miércoles, 31 de marzo de 2021

Las conquistas de México y Yucatán , Guillermo Goñi

 Otro motivo de preocupación fue su imposibilidad de localizar ciudad alguna que dominara la península. A pesar de que toda la región compartía lenguaje y costumbres, no parecía existir un mo-narca que reinara sobre toda ella. No habían encontrado en el sur o en las costas, la ciudad y el personaje que centralizaran el go-bierno de todo el territorio. Comenzaban a sospechar que en Yuca-tán no tendrían un solo enemigo, un adversario que concentrara la resistencia contra la conquista. La inexistencia de un indivi- duo con tal poder significaba que tendrían que someter a decenas de “caciques” independientes, algunos de los cuales ejercían auto-ridad militar, judicial, económica, tributaria y hasta religiosa sobre extensiones considerables. Pero si en algunas áreas había cierta unidad política, la mayoría de los caciques sólo gobernaba su propio poblado. La dificultad que esto significaba para sus intenciones era enorme, cualquier victoria que obtuvieran sin importar que tan valiosa o costosa pudiera ser no tendría repercusiones más allá del asentamiento vencido o, si acaso, de las fronteras del cuchcabal del que formaba parte. La conquista tendría que convertirse en una serie de campañas para someter a cada una de esas entidades políticas que existían en Yucatán. Tendría que ganarse en todos los confines, habría que llevar la guerra a donde hubiera algún “cacique” que rehusara declararse vasallo del rey por pequeña que fuera el área bajo su dominio. Habría que vencerlos a todos, sin embargo la derrota de cualquiera de ellos no tendría repercusiones en los demás. El entorno natural también se había mostrado como un grave obstáculo para la realización de sus planes. La tierra de Yucatán parecía de una condición extraña. Sin ríos que la cruzaran en la superficie, en la parte norte era posible encontrar enormes “pozos” naturales, los cenotes, que según su primera interpretación provi-dencialista eran una compensación divina por la ausencia de co-rrientes del vital líquido. Pero sus peculiaridades no terminaban ahí, la distribución del agua era tan anormal que incluso los ma-nantiales de agua dulce brotaban en el mar.86 Las costas también tenían condiciones especiales: peligrosas en el oriente donde el li-toral por largos trechos era muy rocoso y resguardado por arreci-fes, o difíciles de aproximar por su poca profundidad en el norte y el poniente. Los barcos no podían acercarse con facilidad a puer-tos que por otra parte no existían. En un territorio sin ríos, sólo tres bahías habían podido descubrir en la costa oriental: las bahías de la Ascensión, Espíritu Santo y Chetumal, las tres de poco prove-cho por su escasa profundidad además de la multitud de arrecifes y pequeñas islas en sus bocas que hacían peligrosas sus entradas. Una expresión muy famosa de fray Diego de Landa describe otra peculiaridad del territorio yucateco, la casi ausencia de suelo: “Yucatán es una tierra la de menos tierra que yo he visto, porque toda ella es una viva laja…”.87 En lo que les parecía otra aberra- ción de la naturaleza toda la comarca estaba cubierta de roca, sólo en pocas partes mostraba una delgada capa de suelo vegetal, pero a pesar de esa carencia las plantas y los árboles crecían sobre las rocas con desmesura. Todo estaba cubierto con una vegetación tan densa que hacía penosa la marcha de contingentes que para ello debían abrir su propio camino. Esa increíble densidad de la vege-tación y el suelo de laja viva significaban considerables dificul-

163tades para el transporte de grupos numerosos y en particular para el desplazamiento de la que consideraban su arma más importan-te: la caballería. Otra dificultad asociada a la vegetación era que el “monte” tan apretado no permitía miradas panorámicas, hacía imposible distinguir cualquier objetivo a distancia, por ello tenía las condiciones ideales para brindar refugio a sus habitantes. Pobla-ciones enteras, sus construcciones y vecinos, podían pasar inadver-tidos para quien no tuviera conocimiento previo de su existencia. Otra condición desventajosa para los extranjeros era la insalu-bridad de Yucatán, enfermedades desconocidas eran capaces de acabar con un ejército. Ellos mismos lo habían sufrido en carne propia durante su estancia en Salamanca Xelhá. Aunque los isleños o quienes tenían alguna experiencia previa con la naturaleza ame-ricana parecían poder acostumbrarse, el “aliento” de la tierra era tan malsano que enfermedades desconocidas ponían en peligro la vida de quienes se aventuraban en ella.Pero si algún conocimiento y experiencia habían adquirido de las campañas anteriores, los españoles debieron reconocer que muy poco habían avanzado en el logro de sus objetivos. Después de cua-tro años de esfuerzo no estaban muy lejos de donde habían comen-zado. Todavía no habían conseguido riqueza ni dominaban alguna de las regiones que habían visitado. En algunos lugares los indios habían “aceptado” las formalidades que les requirieron para sujetar-los, pero los cristianos ni siquiera habían podido establecerse en su territorio. En todo caso en la evaluación contó a su favor que los combates habían sido escasos y que los pobladores de Yucatán se habían mostrado poco dispuestos a presentarles batalla, preferían retirarse a la selva o alentarlos para que siguieran su camino antes

LA INDEPENDENCIA EN EL SEPTENTRIÓN DE LA NUEVA ESPAÑA PROVINCIAS INTERNAS E INTENDENCIAS NORTEÑAS 2018.

 Marginalidad es un concepto que define la condición de individuos, grupos e incluso

regiones y naciones que han quedado fuera de los sistemas que integran la sociedad en ciertas

épocas y momentos; es decir, implica una ruptura de éstos con el cuerpo social. En otro

sentido, refleja una visión del mundo de carácter dual, con un centro (el orden social, la civilización,

el mercado y la política, entre otros) y sus márgenes o periferia. Se trata, sin duda,

de una concepción de la realidad determinada desde un centro hegemónico o dominante,

espacio desde el cual se construye también un discurso que se impone (y excluye) sobre otros

discursos marginales, muchas veces ocultos, producidos por los grupos considerados periféricos.

Asimismo, la marginalidad supone una organización física del mundo. Por eso la ciudad

se convierte, para el poder, en el lugar del orden claro, artificial y jerárquico, mientras

que el campo lo es del desorden, de lo natural, de lo bárbaro. No es la única oposición física:

también se define por lo urbano y lo rural, por la metrópoli y la periferia. Al no existir nunca

el orden perfecto, por tanto, desde esta visión del mundo siempre habrá márgenes, marginalidad,

marginación y marginados.


La influencia de la lingüística en la etnomusicología en México

 Nosotros podemos observar que la aplicación de la semiótica de la

cultura propuesta por Iuri Lotman en los trabajos de Lizette Alegre y

Dolores Chávez coinciden en que los textos de la semiósfera musical son

fenómenos complejos conformados por sistemas musicales con mezclas

de textos y lenguajes que pueden ser de otros tiempos y otras culturas.

Estos textos son espacios semióticos que presentan en su interior dos o

más lenguajes (musical, visual, verbal), y la conjunción de los diversos

lenguajes permite la generación de sentidos mediante el mecanismo de

traducción semiótica. Además, la variedad de vínculos estructurales que

se establecen no sólo al interior del texto, sino entre textos distintos (la

intertextualidad), amplía las posibilidades de sentido.



CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO


«He poblado tu vientre de amor y sementera

he prolongado el eco de sangre a que respondo

y espero sobre el surco como el arado espera:

he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,

esposa de piel, gran trago de mi vida,

tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos

de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,

temo que te me rompas al mas leve tropiezo

y a reforzar tus venas con mi piel de soldado

fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,

te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.

Mujer, mujer te quiero cercado por las balas,

ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,

sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa

te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho

hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa

mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,

te acercas hacia mí como una loca inmensa

de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:

aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,

y defiendo tu vientre de pobre que me espera,

y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,

envuelto en un clamor de victoria y guitarras,

y dejaré a tu puerta mi vida de soldado

sin colmillos ni garra.

Es preciso matar para seguir viviendo.

Un dia iré a la sombra de tu pelo lejano,

y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo

cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,

y tu implacable boca de labios indomables,

y ante mi soledad de explosiones y de brechas

recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.

Y al fin en un océano de irremediables huesos

tu corazón y el mío naufragarán, quedando

una mujer y un hombre gastados por los besos».


Miguel Hernández

Ellos saben vivir


y yo no sé,
ya lo olvidé si lo aprendí,
o nunca comencé…
Ellos saben besar,
y yo no sé lo que es.
Me da miedo probar
a saber…
Ellos saben reír,
Dios mío, yo no sé…
¡Y tener que seguir
así…!
Ellos saben hacer
mil cosas más
que yo no lograré
jamás...
Ellos saben vivir
y reír
y besar...
Yo: sólo sé llorar...

lunes, 29 de marzo de 2021


Steele ridiculiza esta moda en la escena segunda del acto cuarto de The Tender Husband (1705), donde el Capitán Clerimont, disfrazado de pintor, dialoga con Biddy Tipkin (la sobrina de Mr. Tipkin):


Sobrina. En un cuadro hay espacio para la fantasía, así que me gustaría

aparecer como la amazona Talestris, sosteniendo una lanza; ante mí habrá una

mesa y sobre ella un yelmo; detrás, a cierta distancia, un enano tendrá la brida de

un palafrén blanco como la leche.

Clerimont. La idea es muy ingeniosa, Señora. Si os parece bien, añadiremos un

Cupido en el acto de robar vuestro yelmo: para mostrar que el amor debería estar

presente en toda acción valerosa.

Sobrina. Ese detalle puede resultar bastante pintoresco.

Clerimont. Aquí, Señora, irá vuestro retrato; aquí el palafrén; aquí el enano: el

enano debe ser muy pequeño, si no no cabría.

Sobrina. Un enano nunca puede ser demasiado pequeño.

Clerimont. Este enano será africano, para poder distinguirlo del otro enano

poderoso (suspiros): Cupido; a este bello niño lo colocaré cerca de vos; parecerá

muy natural: seguro que os confundirá con su madre, Venus.

Sobrina. Esos son detalles que dejo para vuestra propia fantasía.


***


Así, por la influencia decisiva de ciertos pintores, fue cobrando fuerza a lo largo

del siglo XVIII esa tradición icónica secular. A los modernos siempre nos ha

sorprendido la popularidad de que gozaron en ese siglo pintores que más tarde

decayeron en la estimación de los críticos, como Guido Reni, los Carracci y

Guercino (aunque recientemente parece haberse producido una especie de revalorización de sus obras).

 Reni fue un gran maestro de la delicadeza y de la gracia,

cualidades que ese siglo valoraba más que cualquier otra. Suele creerse que los

poetas se anticipan a los pintores en el descubrimiento de nuevos reinos de la

imaginación, pero Hagstrum ha mostrado en su libro que James Thomson,

supuesto inventor del paisaje romántico, se limitó a trasladar a la poesía ciertos

temas comunes en los paisajistas del siglo xvil: no sólo en Claude Lorrain [4] y en

Salvator Rosa, sino también en otros maestros que utilizaban el escenario natural

para expresar ideales heroicos, pastorales o religiosos. El hecho de que Thomson

recurriera a personificaciones para crear el punto focal de la escena demuestra que

su verdadera fuente de inspiración no era tanto el paisaje natural como el heroico.

Esas personificaciones constituyen el centro alrededor del cual se organiza la

naturaleza: el poeta las presenta con sus atributos característicos, y los elementos

naturales se ajustan a ellas. Sin lugar a dudas, la descripción que hace Thomson (en

la versión revisada del pasaje sobre la llegada del Verano) del «padre de las

Estaciones», es decir, el Sol, en su «radiante carro» alrededor del cual danzan las

«horas de rosados dedos», está inspirada en el famoso techo donde Reni representa

la Aurora [5].

LA ESCRITURA DE FARABEUF DE SALVADOR ELIZONDO

 Desde que el lector toma en sus manos la primera novela de Salvador Elizondo, mucho antes de abrir sus páginas y entregarse a la lectura, hay algo que le salta a la vista y se apodera un momento de su atención: es el título: Farabeuf o la crónica de un instante. En particular el subtítulo. O, para ser más específico, la imposibilidad que revela el subtítulo. ¿Cómo hacer la crónica de un instante, si la crónica es un relato a través del tiempo, y el instante, por definición, es la ausencia de tiempo? (El instante es al tiempo lo que el punto al espacio, diría Bergson1 ). Y es precisamente a esa contradicción en los términos, a esa imposibilidad aparentemente insalvable, a la que habrá de enfrentarse la escritura de esta novela. Para lograr ese objetivo, a todas luces irrealizable, la escritura echa mano de una serie de recursos narrativos que, en conjunto, terminan configurando un discurso ríspido, siempre tenso, dirigido más a la inteligencia que a la sensibilidad del lector y en el que, sobre todo, las coordenadas espacio-temporales acaban reducidas precisamente a ese punto y a ese instante de los que hablábamos hace un momento como la imposibilidad de toda escritura, precisamente porque, hasta el nouveau roman al menos, la escritura de la novela fue, ante todo, el desenvolvimiento de una historia en el espacio y en el tiempo. Sin duda, en Farabeuf se reúnen muchas de las técnicas empleadas por Robbe-Grillet y Nathalie Sarraute en sus novelas, pero me parece que la escritura de Elizondo va más allá de cualquier encasillamiento estético o ideológico a que el lector se pueda sentir por momentos tentado. A algunas de esas técnicas habré de referirme aquí, no sólo para mostrar cómo una escritura puede rebasar su propia imposibilidad, sino sobre todo para evidenciar cómo una escritura logra encarnar, no como imagen sino como escritura misma, la propia escena que la convocó y de la que quiere dar cuenta.

sábado, 27 de marzo de 2021

Proust como pretexto (y punto de partida) Manuel Cruz

 En cierto modo, podría afirmarse que el punto de vista de Proust, al menos para lo que yo quisiera analizar aquí, se puede sustanciar en esto: la memoria permite recuperar experiencias pasadas y, por esta vía, mantener la unidad del yo. Quizá el fragmento en el que dicho convencimiento aparece con mayor claridad sea en el siguiente, ubicado en las primeras páginas de En busca del tiempo perdido: «Aunque me durmiera en mi cama de costumbre, me bastaba con un sueño profundo que aflojara la tensión de mi espíritu para que este dejara escapar el plano del lugar en donde yo me había dormido, y al despertarme a media noche, como no sabía en dónde me encontraba, en el primer momento tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva, tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y hallábame en la mayor desnudez de todo que el hombre de las cavernas». Por suerte para el autor, enseguida conseguía escapar de tan preocupante situación, precisamente merced a la memoria: «Pero entonces el recuerdo —y todavía no era el recuerdo del lugar en el que me hallaba, sino el de otros sitios en donde yo había vivido y en donde podría estar— descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada, porque yo solo nunca hubiera podido salir; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización, y la imagen borrosamente entrevista de las lámparas de petróleo, de las camisas con cuello vuelto, iba recomponiendo lentamente los rasgos peculiares de mi personalidad» [223] . Conviene advertir que esta función atribuida a la memoria por parte de Proust no es la única que esta puede desarrollar. Más aún: incluso sería un buen tema de discusión el establecimiento de la jerarquía entre las diferentes funciones que le competen. Pero como para entrar en este capítulo haría falta previamente desplegar los criterios con los que valorar la señalada diversidad, bastará por el momento con constatar el carácter polisémico del término memoria y con apuntar que, de entre sus diversas acepciones, probablemente quepa destacar dos: la memoria voluntaria y la memoria involuntaria. Añadamos a continuación que cada una de ellas, a su vez, admitiría en su interior más de un uso. Así, si pensamos en la memoria de carácter involuntario, comprobaremos que los autores que se han referido a ella —denominándola expresamente así o de parecida manera— han destacado rasgos diferentes en cada caso. No les llamaba dicha memoria la atención por idénticas razones a Freud, a Kafka, a Benjamin o… al mismo Proust. Porque mientras en este último los episodios involuntarios (por ejemplo, del duermevela) acaban encontrando de forma inexorable su articulación con los manifiestamente voluntarios (de la vigilia), cosa que queda paradigmáticamente expresado en el celebérrimo pasaje de la magdalena [224] , en otros autores (quizá el caso más flagrante sea el de Freud, aunque también aporta elementos de notable interés Walter Benjamin) la involuntariedad genera un efecto específico, un efecto de ruptura, de sobresalto, que convendrá tener presente en lo sucesivo. Anticipemos el motivo por el que (o la perspectiva desde la que) nos va interesar dicho efecto: porque pone en cuestión un relato fundamental, el relato que nos componemos acerca de nosotros mismos. Pero antes de avanzar en esta dirección permítaseme añadir otro ejemplo de autoridad, ilustrativo de una manera bien distinta a la proustiana de apelar a la memoria. Es la manera que aparece en la obra de W. G. Sebald, Austerlitz, protagonizada por un individuo (Jacques Austerlitz, cuyo nombre da título a la novela) que anda buceando en su pasado, en busca de su origen y de su verdadero nombre. En un momento determinado, visitando la vieja casamata de Breendonk, convertida en sala de tortura por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, el protagonista declara: «Nadie puede explicarme exactamente qué ocurre dentro de nosotros cuando se abren de golpe las puertas tras las que se esconden los terrores de la infancia» [225] . Y a modo de indicación, tentativa y torpe, de qué fondos de su memoria está removiendo lo que le está removiendo su visita a ese lugar, continúa: «Sé que allí, en la casamata de Breendonk, me subió a la nariz un asqueroso olor a jabón verde; que ese olor, en algún lugar demente de mi cabeza, se relacionaba con la palabra würzelburste (cepillo de fregar) que siempre me ha repugnado y que mi padre utilizaba con predilección; que unas estriaciones negras comenzaron a temblar ante mis ojos y que me vi obligado a apoyarme con la frente en el muro inyectado de manchas azuladas, grisáceo y, según me pareció, cubierto de frías gotas de sudor.

Adiós, historia, adiós El abandono del pasado en el mundo actual

Una breve historia de la borrachera

 En una obra llamada Euboulos esto se describe así: Para los hombres sensibles preparo tres barriles: uno para la salud (el que beben primero), el segundo para el amor y el placer, y el tercero para dormir. Cuando se acaba el tercero, los hombres sensatos van a casa. El cuarto barril ya no es mío, pertenece al mal comportamiento. El quinto es para gritar; el sexto para la mala educación y los insultos; el séptimo para pelear; el octavo para romper muebles; el noveno para la depresión, y el décimo para la locura y la inconsciencia. “Locura” puede parecer una palabra fuerte, pero los griegos realmente creían que beber alcohol en grandes cantidades podía enloquecerte. Y, quizás porque lo creían, eso ocurría. Un historiador llamado Timeo de Tauromenio cuenta esta historia, que parece muy extraña para nosotros, pero claramente era verosímil para los griegos: Hubo en Acragas cierta casa llamada Trireme [un tipo de embarcación] debido a esto: ciertos hombres jóvenes se emborracharon en ella y enloquecieron de tal manera, excitados por el vino, que creyeron que navegaban en una trireme, y que eran arrojados al mar por una violenta tormenta y perdían los sentidos, tanto que lanzaron por la ventana los muebles, sofás, sillas y camas, como si los estuvieran tirando al océano, porque creían que el capitán les había ordenado aligerar la nave. Y aunque una multitud se reunió alrededor de la casa y comenzó a llevarse todo lo que era arrojado, eso no curó a los jóvenes de su delirio. Y al día siguiente, cuando los generales llegaron a la casa, todavía había jóvenes echados, según ellos mareados, y cuando los magistrados los interrogaron, respondieron que habían estado en gran peligro bajo una tormenta y, por eso, se habían visto obligados a aligerar el barco arrojando toda carga superflua al mar. Y mientras los señores se sorprendían ante el desconcierto de estos hombres, uno de ellos, el que parecía ser el más viejo, dijo: “Yo, oh, tritones, me recosté tan abajo y alejado de la vista como pude”. Y los magistrados perdonaron su insensatez y los despidieron, reprendiéndolos y advirtiéndoles que no debían beber tanto en el futuro. Y ellos, profesando estar muy agradecidos, dijeron: “Por haber venido por nosotros a tiempo, si llegamos a puerto después de haber escapado de esa terrible tormenta, erigiremos estatuas suyas como salvadores en nuestro país, en un lugar visible, junto a las de otros dioses del mar”. Y desde entonces la casa fue llamada “Trireme”. No todos los simposios terminaban como este, pero lo claro es que si crees que el alcohol puede volverte loco, entonces lo hará. Si crees que te hará alucinar, alucinarás. Un simposio podía terminar de otras maneras. Podías irte a casa tranquilamente o descubrir que una gran cosa de emborracharte sobre unos sofás es que puedes dormir un poco, a ratos. A veces todo terminaba en un komos en el que todos corrían por la calle gritando y despertando a los vecinos. Jenofonte finaliza su simposio con todos los asistentes yendo a casa de buen ánimo y en carruajes; Platón termina el suyo con todo el mundo borracho, excepto Sócrates, que está completamente sobrio. Es raro, pero todos los historiadores y filósofos parecen coincidir: Sócrates bebía grandes cantidades y jamás se embriagaba. Quizás de verdad tenía un alma tan lógica que la borrachera jamás reveló nada que no fuese su racionalidad, o quizás tenía un hígado increíblemente eficiente. Como sea, parece ser el primero de los muchos hombres que han sido alabados por tener la capacidad de beber sin embriagarse. Pero, bien visto, es una razón un poco extraña para enorgullecerse o estar contento. Imagina a alguien presumiendo de que el LSD nunca le ha hecho alucinar. Te desconcertaría, y le preguntarías educadamente por qué se molesta en tomarlo si no altera su conciencia. Pero el alcohol es distinto y, a través de la historia veremos a personas orgullosas de que la bebida no tenga efecto sobre ellas, que son admiradas por esto y que incluso se jactan de aquello. Los demás decimos que tienen buena cabeza y los respetamos. E s c u c h a m o s s u s a r g u m e n t o s. Y n a d i e n u n c a d i c e: “ E n t o n c e s , ¿ p a r a q u é t e m o l e s t a s e n b e b e r ? ”

La Revolución científica Ruy Pérez Tamayo

 Nicolás Copérnico nació el 19 de febrero de 1473 en el centro de Europa, en un pueblo llamado Toruń, situado en las orillas del río Vístula, entre Gdańsk y Varsovia. El padre de Copérnico murió cuando él todavía era muy joven, pero fue adoptado, protegido y patrocinado por su tío materno, Łukasz Watzenrode, un personaje religioso y político que llegó a ser obispo y gobernador de Ermland (región conocida en polaco como Warmia, donde Copérnico vivió, trabajó muchos años y murió). Esta región del mundo ha cambiado de nacionalidad varias veces, siendo sucesivamente principado libre, después parte de Prusia, luego territorio polaco, otra vez provincia alemana, y posteriormente tierra de Polonia. Con el apoyo de su tío Łukasz, Copérnico pasó primero cuatro años en la Universidad de Cracovia, después otros cuatro años en la Universidad de Bolonia, y finalmente cuatro años más en las universidades de Padua y de Ferrara. En esos 12 años estudió idiomas, teología, literatura, matemáticas, astronomía, derecho canónico, medicina y economía; se graduó en derecho y en medicina, y en 1506 regresó a Ermland, donde pasó el resto de su vida. Mientras era estudiante, su tío Łukasz había logrado nombrarlo canónigo de la diócesis de Frombork, un cargo casi honorario porque sólo acarreaba obligaciones administrativas (no requería ser cura) y aseguraba ingresos económicos suficientes para despreocuparse por obtener el sustento diario. Mientras vivió su tío, Copérnico lo acompañó en su residencia, en Lidzbark Warmiński, donde funcionó no sólo como administrador y consejero político, sino también como su médico. La corte del obispo de la pequeña Warmia se manejaba como la de un príncipe del Renacimiento, ya que era independiente de sus poderosos vecinos, el rey de Polonia y la orden de los Caballeros Teutones. Copérnico acompañaba a su tío Łukasz en sus viajes y misiones diplomáticas, a Cracovia y a Toruń, a las dietas prusiana y polaca, a la coronación y a la boda del rey Segismundo I Jagellón, etc. Cuando el obispo murió, en 1512, Copérnico regresó a Frombork. Tenía entonces casi 40 años de edad y en Lidzbark Warmiński sólo había preparado dos manuscritos: una traducción al latín de las 85 epístolas griegas de Teofilacto Simocata, un historiador bizantino del siglo VII, obra que se publicó en 1509, dedicada a su tío Łukasz, y otro texto que no se publicó (circuló en forma manuscrita), probablemente escrito entre 1510 y 1514, y que se conoce como el Commentariolus, aunque lleva el título de De hypothesibus motuum coelestium a se contitutis commentariolus [Breve comentario de las hipótesis sobre los movimientos celestes]. Aquí se revela por primera vez el interés de Copérnico por la astronomía, derivado de su insatisfacción con el sistema ptolomeico porque no cumple con la exigencia fundamental de los antiguos y de Aristóteles, según la cual cada planeta se mueve con velocidad uniforme en un círculo perfecto. Copérnico dice haber encontrado un sistema que resuelve las inconsistencias de Ptolomeo, basado en los siguientes siete axiomas revolucionarios: 

1. Los cuerpos celestes no se mueven todos alrededor del mismo centro. 

2. La Tierra no es el centro del universo, sino tan sólo de la órbita de la Luna y de la gravedad terrestre. 

3. El Sol es el centro del sistema planetario y, por lo tanto, del universo. 

4. Comparada con la distancia de las estrellas fijas, la distancia entre la Tierra y el Sol es infinitamente pequeña.

 5. La aparente revolución diaria del firmamento se debe a la rotación de la Tierra sobre su propio eje. 

6. El aparente movimiento anual del Sol obedece al hecho de que la Tierra, lo mismo que los demás planetas, gira alrededor del Sol. 7. Las “detenciones y retrocesos” aparentes de los planetas obedecen a la misma causa.


jueves, 25 de marzo de 2021

Punto ciego Diego Casas Fernández.

 Mi problema con la escritura es que siento que le debo algo. Supongo que esta sensación de deuda es una de las causas del rechazo hacia la escritura a mano como primer peldaño de una carrera literaria profesional. De hecho, hasta hoy me pregunto por qué desde un principio no me hice de dos cuadernos como José García. O al menos me gustaría saber qué rumbo seguiría mi escritura si en la secundaria hubiese elegido el taller de mecanografía en vez del taller de música. Ahora que lo pienso, creo que hubo dos razones por las que tomé esta última decisión: 1) a esa edad consideraba que era inútil utilizar una máquina de escribir, pues la mayoría nos dábamos abasto con la computadora para hacer tareas, y 2) según yo, a ese taller únicamente podían inscribirse mujeres; ¿qué haría allí, con el tecleo incesante producido por los deditos de uñas mordisqueadas de quinceañeras aspirantes a secretarias? Tal vez coquetear, pero no más. Reconozco que el uso de cuadernos a la José García, al igual que las máquinas de escribir, me resultan todavía utensilios arcanos de un pasado en el que con o sin mí se escribía, y mucho. Aun así, sufro cuando pienso en ello: algo me dice que la “verdadera” literatura es (fue) escrita a mano. Escribir con lápiz y papel, parece, es acceder a un pasado en el que hasta esa forma tan rudimentaria de hacerlo era mejor. Varias veces he sentido que por más que me esfuerce en corregir y borrar, corregir y borrar, comenzar de nuevo sin guardar HIDE AND SEEK 23 ningún cambio, lo único que conseguiré será tanto como una hoja en blanco, pero cuyo silencio no forme parte de metáfora alguna. Desde que comencé a escribir he pensado más en la derrota que en el éxito. No me refiero, desde luego, a los concursos o la fama; sino a no conseguir nada más que llenar páginas, para luego cerrarlas sin guardar los cambios (el eterno cliché de la escritura). Es común que me deshaga de todo lo que hasta ese momento llevaba escrito. Me incomoda hallar errores, me agota corregirlos, pero si no lo hago y días después encuentro uno me siento indefenso, como si alguien fuese a burlarse de mí si lo notara. Por eso prefiero cerrar el documento y comenzar de nuevo en uno limpio. Gracias a esto me he dado cuenta de que me equivoco más de lo que pienso. Yerro porque no pongo la suficiente atención. Necesito una segunda, a veces una tercera oportunidad para no sentirme mal, pues al fallar inmediatamente tiendo a dar explicaciones de por qué no pude hacerlo a la primera. Ensayar me libera de asumirme tal cual soy: un enfermo de perfeccionismo.


***


En ocasiones, la incertidumbre da pie a una imaginación desbocada; la ambigüedad es génesis de las más insólitas ficciones. En México, por ejemplo, la duda nos demanda especular, aventurarnos en lo turbio. Al hacerlo damos por sentado que el objeto de nuestro recelo posee más de una interpretación. En otras palabras, el desasosiego por prejuicio es parte fundamental de la creación como hecho ambicioso y osado, pues jamás quedamos satisfechos; además de ser tarima de la representación, hace de la realidad un hecho controvertible. Leemos una ficción y no nos conformamos con una sola lectura: miramos, creando nuevas formas de mirar. Interpretamos. Por ello, mirar en México implica una acción doble: una práctica que involucra por fuerza un lado contrario, un opuesto igual de legítimo que su antípoda. También lo cree Daniel Mundo cuando escribe que no hay nada mejor que detentar un secreto, o presumir de hacerlo, para despertar el misterio. La sospecha provoca estragos hasta en los ánimos más resistentes. Mundo continúa, metafórico no sin cierta razón: en un hecho que da lugar  a múltiples dudas, siempre “se persigue la transparencia”. Que la vista sea tomada como facultad innata, pero más aún como posibilidad total para atisbar los escondrijos por naturaleza ocultos, resulta sugestivo en un país donde la ceguera es una condición compartida en masa. 


THEODOR W. ADORNO

El hechizo que la realidad lanza sobre el espíritu le prohíbe lo que su propio concepto desea frente a lo meramente existente: volar. 

Durante la redacción de la Dialéctica negativa, su gran obra teórica, Adorno dedicó buena parte de su tarea docente a discutir las problemáticas del libro cuya elaboración le tomó siete años. Estas clases son el reflejo de un profundo diálogo crítico que el autor establece con la tradición alemana, Kant y Hegel, en torno a la filosofía de la historia y a la posibilidad de la libertad humana. A estas dos clásicas preguntas de la mayor dignidad, según sus palabras, está dedicada la segunda mitad de su libro y las presentes lecciones. ¿Cómo el ser humano, que pertenece al orden natural, regulado por leyes, es capaz de obrar con libertad? ¿Cómo ese orden de la naturaleza se une con el de la historia, que desde la Era de la Razón tendemos a pensar como el desarrollo de un progreso humano? Lo necesario y lo contingente, lo particular y lo general, el individuo y la sociedad, el progreso de la razón y la irracionalidad existente; toda una serie de contraposiciones articula esta investigación, que no están destinadas, por ser parte de una dialéctica negativa, a resolverse como tales, sino a mostrarse en todas sus aristas. Aun sin renunciar a una evocación de la felicidad.


[Extracto de “Determinismo. Paráfrasis de Kant”:] El discurso acerca del problema aparente querría evitar, en términos ilustrados, que las reflexiones emanen de la autoridad incuestionada de dogmas cuya resolución es imposible justamente para el pensamiento, al que aquellos se confían. Esto resuena en el uso peyorativo de la palabra “escolástica”. Entretanto, los problemas aparentes no han de ser ya aquellos que se burlan del juicio racional y del interés racional, sino aquellos que emplean conceptos que no se hallan claramente definidos. Se difunde un tabú semántico que extirpa las cuestiones objetivas al transformarlas en cuestiones de significado. El non liquet de la prerreflexión se expande hasta convertirse en prohibición de reflexionar. Las reglas de juego de un método modelado de antemano de acuerdo con la ciencia exacta regulan acerca de qué es posible reflexionar, por crucial que esto sea; los procedimientos establecidos obtienen la primacía frente a las cosas para cuyo conocimiento existen. Experiencias inquietantes que afectan a los seres humanos antes de cualquier articulación, y que de vez en cuando se resisten a los signos que les son impuestos de manera unívoca, son reprendidos como si la culpa de la dificultad para expresarlos solo correspondiera al uso lingüístico laxo, precientífico. La pregunta por si la voluntad es libre es una cuya relevancia es tan grande como su resistencia terminológica a indicar sin rodeos a qué se refiere. Como la justicia y el castigo, en definitiva la posibilidad de lo que la tradición de la filosofía designa como moral o ética, dependen de esa pregunta, el sentido común no deja que se despache la cuestión diciendo que se trata de un problema aparente. La vanidosa pulcritud del pensamiento le ofrenda piedras en lugar de pan. Sin embargo, la crítica semántica no puede ser ignorada fácilmente. La urgencia de una pregunta no puede imponer una respuesta, en tanto esta no pueda ser obtenida en consonancia con la verdad; menos aún puede la falible necesidad, ni siquiera la necesidad desesperada, indicarle la dirección a la respuesta. No sería posible indicar clare et distincte, en frases simples, qué es la voluntad, qué es la libertad, y el mismo sentido común que insiste en aquellas categorías argumentaría, con la mayor vehemencia, que sería una pérdida de tiempo reflexionar sobre si la voluntad es o no libre en el caso de que no se hallara ninguna “voluntad” existente ni ninguna “libertad” existente. No habría que reflexionar sobre los objetos en discusión de modo tal que se juzgue sobre ellos como algo existente o no existente, sino incorporando en su propia definición la imposibilidad de fijarlos, así como la necesidad de pensarlos. Bajo las condiciones del idealismo trascendental kantiano, se ha intentado esto en el capítulo sobre la antinomia de la Crítica de la razón pura y en grandes partes de la Crítica de la razón práctica, sin que, por cierto, allí se haya evitado el uso dogmático que Kant puso al descubierto, al igual que Hume, en otros conceptos tradicionales. Él dirimió el proceso de mundo fenoménico –“naturaleza”– e inteligible a través de una dicotomía demasiado salomónica. Pero si no es posible hacer referencia a la voluntad o a la libertad como a entidades, esto no excluye de ningún modo, en analogía con la simple epistemología predialéctica, que las emociones o experiencias individuales puedan ser sintetizadas bajo conceptos a los que no corresponde ningún sustrato material, pero que unifican aquellas emociones o experiencias de manera similar al modo en que el “objeto” kantiano unifica sus fenómenos. [Fin del extracto]

LECCIÓN 21 2/2/1965 Ante todo, quisiera repetir una vez más algunas de las últimas determinaciones que hemos obtenido sobre la base de nuestras reflexiones, siguiendo mi principio según el cual, por ejemplo, las definiciones no pueden absolutamente ser rechazadas o consideradas erróneas, pero, cuando se las aplica, deben ser aquello que se sigue de la reflexión filosófica, y no, por ejemplo, eso que es antepuesto al pensamiento filosófico para tenerlo bajo tutela. Les había dicho, pues, que la voluntad es –al menos, según la epistemología tradicional; es justamente la tarea con la que lidiamos aquí saber cómo se comporta en realidad–, en analogía al “objeto” kantiano, la unidad sujeta a leyes de todos los impulsos que se revelan, al mismo tiempo, como espontáneos y determinados por la razón. Tomen, por favor, por un momento, o por una clase la expresión “espontáneo” como la he empleado aquí. Ella misma encierra –como espero mostrarles exhaustivamente– problemas que se relacionan de la manera más profunda con la cuestión de la voluntad; pero no puedo anticipar esto. “Libertad” sería la palabra para la posibilidad de tales impulsos: para el hecho de que tales impulsos son posibles. Además, antes había expuesto que esta solución, tal como está presente en esos conceptos claros y distintos, es insatisfactoria porque supone, de acuerdo con su forma, una disyunción concluyente: o bien hay un voluntad, o bien no lo hay; o bien es libre la voluntad, o bien no lo es. Y a través del hecho de que hemos sido impregnados por la así llamada lógica y de que estamos especialmente adiestrados para equiparar simplemente la filosofía con el pensamiento lógico, estamos inclinados a proceder de un modo tal, mientras que –para recurrir a una formulación de Nietzsche– 289 nada de lo que es real se adapta jamás a las leyes de la lógica, que, antes bien, son todas ellas esquemas de representación acordes con las necesidades de la razón orientadas al dominio de la naturaleza. Y si la filosofía tiene una tarea, esa es la tarea ya en sí, si ustedes quieren, paradójica, de definir, con los medios de la razón, entre los cuales se encuentra también la lógica, justamente aquellos momentos en el objeto, y de reflexionar sobre aquellos objetos que, por su parte, no se orientan de ningún modo a priori según la lógica, que no se adaptan a la lógica. Y si ustedes suponen esto durante un segundo, deben entonces liberarse –y creo que nunca lo he dicho con menos rodeos y quisiera por ello decírselos ahora, a fin de que no caigan en una confusión a través de lo que seguiré desarrollando– de la representación de que, ante la pregunta: ¿existe o no un libre albedrío?, o ¿es libre la voluntad o no lo es?, pueden ofrecerse respuestas simples y concluyentes, tal como parecen hallarse bosquejadas a través de la forma de esa pregunta. En primera instancia, no sabemos si existe una solución tal, una solución concluyente tal. Y quisiera decir, con todo, que –si hago abstracción de que la doctrina kantiana de las categorías es esencialmente una construcción teórica racional, es decir que esencialmente rige para el uso y para los problemas que plantea el uso de la razón–, en todo caso, la representación antinómica del problema de la libertad en Kant está vuelta hacia el lado objetivo; y que tiene la extraordinaria ventaja de que, en todo caso, muestra que no es posible suponer sin más una tal solución concluyente, unívoca para esto; sino que existe la posibilidad de soluciones contradictorias; solo que se trata de una posibilidad que, tal vez, no habría que hacer depender tanto del uso trascendental de la razón como de la constitución del propio objeto. La percepción interna no se topa –y querría decir esto ante todo para una crítica del análogo de la voluntad, como una suerte de cosa interna, con las cosas externas–, la percepción interna, la autoconciencia, la conciencia, que tenemos –ya sea inmediatamente, ya sea de manera reflexiva– sobre nosotros mismos no se topa del mismo modo con la voluntad como lo hace la percepción externa con una cosa que presenta matices, 290 pero que se mantiene idéntica en sus diversos matices. Sino que la suposición de una voluntad tal es una construcción totalmente intelectual; no podemos, pues, atribuirle la clase de sustancialidad que, bajo los presupuestos de una epistemología idealista, estamos inclinados a atribuir a los objetos de la percepción externa. Y si, en clases anteriores, he ventilado con ustedes la posibilidad del problema aparente, 291 esta posibilidad se relaciona exactamente con el hecho de que algo así, que se mantiene idéntico y que se ofrece en sus diversos matices como lo es la cosa, justamente no está dado para nosotros como voluntad; de modo que uno puede, ante todo, dudar con toda justificación de que pueda hacerse realmente una disyunción tal. El sustrato de la propia alternativa, aquello a lo que esta se refiere, posee algo de peculiarmente indeterminado, algo al mismo tiempo de elusivo que no es posible fijar bien; y entonces, a su vez, de algo a lo que haremos referencia en la misma esfera de la experiencia en la que hablamos, por ejemplo, del carácter del ser humano, de un yo fuerte o débil, o del temperamento de un ser humano que es sanguíneo, o melancólico o flemático. Todas estas son determinaciones que han quedado impresas de manera extraordinariamente categórica en la experiencia colectiva, sin que fuera posible aducir sin más, para ellas, correlatos tangibles de acuerdo con las reglas de juego científicas. Pero aquello que, ante todo, constituye el problema real –incluso si ustedes suponen que existe una tal unidad sujeta a leyes de los impulsos espontáneos y de los que están determinados por la razón como he supuesto para esta definición de la voluntad– es el hecho de que esta definición de la propia voluntad, este concepto de la propia voluntad está mediado por aquello de lo que se halla estrictamente separado por la formulación de la cuestión. Pues la voluntad, o el sustrato de la libertad o, desde mi perspectiva, también el sustrato de la no libertad están determinados ante todo por la estructura monadológica de los sujetos individuales; es decir, por el hecho de que los seres humanos, en virtud de la constitución de su conciencia en el sentido más amplio, que también comprende en su seno impulsos emotivos y voluntaristas, han de enfrentarse al mundo extramental (como se lo llamó anteriormente) como algo en sí cerrado y diferente. Frente a esto hay que decir –creo haber llamado ya también la atención de ustedes sobre esto en su momento– que tanto a través de la esfera de la experiencia que procede de afuera, como de los impulsos que son dirigidos hacia fuera, esta esencia presuntamente monadológica está entretejida con aquello de lo cual se separa; y, además, que la propia voluntad y los momentos a través de los cuales ella se separa –y esta es la sal dialéctica de estas reflexiones– también tiene su modelo en el mundo externo y en la relación con el mundo externo. Pues si por un segundo equiparan aquello que entiendo por voluntad, realmente, como acabo de decirlo de manera provisoria, a un yo fuerte, que se sostiene a sí mismo, es decir, a un yo que no se ve desorientado por las emociones momentáneas, que no es llevado por el viento de un lado a otro, sino que se afirma con una cierta firmeza; y puede acaso decirse que, como lo indica el uso lingüístico simple, domina una conexión inmediatamente comprensible entre una voluntad fuerte y un yo fuerte; incluso hay que decir quizás que esta propia instancia del yo se constituye genéticamente como un medio, como una herramienta de la esencia humana biológica, de la esencia humana biológico-empírica para afirmarse, para mantenerse, mediante la verificación de la realidad, frente al mundo externo, frente al mundo externo que es más poderoso que los seres humanos y que los asedia. Y si se acepta que esa identidad, esa dureza, esa opacidad, esa impenetrabilidad de la instancia del yo está formada a imagen y semejanza de algo externo, podría suponerse muy bien, sin perderse en especulaciones demasiado extensas, que justamente esa cualidad y dureza que define a la voluntad qua yo fuerte, por su parte, ha sido desarrollada, adquirida a partir de aquella cualidad de dureza, de impenetrabilidad de aquello sobre lo cual no tenemos poder alguno. Esa cualidad de impenetrabilidad es incluso, primitivamente, el estrato en el que hemos conquistado realmente la conciencia de la otredad de algo que no supone nuestra existencia, que no somos nosotros mismos; de modo que, pues, podría casi decirse que el propio principio monadológico ha sido conquistado realmente a partir de la experiencia muy primitiva, primaria de aquello que se contrapone a nuestra propia subjetividad. El sujeto sería, pues, objeto en el sentido muy exacto de que la firmeza y constancia del sujeto sería una mímesis justamente de lo que no es propio del sujeto, que, justamente por el hecho de sustraerse a nosotros, adquiere aquella dureza y firmeza que nos proponemos dominar como caracteres firmes y, posiblemente, como agentes de una voluntad. Ven en esto que nosotros, justamente en la medida en que relacionamos el concepto de voluntad con la subjetividad aislada en sí, existente para sí, en esta propia separación, en esta separación de interior y exterior, en esta relación de la voluntad con la subjetividad no solo postulamos una relación con la realidad externa, sino que, más allá de esto, tenemos justamente al no yo como modelo de aquello que es el sujeto; ven que el no yo es el modelo del yo. Y si creo poder hablar de una cierta primacía del objeto en la fundamentación (o como ustedes quieran llamarla) de la epistemología, 292 es probablemente aquel curioso carácter de objeto que posee el yo con el que aquí nos enfrentamos –aunque no quiero dejar de decirles que todas las reflexiones de este tipo presentan una dificultad, a saber: que, para que tenga lugar una tal objetivación del sujeto, una tal equiparación de la esfera de la subjetividad a la esfera de la objetividad, debe existir ya algo así como la esfera de la reflexión subjetiva, como la esfera de la subjetividad en general. Si no hubiera en realidad ningún sujeto, si no existiera ningún sujeto, no sería capaz de aquella autoobjetivación que intenté mostrarles recién en el concepto de voluntad. Más allá de esto, llamo la atención de ustedes –y quisiera desarrollar esto un poco más– sobre el hecho de que el propio concepto de voluntad, que pertenece, en cuanto concepto filosófico en sentido exacto, es decir, como concepto de la alternativa: libertad o no libertad de la voluntad, a una fase relativamente tardía de la reflexión filosófica; sobre el hecho de que, por su parte, se relaciona del modo más íntimo con el entrelazamiento de los sujetos y, con ello, con el ámbito de la sociedad. En el pensamiento moderno, el problema de la libertad y del determinismo se convirtió en tema recién en el siglo XVII; ante todo, en filósofos como Spinoza y luego, explícitamente en el sentido de la problemática del determinismo, en John Locke. No hay duda de que la pregunta por la libertad, también por la libertad interior, por la libertad del ser humano, surgió en relación con la emancipación de la burguesía. En la medida en que la burguesía, frente a la clase feudal, postuló la libertad en un sentido totalmente externo, objetivo, a saber: libertad respecto de las limitaciones y dependencias que le había impuesto el orden feudal al orden burgués, a la clase burguesa, la clase burguesa joven, en acenso, se vio obligada a fundamentar ella misma su libertad a partir de la esencia del propio ser humano. Y representa solo un paso desde allí el hecho de que esa fundamentación haya conducido a la pregunta por si el ser humano es en sí un ser libre o si es en sí un ser no libre. La tentativa de esta justificación racional del ser humano como un ser libre, que parte de su propia liberación real, pero busca fundar esa liberación real en su propia constitución, es decir, en la constitución del ser humano como sujeto, ha pasado ya muy tempranamente a la filosofía –de manera extraña, puede decirse–, y no tanto a las ciencias empíricas individuales, no tanto a la psicología. En breve tendremos que reflexionar un poco sobre cómo se ha llegado a ese hecho extraño. Pues ante todo sería mucho más esperable decir que la ciencia empírica sobre el ser humano, es decir, la psicología debería decidir sobre si los seres humanos son o no libres. Pero esto no ocurrió; y no solo porque, como todos sabemos, en aquellos tiempos tempranos de la burguesía, es decir, en el siglo XVII y a comienzos del XVIII, la psicología aún no estaba tan desarrollada en cuanto ciencia como lo estaban, por ejemplo, ya en esa época las ciencias naturales. Ya en Kant son las cosas de tal modo que la justificación de la libertad no solo se encuentra en la filosofía, sino que la justificación de la libertad tiene lugar en una contraposición explícita con la psicología. Si ustedes quieren entender durante un segundo la teoría kantiana de las antinomias –en la cual, en la tercera antinomia, como les dije ad nauseam, está en el centro de la cuestión de la libertad o la determinación– en consonancia con el “conflicto de las facultades”, de la competencia de las ciencias, podría decirse que esta tercera antinomia sería casi una especie de antinomia entre la filosofía especulativa, que se encontraría del lado izquierdo, es decir, del lado de la libertad, y la ciencia representada por la psicología, que se encontraría del otro lado; 293 en lo cual las simpatías kantianas difícilmente se inclinan del lado de la filosofía. La Crítica de la razón práctica, en la que incluso –no como un concepto teórico, sino justamente como un concepto relacionado con la praxis, es decir, propiciado– la libertad juega su papel decisivo, positivo, está llena de invectivas contra la psicología. Y puede decirse que toda la tradición antipsicológica de la filosofía especulativa, de la que también participó Hegel en cierto modo, que ha sido resucitada hace 70 u 80 años en la lucha de Husserl contra el así llamado psicologismo y que, finalmente, ha encontrado hoy su expresión más mezquina en los insultos al psicoanálisis por parte de Karl Jaspers; 294 puede decirse que este prejuicio antipsicológico, que no solo es un juicio, sino que se relaciona con cuestiones muy graves, realmente se remonta al propio Kant. Solo que, en Kant, las cosas son de tal modo (si puedo decir aún una palabra justamente al respecto) que él, en la medida en que contrapone la esfera de la libertad desde el vamos con la psicología como algo radicalmente diferente, y solo la equipara realmente a la determinación de la razón, expone la esfera de la propia psicología a la empiria y el determinismo. Kant sin duda habría rechazado, con la mayor vehemencia, la intromisión de la psicología en el negocio especulativo, como él suele llamarlo, de la filosofía; pero, en el cosmos de las ciencias, le habría concedido a la psicología, como una ciencia empírica, justamente aquel derecho que el oscurantismo del más reciente estilo intenta allí arrebatarle, allí denegarle a la psicología. Esto se relaciona con la posición realmente diferente de la burguesía respecto de toda Ilustración que se ha desarrollado durante los últimos 150 o 200 años. Pero les llamé la atención sobre el modo sorprendente o, si ustedes quieren, anómalo en que, realmente desde el comienzo, la teoría de la libertad se convirtió en botín y, habría que decir con un poco de tristeza, en reserva de la filosofía. Creo que la respuesta es que el interés de la propia clase burguesa no ha sido de ningún modo tan unívoco desde el comienzo, en relación con el concepto de libertad, como aparece representada en la reflexión sobre ello y, ante todo, de acuerdo con las manifestaciones ideológicas determinantes en la lucha contra el feudalismo y, luego, contra el absolutismo. Pues la clase burguesa necesita, como instrumento del dominio de la naturaleza, la creciente racionalización, el desencantamiento (tal como la ha llamado Max Weber), 295 la cientifización del mundo; y esta cientifización creciente del mundo, que somete a los fenómenos a la legalidad en una medida siempre progresiva, quiere liquidar el concepto de libertad. Por el otro lado, la clase burguesa, como intenté exponerles al comienzo de la clase, tiene asimismo un interés vital en mantener este concepto de libertad. Si paso desde esta caracterización un poco propia de las ciencias del espíritu a una caracterización real, las cosas son tales que la sociedad burguesa desde el comienzo –como una sociedad individualista; como una que ha producido la libertad formal, pero de ningún modo como una que tuviera la representación de una sociedad liberada, en el plano de los contenidos, de toda coacción– tenía ya en sí misma esta doble tendencia: por un lado, a postular la libertad, en cierto modo vuelta históricamente hacia atrás; y, por el otro lado, a limitar la libertad, en verdad, en relación con las demandas que señalaban más allá de lo burgués; demandas que entonces se habían formulado y que, con una radicalización del concepto de libertad, les habían sustraído el terreno a las categorías burguesas fundamentales del intercambio, de la libre competencia y de todo lo demás que haya allí; de modo que, pues, la posición burguesa frente a la libertad ha sido en sí misma antinómica. Y, si ustedes quieren (también es pertinente esta interpretación de la tercera antinomia de Kant), pueden descifrarla también socialmente en el sentido de que la contradicción que Kant ha registrado aquí de manera tan grandiosa y cruda contiene el doble interés de la sociedad que se representa en él objetivamente, sin ninguna voluntad o dolo ideológicos; esta contradicción se convirtió en filosofía en la tercera antinomia. Es decir que la tesis ha defendido el interés de la burguesía emancipada en la libertad, así como la antítesis ha defendido aquello que, en tiempos más recientes, varias veces y en varios rincones del mundo, se ha definido como miedo a la libertad. 296 Como, por lo demás –no sé si he llamado ya la atención de ustedes sobre el pasaje–, en la demostración de la antítesis de la tercera antinomia se encuentra ya explícitamente el argumento, tan caro más tarde, de que, si se liberara consecuentemente a la naturaleza, a través de un comienzo absoluto, de toda regulación, ella entonces no solo se encontraría liberada de la coacción, sino que en realidad ya no habría ninguna regla, que ya no habría en verdad ningún orden. 297 Y la conciencia burguesa total, por razones profundas, por razones de estructura de la propia sociedad, y no solo por razones de conciencia, es siempre vacilante y ambivalente, en el sentido de que, por un lado, teme la limitación y restricción de la libertad; pero, por el otro, también teme a su propio coraje y cree que la libertad realizada podría conducir justamente al caos. 


Sobre la teoría de la historia y de la libertad 

Que relacion encuentra en su poesía entre literatura y realidad?

Todo en literatura es terreno de la realidad. La fijación por la palabra, aun del nodo vibrátil y huidizo, y aun hermético, con que ocurre a veces es por si misma invención de la realidad. Y no puede ser de otra manera, ya que el hombre solo puede actuar desde ella, y solo a ella dirigirse. A los artistas se les llama justamente creadores, siempre que rebajemos el termino al nivel que le corresponde; es ridículo pretender simular una "divinización" como a veces ha ocurrido, ya que el hombre solo puede crear desde lo creado. Carlos Bousoño lo acaba de formular con máxima lucidez en su excelente libro El irracionalismo poético: la poesía no empieza donde acaba la realidad, la poesía nunca es irreal; el verdadero arte, aún el mas irracional, nos comunica siempre una emoción y toda emoción implica obligadamente una interpretación del mundo.

Yo parto de mi poesía de la persona que soy, y de lo que la rodea, y trato de conocer por medio de la escritura una realidad que existe y que aun no se. Unas veces, para escribir el poema hago pie en una experiencia determinada, cuyo ultimo sentido se me revelara el la escritura, y por el que me llegará un conocimiento una profundización en lo incognito. En otras ocasiones la realidad de la que parto será una emoción oscura, informulada, que me urgirá a su desvelamiento, a la claridad de la palabra, y es posible que me obligue a servirme de una anécdota en principio poco relevante y con la que no contaba previamente. Otras veces se pretende la difícil hazaña de hacer pervivir espectralmente lo temporal la dicha o el dolor de un determinado momento; es el afán fracaso de sobrevivirnos precariamente a nosotros mismos, de salvar la emoción de la vida. Muy rara vez la realidad de la que parto, ya sea experiencia o emoción, es de índole exultante, de felicidad o alegría. Soy un poeta y lo excepcional es encontrar lo opuesto, que parte del dolor o de la melancolía, o de la queja que le concierne al hombre. O del Asombro expectante, y canta el mundo como un bien que se nos habrá de quitar. Mas que cantico hay elegía. Nada excepcional, en cuanto al punto de partida, puesto que la mayoría de los poetas asumen mas la tristeza que la alegría humana. Quizás porque cuando se da esta, desechan muy cuerdamente las palabras y se dedican a vivirla con toda intensidad.

FRANCISCO BRINES.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Amantes, a ustedes, satisfechos el uno en el otro,
les pregunto por nosotros. Ustedes, los que se aferran
a sí mismos. ¿Tienen pruebas? Miren, me ha ocurrido que
mis manos se reconozcan entre sí, o que mi rostro ajado
se refugie en ellas. Eso me da cierta sensación. ¿Pero
quién, sólo por eso, se atrevió a creer que de veras
es? Sin embargo ustedes, los que crecen el uno
en el arrobo del otro, hasta que él suplica, abrumado:
“Basta”; ustedes, los que crecen, bajo sus recíprocas
manos, más exuberantes, como años de grandes uvas;
los que mueren a veces, sólo porque el otro se ha
expandido demasiado; a ustedes les pregunto por nosotros.
Sé que se tocan tan dichosamente porque la caricia
retiene, porque no desaparece el sitio que ustedes,
los tiernos, ocupan; porque, debajo de todo ello, ustedes
sienten la duración pura. Ustedes, de sus abrazos,
por ello, casi se prometen eternidad. Sin embargo, cuando
ya se han sostenido el sobresalto de la primera mirada,
y ya ocurrieron las ansias junto a la ventana
y del primer paseo juntos, una vez, por el jardín:
Ustedes, amantes, ¿siguen todavía entonces siendo
los mismos? Cuando el uno alza al otro hasta su boca
y se unen —bebida con bebida—: ¡oh, de qué manera
tan extraña el bebedor entonces se escapa de su función!

Sujeto Por Jorge Grippo

 

La palabra “sujeto” no forma parte del vocabulario de Freud; está más asociada con los discursos jurídico (por ejemplo, “sujeto de derechos”), lingüístico (“sujeto de la enunciación”) y, sobre todo, filosófico (“la muerte del sujeto”).
Por eso puede afirmarse que es un rasgo original de la obra de Lacan, quien usó ese término prácticamente desde sus primeros escritos (1932). Ciertamente, al principio, la palabra equivale sencillamente a “ser humano”, o bien sirve para designar al analizante.
Más tarde, sin embargo, Lacan va a distinguir tres tipos de sujetos: el sujeto impersonal, independiente del otro, puro sujeto gramatical, el “se” de “se sabe que” (como en Heidegger); el sujeto anónimo, recíproco, que es igual y reemplazable por cualquier otro, y se reconoce como equivalente al otro; el sujeto personal, cuya singularidad se produce por medio de un acto de autoafirmación. Lacan se enfoca, sobre todo, en este tercer sujeto.
En 1953, establecerá una distinción entre sujeto y yo. Mientras este integra el orden imaginario, aquel es parte del orden simbólico. Este “sujeto” lacaniano es el sujeto del inconsciente. Y, si bien la cura tiene efectos sobre el yo, en verdad el análisis trabaja principalmente sobre el sujeto. (El símbolo del sujeto, la letra S —ese mayúscula— se pronuncia en francés de manera muy similar al Es —ello— freudiano.)
En la década del cincuenta, el concepto de sujeto empieza a ser dominado por la lingüística. Siguiendo a especialistas de esta disciplina, como Jakobson y Benveniste, Lacan distingue entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación; dado que el sujeto es esencialmente un ser hablante, siempre estará dividido, escindido. Por eso, en 1957, Lacan va a tachar la letra S para producir el famoso símbolo del “sujeto barrado”, indicando que el sujeto está esencialmente dividido.
A principios de la década del sesenta, ya define al sujeto como lo que es representado por un significante para otro significante: el sujeto es un efecto del lenguaje (predicado esencial del llamado estructuralismo).
“Sujeto” también significa “súbdito”, “sujetado” (algo que también gustaba de recordar Althusser), lo cual remite a la tesis lacaniana de la determinación de la conciencia por parte del orden simbólico.

Bernal Diaz Del Castillo

 Dejemos de hablar desta cibdad y todo lo acaescido en ella. Y digamos cómo los escuadrones que había enviado el gran Montezuma, que estaban ya puestos entre los arcabuesos que están cabe Cholula, y tenían hechos mamparos e callejones para que no pudiesen correr los caballos, como lo tenían concertado, como ya otra vez [69r] lo he dicho, desque4199 supieron lo acaescido, se vuelven más que de paso para México y dan relación a su Montezuma según y de la manera que todo pasó. Y por presto que fueron, ya tenía4200 la nueva de dos principales que con nosotros estaban, que fueron en posta. 4201 Y supimos muy de cierto que cuando lo supo Montezuma, 4202 que sintió gran dolor y enojo, e que luego sacrificó ciertos indios a su ídolo Huichilobos, que le tenían por dios de la guerra, porque dijese en lo que4203 había de parar nuestra ida a México, o si nos dejaría entrar en su cibdad. Y aun supimos que estuvo encerrado en sus devociones y sacrificios dos días, juntamente con diez papas, los más principales, y que hobo respuesta de aquellos ídolos,4204 y fue que le aconsejaron que nos enviase mensajeros a desculpar de lo de Cholula y que con muestras de paz nos deje entrar en México. Y que estando dentro, con quitarnos la comida e agua o alzarnos 4205 cualquiera de los puentes nos matarían,4206 y que en un día, si nos daba guerra, no quedaría ninguno de nosotros a vida. Y que allí podría hacer sus sacrificios, ansí al Huichilobos, que le4207 dio esta respuesta, como a Tescatepuca, que tenían por dios del infierno. E ternían hartazgas de nuestros muslos y piernas y brazos, y las tripas4208 y el cuerpo y todo lo demás hartarían las culebras e sierpes y tigres, que tenían4209 en unas casas de madera, como adelante diré en su tiempo y lugar.

Dejemos de hablar de lo que Montezuma sintió.4210 Y digamos cómo esta cosa o castigo4211 de Cholula fue sabido en todas las provincias de la Nueva España. Si4212 de antes teníamos fama de esforzados y habían sabido de las guerras de Potonchán y Tabasco y de Cigapacinga y lo de Tascala, y nos llamaban teules, que4213 es nombre como sus dioses o cosas malas, desde ahí adelante nos tenían por adivinos y decían que no se nos podría encubrir cosa ninguna mala4214 que contra nosotros tratasen que no lo supiésemos, y a esta causa nos mostraban buena voluntad. Ya4215 creo que estarán hartos los curiosos letores de oír esta relación de Cholula; ya 4216 quisiera habella acabado de escrebir, y no puedo dejar de traer aquí a la memoria las4217 redes de maderos gruesas que en ella hallamos, que estaban4218 llenas de indios y muchachos a cebo, para sacrificar y comer sus carnes, las cuales redes quebramos, y los indios que en ellas estaban presos les mandó Cortés que se fuesen a donde eran naturales, y con amenazas mandó a los caciques y capitanes4219 y papas de aquella cibdad que no tuviesen más indios de aquella manera ni comiesen carne humana, y ansí lo prometieron; mas ¡qué aprovechaba4220 aquellos prometimientos, que no lo cumplían!


CAPÍTULO LXXXIIII

4238 De ciertas pláticas e mensajeros que enviamos al gran Montezuma Como habían ya pasado catorce días que estábamos en Cholula y no teníamos más 4239 en qué entender y vimos que quedaba4240 aquella cibdad muy poblada y hacían mercados e habíamos hecho amistades entre ellos y los de Tascala e les teníamos puesto una cruz e amonestado4241 las cosas tocantes a nuestra santa fe, y4242 víamos que el gran Montezuma enviaba a nuestro real espías encubiertamente a saber e inquirir qué era nuestra voluntad y si habíamos de pasar adelante para ir a su cibdad, porque todo lo alcanzaba4243 a saber muy enteramente por dos embajadores que estaban en nuestra compañía, acordó nuestro capitán de entrar en consejo con ciertos4244 capitanes e algunos soldados que sabía que le tenían buena voluntad,4245 porque, demás de ser muy esforzados, eran de buen consejo.4246 Porque ninguna cosa hacía4247 sin primero tomar sobre ello nuestro parecer. Y fue acordado que, blanda y amorosamente, enviásemos a decir al gran Montezuma que para cumplir a lo4248 que nuestro rey e señor nos envió a estas partes, e hemos pasado muchos mares4249 e remotas tierras solamente para le ver e decille cosas que le serán muy provechosas desque4250 las haya entendido. Que viniendo que veníamos camino de4251 su cibdad, porque sus embajadores nos encaminaron por Chulula, que dijeron que eran sus vasallos, e que dos días, los primeros que en ella entramos, nos rescibieron muy bien, e para otro día tenían ordenada una traición con pensamiento de nos matar. 4252 Y porque somos hombres que tenemos tal calidad que no se nos puede encubrir cosa de trato ni traición4253 ni maldad que contra nosotros quieran hacer, que luego no lo sabemos, 4254 e que por esta causa castigamos algunos que4255 querían ponerlo por obra. E que porque supo que eran sus subjetos, teniendo respeto a su persona e a nuestra gran amistad, dejó de asolar y matar4256 todos los que fueron en pensar en la traición. Y lo peor de todo es que dijeron los papas e caciques que por consejo e mandado dél y de sus embajadres lo querían hacer. Lo cual nunca creímos que tan gran señor como él es tal mandase, 4257 especialmente habiendose dado por nuestro amigo, y tenemos colegido de su persona que, ya que tan4258 mal pensamiento sus ídolos le pusieron4259 de darnos guerra, que sería en el campo; mas en tanto teníamos que pelease en campo que en poblado,4260 que de día que de noche, porque les mataríamos a quien tal pensase hacer. Mas como le tiene por gran4261 amigo e le desea ver y hablar, luego nos partimos para su cibdad, a dalle cuenta muy por entero de lo que el Rey nuestro señor nos mandó. E como el Montezuma oyó esta embajada y entendió que por lo de Cholula no le poníamos toda la culpa,4262 oímos decir que tornó a entrar con sus papas en ayunos e sacrificios que4263 hicieron a sus ídolos para que se tornase a retificar4264 que si nos dejaría entrar en su cibdad o no, y si se lo tornaba a mandar4265 como le había dicho otra vez. Y la respuesta que les tornó a dar fue como la primera, y que de hecho nos deje entrar y que dentro nos mataría a su voluntad. Y más le aconsejaron sus capitanes e papas: que si ponía estorbo en la entrada, que le haríamos guerra en los pueblos sus subjetos, teniendo como teníamos por amigos a los tascaltecas y todos los totonaques de la sierra e a otros 4266 pueblos que habían tomado nuestra amistad; y por escusar estos males, que mejor y más sano consejo es el que les ha dado su Huichilobos. Dejemos de más decir de lo que Montezuma tenía acordado, e diré lo que sobre ello hizo, e cómo acordamos de ir camino de México, y estando de partida, llegaron mensajeros de Montezuma con un presente y lo que envió a decir.


CAPÍTULO LXXXV4267 Cómo el gran Montezuma envió un presente de oro y lo que envió a decir, y cómo acordamos de ir4268 camino de México y lo que más acaesció sobre ello4269 [70r] Como el gran Montezuma hobo tomado otra vez4270 consejo con su4271 Huichilobos e papas y capitanes, y todos le aconsejaron que nos deje entrar en su cibdad e que allí nos mataría4272 a su salvo. Y después que oyó las palabras que le enviamos a decir acerca de nuestra amistad e también otras razones bravosas: cómo somos hombres que no se nos encubre traición que contra nosotros se trate que no lo sepamos y que en lo de la guerra, que eso se nos da que sea en el campo o en poblado, que de noche o de día o de otra cualquier manera, e como había entendido las guerras de Tascala e había sabido lo de Potonchán e Tabasco e Cingapacinga e agora lo4273 de Cholula, estaba asombrado y aun temeroso. Y después de muchos acuerdos que tuvo, envió seis principales con un presente de oro y joyas de mucha diversidad de hechuras, que valdría, a lo que juzgaban, sobre dos mil pesos; y tambien envió ciertas cargas de mantas muy ricas e de primas4274 labores. E cuando aquellos principales llegaron ante Cortés con el presente, besaron la tierra con la mano e, con gran acato, como entre ellos se usa, dijeron: "Malinche, nuestro señor, el gran Montezuma, te envía este presente y dice que le recibas con el amor que te tiene, e a todos vuestros hermanos. E que le pesa del enojo que le dieron los de Cholula e que4275 quisiera que los castigara más en sus personas, porque4276 son malos e mentirosos, que4277 las maldades que ellos querían hacer le echaban a él la culpa e a sus embajadores. E que tuviésemos por muy cierto que era nuestro amigo e que vamos4278 a su cibdad cuando quisiéremos, que puesto que él nos quiera 4279 hacer mucha honra, como a personas tan esforzados4280 y mensajeros de tan alto rey como decís que es, e porque no tiene qué nos dar de comer,4281 que la4282 cibdad se lleva todo el bastimento de acarreto,4283 por estar en la laguna poblados, no lo podrá4284 hacer tan cumplidamente. Mas que él procurará de hacernos4285 toda la más honra que pudiere y que por los pueblos por donde habíamos4286 de pasar, que él ha mandado que nos den lo que hobiésemos menester. Y como Cortés lo entendió por nuestras lenguas,4287 rescibió aquel presente con muestras de  amor e abrazó4288 a los mensajeros y les mandó dar ciertos diamantes torcidos. E todos nuestros capitanes y soldados nos alegramos con tan buenas nuevas en mandarnos4289 que vamos a su cibdad, porque de día en día lo estábamos deseando todos los mas soldados, especial los que no dejábamos en la isla de Cuba bienes ningunos e habíamos venido dos veces a descubrir primero que Cortés.

Dejemos esto y digamos cómo el capitán les dio buena respuesta e muy amorosa, e mandó que se quedasen tres mensajeros de los que vinieron con el presente para que fuesen con nosotros por guías, y los otros tres volvieron con la respuesta a su señor y le avisan4290 que ya íbamos camino. Y cuando aquella4291 nuestra partida entendieron los caciques mayores de Tascala, que se decían Xicotenga el Viejo, e ciego, y Maseescace, los cuales he nombrado4292 otras veces, les pesó en el alma e enviaron a decir a Cortés que ya le habían dicho muchas veces que mirase lo que hacía e se guardase de entrar en tan recia4293 cibdad, donde había tantas fuerzas e tanta multitud de guerreros, porque un día o otro nos darían guerra e temía4294 que no podríamos salir con las vidas. E que por la buena voluntad que nos tiene,4295 que ellos quieren enviar diez mil hombres con capitanes esforzados, que vayan con nosotros con4296 bastimento para el camino. Cortés se lo4297 agradesció mucho su buena voluntad y les dijo que no es justo4298 entrar en México con tanta copia de guerreros, especialmente siendo tan contrarios los unos de los otros, que solamente había menester mil hombres para llevar los tepuzques e fardaje e para adobar algunos caminos. Ya he dicho otra vez que tepuzques en estas partes dicen por los tiros, que son de hierro, que llevábamos.

 Y luego despacharon [70v] los mil indios muy apercebidos. Y ya que estábamos a punto para caminar, vinieron ante4299 Cortés los caciques e todos los más principales guerreros que sacamos de Cempoal,4300 que andaban en nuestra compañía y nos sirvieron muy bien y lealmente. E dijeron4301 que se querían volver a Cempoal e que no pasarían de Cholula adelante para ir a México, porque cierto tenían que si allá iban, que habían de morir ellos y nosotros, e que el gran Montezuma les mandaría matar, porque eran personas muy principales de los de Cempoal, que fueron en quitalle la obidiencia e en que no se le diese4302 tributo e en aprisionar sus recaudadores cuando hobo la rebelión ya por mí otra vez escrita en esta relación. E desque4303 Cortés los vio que con tanta voluntad le demandaban aquella licencia, les respondió, con doña Marina e Aguilar, que no hobiesen temor ninguno que4304 rescibirían mal ni daño e que pues iban en nuestra compañía, que ¡quién había de ser osado a los enojar a ellos ni a nosotros! E que les rogaba que mudasen su voluntad e que se quedasen con nosotros,4305 y les prometió que les haría ricos. E por más que se lo rogó Cortés e doña Marina se lo decía muy afetuosamente, nunca quisieron quedar, sino que se querían volver. E desque aquello vio Cortés,4306 dijo: "Nunca Dios quiera que nosotros llevemos por fuerza aquestos4307 indios que tan bien nos han servido". Y mandó traer muchas cargas de mantas ricas e se las repartió entre todos4308 e también envió al Cacique Gordo, nuestro amigo, señor de Cempoal, dos cargas de mantas para él y para su sobrino Cuesco, que ansí se llama 4309 otro gran cacique. Y escribió al teniente Juan de Escalante, que dejábamos por capitán, y era en aquella sazón alguacil mayor, todo lo que nos había acaescido, y cómo íbamos 4310 camino de México, e que mirase muy bien por todos los vecinos e se velase e que 4311 siempre estuviese, de día e de noche, con gran cuidado e que4312 acabase de hacer la fortaleza e que a los naturales de aquellos pueblos que los favoresciese contra mexicanos, y no se les hiciese agravio por ningún soldado de los que con él estaban. Y escrita esta carta4313 y partidos los de Cempoal, comenzamos de ir nuestro camino muy apercebidos. Y pasaré adelante e diré adónde fuimos a dormir e otras cosas que sucedieron.4314

LA CORTE DE LUCIFER, OTTO RAHN

 Trovador quiere decir encontrador. El primer trovador halló la ley de la Minne y del Minnesang en la enramada de una encina. Los argonautas, también "encontradores", una vez que llegaron al objetivo de su larga odisea, sacaron de una encina el Vellocino de Oro. De alguna manera eran Chevaliers errants, caballeros andantes, y habían llegado a ser poetas, porque esta palabra en griego original también significa encontrador. También Goethe opinó que el Vellocino de Oro había transformado a su hallador en poeta. Hace informar a su Fausto, al entrar en la clásica Noche de Walpurgis, por el muy versado en medicina centauro Quirón, medio caballo y medio hombre, sobre el "bello círculo de los argonautas y todos aquellos que construyeron el Mundo de los Poetas", respondiendo: En el alma círculo de los argonautas Cada valiente fue según su proceder Y según.la fuerza que leanimaba Podía bastarle donde al otro le faltara


Uno de los argonautas fue Heracles. Éste era venerado de dos maneras, informa el historiador griego Heródoto, en el siglo V a. C.: como héroe humano y como dios. Quizás Heracles haya sido alguna vez hombre, quizá fue, como dice una antiquísima inscripción maltesa, un "dirigente primitivo" de los helenos y llegó a ser dios. Los mitos sobre él son la canción suprema de los griegos antiguos sobre la firmeza y la salvación que provienen de la fuerza propia. La voluntad de esta fuerza se levanta contra el destino, y el destino era el suyo propio. Tal como el sol se alzó, un "dios solar" sobre la noche del silencio y la inercia, buscó a Dios y lo encontró en sí mismo. Es por esto que él mismo llegó a ser dios.


Heracles era rebelde: quiso ser igual al Altísimo. Pero también era tolerante: tolerantemente padeció la ley fatal, la que el universo cósmico cumple y ordena. De esta manera llegó a ser olímpico. Heracles llegó al Vellocino de Oro en la isla del Sol Aea. Los hombres de la Edad Media afirmaban que este vellocino, el símbolo de la deificación humana, en realidad fue la "piedra filosofal". ¿Halla Heracles el Grial, la piedra de la luz? ¿Era él un Parzival heleno? Creo que á. Wolfram von Eschenbach piensa que "Heraküus conoció la piedra". Por k> tanto, Heracles también sabía de aquella piedra desprendida de la corona de Lucifer, la cual se llama Grial. En una antigua poesía francesa, el objetivo final, hacia el cual el caballero buscador del Grial exitosamente se empeña, es el Olimpo. Heracles ingresó, sostengo yo, al círculo del Grial, y Parzival se sentó a la mesa olímpica de los dioses para que se le diera néctar y ambrosía. 


Como admitió un teólogo e historiador belga, y no en beneficio de su iglesia, los cataros preservaron y cuidaron sus escritos y canciones nacionales. Roma había destruido todo en la Provenza, en la Lombardía, en Alemania. Sin embargo, no logró silenciar totalmente las canciones. La corte de Lucifer canta todavía, aunque en voz baja, sus antiquísimas, mas siempre nuevas canciones. Aquí en su tierra, los campesinos del Puineo son fieles herederos de sus antepasados, conservadores de sus canciones. En las montañas y bosques, oú descoubrít Apollon (donde se descubre Apolo), ellos oyen salir del agua murmullos; de los árboles, cuchicheos de los antiguos dioses, a los que se ha convertido en ídolos y diablos, desde hace muchísimo tiempo ausentes y, sin embargo, parroquianos tan íntimamente queridos. En las canciones y sagas heredadas de padre a hijo y de éste al nieto, preservan ellos el preciado bien. Así como antaño vive la múltiple divinidad que realmente sólo es una, sobre las cumbres cercanas a la luz y en las noches eternas de las^cue-vas. Todavía tejen sobre los restos de burgos primitivos los manes de los combatientes y héroes. Yo conozco algunas de estas canciones


LA CORTE DE LUCIFER Sabios, paganos y herejes en el mundo medieval 

martes, 23 de marzo de 2021

EL SILENCIO SOBRE EL MIEDO

 1. Durante el siglo XVI no se entra en Augsburgo fácilmente de noche. Montaigne, que visitó la ciudad en 1580, queda maravillado ante la "falsa puerta" que, gracias a dos guardianes, filtra a los viajeros que llegaban tras la puesta del sol. Éstos chocan primero con una poterna de hierro que el primer guardián, cuyo cuarto está situado a más de cien pasos de allí, abre desde su alojamiento gracias a una cadena de hierro que, "por un fuerte y largo camino y muchas vueltas" retira una pieza también de hierro. Una vez pasado este obstáculo, la puerta se cierra de repente. El visitante franquea luego un puente cubierto situado sobre un foso de la villa, y llega a una pequeña plaza donde declara su identidad e indica la dirección en que ha de alojarse en Augsburgo. Con un toque de campanilla, el guardián avisa entonces a un compañero, que acciona un resorte situado en una galería próxima a su cuarto. Este resorte abre primero una barrera -siempre de hierro-, luego, mediante una gran rueda, dirige el puente levadizo "sin que de todos esos movimientos se pueda percibir nada: porque se guían por los pesos del muro y de las puertas, y de pronto todo vuelve a cerrarse con gran estruendo". Al otro lado del puente levadizo se abre una gran puerta, "muy espesa, que es de madera y está reforzada con diversas y grandes hojas de hierro". El extranjero accede por ella a una sala donde se encuentra encerrado, solo y sin luz. Pero otra puerta semejante a la anterior le permite pasar a una segunda sala en la que, esta vez, "hay luz" y en la que descubre un recipiente de bronce que cuelga de una cadena. Deposita en él el dinero de su pasaje. El (segundo) portero tira de la cadena, recoge el recipiente, comprueba la suma depositada por el visitante. Si no está conforme con la tarifa fijada, le dejará "templarse hasta el día siguiente". Pero si queda satisfecho, "le abre de la misma forma una gran puerta semejante a las otras, que se cierra bruscamente cuando ha pasado, y ya le tenemos en la ciudad". Detalle importante que completa este dispositivo a la vez pesado e ingenioso: bajo las salas y las puertas se halla preparada "una gran bodega capaz de alojar a quinientos hombres de armas con sus caballos para enfrentarse a cualquier eventualidad". Llegado el caso, se les manda a la guerra "sin el sello del común de la villa"1

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¿Por qué ese silencio prolongado sobre el papel del miedo en la historia? Sin duda a causa de una confusión mental ampliamente difundida entre miedo y cobardía, valor y temeridad. Por auténtica hipocresía, lo mismo el discurso escrito que la lengua hablada -ésta influida por aquél- han tendido durante mucho tiempo a camuflar las reacciones naturales que acompañan a la toma de conciencia de un peligro tras las apariencias de actitudes ruidosamente heroicas. "La palabra 'miedo’ está cargada de tanta vergüenza -escribe G. Delpierre-, que la ocultamos. Sepultamos en lo más profundo de nosotros el miedo que se nos agarra a las entrañas"


EL MIEDO EN OCCIDENTE

sábado, 20 de marzo de 2021

Obras VIII. Teoría de la concepción del mundo.

 Todo el que entra en el movimiento filosófico se halla condicionado por aquellos que había antes de él y por aquello que se piensa en torno a él. Siguiendo ve, se opone, enlaza, es una rama de un árbol de crecimiento vivo. Es necesario conocer la dependencia; si él es, es porque antes fueron otros pensadores. Pero esto es lo esencial: todos tienen ante sí el mismo y único mundo, la realidad que aparece en la conciencia. El sol de Homero sigue luciendo. Platón veía la misma realidad que Tales. De aquí se sigue que la unidad de todas las filosofías se funda, en último término, en la identidad del mundo exterior e interior. Esto hace que se consideren siempre las mismas relaciones fundamentales. Permite que el espíritu humano reflexione sobre él, siempre de nuevo pero siempre sobre lo mismo. Platón, Spinoza, Hegel contienen muy grandes diferencias, pero si pudiéramos compararlos con pensadores que tuvieran ante sí una realidad del todo diferente o tan sólo la realidad de otro astro, entonces se nos haría patente el parentesco extraordinario de sus concepciones del mundo. Si queremos conocer, por lo tanto, la ley de la diversidad de los sistemas según su sucesión y coexistencia hay que partir, primeramente, del hecho de que tratan de conocer el mismo mundo. Esto es lo que les une a todos. Hay que partir de lo que les es común; para quien busca la legalidad en esta rama de la historia la cuestión primera es aquello en que tienen que coincidir todos los sistemas. La diversidad de la forma es la segunda cuestión y también debe ser comprendida por la relación del mismo genio filosófico con la misma realidad. Y como el mundo es uno y el mismo ya sea mirado por los filósofos del Vedanta o por Comte, así también la naturaleza del genio filosófico es fundamentalmente la misma en toda la variedad de sus manifestaciones, pues sus rasgos fundamentales se hallan determinados precisamente por la disposición filosófica. ¿Qué es filosofía? Ni por el objeto ni por el método se puede determinar. Los que señalan como su campo especial la investigación epistemológica o la psicológica o la conexión enciclopédica sólo demarcan lo que, en una determinada época y desde un punto determinado, aparece como el objeto que a la filosofía le queda reservado después de tantos procesos de diferenciación. Es lo que se ha salvado todavía de su viejo imperio. Hay que preguntar a la historia qué sea la filosofía. Nos muestra el cambio en el objeto, las diferencias en los métodos; solamente la función de la filosofía en la sociedad humana y su cultura es lo que persiste. El enigma de la existencia nos mira en todas las épocas con el mismo rostro misterioso, percibimos bien sus rasgos pero quisiéramos adivinar el alma que tras ellos se oculta. En este enigma se encuentran siempre radicalmente entrelazados el misterio de qué sea este mundo y la cuestión de qué es lo que yo tengo que hacer en él, para qué estoy en él, cuál ha de ser mi fin. ¿De dónde vengo? ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué será de mí? Ésta es, de todas las cuestiones, la más universal y la que más me importa. La respuesta a esta pregunta le buscan en común el genio poético, el profeta y el pensador. Éste se distingue porque busca la respuesta en un conocimiento universalmente válido. Esta característica enlaza el trabajo filosófico con el del investigador particular. Pero se diferencia de éste porque siempre se halla ante el enigma de la vida, su mirada se dirige siempre a este todo inexplicable y misterioso. Esto será así en toda etapa de la filosofía. El escéptico es científico porque reclama la validez universal del saber, es filosófico porque desespera de la solución de este enigma con los medios de la ciencia de validez universal. El nervio de su sentimiento vital y de su dialéctica radica en esta circunstancia. El positivista es filósofo porque separa las cuestiones que aborda de la conexión de este uno, enigmático, lo grande, lo ignoto, y porque sustituye lo ignoto con una conexión de las ciencias cuyos fundamentos establece con seguridad, los delimita frente a lo oscuro, que se sustrae a toda respuesta, y desarrolla los fundamentos que radican en la naturaleza del conocer y en las antinomias del conocimiento absoluto. De esta tarea radical y permanente de la filosofía derivan otras características esenciales y constantes de la misma. Para poder ver históricamente hay que comprender bien lo que es el espíritu filosófico y no buscar filosofía únicamente en los grandes sistemas sino también en esos casos en que parece desparramarse por los anchos campos de la ciencia, de la literatura o de la especulación teológica. Históricamente, el espíritu filosófico es un poder universal no vinculado con exclusividad a los grandes sistemas filosóficos. Todos los tipos de realidad, de valor o de ideal son “momentos” contenidos en la conciencia filosófica. Lo que dentro de una época o en el corazón de un hombre se presenta desordenado o en pugna debe ser elevado a una conexión unitaria, lo oscuro aclarado, y lo que se ofrece de modo “inmediato”, disperso, debe ser “mediado” y puesto en conexión. Hay que elevar a conciencia toda clase de sentimiento, afán o creencia. Debe producirse una autoconsciencia unitaria del espíritu y de todo su contenido. El espíritu filosófico no abandona ningún afán, ningún sentimiento de valor a su carácter inmediato. No deja ningún saber ni ninguna prescripción en su dispersión. Pregunta por la legitimidad de todo lo que asoma con pretensiones de validez, busca la conexión universalmente válida de toda prescripción y de todo saber. En esta conexión encontramos el punto capital para trabar en relación el conocimiento de lo real con el ideal de la acción. Pues esta relación entre realidad, valor e ideal se halla contenida en el enigma de la vida como tal. De aquí resultan las características del espíritu filosófico, que encuentran su realización en los grandes sistemas filosóficos pero se extienden a partir de ellos por todas partes. Autognosis, percatación es lo primero en él. En Heráclito tropezamos por primera vez con la conciencia de esta propiedad fundamental del genio filosófico. Una mirada circunspecta en torno a lo que nos rodea, sobre lo cotidiano; como lo expresa Platón: una sorpresa, una admiración por lo que al hombre medio no le llama la atención; como señala Spinoza: una meditación sobre las relaciones fundamentales del todo de la realidad, que pueden ser aprehendidas en cada parte de la misma. Esta reflexión del espíritu que eleva la creación del poema, el entusiasmo profético, la técnica del político a una conciencia potenciada, conexa, refleja, se lleva a cabo por primera vez en la escuela socrática. La segunda característica del espíritu filosófico consiste en elevar los conocimientos o las prescripciones dispersas a una conexión que trata de trabar todo lo trabable y no descansa hasta lograr la unidad. Este rasgo filosófico enlaza primeramente todo lo cognoscible en una conexión; sólo poco a poco se van desprendiendo las ciencias particulares; todavía el proceso se halla en marcha: pero en las ciencias persiste como impulso filosófico el afán por su enlace, ese concepto de una enciclopedia de las ciencias filosóficas que es común a Bacon, Hobbes, D’Alembert y Comte. Siempre que un investigador trabaje en su campo con la conciencia de esta conexión se halla presente el espíritu filosófico. Siempre que no se respeten las fronteras de las ciencias especiales y se busque su enlace, siempre que la generalización sobrepase los límites de la especialidad. Por eso el siglo XVIII pobre en grandes sistemas filosóficos, pudo ser, sin embargo, el siglo más filosófico de todos. Una tercera característica resulta del afán por la validez universal dentro de la conexión. Este afán obtiene satisfacción únicamente en la dirección hacia la última legitimación del conocimiento. También es Platón el que ha cobrado plena conciencia de este rasgo fundamental. En el profundo pasaje de la República desarrolla como etapa suprema del conocimiento la captación de los principios por medio de los cuales reciben un fundamento los supuestos de las ciencias particulares, un fundamento más allá del cual no se da ninguna cuestión. Y al empujar así al sistema filosófico a la profundidad de sus raíces, florece éste por arriba en derivación de los valores vitales, de los ideales y de los nexos finales. Ésta es la tercera característica del espíritu filosófico. Se halla presente cuantas veces se abarca en conjunto todo lo accesible para que el sujeto volitivo tenga certeza de sus fines y alcance una resolución y una seguridad en esa pugna de los ideales y de los bienes de la vida que le oprime. Con una energía sin par el espíritu griego ha recorrido en la filosofía esta dirección de potenciación de la existencia moral luego que perdieron su vigencia las respuestas que el mito, los sacerdotes de los misterios y los oráculos daban a la cuestión del valer de la existencia y luego que hubo desaparecido la satisfacción inmediata que la vida encontraba en el estado siguiendo las costumbres y el derecho de los antepasados.

Dilthey 

Pag 109-111

Obras IX. Literatura y fantasía

 Las figuras femeninas de Shakespeare se presentan, en su gran mayoría, en un contraste buscado con las masculinas. También aquí se dan naturalezas animales como la mala compañía mujeril del Enrique IV, Cressida y la nodriza de Romeo y Julieta. En sus mujeres ideales, Julieta, Desdémona, Ofelia, Imogena, Miranda y Cordelia, domina la sensibilidad, la entrega y la conducta pasiva frente a la fuerza masculina, en las que el pensamiento independiente, los principios, lo mismo que la facultad de moldear la propia vida quedan totalmente postergados. Forman una jerarquía que parte de Julieta —en quien respira lo impulsivo como el fuerte aroma de una flor meridional, cuya pasión aparece en un momento y todo lo somete, y desata en ella la fantasía y no el pensamiento claro— hasta las figuras de Miranda, Hermione y Cordelia, libres de la vida de impulso y como sumergidas en un éter de pureza. A ellas se unen, emparentadas por la belleza de la naturaleza, pero representando otro tipo, las mujeres en las que domina una conciencia clara y segura de su posición y de su participación en la vida real del hombre. Una naturaleza de este tipo, aunque con el añadido de la limitación y del humor es Lady Percy, pero el ideal de este tipo femenino lo dibujó Shakespeare en la mujer de Bruto, la noble Porcia. Ésta pertenece al mismo mundo de su ideal romano varonil. Éste su más alto ideal de poder vencedor de la voluntad y del pensamiento lo ha expuesto también en una figura femenina, la Porcia de El mercader de Venecia. También hay hembras de poder. Sobre todo en sus dramas históricos hay también mujeres de poder al lado de los héroes y de los criminales políticos. Su figura femenina psicológicamente más interesante es Cleopatra, pantera en que se albergan todos los instintos de la sensualidad, del afán de poder y de la inconstancia bajo las formas más suaves.

Dilthey.

Pag 96