martes, 14 de marzo de 2023

Mañana en la batalla piensa en mí – Javier Marías

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Javier Marías nació en Madrid en 1951. Durante su niñez vivió en su ciudad natal y en Estados Unidos. Comenzó a escribir a los once años; a los quince ya había escrito una novela que nunca publicó, y cuando tenía diecinueve años salieron a la luz su primer cuento y su primera novela. Dedicó su vida profesional a la traducción, la edición y la escritura. Es miembro de la Real Academia Española desde el año 2006. Además de ser reconocido internacionalmente como escritor lo es también como traductor. Mañana en la batalla piensa en mí ha recibido el Premio Rómulo Gallegos (premio reservado para los escritores latinoamericanos hasta entonces) y el Fastenrath de la Real Academia Española.

Un tema terriblemente escabroso ─la muerte de una mujer infiel en brazos de su amante─ se convierte en una escena de desconcierto y casi detectivesca que servirá de pretexto para reflexionar sobre temas de la psicología humana, de la ética y de la filosofía de la existencia. Javier Marías de comienzo a fin, inequívocamente.

Es probable que no haya inicio más espectacular para una novela que el de Corazón tan blanco (del mismo autor): «No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola», pero este se le acerca mucho: «Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos […] Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado». Ambas entradas son  magistrales, y con cualquiera de ellas podríamos haber adivinado quién es el autor si tan solo nos hubiesen mostrado los párrafos aquí mencionados.

Vivir una experiencia como esta significará para el protagonista ─Víctor Francés─ quedar en estado de encantación, no poder olvidar a «su» muerta ni desentenderse del entorno que ella dejó. Él buscará su desencanto, volverá para adentrarse en ese mundo. Lo que hasta ahí podría ser una novela muy interesante, se convierte desde ese momento en una historia psicológica donde se exploran lenta y repetitivamente algunos aspectos comúnmente desapercibidos de la experiencia humana. Eventualmente el autor regresa a la historia de la novela, pero esta vuelve a  naufragar entre las reflexiones que tratan de entender el engaño, los recuerdos y la muerte.

Javier Marías parecerá pensar a través del protagonista, en ese estilo suyo tan observador y tan profundo; y una vez más volverá a semejarse a Corazón tan blanco en el sentido de darle importancia a la comunicación, al poder de la palabra. Se diferenciará, sin embargo, porque en vez de subrayar la necesidad de callar, se ocupará de la necesidad de hablar.

La muerte es otro tema de meditación. Se nos recordará que todo es efímero y que puede acabarse en cualquier instante, aunque por algún momento dejará una estela en quienes sobreviven a la persona fallecida, quien después de muerta parecerá decirnos: «Mañana en la batalla, piensa en mí», cuando ya no esté, excepto en ti, donde viviré por algún periodo; sé que te será difícil entender que ya no estoy, adaptarte a la vida sin mí, «mañana en la batalla, piensa en mí».

El eje de estas reflexiones será, en cambio, el engaño permanente en el que vivimos, queriendo creer que todo es verdad o que hay estabilidad, cuando en realidad mucho de lo que nos rodea es mentira. La realidad se transforma apenas pasa, y más aún cuando se la cuenta con palabras. Podremos tratar de ser objetivos, pero siempre transmitiremos una realidad parcial y desdibujada; la narraremos de diferentes maneras a cada persona; y un segundo testigo la contará desde otra perspectiva. En parte será cierta, y en parte falsa, una mentira, aunque solo fuera por lo que no se contó.

Lo mismo pasa cuando hablamos de nosotros mismos, cuando desaparecemos partes de nuestra historia, y vemos nuestra vida de una manera recortada, evocando solo los hechos que preferimos recordar. Y eso le sucede también a los demás al presentarse ante nosotros. No sabemos a quién tenemos enfrente. Engañamos y nos engañan. Lo hacemos al compartir la historia de nuestra vida, al igual que nuestra cotidianeidad. Hay, sin embargo, engaños más grandes que otros, mentiras más conscientes. En general, no soportamos el desengaño, y muy particularmente si las mentiras son mayores; podemos soportar la sospecha, sí, pero no la certeza de que somos engañados. Por esa misma razón, cuando algo cambia notablemente en nuestras vidas ─un accidente automovilístico, una operación, etc.─ no podemos dejar de comunicárselo a las personas allegadas a nosotros, queremos que lo sepan de inmediato, no queremos mantenerlas en el engaño. De no hacerlo, vivirían en la mentira por un momento, los estaríamos engañando abiertamente. Y eso no se perdona. La mentira perdonable es más sutil, aquella de la que no somos conscientes.

Si todo lo que hasta aquí ha sido dicho no fuera suficiente para animarles a leer Mañana en la batalla, piensa en mí, existe un argumento adicional: en las nuevas ediciones se añade el discurso que Javier Marías pronunciara durante la ceremonia del Premio Rómulo Gallegos en 1995, recibido justamente por la publicación de este libro. Se trata de la explicación más preclara que yo haya leído o escuchado nunca sobre el porqué de la existencia de la literatura: la necesidad del ser humano en  revisar lo no vivido, lo no realizado, lo no dicho, de contarnos otra historia. Secundaré a Javier Marías cuando dice: «Y me atrevo a pensar que es precisamente la ficción la que nos cuenta eso».

Existe también un argumento para desanimarles. El autor, literariamente hablando deja mucho que desear. Marías parece burlarse de la lengua cuando escribe. No se preocupa por la exactitud de las palabras, menos aún por la composición gramatical e ignora los signos de puntuación. Sus digresiones  son excesivas, divaga durante la mitad del libro y, con ello, confunde al lector. Si no fuera el famoso profesional que es, si no lo hubiera escuchado hablar con propiedad, pensaría que es un mal escritor. Sin embargo, todavía me pregunto, si no hace todo esto intencionalmente; en un afán por darle a la escritura libertad, una frescura que la acerque a la oralidad o al desarrollo natural del pensamiento. ¿O es dejadez? No lo sé, tendría que leer algo de él bien escrito que me permita comprobar que sabe hacerlo. Solo así podría confirmar que lo que hace es intencional. Mientras tanto, la duda permanece. ¿A pesar de eso es un libro recomendable? Sí, porque la literatura es mucho más que el dominio de las formas.

Ernesto Sábato El dragón y la princesa (fragmento)

 



"Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.
Se sentó en un banco, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires. "