miércoles, 4 de enero de 2023

Severo sarduy e Roland Barthes

 Resumen La amistad de Roland Barthes y Severo Sarduy, pensada en términos de contemporaneidad (es decir, como dimensión intempestiva, de ritmos e intensidades que se unen y se separan) permite revisar aspectos de la obra de ambos autores desde el espacio –neutro– de la íntima diferencia. En este sentido es posible partir de la idea de que el juego de luces y sombras entre uno y otro no sólo permite definir nuevos alcances en sus respectivas postulaciones teóricas, sino también, a partir de allí, comprender hasta qué punto esta contemporaneidad puede pensarse como elaboración conjunta y al mismo tiempo diferencial de una idea específica de la modernidad y la negatividad cuya condición es una determinada experiencia de lo latinoamericano. Si por un lado funciona siempre una radical diferencia entre Barthes y Sarduy (pensada aquí, por ejemplo, a partir de la significativa oposición en la valoración del adjetivo), lo cierto es que los proyectos de uno y otro confluyen: la hipótesis que es posible sostener señala que funciona en ambos una recuperación de la dimensión de lo Imaginario y eso permite explicar en qué sentido –tal como se propone– tanto Barthes como Sarduy hacen de sus obras un proyecto ético, una forma de vida. El concepto que da sentido a ese proyecto en el que Barthes y Sarduy confluyen es lo que el primero postuló en términos de Neutro. En este sentido, se trata de una forma específica de la negatividad no dialéctica cuya condición de posibilidad es, a su vez, irremediablemente latinoamericana y viene de Sarduy: la idea de una modernidad excéntrica, barroca. En este sentido, el deseo de Neutro en Barthes y el deseo de Neobarroco en Sarduy se presuponen y en su contemporaneidad dan forma a un “estilo de presencia” cuyo rasgo fundamental debe buscarse en la potencia del punto de vista latinoamericano. Palabras clave: Roland Barthes –Severo Sarduy –contemporaneidad –neobarroco – imaginario.

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evero Sarduy / Roland Barthes

Enrique Juncosa

 

El escritor y pintor cubano Severo Sarduy (Camagüey, 1937-París, 1993) llegó a París en 1960, a los 23 años, para estudiar arte en la Escuela del Louvre. En París se matriculó, además, en los seminarios impartidos entonces por el lingüista y filósofo Roland Barthes (Cherburgo, 1915-París, 1980), que le iban a marcar para siempre. Sarduy se integrará pronto en el enormemente influyente grupo estructuralista organizado en torno a la revista Tel Quel, creada por Phillip Sollers y Jean-Edern Hallier, donde colaboraron, además de Sarduy y de Barthes, figuras como Julia Kristeva, Umberto Eco, Marcelin Pleynet y François Wahl. Este último será la pareja de Sarduy y se hará cargo de la edición de sus obras completas publicadas en 1999. El cubano se quedará en Francia para siempre, siendo el único latinoamericano de aquel grupo. Su obra gozó allí de un gran reconocimiento. Su novela Cobra, por ejemplo, fue traducida al francés por Philippe Sollers y ganó el prestigioso premio Médicis étranger en 1972. Roland Barthes mismo escribiría un ensayo sobre Sarduy que sería publicado como prólogo de una edición española de 1980 de otra de sus mejores novelas, De donde son los cantantes (1967). Sarduy, además, trabajaría como editor para Editions Seuil primero, y para Editions Gallimard después, promoviendo desde editoriales tan prestigiosas e influyentes la literatura escrita en español.

 

Sarduy, que comenzó escribiendo poemas, publicó su primera novela, Gestos, en 1963. Entre sus obras, además de la ya citadas, destacan también novelas como Maytreya (1978); el libro de poemas Un testigo fugaz y disfrazado (1985); un original y muy bello libro de viñetas autobiográficas, recuerdos y viajes, El Cristo de la Rue Jacob (1987); y sus importantes ensayos sobre el Barroco, que fueron reunidos en un sólo volumen titulado Ensayos generales sobre el Barroco (también 1987). La obra de Sarduy se inscribe en el llamado neo-barroco, que propiciarían numerosos escritores cubanos como Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante o el mismo Sarduy, pero que también tendría ramificaciones en otros países de Latinoamérica, siendo un fenómeno no sólo literario que se extiende al arte visual y al cine. En la escritura de Sarduy se manifiesta siempre un compromiso con la vanguardia y la experimentación, no resultando extraño que estuviera siempre interesado en el arte moderno y contemporáneo. Dejó dicho, por ejemplo, que su primera novela, la ya citada Gestos, tenía que ver con el expresionismo abstracto de Franz Kline. Fue también un brillante crítico de arte, y escribió de artistas tan distintos como Luis Feito o Larry Bell. Sus trabajos en este campo están todavía dispersos, algo que valdría la pena corregir.

 

Sarduy fue también, ya lo hemos dicho, artista. Pintaba sobre papel, pero también a veces sobre corcho u otras cortezas de árboles, en formatos preferiblemente pequeños. Utilizaba pinceles muy finos y acuarelas, además de materiales menos frecuentes como café, azafrán o su propia sangre. Sarduy dejó escrito que escribía con el cuerpo antes que con su mente, así que es fácil ver estas pinturas como una prolongación de su escritura. Realizadas de forma obsesiva, laboriosa y lenta, sus imágenes se asemejan a veces a caligrafías orientales y a tejidos rituales. También tienen algo de Rothkos en miniatura. Mark Rothko fue uno de sus artistas predilectos y le dedicó un soneto, algo que también hizo con Morandi. A Sarduy, no está de más añadir, le interesó fuertemente el budismo. En 1998 se organizó una retrospectiva de su obra artística en el Museo Reina Sofía de Madrid, que viajaría después a Miami y a la Ciudad de México, además de otras ciudades españolas.

 

Sarduy comparte con Barthes la doble condición de escritor y de artista. Como Sarduy, Barthes es mucho más reconocido como escritor, pero en los años 70 realizó un considerable número de dibujos que prueban que aquella era una dedicación seria. El departamento de manuscritos de la Bibliothèque National de Francia conserva, además de cuadernos y manuscritos, más de 300 dibujos suyos. Estos dibujos de Roland Barthes, quien escribió con gran elocuencia de Cy Twombly, oscilan entre la escritura y la pintura, encontrando un antecedente directo en la obra de Henry Michaux, otro escritor-artista sobre quien ya hemos escrito en estas mismas páginas virtuales. Se trata de dibujos espontáneos, hechos con materiales diversos como óleo, pintura acrílica y rotulador. Como en el caso de Sarduy, la forma de pintar de Barthes tiene una intención y cualidad meditativa. Ryan Bishop y Sunil Manghani, quienes organizaron una exposición reciente titulada Barthes / Burgin, en la que reunieron obras del francés junto a obras del artista conceptual británico Victor Burgin (John Hansard Gallery, Southampton, 2016), escribieron lo siguiente en el catálogo: “Podemos entender su método como algo relacionable a su interés por lo Neutro, a lo que se refiere como una forma de trasponer cuestiones estructurales a un nivel ético.” Sarduy y Barthes parecen de-construir el espacio pictórico de una forma física y placentera.

 

Barthes, que fue profesor universitario durante gran parte de su vida, fue autor de obras tan importantes como La muerte del autor (1968), S/Z (1970), El placer del texto (1975), su original autobiografía Roland Barthes por Roland Barthes (1975), el maravilloso Fragmentos de un discurso amoroso (1977) y La cámara lucida (1980), libros que destacan no sólo por sus ideas teóricas, sino también por la forma en que están escritos. Barthes fue un enorme escritor, tal como Emil Cioran, Walter Benjamin y Friedrich Nietzsche. Una de sus ideas más influyentes es que los escritores no son los únicos autores de sus textos, que pueden ser interpretados por sus distintos lectores de formas diferentes e insospechadas para los autores. La obra de Barthes ha sido muy importante para distintos artistas contemporáneos, sobre todo aquellos con prácticas conceptuales o neo-conceptuales. Ciertamente, muchos consideramos mejores obras de arte aquéllas que son irreducibles a una sóla explicación. El Centro Pompidou de París le dedicó a Barthes una gran exposición en 2002. Sarduy y Barthes, que fueron grandes amigos, murieron de forma prematura. Sarduy a causa del SIDA y Barthes como consecuencia de complicaciones surgidas días después de ser atropellado por un coche.



https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.3536/ev.3536.pdf


https://letraslibres.com/wp-content/uploads/2016/05/pdfs_articulospdf_art_9060_7175.pdf


https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/viewFile/3230/3412


http://www.archivopdp.unam.mx/index.php/4529

MARCEL PROUST - XXVIII - La mer

 

La mer fascinera toujours ceux chez qui le dégoût de la vie et l'attrait du mystère ont devancé les premiers chagrins, comme un pressentiment de l'insuffisance de la réalité à les satisfaire. Ceux-là qui ont besoin de repos avant d'avoir éprouvé encore aucune fatigue, la mer les consolera, les exaltera vaguement. Elle ne porte pas comme la terre les traces des travaux des hommes et de la vie humaine. Rien n'y demeure, rien n'y passe qu'en fuyant, et des barques qui la traversent, combien le sillage est vite évanoui ! De là cette grande pureté de la mer que n'ont pas les choses terrestres. Et cette eau vierge est bien plus délicate que la terre endurcie qu'il faut une pioche pour entamer. Le pas d'un enfant sur l'eau y creuse un sillon profond avec un bruit clair, et les nuances unies de l'eau en sont un moment brisées; puis tout vestige s'efface, et la mer est redevenue calme comme aux premiers jours du monde. Celui qui est las des chemins de la terre ou qui devine, avant de les avoir tentés, combien ils sont âpres et vulgaires, sera séduit par les pâles routes de la mer, plus dangereuses et plus douces, incertaines et désertes. Tout y est plus mystérieux, jusqu'à ces grandes ombres qui flottent parfois paisiblement sur les champs nus de la mer, sans maisons et sans ombrages, et qu'y étendent les nuages, ces hameaux célestes, ces vagues ramures.

La mer a le charme des choses qui ne se taisent pas la nuit, qui sont pour notre vie inquiète une permission de dormir, une promesse que tout ne va pas s'anéantir, comme la veilleuse des petits enfants qui se sentent moins seuls quand elle brille. Elle n'est pas séparée du ciel comme la terre, est toujours en harmonie avec ses couleurs, s'émeut de ses nuances les plus délicates. Elle rayonne sous le soleil et chaque soir semble mourir avec lui. Et quand il a disparu, elle continue à le regretter, à conserver un peu de son lumineux souvenir, en face de la terre uniformément sombre. C'est le moment de ses reflets mélancoliques et si doux qu'on sent son coeur se fondre en les regardant. Quand la nuit est presque venue et que le ciel est sombre sur la terre noircie, elle luit encore faiblement, on ne sait par quel mystère, par quelle brillante relique du jour enfouie sous les flots. Elle rafraîchit notre imagination parce qu'elle ne fait pas penser à la vie des hommes, mais elle réjouit notre âme, parce qu'elle est, comme elle, aspiration infinie et impuissante, élan sans cesse brisé de chutes, plainte éternelle et douce. Elle nous enchante ainsi comme la musique, qui ne porte pas comme le langage la trace des choses, qui ne nous dit rien des hommes, mais qui imite les mouvements de notre âme. Notre coeur en s'élançant avec leurs vagues, en retombant avec elles, oublie ainsi ses propres défaillances, et se console dans une harmonie intime entre sa tristesse et celle de la mer, qui confond sa destinée et celle des choses.
Septembre 1892

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XXVIII. EL MAR El mar siempre ha de fascinar a aquellos en quienes el alto a la vida y el atractivo del misterio se han anticipado a las primeras penas, como un presentimiento de la insuficiencia de la realidad para satisfacerlos. A aquellos que necesitan reposo antes de haber experimentado cansancio alguno, el mar los consolará y los exaltará vagamente. No lleva, como la tierra, el rastro de los trabajos de los hombres y de la vida humana. Permanece, nada pasa sino huyendo y qué pronto se desvanece el surco de las barcas que lo atraviesan. De ahí esa gran pureza del mar que no tienen las cocas terrestres. Y esa agua virgen es mucho más delicada que la tierra endurecida que para ser atacada requiere un pico. El paso de un niño sobre el agua cava un surco profundo con un claro rumor, y los matices unidos del agua se quiebran por un momento; luego, se desvanece todo vestigio y el mar vuelve a su calma, como en los primeros días del mundo. Aquel que está harto de los caminos de la tierra o que adivina, antes de haberlos intentado, qué ásperos serán y qué vulgares, quedará seducido por los pálidos caminos del mar, más peligrosos y más dulces, inciertos y desiertos. Todo en ellos es más misterioso, hasta eras amplias sombras que flotan a veces apaciblemente sobre los desnudos campos del mar, sin casas y sin sombras y que extienden las nubes; esos caseríos celestes, esos vagos ramajes. El mar tiene el encanto de las olas que no callan durante la noche, que son para nuestra vida inquieta un permiso para dormir, una promesa de que no todo ha de aniquilarse, como los niñitos que se sienten menos solos cuando brilla el velador. No está separado del cielo, como la tierra; está siempre en armonía con sus colores, se conmueve con sus matices más delicados. Irradia bajo el sol y todas las noches parece morir con él. Y cuando ha desaparecido, sigue lamentándolo, conservando algo de sus reflejos melancólicos y tan dulce que uno siente que al mirarlos se le deshace el corazón. Cuando casi ha llegado la noche y el cielo está sombrío sobre la tierra ennegrecida, luce aún débilmente, no se sabe por qué misterio, por qué brillante reliquia del día hundido bajo las aguas. Refresca nuestra imaginación porque no hace pensar en la vida de los hombres, pero regocija nuestra alma, porque cómo ella, es aspiración infinita a impotente, impulso sin cesar quebrado de caídas, lamento dulce y eterno. También nos encanta como la música, que no lleva, como el lenguaje, el rastro de las cosas, que nada nos dice de los hombres, sino que imita los movimientos de nuestra alma. Al abalanzarse con sus olas, al caer con ellas nuestro espíritu, olvida sus propios desfallecimientos y se consuela en una armonía íntima entre su tristeza y la del mar que confunde su destino y el de las cosas. Setiembre 1892.


lunes, 2 de enero de 2023

 LOS EPODOS ERÓTICOS DE HORACIO Y LOS INICIOS DE LA ELEGÍA LATINA Como es bien sabido, la elegía latina, frente a la variedad temática de la griega, es un género de contenidos preferentemente eróticos. Es más, se ha solido entender como exclusivo de este género -y no sin cierto abuso- el tema del amor y, en especial, del amor narrado en primera persona real o literaria. Pero ni la elegía latina conoce sólo de amores ni los amores se han contado siempre en Roma bajo la forma elegíaca; las elegías fúnebres, patrióticas o de exilio escritas en latín recuerdan la pluralidad de contenidos del género; también el epigrama, los géneros dramáticos o incluso en alguna ocasión el epistolar conocen de expresiones intensas del amor en primera persona. Otros géneros, como la épica o la novela, encuentran a su vez en lo erótico uno de sus temas predilectos. Nada de todo ello empece, sin embargo, para que la elegía siga siendo considerada efectivamente como el género erótico por excelencia en latín y en ello hay una cierta originalidad con respecto al desarrollo del mismo género en la literatura griega. A explicar esa circunstancia y las razones que la motivaron se ha consagrado un nutrido número de estudios, que se afanan por identificar todos y cada uno de los eslabones que pudieron conducir desde las elegías griegas por nosotros conocidas -o desde cualquiera otro género que haya podido contribuir a la génesis de la elegía erótica romana, en particular el epigrama- hasta los especímenes latinos conservados. La empresa no resulta, en efecto, sencilla dado que nuestros conocimientos de buena parte de la poesía helenística, así como de la latina anterior a Tibulo y Propercio son muy fragmentarios. Por tanto, el camino se recorre con hipótesis más o menos razonables, fundadas en los datos que ofrecen los propios textos y en las confesiones metaliterarias de Estudios Cl&icos 11 1, 1997


https://docplayer.es/amp/92461112-Los-epodos-eroticos-de-horacio-y-los-inicios-de-la-elegia-latina.html



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LA POEsíA PEDERÁSTICA EN HORAClO: EL EPODO XI 1 El epodo




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 XI A PETO

   Ya, Peto, no me recrea como otros días escribir versos, herido gravemente por los dardos del amor, del amor que abrasó mis venas, más que a ningún mortal, por los tiernos mancebos o las lindas doncellas. Pasaron tres diciembres despojando de pompa a los árboles desde que cesó mi frenesí por Inaquia. ¡Ay, cuánto se habló de mi locura en la ciudad! Aún me avergüenza tanta humillación y me sonrojan aquellos banquetes en que mi silencio, mi languidez y mis suspiros, arrancados del hondo pecho, delataban mi febril apasionamiento.
   Quejábame de que nada valiese el amor ingenuo del pobre con una mujer interesada, y no te ocultaba mis lágrimas cuando el dios indiscreto con sus ardientes libaciones me hacia confesar los más recónditos arcanos. ¡Ah! Si logro encender en libre cólera mis entrañas, dejaré que se lleven los vientos mis vanas quejas, incapaces de cerrar tan crueles heridas, y, desechando esta falsa vergüenza, rehusaré competir con rivales indignos de mí.
   Así que te hube anunciado tan firme resolución, mandaste que me recogiera en casa; pero, ¡ay!, los pies vacilantes me llevaban a las puertas de aquella enemiga, en cuyos umbrales se desplomó cien veces mi cuerpo quebrantado.
   Ahora me domina Licisco, que se gloría de vencer en voluptuosidad a la mujer más impúdica. Ni severos reproches ni graves amonestaciones de amigos podrán arrancarme esta pasión si ya no es otra llama encendida por alguna tierna doncella, o algún adolescente <terso> que anude en trenzas su larga cabellera.

https://es.wikisource.org/wiki/Epodos_(Horacio)


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La evolución de Virgilio y Horacio respecto al amor
vista a través del tópico de la enfermedad de amor en su obra

Manuel Cabello Pino


 Resumen: el presente artículo pretende mostrar cómo tanto Virgilio como Horacio sufren a lo largo de su vida una evolución ideológica y filosófica respecto al tema del amor como pasión enfermiza que les hace oscilar entre las dos concepciones imperantes en su época: la de los epicúreos de Lucrecio y la de los neotéricos de Catulo. Así mismo pretende demostrar cómo esa oscilación ideológica queda patente en su obra a través de la utilización del tópico de la enfermedad y de la visión más positiva o negativa de dicho tópico que se da en cada caso y momento.

Palabras clave: Virgilio, Horacio, enfermedad de amor, epicureismo, neotéricos.


https://webs.ucm.es/info/especulo/numero37/enfamor.html

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http://www.hispanista.org/poema/plibros/111/111lbp.pdf

Bibliografía hispano-latina clásica. Horacio. Tomo 2