miércoles, 21 de julio de 2021

Jacques Cazotte - El diablo enamorado

 «Jacques Cazotte (1719-1792) nos habla en su novela corta El diablo enamorado (1772) de un siglo XVIII muy diferente del que conocemos. De un siglo volcado en el esoterismo iluminista, con tanta o mayor ilusión que en el racionalismo militante. De un siglo que había descubierto que el rostro mítico y el rostro lógico no son en absoluto incompatibles, y que la luz y las tinieblas fueron creadas para vivir juntas. De un siglo que vio nacer la literatura fantástica propiamente dicha y asistió al nacimiento de un subgénero literario como la novela gótica inglesa, de tan sugestiva y brillante descendencia en las letras occidentales. Porque el siglo XVIII no es sólo la centuria en que se rinde culto a la razón (Voltaire), sino también la del descubrimiento de los monstruos que habitan la mente humana (Sade). La novela breve de Cazotte, escrita en un estilo razonable y claro, contiene sin embargo en sus páginas el germen de la tempestuosa revolución romántica. Si el autor acabó sus días en la guillotina por defender el pasado, no cabe duda alguna de que su obra propugnaba una apuesta

de futuro». Luis Alberto de Cuenca


 Prólogo

Todo empezó en la librería de Bardón, hacia 1975. Si hay un local mágico en

Madrid, ése es el que ocupa, en la Plaza de San Martín, muy cerca del convento

de las Descalzas Reales, la librería de anticuario de Luis Bardón, un oasis de

grandioso pretérito en medio de un presente que a muchos nos parece poco

atractivo y de un futuro en el que muchos creemos adivinar la anodina silueta del

tedio. Allí fue donde encontré, o, mejor dicho, donde fui encontrado por un libro

que perteneció al Doctor Don Mariano Pardo de Figueroa, más conocido por el

pseudónimo de «Doctor Thebussem» (1828-1918), reputado bibliófilo, exlibrista

y experto en gastronomía. Don Mariano había nacido en Medina-Sidonia,

provincia de Cádiz, y en el modesto exlibris tipográfico que figuraba pegado en

el libro que un día fue suyo aparecía también el nombre de su lugar natal,

seguido del año en que entró el volumen en su biblioteca, que en esta ocasión era

1857 (con las dos últimas cifras, 57, escritas a mano por Thebussem).

Doce años antes, el editor Léon Ganivet había auspiciado la aparición del

tomo, del que copio los datos de portada: Le Diable amoureux, / roman

fantastique / par J. Cazotte, / précédé / de sa vie, de son procès, et des ses

prophéties et révélations / par Gérard de Nerval. / Illustré de 200 dessins / par

Edouard de Beaumont. / Paris, / Léon Ganivet, Editeur, / 12, rue des Cordiers-

Sorbonne, / 1845. En mi vida como lector, ha habido un antes y un después de

comprar esa edición de la deliciosa nouvelle de Jacques Cazotte (1719-1792), a

la que el editor Ganivet había ascendido (o descendido) a la categoría de roman

y a la que el gran Gérard de Nerval había enriquecido con un ensayo de 84

páginas de extensión. De eso quisiera hablarles en las breves líneas que siguen,

si tienen ustedes la bondad o la paciencia de permitírmelo.

Siempre me ha fascinado el siglo XVIII. En España, en Europa, en el mundo

entero. No entiendo ese tópico, muy generalizado entre los «intelectuales»

españoles, según el cual las letras españolas del período neoclásico son una

birria. A mí Meléndez Valdés, por citar un ejemplo de autor particularmente

denostado por esa caterva de ignorantes, me parece uno de los mejores poetas de

su tiempo, y no me estoy circunscribiendo con exclusividad al ámbito hispánico.

Fue esa fascinación por el llamado Siglo de las Luces, que se remonta en mi

biografía cultural a una época muy lejana, lo que provocó mi interés por aquella

edición de Le Diable amoureux, obra de un Jacques Cazotte desconocido

entonces para mí, pero inequívocamente dieciochesco, a juzgar por el retrato que

lo evocaba en el frontis de la edición. Lo que yo admiraba entonces sobre todas

las cosas en aquella centuria era la capacidad de quienes la poblaron para

reinventar la Historia, su genialidad a la hora de sentar nuevas bases teóricas y

prácticas, de superar los viejos clichés y ofrecer alternativas (o túneles sin salida

nuevos) al mundo agonizante del Antiguo Régimen. Esas cosas que suele uno

admirar cuando no ha cumplido aún los veinticinco años.

Y, de repente, la novelita de Cazotte me hablaba de otro siglo XVIII, de un

siglo volcado en el esoterismo iluminista con tanta o mayor ilusión (y la palabra

está bien escogida) que en el racionalismo militante, de un siglo que había

descubierto que el rostro mítico y el rostro lógico no son en absoluto

incompatibles y que la luz y las tinieblas fueron creadas para vivir juntas. De un

siglo que vio nacer la literatura fantástica propiamente dicha y alumbró uno de

mis subgéneros literarios favoritos: la «novela gótica» inglesa. Pero basta de

ditirambos, que el siglo de Voltaire y de Mozart no los necesita en absoluto para

seguir siendo el heraldo de la razón y de los monstruos que la habitan. Quiero,

ahora, decirles dos o tres cosas sobre el autor cuyo retrato aparecía en el frontis

de tan reveladora edición.

Jacques Cazotte nació en Dijon el 7 de octubre de 1719. Bernard Cazotte y

Marie Taupin, sus padres, pertenecían a la burguesía borgoñona y tuvieron

catorce hijos, siete varones y siete hembras, de los que Jacques era el benjamín.

En agosto de 1739, dos meses antes de cumplir veinte años, obtuvo su diploma

de bachiller en Leyes por la universidad de Dijon. Los estudios primarios y

secundarios los había cursado con los jesuitas, como tantos franceses de aquel

entonces, incluido Voltaire. En 1741 se trasladó a París, donde ingresó en el

servicio de la Pluma (que era el nombre que recibía el cuerpo de funcionarios

civiles de la Marina) y publicó La patte du chat, un cuento de hadas en la estela

narrativa de la célebre traducción de Las mil y una noches llevada a cabo por

Antoine Galland en 1704. Prolongando dicha tendencia orientalizante, Cazotte

dio a las prensas en 1742 un segundo cuento, titulado Les mille et une fadaises,

que se reimprimiría en 1753 con el título, ampliado, de Canapé troisième ou Les

mille et une fadaises.

En 1747 recibió la orden de embarcar rumbo a la isla caribeña de Martinica,

donde fijaría su residencia hasta 1752, fecha en que volvió a Francia. Un año

después, en 1753, vemos a Cazotte defendiendo con ardor la música francesa

dentro de la llamada «guerra de la Ópera», una querella surgida en torno a la

supremacía de la música francesa sobre la italiana, o viceversa. En 1754 regresó

a Martinica, donde permanecería hasta 1759, teniendo ocasión, incluso, de

demostrar sus dotes estratégicas y militares, pues poco antes de volver

definitivamente a Francia participó muy activamente en la defensa de la isla ante

una invasión de tropas inglesas.

Al salir de Martinica, Cazotte confió la venta de sus bienes a los jesuitas, que

nunca le pagarían el dinero correspondiente a la misma. Cazotte se consoló de

ese fraude casándose, en 1762, con Elisabeth Roignan, a quien había conocido

en el trópico. Él tenía cuarenta y tres años, y ella doce menos: treinta y uno. Los

recién casados se instalaron en Pierry (Champagne), en las vastas posesiones que

el hermano de Jacques, el canónigo Chrétien-Nicolas Cazotte, le había dejado en

herencia, a su muerte, en 1760. Tuvieron dos hijos varones, Jacques-Scévole

(1764) y Simon-Henri (1765), y una niña, Élizabeth (1767), que tan

heroicamente se comportaría años después, cuando la Asamblea nacional dictase

orden de arresto contra ella y su padre.

En 1772, Cazotte publicó Le Diable amoureux. La portada de ese libro, del

que tengo a la vista un maravilloso ejemplar, primorosamente encuadernado por

Noulhac, reza así: Le Diable / amoureux. / Nouvelle espagnole. / A Naples, /

1772. En realidad se imprimió en París, en la oficina de A. Lejay, pero quedaba

más exótico lo de Nápoles. No aparece mención alguna del nombre de Cazotte

en la editio princeps, aunque es de suponer que su autoría fuese un secreto a

voces en el París de la época. Incluye seis planchas grabadas por Moreau según

dibujos de Clément-Pierre Marinier, y una plancha de música de ¡Ay! ¡Cómo es

mi quimera!, que es como suena en mi versión castellana el Hélas! quelle est ma

chimère del original.

La edición definitiva de Le Diable amoureux vería la luz en 1776, formando

parte de unas OEuvres badines et morales de M*** en dos tomos (eso se lee en la

portada del tomo I, aunque el autor firma ya como Cazotte al final de la larga

dedicatoria a Madame Bertin; en el II, se sustituye M*** por Mr. C***, inicial de

Cazotte); Le Diable… figura entre las páginas 301 y 475 del segundo volumen.

Es esa edición de 1776, que introduce numerosas modificaciones respecto de la

princeps, la que sirve de base a todas las posteriores, incluida la de Léon

Ganivet, y, desde luego, a mi traducción.

Hacia 1777 o 1778 Cazotte se adhirió más o menos formalmente a la orden

esotérica de los martinistas, fundada por el iluminista Claude de Saint-Martin,

discípulo del célebre teósofo Martines de Pasqually. El martinismo era

perfectamente compatible con la ortodoxia católica, pero fue derivando a

posiciones ideológicas más simpatizantes con los principios revolucionarios, lo

que hizo que Cazotte fuese alejándose progresivamente de él. Pues si es cierto

que Cazotte sintió siempre dentro de sí un vivo interés por el ocultismo y sus

alrededores conceptuales, no es menos cierto que habitaba en él un espíritu

abiertamente conservador y opuesto a todo cambio social brusco, de manera que

no estaba dispuesto a comulgar con sectas que mirasen con simpatía el delirante

curso de acontecimientos que condujo al Terror.

De 1788 data la célebre profecía apócrifa de Cazotte, referida en 1806 por La

Harpe. Según éste, en el curso de una reunión con una larga serie de notables,

Cazotte habría profetizado que rodarían sus cabezas en breve, incluida la suya

propia. Semejante profecía no salió nunca de los labios de Cazotte, pero hay que

reconocer que invenciones como ésa son siempre útiles para cultivar la memoria

de un personaje. Cazotte tenía fama de visionario, y eso viene siempre muy bien

para que hablen de uno, aunque sea inventando truculencias biográficas

inexistentes.

Se acercaba la toma de la Bastilla, y Cazotte, al contrario que el profeta

imaginado por La Harpe, veía con simpatía la incorporación de la burguesía al

juego del poder y se manifestaba partidario de llevar a cabo reformas. Pero llegó

julio de 1789, y los sucesos fueron encadenándose al poste del horror hasta

alcanzar un clima de paroxismo. En los meses finales de 1790, Cazotte se

mostraba ya decididamente hostil a la Revolución, como atestigua la

correspondencia con su amigo Pouteau. Serían esas cartas las que, una vez

interceptadas por las autoridades revolucionarias, causarían su perdición.

En agosto de 1792, el comité de vigilancia de la Asamblea nacional cursó

una orden para que se detuviera a Cazotte y a su hija Elisabeth en Pierry. El

sanguinario Fouquier-Tinville los interroga a ambos, dejando libre a Elisabeth,

que no consentirá dejar solo a su padre hasta que la hoja de la guillotina caiga

sobre su cuello, cosa que sucederá el 25 de septiembre a las 7 de la tarde.

Cazotte murió como un héroe de Tito Livio o de Plutarco. Antes de ofrecer su

cabeza al verdugo, pronunció, con voz firme y segura, ante la multitud estas

valientes y conmovedoras palabras: «Muero como he vivido, fiel a Dios y a mi

rey».

Merecía la pena, creo yo, esbozar estas líneas biográficas de Jacques Cazotte.

Borges también lo hizo, con su habitual maestría, en el prólogo que redactó para

Le Diable amoureux dentro de la famosa colección «La Biblioteca de Babel».

Esta serie, muy apreciada por los bibliófilos, fue el genial resultado de la

propuesta que el editor italiano Franco Maria Ricci formuló al autor de

Ficciones, invitándolo a que reuniera en una biblioteca, limitada a treinta

volúmenes, los textos que le pareciese oportuno. Así nació «La Biblioteca de

Babel». En España, fue Siruela la editorial encargada de publicarla, y yo tuve el

honor de participar como traductor en varias de sus entregas.

El diablo enamorado, prologado por Borges y traducido por mí, vio la luz en

abril de 1985. Utilicé en mi traducción, como era de justicia, la edición de Léon

Ganivet que me había abierto las puertas del universo cazottesco. Mi intención

era proporcionar a los aficionados españoles una décima parte del placer que me

había procurado la lectura de Le Diable amoureux en aquel libro que perteneció

al Doctor Thebussem y que el azar puso en mis manos. No sé si lo conseguí,

pero fue divertido intentarlo. Como divertida es la nouvelle que une y desune,

alternativamente, los destinos del noble extremeño Álvaro de Maravillas

(¡pintiparado el apellido!) y de Biondetta, un delicadísimo y supersexy alter ego

de Belcebú. No quiero decir una sola palabra del argumento de la obra, para no

desvelarles ni un ápice de la emoción que les aguarda. Reproduzco mi

traducción de 1985, debidamente corregida para esta ocasión.

Luis Alberto de Cuenca

Madrid, 5 de agosto de 2004


***


"Me habría resultado demasiado difícil esperar la noche en la posada. Salí.

Caminé al azar. Al doblar una esquina, creí ver entrar en un café a aquel

Bernadillo que acompañaba a Soberano en nuestra excursión a Portici. «¡Otro

fantasma! —me dije—; me persiguen». Entré en mi góndola y recorrí toda

Venecia de canal en canal. Eran las once cuando regresé. Quise partir rumbo al

Brenta y, como mis fatigados gondoleros se negaran a llevarme, me vi obligado

a recurrir a otros. Llegaron y mi gente, advertida de mis intenciones, me precede

en la góndola, cargada con sus propios efectos. Biondetta me seguía."


"Apenas he puesto los pies en el barco, oigo gritos que me obligan a girar el

rostro. Una persona enmascarada apuñalaba a Biondetta:

—¡Me lo arrebatas! ¡Muere, muere, odiosa rival!"


"La ejecución fue tan rápida que uno de los gondoleros que había quedado

en la orilla no pudo impedirla. Quiso atacar al asesino golpeándole con

la antorcha en los ojos, pero acudió otro enmascarado que lo rechazó con

acción amenazadora y una voz de trueno en la que creí reconocer la de

Bernadillo. Fuera de mí, me precipito fuera de la góndola. Los asesinos han

desaparecido. Con ayuda de la antorcha veo a Biondetta pálida, bañada en su

sangre, moribunda."


"No sabría describir mi estado. Las demás ideas se borran. No veo más que a

una mujer adorada, víctima de una prevención ridícula, sacrificada a mi vana y

extravagante confianza y abrumada por mí, hasta entonces, con los más crueles

ultrajes."


"Corro hacia ella, pido al mismo tiempo socorro y venganza. Un cirujano,

atraído por el clamor de esta aventura, se presenta. Hago transportar a la herida a

mis habitaciones y, por temor a que no la cuiden lo suficiente, me encargo yo

mismo de la mitad del bulto."


"Cuando la desvistieron, cuando vi aquel hermoso cuerpo ensangrentado con

dos enormes heridas que parecían querer atacar ambas las fuentes de la vida, dije

e hice mil extravagancias.!"


"Biondetta, presuntamente sin conocimiento, no debió oírlas; pero el posadero

y su gente, un cirujano y dos médicos que habían sido llamados consideraron

que era peligroso para la malherida que me dejaran a su lado. Me arrastraron

fuera de la alcoba"


"Mis criados me acompañaban. Pero como uno de ellos cometiera la torpeza

de decirme que los facultativos habían considerado que las heridas eran

mortales, me puse a gritar con todas mis fuerzas. Finalmente, cansado por mis

arrebatos, caí en un abatimiento que se convirtió más tarde en sueño. Creí ver a

mi madre en sueños; le contaba mi aventura y, para hacérsela más patente, la

llevaba a las ruinas de Portici."


"—No vayamos allí, hijo mío —me decía—; estás en un peligro evidente.

Al pasar por un estrecho desfiladero en el que me introducía con seguridad,

una mano me empuja de repente a un precipicio; la reconozco, es la de

Biondetta. En mi caída, otra mano me sostiene y me encuentro entre los brazos

de mi madre. Me despierto, jadeante aún por el terror."


"—¡Tierna madre! —exclamé—, ni siquiera en sueños me abandonáis.

Biondetta, quieres perderme. Pero este sueño es fruto de la perturbación de mi

mente. ¡Ah!, liberémonos de las ideas que me impedirían cumplir con la gratitud

y la humanidad."


"Llamo a un criado y lo envío en busca de noticias. Dos cirujanos velan; ha

perdido mucha sangre; temen la fiebre."


"Al día siguiente, después de retirarle el vendaje, decidieron que las heridas

no eran peligrosas más que por su profundidad; pero sobreviene la fiebre que, al

ir en aumento, obliga a agotar a la paciente con nuevas sangrías."


"Tanto insistí para entrar en la alcoba que fue imposible negármelo.

Biondetta deliraba y repetía sin cesar mi nombre.

La miré; nunca me había parecido tan hermosa."


«Ésta es —me decía a mí mismo— lo que yo tomaba por un fantasma

coloreado, un montón de vapores brillantes, reunidos únicamente para equivocar

mis sentidos. Tenía la misma vida que yo tengo, y la pierde porque nunca quise

escucharla, porque la expuse voluntariamente. Soy un tigre, un monstruo. Si

mueres tú, el objeto más digno de ser querido

y cuyas bondades he reconocido tan

indignamente, no quiero sobrevivirte. Moriré

tras haber sacrificado sobre tu tumba a la

bárbara Olimpia. Si me eres devuelta, seré

tuyo, reconoceré tus beneficios, coronaré tus

virtudes, tu paciencia; me ligo a ti con lazos

indisolubles y cumpliré con mi deber de

hacerte feliz mediante el sacrificio ciego de

mis sentimientos y voluntades».

viernes, 9 de julio de 2021

Honorata de Wan Guld Emilio Salgari

 -Entonces, escuchadme:

“Hace dos meses estaba yo en comisión en La Habana cuando un día vino a

mí un marinero diciéndome que tenía importantes revelaciones que hacerme.

Al principio creí que se trataba de alguna confidencia relacionada con los

filibusteros de las Tortugas; pero no, se trataba de Honorata Wan Guld.

“Habiendo sabido que yo era confidente del Duque, se había decidido a

buscarme para suministrarme preciosos detalles acerca de la joven Duquesa.

“Supe por él que la tormenta que estalló la noche en la cual el Corsario Negro

la había abandonado en una chalupa para vengarse del Duque, la había

respetado.

“La nave que tripulaba aquel marinero había encontrado a la joven Duquesa a

sesenta millas de las costas de Maracaibo, y la había recogido, a pesar del

furor de las aguas.

“La carabela iba con rumbo a La Florida, y se la llevó consigo, por haberse

negado el capitán a cambiar de ruta.

“Desgraciadamente, era entonces la época de los huracanes. La carabela,

frente a las costas meridionales de La Florida, naufragó en una escollera, y la

tripulación fue asesinada por los salvajes, que acudieron en gran número y los

devoraron.

“Tan sólo el marinero que fue a buscarme se había librado milagrosamente de

la muerte permaneciendo oculto entre los maderos y despojos de la nave;

pero no era él solo.

“También la joven Duquesa había sido perdonada.

“Aquellos salvajes, impresionados acaso por su admirable belleza, en vez de

degollarla le hicieron manifiestos signos de respeto extraordinario.

“Desde su escondite el marinero vio a aquellos feroces antropófagos

arrodillarse ante la joven Duquesa como si fuese alguna divinidad del mar, y

por fin reclinarla en un palanquiín adornado con plumas y pieles de caimán, y

llevársela consigo.

“El marinero vagó varias semanas por la inhospitalaria costa hasta encontrar

una canoa abandonada entre la arena, en la que se hizo a la mar, siendo

recogido por una nave que venía de San Agustín de La Florida.

“He aquí señor, cuanto he sabido.”

El Corsario Negro le había escuchado en silencio, con la cabeza baja y los

brazos cruzados sobre el pecho.




jueves, 8 de julio de 2021

Jean Genet - Querelle de Brest

Sinopsis

En 1947 fue publicada por primera vez, en un tiraje limitado y sin especificar el editor, Querelle de Brest, con un cuadernillo sin firma de 29 ilustraciones de Jean Cocteau. Seis años después, en 1953, salió a la venta en Gallimard recortada por la censura. Hoy, casi sesenta años después de aquella primera mítica edición, Debolsillo recupera la obra sin censura para presentarla al público español, rescatando al Genet más maldito, genial y expresivo. Querelle de Brest es una novela de amor, inmoralidad y muerte que tiene como protagonista a Georges Querelle, el atractivo marinero que asesina por dinero y por necesidad, para luego expiar sus crímenes en intensas sesiones de sometimiento sexual. Alrededor de Querelle se despliega un mundo de deseo, pasiones y violencia, enmarcado por las nieblas del puerto de Brest, y por un mar que, para Genet, evoca con frecuencia la pura idea del crimen y del amor entre hombres. «El más grande novelista de la era moderna". Jean Cocteau.


 Regreso. Voy pensando aún en la vida de ese cigarrillo preso entre los dedos del marinero. Un cigarrillo hecho. Echaba humo, hacía ligeros movimientos entre los dedos casi inmóviles de Querelle, que estaba lejos de sospechar la vida que infundía a la colilla. Me era imposible apartar la vista, no ya de los dedos, sino de aquel objeto que cobraba vida por obra de ellos. Y ¡cuán grácil la vida que cobraba, cuán elegantes los movimientos, finos y chispeantes! Querelle estaba oyendo hablar de las putas del burdel a uno de sus compañeros. (p. 111)

Los amores más sanos, esos “contactos de epidermis” no son tan claros y luminosos como se dice. Si de repente, el joven nadador de la playa se levanta hacia la hermosa chica desnuda que lo acaricia como a nosotros la bragueta o el pulgar de un soldado, el contacto de su pecho, o de sus caderas, el hueco de su nuca, contienen una región de sombra que suele devorar la razón del nadador. Más allá solo queda un deseo oscuro. Así que nada impedirá que nos internemos en esa zona oscura donde sucumbe nuestra razón si debemos conocer la felicidad. No hablamos de la apariencia de misterio que puede sostener un ritual repetido, sino de las regiones sombrías que la imaginación descubre, en las cuales la penetración de nuestra mirada no llega a apartar las tinieblas, a medir la profundidad; en frente de las cuales nos captura el vértigo. En ellas nos perdemos para elaborar los ritos de un culto eterno. Habiéndose puesto el sol hacia el atardecer de aquel mismo día, la niebla amortajó la ciudad. Gil estaba seguro de encontrar a Roger en la explanada. Callejeó durante algunos minutos… (p.124)


Esta novela aparecida poco después del fin de la II guerra mundial fue vista como plenamente subversiva, antisistema, amoral o como se la quiera tildar desde el inicio, y entusiasmó a importantes literatos franceses como Sartre mismo o Cocteau. La imagen de Genet y de Querelle se convirtieron también en una suerte de icono homosexual, primero, y revolucionario o transformador a la larga también, en esa misteriosa – o no tanto – conjunción entre la diversidad sexual y la revolución o esa necesidad de cambiar el mundo o la sociedad que está en la base de toda contestación transformadora. He aquí una simple selección de imágenes, sin comentario alguno, pues tienen fuerza de por sí para corroborar esa conjunción casi lógica entre diversidad sexual y revolución social, que de alguna manera Genet llevó a su culminación al final de su vida con su apasionada toma de partido por los palestinos oprimidos, despojados y humillados por el estado de Israel, de alguna manera símbolo de una actitud contestataria a nivel global aún hoy día. 

Etidorhpa - John Uri Lloyd

 

"A CERTAIN POINT WITHIN A SPHERE."—MEN ARE AS PARASITES ON THE ROOF OF EARTH.


Volví a comprender, como tantas veces antes, que era inútil que me rebelara. "El misterio autoimpuesto de una vida sacrificada está ante mí", murmuré, "y no hay posibilidad de volver sobre mis pasos. El "Más Allá" del curso que he seleccionado voluntariamente, y jurado seguir, está oculto; debo animarme a seguirlo hasta el amargo final, y que Dios me ayude, y me mantenga firme."

"Bien dicho", contestó; "y ya que te has decidido tan sabiamente, me permito informarte de que estas nuevas obligaciones, como las que has asumido hasta ahora, no contienen nada que pueda entrar en conflicto con tu deber para con Dios, tu país, tu prójimo, o contigo mismo. Al considerar los fenómenos que presenta la suspensión del acto de respirar, debería ocurrírsele que donde hay que realizar poco trabajo, se requiere poco consumo de energía. Donde hay una destrucción tan insignificante de la fuerza vital (no de la fuerza mental) como es nuestro caso actual, no se requiere más que una ligera respiración para mantener la condición normal del cuerpo. En la superficie de la tierra, el acto de la respiración por sí solo consume, con mucho, la mayor proporción de energía vital, y el esfuerzo muscular que implica requiere una cantidad proporcional de respiración para que la respiración misma pueda continuar. Este acto de respiración es el resultado de una de las condiciones de la vida terrestre de superficie, y consume la mayor parte de la fuerza vital. Si los hombres pensaran en esto, comprenderían lo paradójico que es para ellos respirar para vivir, cuando el mismo acto de respirar desgasta sus cuerpos y acorta sus vidas más que todo lo que tienen que hacer, y sin añadir nada a su constitución mental o física. Los hombres están familiarizados con la muerte física como resultado constante de la suspensión de la respiración, y con la respiración como[Pg 231] acompañamiento de la vida, lo que siempre constante y conectado les lleva a aceptar que el acto de respirar es una necesidad de la vida mortal. En realidad, el hombre ocupa una posición desafortunada entre otras criaturas no desarrolladas de la tierra externa; es un animal, y está constitucionalmente enmarcado como los otros animales que lo rodean. Está expuesto a los elementos beligerantes, a los ataques viciosos de las bestias salvajes y de los parásitos insidiosos, y a las incursiones de las enfermedades. Es una presa de las vicisitudes elementales de la indeseable exposición en la que existe en la superficie exterior de nuestro globo, donde todo es guerra, incluso entre las fuerzas de la naturaleza que le rodean. Estas condiciones hacen que su suerte sea realmente infeliz, y en la ignorancia pasa por alto los tormentos de la esclavitud cansada, rasposa e interminable de la respiración en la lucha personal que tiene que sufrir para conservar una breve existencia como un ser organizado. ¿No ha pensado nunca en las tribulaciones conexas que el desgaste de la respiración inflige por sí solo a la familia humana? El agitar del pecho, la circulación de la sangre, el palpitar del corazón, continúan desde el nacimiento mortal hasta la muerte. El corazón del hombre expulsa alrededor de dos onzas y media de sangre con cada pulsación. A setenta latidos por minuto esto equivale a seiscientas cincuenta y seis libras por hora, o casi ocho toneladas por día. Los pulmones respiran más de mil veces por hora y mueven más de tres mil galones de aire al día. Multiplique estas cantidades por trescientos sesenta y cinco, y luego por setenta, y habrá calculado en parte el enorme trabajo vital de los pulmones y el corazón de un adulto. Más de doscientas mil toneladas de sangre y setenta y cinco millones de galones de aire han sido movidos por la fuerza vital. La energía así consumida se disipa. El gasto de esta fuerza vital no tiene retorno. Durante la vida natural del hombre, se desperdicia, por consiguiente, más energía en la transformación material resultante del movimiento del corazón y de los pulmones, que la que sería necesaria para mantener las fuerzas puramente vitales durante mil años. Además, el acto de la respiración que el hombre se ve obligado a realizar en su posición expuesta, hace necesario el consumo de grandes cantidades de alimentos, con el fin de preservar el calor animal, y reemplazar el desperdicio de un cuerpo material que a su vez se desgasta por estos mismos movimientos. Añádase este derroche de energía a lo anterior, y entonces se percibirá seguramente que la vida posible del hombre se ve también restringida en otro y mayor grado en el sostenimiento de la parte digestiva de su organismo. Su espíritu es esclavo de su cuerpo; sus pulmones y su corazón, de los que imagina que depende la vida, son antagonistas incesantes de la vida. No voy a negar que su acto de respirar es ahora una necesidad en la superficie de la tierra, donde la fuerza de gravedad presiona tan fuertemente, y donde los elementos tienen a los hombres a sus órdenes, y no le muestran ninguna misericordia; pero es exasperante contemplar tal desperdicio de energía, y la correspondiente pérdida de vida humana."

"Sin embargo, debes admitir que es necesario". pregunté.

"No; sólo hasta cierto punto. La vida natural del hombre debería ser, y aún lo será, duplicada, triplicada, multiplicada una docena, sí mil veces".

Me puse delante de él y nos pusimos uno frente al otro.

"Dígame", grité, "cómo pueden los hombres mejorar su condición para alargar sus días hasta el límite que usted nombra, y permítame volver a la superficie de la tierra como portador de las buenas noticias".

Negó con la cabeza.

Me arrodillé ante él.

Te imploro, en nombre de esa desafortunada humanidad de la que soy miembro, que me concedas esta bendición. Prometo volver a ti y cumplir tus órdenes. Sea cual sea mi destino posterior, prometo aceptarlo de buen grado".

Me puso de pie.

"Anímate", dijo, "y en el momento oportuno podrás volver a la superficie de esta corteza de tierra, portador de grandes y buenas noticias para los hombres".

"¿Debo enseñarles lo que me has mostrado?" pregunté.

"Sí; en parte serás un precursor, pero antes de que obtengas la información necesaria para la comodidad de la humanidad, tendrás que visitar la superficie de la tierra de nuevo, y volver otra vez, quizás repetidamente. Deberás probarte a ti mismo como pocas veces se prueba a los hombres. El viaje que has comenzado está lejos de su conclusión, y puede que no estés a la altura de sus pruebas posteriores; prepárate, por lo tanto, para una serie de acontecimientos que pueden inquietarte. Si tuvieras plena confianza y fe en tu guía, tendrías menos motivos para temer el resultado, pero tu recelosa naturaleza humana no puede superar la sensación de encogimiento que es natural en quienes han sido educados como tú en medio de las cambiantes vicisitudes de la superficie terrestre, y no puedes sino ser incrédulo en razón de esa educación."

Entonces me detuve al observar ante mí un peculiar hongo, peculiar porque no se parece a ningún otro que haya visto. La parte convexa de su cuenca estaba abajo, y la gran cabeza, como una seta invertida, se erguía sobre un corto pedestal en forma de tallo. Las branquias interiores eran de un color verde intenso y se curvaban desde el centro en forma de espiral. Esta forma, sin embargo, no era el rasgo distintivo, ya que había observado antes especímenes de estructura espiral. La extraordinaria peculiaridad era que las branquias estaban cubiertas de frutos. Este fruto era igualmente de color verde, cada espora, o baya, era de dos a tres pulgadas de diámetro, y alveolado en la superficie, ondulado de manera muy hermosa. Me detuve, me incliné sobre el borde del gran cuenco y arranqué un ejemplar de la fruta. Parecía estar cubierto de una cáscara dura y transparente, y casi lleno de un líquido verde y claro. Lo manipulé y examiné con curiosidad, ante lo cual mi guía no pareció sorprenderse. Mirándome atentamente, dijo:

"¿Qué es lo que impulsa a un mortal hacia esta fruta?"

"Es curioso", dije; "nada más".

"En cuanto a eso", dijo él, "no es nada curioso; la semilla de la lobelia de la tierra superior es más curiosa, porque, aunque es tan exquisitamente ondulada, es también microscópicamente pequeña. En segundo lugar, te equivocas cuando dices que es simplemente curiosa, "nada más", pues ningún mortal ha pasado por ese cuenco sin hacer exactamente lo mismo que tú. La vena de la curiosidad, si fuera sólo eso lo que te impulsa, no podría sino tener una excepción".

Entonces rompió la cáscara de la fruta golpeándola contra el suelo pedregoso, y abrió cuidadosamente la cáscara, entregándome una de las mitades llenas de un líquido verde. Mientras lo hacía, pronunció una sola palabra: "Bebe", y yo hice lo que me indicó. Se puso de pie ante mí, y cuando lo miré a la cara, aparentemente, sin razón alguna, se lanzó a una disertación, aparentemente tan distinta de nuestra línea de pensamiento como podría serlo un tema desconectado, como sigue: