jueves, 24 de febrero de 2022

Mi vida es un intento fallido


Fui concebido en un acto de amor

La pobreza acompaño mis días

un chico de pocos amigos 

mi padre abandono a mi madre

me golpeaba por buenas notas

tímido mudo en mi mundo infantil

creaba historias con juguetes

que hacia con las cosas arrojadas

habían alegrías que se esfumaban

por ebrios amanecidos pendencieros

no crecí con televisión mi padre

empeñaba y vendía lo poco que había

lo perdono por ello y lo entiendo

mi madre nunca estaba en casa

si estaba yo era como invisible

las chicas y los chicos juagaban

a ser novios, en cambio maquinas

creaba con aparatos destartalados

mi profesora se mofaba de mis

raras creaciones ante los otros

me regañaba por ser pobretón 

por nunca aportar algo material

le perdono sus faltas ciegas

tengo tan tristes vivencias 

leía libros viejos y rotos

que habían sido propiedad

de un tío poeta y cantante

golpeaba siempre a su mujer

me gustaba escapar de lo real

después de la primaria conocí

algunos amigos en especial

una adolescente muy dulce ella

mis pies tocaba bajo la mesa

con los suyos sonreía radiante

tenia una trenza en su rubio

cabello que cubría su piel clara

no se ni como ni cuando suspire

y soñé que hacíamos el amor

Solo una vez le insinué esto

ella se Moria de fatal risa 

Tal vez era buen estudiante

porque ella era muy dedicada

me gradué del colegio queriendo

ser medico para ayudar al otro

ella se fue y la ultima vez

que apareció tenia un novio

no se si por esta razón 

deje de ser el chico ejemplar

me embriagaba a todas horas

Cuando conocí la poesía 

mi vida dio un giro total

ya que con ella conquiste

a una chilota austral triste

me escribía me dedicaba sus

mas sinceros pensamientos

la perdí un día le dije vete

de mi vida como me arrepiento

desee ser escritor por entonces

cruzo una psicoanalista loca

sus miradas llenas de pasión

sus dedicaciones eran cristal

pero le dije ámame o no puedo

entregarte mi ser así no mas

recuerdo cielos estrellados

iba y venia como la luna

un día era radiante al otro

miraba hacia el cielo lugar

no estaba estaba en ningún

Estudiaba literatura leía

sobre Gilgamesh su que sagrada

mujer monstro transformo 

en hombre mas sabio que un dios

no hay duda que allí habían

chicas muy singulares una

llamo mi atención entre todas

Anna era su nombre quizá ruso

era muy callada y reservada

pero había ganado concursos

literarios cosa que nunca

de los jamás me ha sucedido

No se que tenia era su cabello

desordenado ondulado y negro

como la noche, sus pupilas

al mirarlas con las mías

se perdían en un cielo 

que no tenia fin alguno

Converse varias veces pero

nunca de los jamás cedió

era un secreto reservado

envolvía su alma en un halo

de misterio insondable

tuve el placer de conocer

una chica que recitaba las

escrituras al derecho al revés

tenia una agradable voz

parecía una tierna chiquilla

su rostro tenia una calidez

se dio cuenta que mi razón

no pasaba por buen momento

era el corazón el culpable

le dije que estaba enamorado

que no podía entender cuando

paso pero no correspondió 

llore tanto aquella noche

nunca había llorado así

por nada ni por nadie

un día se sentó junto a mi

como si nada hubiese pasado

en el acto salí corriendo

Este poeta leyó tanto por esos

días amanecía y anochecía

entre los libros y las bibliotecas

Decidió que olvidaría el amor

los placeres de la carne 

para amar la sabiduría 

perderse en la literatura

pero al poco tiempo se sintió

enfermo leyendo un tomo grueso

de historias entremezcladas

con cambios y saltos de tiempo

de soldados de robaban indias

para convertirlas en monjas

la casa verde era el lupanar

el mismo de la historia china

donde el personaje es decadente

terrateniente que pierde sus

posesiones en una mala jugada

de destino y dados arreglados

por esto se ve encaminado 

reclutado a la fuerza en guerra

civil de los comunistas chinos

el vio fallecer a su mentor

de una bala perdida en su espalda

Pero antes una rusa fusilo

me entrego al enemigo del silencio

le quería entregar mi sangre

no acepto esta diosa eslava 

mi ofrenda y sacrifico 

Rut, el rey David peco en su nombre

en vano canto a dios su pecado

Mi vida fue un intento fallido


MP





martes, 22 de febrero de 2022

Espantapájaros - Oliverio Girondo


No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible

- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?

¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

NODRIZA - Aurelio Arturo

 NODRIZA

Mi nodriza era negra y como estrellas de plata
le brillaban los ojos húmedos en la sombra:
su saliva melodiosa y sus manos palomas mágicas.
¿O era ella la noche, con su par de lunas moradas?
¿Por qué ya no me arrullas, oh noche mía amorosa,
en el valle de yerbas tibias de tu regazo?

En mi silencio a veces aflora fugitiva
una palabra tuya, húmeda de tu aliento,
y cantan las primaveras y su fiebre dormida
quema mi corazón en ese solo pétalo.

Una noche lejana se llegó hasta mi lecho,
una silueta hermosa, esbelta, y en la frente
me besó largamente, como tú; ¿o era acaso
una brisa furtiva que desde tus relatos
venía en puntas de pie y entre sedas ardientes?

      ..........................

¿Tú que hiciste a mi lado un trecho de la vía,
te acuerdas de ese viento lento, dulce aura,
de canciones y rosas en un país de aromas,
te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas?

 

 https://www.youtube.com/watch?v=tyAn-3v-7d8

jueves, 17 de febrero de 2022

EL deseo es un lugar retirado

 

"Deja que mis dedos corran

por los caminos de tu cuerpo"

Neruda


En este tramo y punto de la historia

se siente uno pudoroso y se sonroja

aquí es el lugar en que las palabras

deberiansen trocarse en aladas mariposas

una cosa es satisfacer esa ansia libidinal

muchas veces así fue placer del lupanar

se encuentran los adictos a las pasiones

pero luego queda el sin sabor y la soledad

Cuando uno ama a alguien desea besar su alma

se enamora uno de sus pasos y sus gestos

quiere y ansia estar solo con esa persona

cada vez que descorre un pliegue del vestido

cada vez que roza con una de sus manos

su espalda felina queda uno sin pensamientos

ella me entrego todo su ser y sus secretos

me dio algo que nadie mas ha podido dar

solo ella pudo abrir las cerraduras

mas yo hice a un lado todo lo demás

construimos uno teatro de marionetas

todos los días al ocultarse el sol

comenzaba la obra y éramos el publico

historias iban y venían sin cesar ni fin

es como si hubiésemos cerrado los ojos

para que el corazón guiara esta estulticia

Ayer fueron y son brumas entre los recuerdos

Hoy he después de tantos años y canoso

cuando un fuego me quemo por dentro

de un amor frio como Siberia y su mirar

de pupilas grises melancólicas gélidas

no habiendo quedado mas que cenizas

Tempestuosas marejadas arremolinadas

si pienso en tañer los mares de su ser

podría ser una lívida llama sea incendio

así serias mi ciudad de Dios, mi bien


MP

https://www.youtube.com/watch?v=SmXnr_0edEc


miércoles, 16 de febrero de 2022

Shuniata

“Monjes, los placeres sensuales son permanentes, ahuecados, falsos, engañosos; son ilusorios , el parloteo de los tontos".


Solo hay un paraíso perdido...son los libros

Esa búsqueda de paz absoluta

las estatuas de los colosos

Budas se derrumban al igual

las Linternas en las iglesias

Allí ya no reina el silencio

este huyo lejos a las montañas

alejándose de las atestadas calles

de los ebrios y los mercaderes

En los barrocos templos dorados

un hombre lo quebranto un día

No eres un rey¡ Dijo ante dios

levanto la mirada desde su atril

oren por él, de sus labios pétreos

como susurros o un leve murmullo

No, yo no orare por esta oveja

su voz es un canto a la libertad

El infierno es mi hermano gemelo

dicen callemos nada expresemos

pero si cada cual tiene el suyo

oigamos sus lamentaciones míseras

los locos emiten muchas maldiciones

los enfermos y ángeles caídos gritan 

eso se llama libertad de conciencia

tratemos de identifícanos con el otro

las palabras al parecer son vacuidad

aquellas del susurro del dios posmoderno

Camino caminos en la soledad nocturna

ahí reina el silencio bajo los arboles

estoy triste y feliz; rio, lloro, muero.

Al alba oigo su voz leo sus pensamientos

es una criatura sobrenatural espiritual

tan humana tan sacra, soy el demonio

respondo a su lívido y cálido halito

como puede ser que exista alguien así?

una sacerdotisa que exorcizo a Azazel

purifica mis pecados sacrificadme señora

en mi interior rosas negras crecieron

ella toma una, la acaricia y en el acto

cual prodigio dulce milagro reverdecen,

pero son tantas las que cubren los campos

¡que me digan loco los que no han de creer. 

mi conciencia se hizo una mágica ilusión.




MP.



domingo, 6 de febrero de 2022

Lilichka - Vladímir Mayakovski

 

El humo del tabaco resquemó el aire.
El cuarto, un capítulo en el infierno kruchonijiano*.
¿Te acuerdas?,
tras esa ventana,
por vez primera,
acaricié, frenético, tus manos.
Hoy estás
con el corazón acorazado.
Otro día más,
y me expulsarás abrumándome de injurias.
En la turbia antesala no acierta
con la manga la mano quebrada de temblor.
Huiré,
arrojaré el cuerpo a las calles.
Arisco,
enloqueceré
tajado de desesperación.
¿Para qué eso?,
querida,
piadosa,
déjame decirte ¡adiós!
Aunque no quieras
es mi amor
lastre que arrastrarás
adonde vayas.
Deja que llore en el último grito
el amargor del desaire.
El buey cansado de trabajar
va
y se tumba en las aguas frías.
Para mí
no hay otro mar que tu amor,
y tu amor no concede descanso.
Si quiere calma el elefante agotado
se acuesta majestuoso en la arena encendida.
Para mí
no hay otro sol que tu amor,
y yo no sé dónde estás, ni con quién.
Si atormentaran así a un poeta,
él,
por dinero, cambiaria a su amada y la fama,
pero a mí
no me alegra otro sonido
que el sonido de tu nombre entrañable.
No me arrojaré al patio,
no beberé veneno
ni podré apretar el gatillo en la sien.
En mí,
aparte de tu mirada,
no manda el filo de las navajas.
Olvidarás mañana
que te coroné,
que abrasé en el amor el alma florida,
y el carnaval agitado de los días vanos
aventará las páginas de mis libros.
Las hojas secas de mis palabras
¿te harán detenerte
y respirar con ansiedad?
Déjame
que con mi última ternura alfombre
tus pasos que se van.

MÁS POEMAS DE VLADÍMIR MAYAKOVSKI

Amor - Vladímir Mayakovski

 

Tal vez,
quizá,
alguna vez,
por el camino de una alameda del zoológico,
entrará también ella.
Ella,
ella también amaba a los animales,
y sonriendo llegará,
así como está,
en la foto de la mesa.
Ella es tan hermosa,
a ella con seguridad la resucitarán.
Vuestro siglo XXX
vencerá,
al corazón destrozado por las pequeñeces.
Ahora,
trataremos de terminar,
todo lo que no hemos podido amar en la vida,
en innumerables noches estrelladas.

¡Resucitádme,
aunque más no sea,
porque soy poeta,
y esperaba el futuro,
luchando contra las mezquindades de la vida cotidiana!
¡Resucitádme,
aunque más no sea por eso!
¡Resucitádme!
Quiero acabar de vivir lo mío,
mi vida
para que no exista un amor sirviente,
ni matrimonios, sucios,
concuspiscentes,
Maldiciendo la cama,
dejando el sofá,
alzaré por el mundo,
un amor universal.
Para que un día,
que el dolor degrada,
cambie,
y no implorar más,
mendigando,
y al primer llamado de:
¡Camarada!
se dé vuelta toda la tierra.
Para no vivir,
sacrificándose por una casa, por un agujero.
Para que la familia,
desde hoy,
cambie,
el padre,
sea por lo menos el Universo,
y la madre
sea por lo menos la Tierra.

MÁS POEMAS DE VLADÍMIR MAYAKOVSKI

miércoles, 2 de febrero de 2022

El archivo de egipto - Leonardo Sciascia.

El autor murio en el año de mi nacimiento. Escribio muchas obras pero solo tengo una en mis manos. La obra la titulan el consejo de ejipto.


Escritor italiano que destaca por sus novelas sobre el poder y la corrupción en Sicilia. Nació en Recalmuto, Sicilia, el 8 de enero de 1921. Fue profesor en varios colegios de Caltanissetta entre 1949 y 1957, y de Palermo desde 1957 a 1968, a la vez que publicaba sus novelas, narraciones cortas, obras de teatro y ensayos que, según el propio autor, formaban un solo cuerpo de obras cuyo tema era el trágico pasado y el no menos trágico presente de su isla natal. Por ejemplo, Las parroquias de Regalpetra (1956) es una colección de historias breves en las que se describe la Sicilia rural bajo el dominio de la mafia, el Partido Fascista y la Democracia Cristiana, o bien otras novelas situadas en la Sicilia de nuestros días, como El día de la lechuza (1961), A cada uno lo suyo (1966) y Todo modo (1974), que reflejan las investigaciones policiales sobre la mafia. Dentro de este grupo se puede incluir también, El contexto (1971), que constituyó la base de una película de Francesco Rosi, Cadáveres excelentes (1976). Del mismo modo, otras novelas de Sciascia, como El consejo de Egipto (1963) y Candido (1979), por citar sólo algunas, dan cuenta de la áspera realidad de la vida siciliana. A partir de 1978, el autor escribió sobre todo ensayos sobre literatura y política y, como miembro que fue del Partido Radical, resultó elegido tanto para el Parlamento Europeo como para el Italiano en 1979. El 20 de noviembre de 1989 murió en Palermo.  © M.E.

viii


El Archivo de Sicilia estaba ya en su punto: el códice de San Martina había sido corrompido por entero, con gran habilidad, con arte, incluso. El texto italiano estaba a punto, aunque aún era necesaria una definitiva y cuidadosa revisión, que resolviera no pocas incongruencias y equívocos. Pero esa tarea corresponderla, más bien, a monseñor Airoldi, que en esos momentos había asumido una actitud de porfia frente a Gregario y a todos aquellos que, o bien estaban de acuerdo con el canónigo, o bien seguían las alternativas del caso en calidad de divertidos espectadores.

 Ahora, fray Giuseppe se dedicaba totalmente a la fabricación del Archiva de Egipto. Y como aquel •que desde un tenducho miserable se expande hacia un comercio más amplio, confiado en el viento de la fortuna, habla hecho llamar a un fiel amigo maltés, el monje Giuseppe Cammilleri, para que le ayudara en el trabajo material. Cammilleri era hombre de su misma pasta, pero de mente sórdida y lenta, de apetitos elementales e inmediatos. En cuanto a mantener un secreto, se podía confiar en él como en una tumba, si bien era imprescindible depositar en la tumba el mismo óbolo que los antiguos sallan depositar en las tumbas de sus seres queridos. Y por la forma en que desaparecía entre las manos del monje el dinero que fray Giuseppe le entregaba, bien se podría haber pensado que su destino era convertirse en hallazgo de anticuarios o, para utilizar un vocablo más moderno, de arqueólogos. • Sin duda lo entierra en el huerto•, pensaba fray Giuseppe, por· que entre los efectos del monje, que de tanto en tanto inspeccionaba con sumo cuidado, no lograba descubrir evidencias de que Cammilleri gastase nada, puesto que ni siquiera salla de la casa. En realidad, el monje enterraba sus dineros en el seno de una prostituta que iba a visitarle durante las horas en las que el amo de la casa se hallaba fuera, es decir entre el avemaría y los dos toques de la noche. Generosísima dádiva, según la opinión del maltés, misérrima, según el parecer de la mujerzuela. Y as!, bajo el techo de fray Giuseppe V ella, en la casa donde monseñor Airoldi lo habla alojado con amabilidad, a cada visita prohibida nacía una discusión en cuyo transcurso ciertos vicios, ciertas cualidades y muchas otras cosas resultaban ser llamadas por el más crudo de los nombres posibles.

Por fortuna, fray Giuseppe no sospechaba de nada. De lo contrario. profundas hubieran sido sus inquietudes y tribulaciones. porque ya no podía hacer regresar a Malta al monje, depositario de un peligroso secreto y menos posible aún le sería admitir que en su propia casa continuase tan torpe ejercicio. Además. la casa se hallaba muy apartada y las primeras sombras de la noche la sumergían en una soledad tan absoluta que hasta inspiraba toda suerte de temores. 

 Ignorante de la tosca pasión m la que el monje se desfogaba, con absoluta impunidad. a sus espaldas, fray Giuseppe gozaba de la compañia y se beneficiaba con la ayuda de Cammilleri. En especial, le importaba la compañía, luego de muchos años de soledad: soledad comparable a la de un artista que, atrapado en una isla desierta, se hubiese entregado a crear una obra de la que ningún otro hombre pudiera llegar a complacerse. Vella tenia conciencia de que en su trabajo, tal como en realidad era, existía una cualidad fantasiosa, una categoría artística. Pensaba que, revelada su impostura después de un siglo o tal vez más (después de su muerte, en todo caso), se mantendría válida su invención: la extraordinaria novela de los musulmanes de Sícilia. Y para la posteridad, su nombre habría de adquirir la dorada gloria de un Fénélon o de un Le Sage, sumada, claro está, a la negra gloria que por esos afios envolvía el nombre del palermitano Giuseppe Balsamo. Su desesperación de artista se fundla con la vanidad comón a todos Jos hombres que incurren en delito: le urgfa la necesidad de tener a su lado a alguien, espectador y cómplice, que en su cotidia· no trabajo admirase al original creador de una obra literaria y al no menos original y despreocupado impostor.

En este sentido, el monje no era el hombre ideal pues, aunque pagaba tributo de ansiosa admiración a la impostura, no sabía apreciar con justicia la obra literaria: Cammilleri era incapaz de cubrir cumplidamente el papel de representante de la posteridad que la intención de fray Giuseppe le había asignado. Pero no obstante, era un hdlito, como se dice en Sicilla de cualquier presencia humana que sirva para endulzar la soledad y la desesperación, que pueda compararse a la ligera caricia del viento en medio de la espesura. Además, como ayudante del trabajo mecánico de copiar y de acuñar, resultaba un individuo impagable: paciente, atentísimo, escrupuloso. 

En las horas de trabajo ambos se mantenían en silencio: pareclan sordomudos. Pero en la mesa y en Jos momentos de descanso en el huerto, llegaban a la locuacidad en el recuerdo de Malta, de la infancia, de sus familiares y amigos, a quienes el monje había visto en dlas cercanos y de quienes, por lo tar>- 59 lo, poseía frescas noticias. También solían enfras - carse en consideraciones sobre sus vidas, sobre cómo estaban cambiando, o en comentarios acerca de las cosas del mundo, que a Cammílleri le eran casi por entero desconocidas.

Cuando hablaban de los hechos mundanos, el rús· tioo maltés se transformaba en un personaje de Fioretti. En las ocas iones en que se sumergían en el tema de las mujeres, a pesar de que tenia conocí· miento de ellas, por inconfesado y oculto que fuese, Cammílleri desembocaba en un inevitable extravío de vagas y temblorosas fantas!as, de deseos y sentimientos que, en cambio, a fray Giuseppe Vella produelan malicioso goce.

-¿No creéis que las ha hecho el diablo? -preguntaba el monje maltés.

 -Oh, no -sonreía fray Giuseppe-, también ellas son obra de Dios. ¿Qué mérito habria para no sotros en el hecho de abstenemos de ellas, en tal caso? Es fácil abstenerse de las cosas diabólicas. Lo dificil es abstenerse de las cosas que Nuestro Señor ha hecho y que, por amor a El, nos ha pedido que no utilicemos.

-Tal vez tenéis razón -decia el monje-sin duda tenéis razón, con la doctrina en la mano. Pero no hallo demasiado sentido en esta historia... Se me hace que esa prohibición valdria tanto como negar a Dios en una parte de su creación...

-Nosotros otorgamos gloria a Dios en cada uno de los elementos de la creación, incluso en la mujer. Alabamos al sexo femenino en materia de belleza y de armonia, la exaltamos en su faceta de madre .. , Pero la convertimos en objeto de nuestra renuncia, de nuestro sacrificio, para sólo ser sacerdotes de Dios. ministros suyos en nuestra totalidad.

-¿Y vos lo lográis? No me refiero a prescindir de la mujer, sino a no pensar en ella, a no requerirla en vuestros sueños, a no revestiros con ella en el ensueño, como si se tratara de un manto de delicias ...

-No lo logro -respondía fray Giuseppe, cerrando los ojos.

 Y el monje se sentía confortado con esa confesión. Y porque su memoria era flaca y estaba sujeto a la cotidiana renovación de su arrepentimiento y de su contrición, a menudo y a partir de cualquier subterfugio, volvía a plantear el mismo tema. En medio de la oscuridad de su mente y de su corazón, centelleaban de cuando en cuando chispas de superstición y de fe. Fray Giuseppe lo sabia muy bien y por eso mismo hallaba las palabras más pertinentes para apaciguar a Cammilleri, a quien muchas veces asal~taban sentimientos de culpa por aquel trabajo suyo de amanuense y fundidor.

-¿No cometo una mala acción? -preguntaba. 

-¿Y yo? -replicaba fray Giuseppe. 

-Pues... también vos -respondía con timidez, bajos los ojos, el monje. 

En esos momentos, con gran llaneza. fray Giuseppe le explicaba que la tarea del historiador es un verdadero embrollo, una impostura, y que signicaba mayor merecimiento inventar la historia que transcribirla, sin más ni más, a partir de viejos folios, de antiguas lápidas, de viejos mausoleos. Además, en todo caso, era mucho más laborioso inventarla : por ende, honestamente, las fatigas que ambos emprendían eran dignas de una compensación más importante que la que premiaba a un historiador verdadero, a un historiógrafo que gozara de nombradía, pagas y prebendas.

-Toda una impostura. La historia no existe. ¿Quién podría asegurar que existen las generaciones de hojas que han caldo de un árbol, otoño tras otoño? Existe el árbol, existen sus hojas nuevas~ más adelante también estas hojas caerán; y en cierto instante, también el árbol ha de desaparecer. La historia de las hojas, la historia del árbol. ¡Futilezas! Si cada hoja escribiera su hi s t oria , si aquel árbol escribiera la suya, entonces, diriamos: ah, si, la historia ... ¿Vuestro abuelo ha escrito su historia? ¿Y vuestro padre? ¿Y el mio? ¿Y nuestros bisabuelos y tatarabuelos ... ? Han descendido a sufrir podredumbre en la tierra, tal como las hojas, sin dejar historia tras de si... Exi ste aún el árbol, si; exi stimos también nosotros, como hojas nuevas ... Y también nosotros nos habremos de marchar. .. Quedará el árbol, si perdura, pero también podría ser hachado, rama por rama : los reyes, los virreyes, los papas, 1os capitanes, en una palabra, los grandes ... Hagamos con todos ellos un poco de fuego, algo de humo, para ilusionar a los pueblos, a las naciones. a la humanidad viviente ... ¡La historia! ¿Y mi padre? ¿Y vuestro padre? ¿Y los borborigmos de sus vfsceras vacías? ¿Y la voz de sus hambrinas? ¿Creéis que se oirá su rugido en la hi stori a ? ¿Que habrá un hi storiador dueño de un oído tan sensible como para percibirlo?

Fray Giuseppe cabalgaba sobre reales fmpetus de predicador. Y el monje se sentía presa de la mortificación, de la inquietud. Por detrás de la prédica, aparecía el impostor, el cómplice: 

Quizá es el bienestar lo que os corroe la conciencia ... ? Si es así, no tenéís más que decirlo : os pagaré el pasaje de regreso ... Para el monje. como resumen final, este argumento era el más convincente. 





https://www.epdlp.com/escritor.php?id=2283

https://cicutadry.es/el-dia-de-la-lechuza-leonardo-sciascia-la-primera-novela-sobre-la-mafia/

https://introconquista.files.wordpress.com/2018/11/sciascia-archivo-de-egipto-l.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Sciascia

https://es.wikipedia.org/wiki/El_archivo_de_Egipto

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/sciascia.htm

https://lasoga.org/el-caso-moro-de-leonardo-sciascia-o-el-analisis-literario-como-deber-ciudadano/

En la estela de(l) Ulises Por Jorge Fornet...

 


El 2 de febrero de 1922, día del cumpleaños de James Joyce, vio la luz su novela Ulises. No fue una coincidencia. Alguna vez le confesó a su benefactora Miss Harriet Weaver esa conexión, entre supersticiosa y cabalística, que tenían sus libros con los cumpleaños: el Retrato del artista adolescente, por ejemplo, había comenzado a aparecer por entregas en la revista que ella misma dirigía, The Egoist, también un 2 de febrero (de 1914), y terminó de aparecer el 1 de septiembre del año siguiente, cumpleaños de ella. Ulises, por su parte, lo comenzó un 1 de marzo, fecha de nacimiento de su amigo Frank Budgen, y lo terminó el 30 de octubre, cumpleaños de Ezra Pound, quien para entonces era uno de los grandes admiradores y promotores de Joyce, y quien llegaría a afirmar que aquel fue el último día de la Era Cristiana. “Me pregunto”, comentaría Joyce a propósito de su nuevo libro, “cuándo será publicado” (carta a Harriet Weaver, 1 de noviembre de 1921). No hubo nada azaroso, por tanto, en el hecho de que el día en que James Joyce cumplió cuarenta años apareciera en París, publicada por Shakespeare & Co., la más afamada de sus novelas.

En su riguroso panorama sobre la ficción latinoamericana del pasado siglo (Journeys through the Labyrinth. Latin American Fiction in the Twentieth Century. Londres: Verso, 1989), que incluye un capítulo titulado “Into the Labyrinth: Ulysses in America”, Gerald Martin reconoce la enorme influencia que ha tenido Joyce, más que ninguno otro de los grandes autores de la vanguardia europea, en la literatura de nuestro Continente. Es cierto que puede rastrearse la más importante biografía del irlandés, la de Richard Ellmann, y no se hallará nada similar a lo que Rubén Gallo ha llamado Los latinoamericanos de Proust (2016), al referirse a la relación de este con el venezolano Reynaldo Hahn, el argentino Gabriel de Yturri, el cubano-francés José María de Heredia, y los mexicanos Antonio de la Gándara y Ramón Fernández.

Shakespeare and Company fue la editorial que publicó por primera vez Ulises en 1922

Sin embargo, la presencia de Proust entre los escritores latinoamericanosno es equivalente, ni de lejos, a la del autor de Dublineses. Siguiendo a Martin, Jorge Ruffinelli sintetizará en una reseña titulada “Los hijos de James Joyce en tierras latinoamericanas” (Casa de las Américas núm. 186, 1992, p. 131): “Joyce aparece ‘transculturado’ por los latinoamericanos por su uso moderno del mito; por su ‘orientación’ hacia el humor lingüístico, la parodia y la sátira; por ‘la exploración de la naturaleza y la experiencia de la conciencia en la narrativa’; por la búsqueda de la totalidad; por la importancia del viaje físico y metafísico; por la apelación a la cultura popular y al ‘otro’ que es, especialmente, la mujer; y finalmente, por su estilo conformado insólita, pero eficazmente por el simbolismo y el realismo a la vez”. Alejo Carpentier hubiera añadido otros “usos”, como cuando expresaba –en “Problemática de la actual novela latinoamericana”– que la gran tarea del novelista americano era “inscribir la fisonomía de sus ciudades en la literatura universal”, del mismo modo que “fijó Joyce la de Dublín”.

Con altibajos, la presencia joyceana ha sido recurrente entre los escritores de nuestra región, y a nadie extraña que uno de los autores latinoamericanos más celebrados y estudiados de las últimas décadas, Roberto Bolaño, escribiera en 1984, al alimón con Antonio García Porta, una novela cuyo título (parodiando el de un poema de su amigo Mario Santiago) fue Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. El propio Bolaño dijo alguna vez –repitiendo, según él, palabras de Harold Bloom– que “la mejor poesía del siglo veinte en el mundo se hizo en prosa. En el Ulises de James Joyce está contenida La tierra baldía de Eliot, y el Ulises es mejor que La tierra baldía”.

La celebridad del Ulises en Hispanoamérica precedió con mucho a su tardía traducción, de 1945. Catorce años antes, en su conocido prólogo a Los lanzallamas, Roberto Arlt aludía a ella con sorna. Algunas personas, decía allí, “se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco”. Se burlaba Arlt “del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes”. Y vaticinaba: “James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados”.

Menos de un mes después de la muerte de Joyce, ocurrida el 13 de enero de 1941, el semanario Marcha le dedicó un artículo firmado por Periquito el Aguador, seudónimo que Juan Carlos Onetti usó entre 1939 y 1941. Recordaba allí que la mayor parte de las notas necrológicas sobre el autor del Ulises aparecidas hasta entonces, escasas y breves, habían sido adversas. Se apresuraba a advertir, sin embargo, que “los ataques no se dirigían contra el talento literario de Joyce”, pues bastaba leer el Retrato del artista adolescente o las primeras páginas del Ulises –“el más asombroso mundo que puede crear un hombre”– “para saber, de una vez por todas, que no hay escritor viviente capacitado para juzgar a Joyce como artista literario”, dado que el aporte a la literatura de ese “pandemónium […] sin posible más allá”, diría, “es, con el de Marcel Proust, el más grande que haya sido hecho por un solo escritor”.

La novela Ulises apareció en español por primera vez editada por Santiago Rueda

La novela, como es bien conocido, apareció en español por primera vez editada por Santiago Rueda, quien consiguió en su envidiable carrera hacer traducir y publicar, entre otros, a Proust, Freud, Hemingway, Fitzgerald, Faulkner, Sherwood Anderson y, por supuesto, a Joyce (no solo el Ulises sino también el Retrato del artista adolescente). La traducción de aquella, recordaría José Emilio Pacheco, “provocó un cambio radical en nuestra narrativa. Puede comprobarlo quien reflexione un momento en las novelas publicadas en nuestros países después de 1945, fecha en que Salas Subirat dio a conocer en Buenos Aires su versión del libro de Joyce”.[1]

Carpentier lo diría de modo más contundente en “Papel social del novelista” (1967): “Después de Ulises, hay que decirlo, los novelistas quedan atónitos. Podía rechazarse todo aquello. Podían negarse sus cualidades, pero el Ulises estaba allí”. Y si su obra reultaba inquietante era “sobre todo porque Joyce cerraba una época, un modo de vida del hombre sobre la Tierra”. Coincidiendo en cierto sentido con lo dicho por Pound, Carpentier afirmaba que “ante nuestros ojos comenzaba otra época”. Y sentenciaba: “Se han publicado muchas novelas después de Ulises. Pero la novela después de Ulises, sufre de un complejo de Ulises. […] En la prodigiosa ejecución del capítulo final de su libro, se cierra una época”.

Borges, en cambio, no fue un apasionado lector de Joyce, menos aún de sus novelas más “experimentales”. El admirador de autores “menores” como Chesterton y Stevenson se resistía a ellas. En su Introducción a la literatura inglesa, escrita en colaboración con María Esther Vázquez, concedía que “el innegable genio de Joyce era puramente verbal; lástima que lo gastó en la novela, no, como pocas veces lo hizo, en la composición de bellos poemas”. No era el único de los grandes que tenía reparos ante el desborde experimental del irlandés. Casi cuarenta años después de escribir aquella necrológica en la que hablaba del autor de Ulises como un “pandemónium […] sin posible más allá”, en una “Conversación con Eduardo Galeano”, Onetti diría que entre todos los autores prefería a Faulkner y, de este, Absalón, Absalón “la más Faulkner de todas. El sonido y la furia tiene demasiado Joyce para mi gusto”.

Un recorrido por ciertos libros deudores del Ulises en América Latina nos obligaría a recordar a Marechal y su gran novela de la ciudad: el Adán Buenosayres. Siguiendo el ejemplo de Joyce, Marechal acotó el tiempo y lugar de su historia, y reconstruyó un día en la vida de su protagonista. Por otro lado, José Emilio Pacheco, a propósito del Ulises criollo, hablaba de “la extrañeza de ver que Joyce y Vasconcelos nacieron con pocos días de diferencia”, y asociaba esa coincidencia con el hecho de que ambos pusieran sus libros bajo la advocación del mito de Ulises. También José Trigo, de Fernando del Paso, ha sido leída como una de las estaciones de esa estela de la novela del irlandés.

La Casa de las Américas reeditó la novela en 2019

Pero habría que recordar sobre todo, obviamente, una de las más célebres novelas latinoamericanas del último siglo. A propósito de una infortunada crítica de Juan Carlos Ghiano a Rayuela que demostraba, según Cortázar, que aquel no había entendido su libro, le comentaba el propio Cortázar a su editor Francisco Porrúa en octubre de 1963 que algo parecido debió haberle pasado a Cervantes con el Quijote. “Supongo que eso debe ocurrir siempre”, arriesgó; “no conozco las críticas contemporáneas de Ulysses, pero por ahí debe haber andado. ‘Mr. Joyce escribe mal, porque no escribe con el lenguaje de la tribu, con el estilo de Thomas Hardy o de John Galsworthy…’”.

Si bien José Lezama Lima, en el prólogo a la edición cubana de Rayuela (“Cortázar y el comienzo de la otra novela”), se aventura a evocar no ya el Ulises sino el Finnegans Wake, al afirmar que en la novela del argentino se cruzan un idioma ancestral “y un esperanto, un idioma universal”, al que define como “aquella ensalada filológica del último Joyce, que coloca detrás de lo inmediato verbal una infinita escenografía, un dilatado concentrismo que procede por dilatadas irradiaciones”; lo cierto es que no abundaron las comparaciones entre ambos autores. Y de alguna manera, Cortázar lo resiente.

En 1970 Lida Aronne de Amestoy escribió “Ulysses vs. Rayuela, dos etapas de la odisea del siglo xx” (que sería publicado al año siguiente en la Revista de Literaturas Modernas, de Mendoza). Después de leer el manuscrito, Cortázar le envió una carta el 1 de agosto de 1970 en la que le agradecía, más que el interés mostrado, sus premisas y resultados. Confesaba él que después de haber leído cientos y cientos de páginas sobre Rayuela, en todos los idiomas que era capaz de entender, se sentía “calificado para decirle que su trabajo me parece admirable en todo sentido”, pues “curiosamente, las eventuales relaciones entre Bloom y Oliveira (para no citar a los autores de estos niños terribles) son algo que hasta ahora se le había escapado a casi todo el mundo, empezando por mí mismo”.

Cortázar recordó que cuando “un tal Murena se precipitó a demoler Rayuela”, “hizo alguna alusión al plagio, no sé si en relación directa con Joyce o por la vía de Adán Buenosayres”, de manera que el estudio “sirve entre muchas otras cosas para probarme hasta qué punto todo lo que cuenta para nosotros en la literatura contemporánea es siempre, de alguna manera, Ulysses; y que usted haya tenido la inteligencia (y yo diría incluso la generosidad) de llegar a la conclusión de que el viaje interior de Oliveira empieza allí donde termina el de Bloom, es una manera fecunda, ‘abierta’ como diría Eco, de mostrar, prolongándola, la presencia inevitable y casi terrible del gran íncubo de Dublín”.

Para su colega y amigo Gabriel García Márquez –cuya papelería, por azares (no solo del destino) se encuentra, como la de Joyce, en los fondos del Harry Ransom Center de la Universidad de Austin– la lectura del Ulises fue, después de un primer tropiezo, una revelación. Lo recordó en su volumen de memorias Vivir para contarla:

Jorge Álvaro Espinosa, un estudiante de derecho que me había enseñado a navegar en la Biblia y me hizo aprender de memoria los nombres completos de los contertulios de Job, me puso un día sobre la mesa un mamotreto sobrecogedor, y sentenció con su autoridad de obispo:

–Esta es la otra Biblia

Éra, cómo no, el Ulises de James Joyce, que leía a pedazos y tropezones hasta que la paciencia no me dio para más. Fue una temeridad prematura. Años después, ya de adulto sumiso, me di a la tarea de releerlo en serio, y no sólo fue el descubrimiento de un mundo propio que nunca sospeché dentro de mí, sino además una ayuda técnica invaluable para la libertad del lenguaje, el manejo del tiempo y las estructuras de mis libros.

Pocos autores latinoamericanos, sin embargo, han leído y aprovechado tanto a Joyce como Ricardo Piglia. Basta ver los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi, escritos a lo largo de décadas –en los que Joyce y el Ulises aparecen citados decenas de veces– para percibir su pasión por él: durante años lo lee, lo cita, lo estudia, lo confronta con otros escritores. En El último lector, por si fuera poco, dedica el último capítulo a revelar “Cómo está hecho el Ulysses”.

Hay, además, un leitmotiv que aparece lo mismo en el diario, que en varias entrevistas y en la novela Respiración artificial: el de esa genealogía en que Piglia intenta inscribir a su personaje y alter ego Emilio Renzi, cuyos antecedentes serían el Stephen Dedalus de Joyce, el Nick Adams de Hemingway, el Quentin Compson de Faulkner, el Jorge Malabia de Onetti. Se trata, dice en algún momento, de “el joven esteta […] que no hace más que vivir en medio de sus sueños y que en lugar de escribir se la pasa exponiendo sus teorías”. Y al que en otro momento se refiere como “el joven esteta, frágil y romántico que trata de ser despiadado y lúcido”.

También en Respiración artificial Joyce aparece una y otra vez, lo mismo en anécdotas apócrifas que en todo tipo de guiños. Y en cierto momento Piglia utiliza, adulterada, la célebre frase que Stephen Dedalus pronunciara en el segundo capítulo del Ulises: “La historia es una pesadilla de la que trato de despertar”. Incluso, la segunda parte de la novela, como en aquella, transcurre desde la mañana de un día hasta la madrugada del siguiente; y uno de los grandes momentos de la novela, la especulación sobre el posible diálogo de Kafka y Hitler en un café de Praga, puede ser una parodia del presunto encuentro de Joyce y Lenin en el Café Odéon, de Zurich, que ambos frecuentaban.

Es un lugar común hablar de las tensas relaciones de Joyce con su país natal, esa simbiosis de amor-odio que lo marcaría para siempre. En su Guía del Ulises, David Hayman afirma que la novela “tiene por objeto presentar la belleza y la pobreza de una ciudad a la que el escritor no podía volver, pero de la que tampoco conseguía olvidarse”. E Italo Svevo –quien fuera tan cercano al irlandés en los tempranos días de Trieste y amigo durante el resto de la vida– recordaba en su conferencia Sobre James Joyce haberle preguntado, a raíz del estreno de la obra Exiliados, cómo se podía hablar de tales al referirse a aquellos que vuelven a su patria; a lo que Joyce contestó: “¿No recuerda usted acaso cómo el hijo pródigo fue recibido por su hermano en la casa paterna? Peligroso es abandonar la patria, pero más aún volver, porque entonces los compatriotas, si pueden, le clavan un puñal en el corazón”.  

En las últimas décadas, sin embargo, ha habido un esfuerzo por leer a Joyce desde otro lugar. No ya desde aquella tensión, ni desde esa otra perspectiva que ha predominado a lo largo de casi todo el siglo xx de entender su radicalismo estético como parte de la ruptura vanguardista que tuvo lugar en el resto de Europa. Edward W. Said sugiere en Cultura e imperialismo que “varias de las más prominentes características de la cultura modernista que generalmente consideramos derivaciones de la dinámica puramente interna de la cultura y la sociedad occidentales, incluyen una respuesta a las presiones externas que ejerce el imperium sobre la cultura”. Pero según su lectura, ello valdría lo mismo para Conrad y Yeats, que para Forster y Malraux, pasando por Eliot y Pound. Esa visión integradora borra las peculiaridades de Joyce y del contexto irlandés que los nuevos exégetas recalcan, pues con esta mirada, tal radicalismo es expresión de su anticolonialismo, una estrategia de resistencia que incluye, entre otros retos, el de forzar al idioma inglés a rozar sus límites. Desde esa óptica, tanto el Ulises como el Finnegans Wake han sido consideradas novelas poscoloniales.

Enda Duffy, en el volumen Subaltern Ulysses (1994), habla de un vanguardismo poscolonial que podría tener su origen en la escritura irlandesa de principios del siglo xx, dado que Irlanda fue la primera nación en obtener la independencia del Imperio Británico en el período moderno. Visto así, el Ulises es el texto de la independencia de Irlanda. Hoy podemos ver que la novela que fue leída por la crítica metropolitana desde su aparición como el texto culminante de la tradición vanguardista occidental (y por lo tanto imperial), es más bien escenario de los conflictos entre los discursos y las fuerzas materiales enfrentadas en la lucha anticolonial.

Lo que suele pasarse por alto es que la lectura pionera en ese sentido fue realizada por Edmundo Desnoes en el prólogo a la edición cubana de 1964 de Retrato del artista adolescente, que revisa la traducción de Dámaso Alonso de 1926. Allí, Desnoes sacó a Joyce de la tradición eurocéntrica y lo reinscribió en la historia colonial y poscolonial irlandesa, lo que sería válido para la realidad y los escritores hispanoamericanos en general, y cubanos en particular. Ese prólogo es doblemente importante. En primer lugar porque marcaría un antes y un después en la interpretación, desde Cuba, de otros grandes autores (no es casual que la lectura que el propio Desnoes hiciera de Hemingway en el ensayo de 1966 “El último verano”, fuera radicalmente distinta de “Lo español en Hemingway”, publicado en 1961, a raíz de la muerte del escritor). En segundo lugar, porque inició –favorecido por la nueva mirada descolonizadora que impulsaba la Revolución cubana– el nuevo modo de leer a Joyce.

Según César A. Salgado (en “Detranslating Joyce for the Cuban Revolution: Edmundo Desnoes’s 1964 Edition of Retrato del artista adolescente”), esa interpretación política y estética de Joyce como un intelectual subalterno de la periferia colonial reemplazó el retrato que hizo Richard Ellmann de Joyce como un escritor exiliado, formalista, e identificado con el cosmopolitismo metropolitano, una recanonización que anticipó la interpretación poscolonial de Joyce entre los académicos durante la década de los noventa. Desnoes usó a Joyce –el único de los grandes escritores de la vanguardia que encaró los problemas de la soberanía nacional y el subdesarrollo, según él– para ilustrar los dilemas que los intelectuales progresistas de la periferia, que trabajan en condiciones de subdesarrollo económico y cultural, confrontan cuando se rebelan contra los valores e instituciones hegemónicas.

Cien años después de la aparición del Ulises, la novela y su autor nos siguen enseñando tanto el mayor rigor lingüístico como la manera de ser desafiante desde la periferia de Occidente, retos que nunca han olvidado los hijos de James Joyce en tierras latinoamericanas.


[1] El tema de las traducciones de Joyce al español, dicho sea de paso, amerita todo un capítulo que desbordaría con mucho las referencias al Ulises, y avanzaría hacia el final, hacia los esfuerzos parciales por acceder a Finnegans Wake, pero también hacia el inicio: a las diversas versiones de los cuentos de Dublineses (volumen que ha sido prologado, dicho sea de paso, por Mario Vargas Llosa). El tema, incluso, se ha incorporado a la ficción. En uno de los relatos de El boxeador polaco, de Eduardo Halfón, el narrador les explica a sus alumnos por qué la traducción del título “A Little Cloud” como “Una nubecilla” es una pésima decisión de todos los traductores al español, incluyendo a Cabrera Infante.