«Jacques Cazotte (1719-1792) nos habla en su novela corta El diablo enamorado (1772) de un siglo XVIII muy diferente del que conocemos. De un siglo volcado en el esoterismo iluminista, con tanta o mayor ilusión que en el racionalismo militante. De un siglo que había descubierto que el rostro mítico y el rostro lógico no son en absoluto incompatibles, y que la luz y las tinieblas fueron creadas para vivir juntas. De un siglo que vio nacer la literatura fantástica propiamente dicha y asistió al nacimiento de un subgénero literario como la novela gótica inglesa, de tan sugestiva y brillante descendencia en las letras occidentales. Porque el siglo XVIII no es sólo la centuria en que se rinde culto a la razón (Voltaire), sino también la del descubrimiento de los monstruos que habitan la mente humana (Sade). La novela breve de Cazotte, escrita en un estilo razonable y claro, contiene sin embargo en sus páginas el germen de la tempestuosa revolución romántica. Si el autor acabó sus días en la guillotina por defender el pasado, no cabe duda alguna de que su obra propugnaba una apuesta
de futuro». Luis Alberto de Cuenca
Prólogo
Todo empezó en la librería de Bardón, hacia 1975. Si hay un local mágico en
Madrid, ése es el que ocupa, en la Plaza de San Martín, muy cerca del convento
de las Descalzas Reales, la librería de anticuario de Luis Bardón, un oasis de
grandioso pretérito en medio de un presente que a muchos nos parece poco
atractivo y de un futuro en el que muchos creemos adivinar la anodina silueta del
tedio. Allí fue donde encontré, o, mejor dicho, donde fui encontrado por un libro
que perteneció al Doctor Don Mariano Pardo de Figueroa, más conocido por el
pseudónimo de «Doctor Thebussem» (1828-1918), reputado bibliófilo, exlibrista
y experto en gastronomía. Don Mariano había nacido en Medina-Sidonia,
provincia de Cádiz, y en el modesto exlibris tipográfico que figuraba pegado en
el libro que un día fue suyo aparecía también el nombre de su lugar natal,
seguido del año en que entró el volumen en su biblioteca, que en esta ocasión era
1857 (con las dos últimas cifras, 57, escritas a mano por Thebussem).
Doce años antes, el editor Léon Ganivet había auspiciado la aparición del
tomo, del que copio los datos de portada: Le Diable amoureux, / roman
fantastique / par J. Cazotte, / précédé / de sa vie, de son procès, et des ses
prophéties et révélations / par Gérard de Nerval. / Illustré de 200 dessins / par
Edouard de Beaumont. / Paris, / Léon Ganivet, Editeur, / 12, rue des Cordiers-
Sorbonne, / 1845. En mi vida como lector, ha habido un antes y un después de
comprar esa edición de la deliciosa nouvelle de Jacques Cazotte (1719-1792), a
la que el editor Ganivet había ascendido (o descendido) a la categoría de roman
y a la que el gran Gérard de Nerval había enriquecido con un ensayo de 84
páginas de extensión. De eso quisiera hablarles en las breves líneas que siguen,
si tienen ustedes la bondad o la paciencia de permitírmelo.
Siempre me ha fascinado el siglo XVIII. En España, en Europa, en el mundo
entero. No entiendo ese tópico, muy generalizado entre los «intelectuales»
españoles, según el cual las letras españolas del período neoclásico son una
birria. A mí Meléndez Valdés, por citar un ejemplo de autor particularmente
denostado por esa caterva de ignorantes, me parece uno de los mejores poetas de
su tiempo, y no me estoy circunscribiendo con exclusividad al ámbito hispánico.
Fue esa fascinación por el llamado Siglo de las Luces, que se remonta en mi
biografía cultural a una época muy lejana, lo que provocó mi interés por aquella
edición de Le Diable amoureux, obra de un Jacques Cazotte desconocido
entonces para mí, pero inequívocamente dieciochesco, a juzgar por el retrato que
lo evocaba en el frontis de la edición. Lo que yo admiraba entonces sobre todas
las cosas en aquella centuria era la capacidad de quienes la poblaron para
reinventar la Historia, su genialidad a la hora de sentar nuevas bases teóricas y
prácticas, de superar los viejos clichés y ofrecer alternativas (o túneles sin salida
nuevos) al mundo agonizante del Antiguo Régimen. Esas cosas que suele uno
admirar cuando no ha cumplido aún los veinticinco años.
Y, de repente, la novelita de Cazotte me hablaba de otro siglo XVIII, de un
siglo volcado en el esoterismo iluminista con tanta o mayor ilusión (y la palabra
está bien escogida) que en el racionalismo militante, de un siglo que había
descubierto que el rostro mítico y el rostro lógico no son en absoluto
incompatibles y que la luz y las tinieblas fueron creadas para vivir juntas. De un
siglo que vio nacer la literatura fantástica propiamente dicha y alumbró uno de
mis subgéneros literarios favoritos: la «novela gótica» inglesa. Pero basta de
ditirambos, que el siglo de Voltaire y de Mozart no los necesita en absoluto para
seguir siendo el heraldo de la razón y de los monstruos que la habitan. Quiero,
ahora, decirles dos o tres cosas sobre el autor cuyo retrato aparecía en el frontis
de tan reveladora edición.
Jacques Cazotte nació en Dijon el 7 de octubre de 1719. Bernard Cazotte y
Marie Taupin, sus padres, pertenecían a la burguesía borgoñona y tuvieron
catorce hijos, siete varones y siete hembras, de los que Jacques era el benjamín.
En agosto de 1739, dos meses antes de cumplir veinte años, obtuvo su diploma
de bachiller en Leyes por la universidad de Dijon. Los estudios primarios y
secundarios los había cursado con los jesuitas, como tantos franceses de aquel
entonces, incluido Voltaire. En 1741 se trasladó a París, donde ingresó en el
servicio de la Pluma (que era el nombre que recibía el cuerpo de funcionarios
civiles de la Marina) y publicó La patte du chat, un cuento de hadas en la estela
narrativa de la célebre traducción de Las mil y una noches llevada a cabo por
Antoine Galland en 1704. Prolongando dicha tendencia orientalizante, Cazotte
dio a las prensas en 1742 un segundo cuento, titulado Les mille et une fadaises,
que se reimprimiría en 1753 con el título, ampliado, de Canapé troisième ou Les
mille et une fadaises.
En 1747 recibió la orden de embarcar rumbo a la isla caribeña de Martinica,
donde fijaría su residencia hasta 1752, fecha en que volvió a Francia. Un año
después, en 1753, vemos a Cazotte defendiendo con ardor la música francesa
dentro de la llamada «guerra de la Ópera», una querella surgida en torno a la
supremacía de la música francesa sobre la italiana, o viceversa. En 1754 regresó
a Martinica, donde permanecería hasta 1759, teniendo ocasión, incluso, de
demostrar sus dotes estratégicas y militares, pues poco antes de volver
definitivamente a Francia participó muy activamente en la defensa de la isla ante
una invasión de tropas inglesas.
Al salir de Martinica, Cazotte confió la venta de sus bienes a los jesuitas, que
nunca le pagarían el dinero correspondiente a la misma. Cazotte se consoló de
ese fraude casándose, en 1762, con Elisabeth Roignan, a quien había conocido
en el trópico. Él tenía cuarenta y tres años, y ella doce menos: treinta y uno. Los
recién casados se instalaron en Pierry (Champagne), en las vastas posesiones que
el hermano de Jacques, el canónigo Chrétien-Nicolas Cazotte, le había dejado en
herencia, a su muerte, en 1760. Tuvieron dos hijos varones, Jacques-Scévole
(1764) y Simon-Henri (1765), y una niña, Élizabeth (1767), que tan
heroicamente se comportaría años después, cuando la Asamblea nacional dictase
orden de arresto contra ella y su padre.
En 1772, Cazotte publicó Le Diable amoureux. La portada de ese libro, del
que tengo a la vista un maravilloso ejemplar, primorosamente encuadernado por
Noulhac, reza así: Le Diable / amoureux. / Nouvelle espagnole. / A Naples, /
1772. En realidad se imprimió en París, en la oficina de A. Lejay, pero quedaba
más exótico lo de Nápoles. No aparece mención alguna del nombre de Cazotte
en la editio princeps, aunque es de suponer que su autoría fuese un secreto a
voces en el París de la época. Incluye seis planchas grabadas por Moreau según
dibujos de Clément-Pierre Marinier, y una plancha de música de ¡Ay! ¡Cómo es
mi quimera!, que es como suena en mi versión castellana el Hélas! quelle est ma
chimère del original.
La edición definitiva de Le Diable amoureux vería la luz en 1776, formando
parte de unas OEuvres badines et morales de M*** en dos tomos (eso se lee en la
portada del tomo I, aunque el autor firma ya como Cazotte al final de la larga
dedicatoria a Madame Bertin; en el II, se sustituye M*** por Mr. C***, inicial de
Cazotte); Le Diable… figura entre las páginas 301 y 475 del segundo volumen.
Es esa edición de 1776, que introduce numerosas modificaciones respecto de la
princeps, la que sirve de base a todas las posteriores, incluida la de Léon
Ganivet, y, desde luego, a mi traducción.
Hacia 1777 o 1778 Cazotte se adhirió más o menos formalmente a la orden
esotérica de los martinistas, fundada por el iluminista Claude de Saint-Martin,
discípulo del célebre teósofo Martines de Pasqually. El martinismo era
perfectamente compatible con la ortodoxia católica, pero fue derivando a
posiciones ideológicas más simpatizantes con los principios revolucionarios, lo
que hizo que Cazotte fuese alejándose progresivamente de él. Pues si es cierto
que Cazotte sintió siempre dentro de sí un vivo interés por el ocultismo y sus
alrededores conceptuales, no es menos cierto que habitaba en él un espíritu
abiertamente conservador y opuesto a todo cambio social brusco, de manera que
no estaba dispuesto a comulgar con sectas que mirasen con simpatía el delirante
curso de acontecimientos que condujo al Terror.
De 1788 data la célebre profecía apócrifa de Cazotte, referida en 1806 por La
Harpe. Según éste, en el curso de una reunión con una larga serie de notables,
Cazotte habría profetizado que rodarían sus cabezas en breve, incluida la suya
propia. Semejante profecía no salió nunca de los labios de Cazotte, pero hay que
reconocer que invenciones como ésa son siempre útiles para cultivar la memoria
de un personaje. Cazotte tenía fama de visionario, y eso viene siempre muy bien
para que hablen de uno, aunque sea inventando truculencias biográficas
inexistentes.
Se acercaba la toma de la Bastilla, y Cazotte, al contrario que el profeta
imaginado por La Harpe, veía con simpatía la incorporación de la burguesía al
juego del poder y se manifestaba partidario de llevar a cabo reformas. Pero llegó
julio de 1789, y los sucesos fueron encadenándose al poste del horror hasta
alcanzar un clima de paroxismo. En los meses finales de 1790, Cazotte se
mostraba ya decididamente hostil a la Revolución, como atestigua la
correspondencia con su amigo Pouteau. Serían esas cartas las que, una vez
interceptadas por las autoridades revolucionarias, causarían su perdición.
En agosto de 1792, el comité de vigilancia de la Asamblea nacional cursó
una orden para que se detuviera a Cazotte y a su hija Elisabeth en Pierry. El
sanguinario Fouquier-Tinville los interroga a ambos, dejando libre a Elisabeth,
que no consentirá dejar solo a su padre hasta que la hoja de la guillotina caiga
sobre su cuello, cosa que sucederá el 25 de septiembre a las 7 de la tarde.
Cazotte murió como un héroe de Tito Livio o de Plutarco. Antes de ofrecer su
cabeza al verdugo, pronunció, con voz firme y segura, ante la multitud estas
valientes y conmovedoras palabras: «Muero como he vivido, fiel a Dios y a mi
rey».
Merecía la pena, creo yo, esbozar estas líneas biográficas de Jacques Cazotte.
Borges también lo hizo, con su habitual maestría, en el prólogo que redactó para
Le Diable amoureux dentro de la famosa colección «La Biblioteca de Babel».
Esta serie, muy apreciada por los bibliófilos, fue el genial resultado de la
propuesta que el editor italiano Franco Maria Ricci formuló al autor de
Ficciones, invitándolo a que reuniera en una biblioteca, limitada a treinta
volúmenes, los textos que le pareciese oportuno. Así nació «La Biblioteca de
Babel». En España, fue Siruela la editorial encargada de publicarla, y yo tuve el
honor de participar como traductor en varias de sus entregas.
El diablo enamorado, prologado por Borges y traducido por mí, vio la luz en
abril de 1985. Utilicé en mi traducción, como era de justicia, la edición de Léon
Ganivet que me había abierto las puertas del universo cazottesco. Mi intención
era proporcionar a los aficionados españoles una décima parte del placer que me
había procurado la lectura de Le Diable amoureux en aquel libro que perteneció
al Doctor Thebussem y que el azar puso en mis manos. No sé si lo conseguí,
pero fue divertido intentarlo. Como divertida es la nouvelle que une y desune,
alternativamente, los destinos del noble extremeño Álvaro de Maravillas
(¡pintiparado el apellido!) y de Biondetta, un delicadísimo y supersexy alter ego
de Belcebú. No quiero decir una sola palabra del argumento de la obra, para no
desvelarles ni un ápice de la emoción que les aguarda. Reproduzco mi
traducción de 1985, debidamente corregida para esta ocasión.
Luis Alberto de Cuenca
Madrid, 5 de agosto de 2004
***
"Me habría resultado demasiado difícil esperar la noche en la posada. Salí.
Caminé al azar. Al doblar una esquina, creí ver entrar en un café a aquel
Bernadillo que acompañaba a Soberano en nuestra excursión a Portici. «¡Otro
fantasma! —me dije—; me persiguen». Entré en mi góndola y recorrí toda
Venecia de canal en canal. Eran las once cuando regresé. Quise partir rumbo al
Brenta y, como mis fatigados gondoleros se negaran a llevarme, me vi obligado
a recurrir a otros. Llegaron y mi gente, advertida de mis intenciones, me precede
en la góndola, cargada con sus propios efectos. Biondetta me seguía."
"Apenas he puesto los pies en el barco, oigo gritos que me obligan a girar el
rostro. Una persona enmascarada apuñalaba a Biondetta:
—¡Me lo arrebatas! ¡Muere, muere, odiosa rival!"
"La ejecución fue tan rápida que uno de los gondoleros que había quedado
en la orilla no pudo impedirla. Quiso atacar al asesino golpeándole con
la antorcha en los ojos, pero acudió otro enmascarado que lo rechazó con
acción amenazadora y una voz de trueno en la que creí reconocer la de
Bernadillo. Fuera de mí, me precipito fuera de la góndola. Los asesinos han
desaparecido. Con ayuda de la antorcha veo a Biondetta pálida, bañada en su
sangre, moribunda."
"No sabría describir mi estado. Las demás ideas se borran. No veo más que a
una mujer adorada, víctima de una prevención ridícula, sacrificada a mi vana y
extravagante confianza y abrumada por mí, hasta entonces, con los más crueles
ultrajes."
"Corro hacia ella, pido al mismo tiempo socorro y venganza. Un cirujano,
atraído por el clamor de esta aventura, se presenta. Hago transportar a la herida a
mis habitaciones y, por temor a que no la cuiden lo suficiente, me encargo yo
mismo de la mitad del bulto."
"Cuando la desvistieron, cuando vi aquel hermoso cuerpo ensangrentado con
dos enormes heridas que parecían querer atacar ambas las fuentes de la vida, dije
e hice mil extravagancias.!"
"Biondetta, presuntamente sin conocimiento, no debió oírlas; pero el posadero
y su gente, un cirujano y dos médicos que habían sido llamados consideraron
que era peligroso para la malherida que me dejaran a su lado. Me arrastraron
fuera de la alcoba"
"Mis criados me acompañaban. Pero como uno de ellos cometiera la torpeza
de decirme que los facultativos habían considerado que las heridas eran
mortales, me puse a gritar con todas mis fuerzas. Finalmente, cansado por mis
arrebatos, caí en un abatimiento que se convirtió más tarde en sueño. Creí ver a
mi madre en sueños; le contaba mi aventura y, para hacérsela más patente, la
llevaba a las ruinas de Portici."
"—No vayamos allí, hijo mío —me decía—; estás en un peligro evidente.
Al pasar por un estrecho desfiladero en el que me introducía con seguridad,
una mano me empuja de repente a un precipicio; la reconozco, es la de
Biondetta. En mi caída, otra mano me sostiene y me encuentro entre los brazos
de mi madre. Me despierto, jadeante aún por el terror."
"—¡Tierna madre! —exclamé—, ni siquiera en sueños me abandonáis.
Biondetta, quieres perderme. Pero este sueño es fruto de la perturbación de mi
mente. ¡Ah!, liberémonos de las ideas que me impedirían cumplir con la gratitud
y la humanidad."
"Llamo a un criado y lo envío en busca de noticias. Dos cirujanos velan; ha
perdido mucha sangre; temen la fiebre."
"Al día siguiente, después de retirarle el vendaje, decidieron que las heridas
no eran peligrosas más que por su profundidad; pero sobreviene la fiebre que, al
ir en aumento, obliga a agotar a la paciente con nuevas sangrías."
"Tanto insistí para entrar en la alcoba que fue imposible negármelo.
Biondetta deliraba y repetía sin cesar mi nombre.
La miré; nunca me había parecido tan hermosa."
«Ésta es —me decía a mí mismo— lo que yo tomaba por un fantasma
coloreado, un montón de vapores brillantes, reunidos únicamente para equivocar
mis sentidos. Tenía la misma vida que yo tengo, y la pierde porque nunca quise
escucharla, porque la expuse voluntariamente. Soy un tigre, un monstruo. Si
mueres tú, el objeto más digno de ser querido
y cuyas bondades he reconocido tan
indignamente, no quiero sobrevivirte. Moriré
tras haber sacrificado sobre tu tumba a la
bárbara Olimpia. Si me eres devuelta, seré
tuyo, reconoceré tus beneficios, coronaré tus
virtudes, tu paciencia; me ligo a ti con lazos
indisolubles y cumpliré con mi deber de
hacerte feliz mediante el sacrificio ciego de
mis sentimientos y voluntades».