestra, esa de los años treinta después del efusivo renacimiento económico de los años veinte y luego la época de los parados por la crisis económica del veintinueve; este texto fue un escandalo en los días que vio la luz y no fue publicada sino hasta 1961, afirma Miller que ansia dejar un libro que perdure por cientos de años del cual se hable por muchos siglos, este critico que ansia ser algún día también recordado por sus poemas reflexionaba bajo los arboles sobre la inmortalidad y perduración de los materiales literarios, solo que yo con los versos elogio a las musas, mientras que Miller se acuesta con todas ellas narrando detalladamente sus conquistas, sus hazañas, como por ejemplo en un lupanar en una de sus correrías halla a una prostituta que es muy hábil en las practicas que ejerce. Miller en su humor mas negro nos presenta toda una gama de personajes desde un afeminado tacaño y miserable, hasta un hombre que vive enviando dinero a su "amada" para que eduque sus hijos. Pero lo hace ver como una rana que se va empequeñeciendo en su cuadro perfecto hasta ser casi imperceptible. Dice que fue a un bar  donde hallo a otro escritor muy ebrio que hacia planes de hacer una revista. Dice nuestro escritor que hay lugares de Paris que están en la Edad Media, que Nueva York no hace sino que nos duela el cuello de tanto mirar sus rascacielos: "Toda una ciudad erigida sobre el vacío abismo de la nada"



MP.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Poema de la despedida - José Angel Buesa

 

Poema de la despedida

Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.
 
Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.
 
Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.
 
Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

Ojos de perro azul - Gabriel García Márquez


Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirándonos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita, suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes». La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentando antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento», dije. «Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a ella. Sin verla, sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar (antes de que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta) hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa que era como otro espejo ciego donde yo no la veía a ella —sentada a mis espaldas— pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño; sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar», dijo. «Ésta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás como me viste cuando estaba de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes de que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, a través de esa frase identificadora: «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo, en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderle: «Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: Ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo: «Siempre sueño con un hombre que me dice: 'Ojos de perro azul' «. Y dijo que el vendedor le había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo «Ojos de perro azul» hasta cuando la gente se congregó en la puerta y dijo que estaba loca. Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte», dije. «Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo siempre he dicho lo mismo y siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente». Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo». Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos; y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo sabía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes de que yo tuviera el tiempo de encender el fósforo: «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: 'Ojos de perro azul' «, dije. «Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», sugirió, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera escrito en un papel y hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando», y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer: «… en calor», antes de que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza: «Así es mejor», dije. «A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador». Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera un cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada. Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?» Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empieza a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños». Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volví a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder». Yo dije: «Ahora no importa. Bastará con que demos vuelta a la almohada para que volvamos a encontrarnos». Y tendí la mano por encima del velador. Ella no se movió. «Lo echarías todo a perder», volvió a decir, antes de que yo pudiera tocarla. «Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a media noche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: Ojos de perro azul». Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo», dije sin mirarla. «Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta», dijo. «El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «¿Cómo lo sabes?» Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar». Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso», dije. «Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: 'Ojos de perro azul' «. Y ella, con una sonrisa triste —que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable—, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado». (1950)

 No todos los días uno encuentra una persona especial. Alguien que llene los vacíos de la existencia que nos colme de alegría y quizás nos equivocamos, tal ves estos errores se han repetido una y otra vez, no eres perfecta, yo tampoco lo soy. Solamente somos dos personas que cruzaron sus caminos por una simple casualidad, cada semana desde mucho tiempo era un regalo para mi tener el simple placer de una conversación, creo que eso es lo que mas he extrañado de ti chica con la que no tenemos nada en común extraño la sencilla y grata o conversación de dos personas que nunca habrán de verse. He aprendido mucho de tu perdida, que no es bueno jugar con los sentimientos que debo escuchar antes de hablar y ante todo que debo vivir mi vida en el mundo real, eso es lo que mas te agradezco, me regalaste la vida de la que siempre renegaba. No me importa si no mea amas, te aprecio por ser mi amiga, quien siempre estaba para mi, siento no haber estado para ti, siento, ahora que mis sentimientos están claros, que si obre mal, tu también, lo hiciste, lo hicimos sin querer, te perdono, lo único que quiero es tu perdón y si no puedes, perdono que me olvides, vive tu vida amiga, se feliz , eres buena, lo se. Si te gusta la soledad disfrútala, yo aprenderé a disfrutar la mía. Todo lo menos que deseaba era lastimarte, porque fuiste muy buena conmigo. 

The man of Feeling - Henry Mackenzie

 LAVINIA.


A Pastoral.


Why steals from my bosom the sigh?

   Why fixed is my gaze on the ground?

Come, give me my pipe, and I’ll try

   To banish my cares with the sound.


Erewhile were its notes of accord

   With the smile of the flow’r-footed Muse;

Ah! why by its master implored

   Shou’d it now the gay carrol refuse?


’Twas taught by Lavinia’s sweet smile,

   In the mirth-loving chorus to join:

p. 167Ah, me! how unweeting the while!

   Lavinia—can never be mine!


Another, more happy, the maid

   By fortune is destin’d to bless—

’Tho’ the hope has forsook that betray’d,

   Yet why should I love her the less?


Her beauties are bright as the morn,

   With rapture I counted them o’er;

Such virtues these beauties adorn,

   I knew her, and prais’d them no more.


I term’d her no goddess of love,

   I call’d not her beauty divine:

These far other passions may prove,

   But they could not be figures of mine.


It ne’er was apparel’d with art,

   On words it could never rely;

It reign’d in the throb of my heart,

   It gleam’d in the glance of my eye.


Oh fool! in the circle to shine

   That Fashion’s gay daughters approve,

You must speak as the fashions incline;

   Alas! are there fashions in love?


Yet sure they are simple who prize

   The tongue that is smooth to deceive;

Yet sure she had sense to despise,

   The tinsel that folly may weave.


When I talk’d, I have seen her recline,

   With an aspect so pensively sweet,—

Tho’ I spoke what the shepherds opine,

   A fop were ashamed to repeat.


p. 168She is soft as the dew-drops that fall

   From the lip of the sweet-scented pea;

Perhaps when she smil’d upon all,

   I have thought that she smil’d upon me.


But why of her charms should I tell?

   Ah me! whom her charms have undone

Yet I love the reflection too well,

   The painful reflection to shun.


Ye souls of more delicate kind,

   Who feast not on pleasure alone,

Who wear the soft sense of the mind,

   To the sons of the world still unknown.


Ye know, tho’ I cannot express,

   Why I foolishly doat on my pain;

Nor will ye believe it the less,

   That I have not the skill to complain.


I lean on my hand with a sigh,

   My friends the soft sadness condemn;

Yet, methinks, tho’ I cannot tell why,

   I should hate to be merry like them.


When I walk’d in the pride of the dawn,

   Methought all the region look’d bright:

Has sweetness forsaken the lawn?

   For, methinks, I grow sad at the sight.


When I stood by the stream, I have thought

   There was mirth in the gurgling soft sound;

But now ’tis a sorrowful note,

   And the banks are all gloomy around!


I have laugh’d at the jest of a friend;

   Now they laugh, and I know not the cause,

p. 169Tho’ I seem with my looks to attend,

   How silly!  I ask what it was.


They sing the sweet song of the May,

   They sing it with mirth and with glee;

Sure I once thought the sonnet was gay,

   But now ’tis all sadness to me.


Oh! give me the dubious light

   That gleams thro’ the quivering shade;

Oh! give me the horrors of night,

   By gloom and by silence array’d!


Let me walk where the soft-rising wave,

   Has pictur’d the moon on its breast;

Let me walk where the new cover’d grave

   Allows the pale lover to rest!


When shall I in its peaceable womb,

   Be laid with my sorrows asleep?

Should Lavinia but chance on my tomb—

   I could die if I thought she would weep.


Perhaps, if the souls of the just

   Revisit these mansions of care,

It may be my favourite trust

   To watch o’er the fate of the fair.


Perhaps the soft thought of her breast,

   With rapture more favour’d to warm;

Perhaps, if with sorrow oppress’d,

   Her sorrow with patience to arm.


Then, then, in the tenderest part

   May I whisper, “Poor Colin was true,”

And mark if a heave of her heart

   The thought of her Colin pursue.