viernes, 26 de febrero de 2021

A la vieja religión pagana

 


¡Dioses del Olimpo! ¿Cómo puedo dejar que me abandonen
y atar mi fe a esta nueva creencia cristiana?
¿Puedo prescindir de las deidades que conozco,
por Aquel que por el hombre sangró en la cruz?
 
¿Cómo conseguiré, en mi flaqueza, depender
de un solo Dios, por más fuerte que sea?
¿Por qué las huestes de Júpiter no me darán su ayuda
para calmar mi pena e iluminar las atribuladas horas?
 
¿Acaso ya no hay ninfas que habiten estos bosques
donde a menudo vago acompañado por mi desolación?
¿Acaso no hay náyades en estas fuentes de cristal,
ni nereidas nadando en los océanos?
 
Rápido se extiende la nueva fe, y la vieja declina.
El nombre de Cristo resuena en el aire;
pero mi alma turbada, en soledad, se angustia

To the Old Pagan Religion

Olympian gods! how can I let ye go,
And pin my faith to this new Christian creed?
Can I resign the deities I know,
for him who on a cross for man did bleed?
 
How in my weakness can my hopes depend
On one lone god, tho' mighty be his pow'r?
Why can Jove's host no more assistance lend,
To Soothe my pain, and cheer my troubled hour?
 
Are there no dryads on these wooded mounts
O'er which I oft in desolation roam?
Are there no naiads in these crystal founts
Or nereids upon the ocean foam?
 
Fast spreads the new; the older faith declines;
The name of Christ resounds upon the air;
But my wrack'd soul in solitude repines
And gives the gods their last-received pray'r.
H.P. Lovecraft 

martes, 23 de febrero de 2021

La Esencia Humana

 

No existiría la Piedad
si no hiciéramos a alguien Pobre:
y no existiría la Misericordia,
si todos fueran tan felices como nosotros:

Y el miedo mutuo trae la paz;
hasta que aumentan los amores egoístas.
Entonces la Crueldad teje una trampa,
y siembra con cuidado sus cebos.

Se sienta con sagrados temores,
y riega la tierra con lágrimas:
entonces la Humildad echa sus raíces
debajo de su paso.

No tarda en extender la triste sombra
del Misterio sobre su cabeza;
Y la Oruga y la Mosca
se alimentan de él.

Y sostiene el fruto del engaño.
Rojo y dulce para comer;
y el Cuervo hace su nido
en su sombra más espesa.

Los Dioses de la tierra y el mar
buscaron entre la Naturaleza para encontrar este Árbol
pero en vano resultó su búsqueda:
crece en cada Cerebro Humano.

The Human Abstract

Pity would be no more,
If we did not make somebody Poor:
And Mercy no more could be,
If all were as happy as we;

And mutual fear brings peace;
Till the selfish loves increase.
Then Cruelty knits a snare,
And spreads his baits with care.

He sits down with holy fears,
And waters the ground with tears:
Then Humility takes its root
Underneath his foot.

Soon spreads the dismal shade
Of Mystery over his head;
And the Catterpiller and Fly.
Feed on the Mystery.

And it bears the fruit of Deceit.
Ruddy and sweet to eat;
And the Raven his nest has made
In its thickest shade.

The Gods of the earth and sea,
Sought thro’ Nature to find this Tree
But their search was all in vain;
There grows one in the Human Brain.


William Blake




Vals de aniversario

 

Nada hay tan dulce como una habitación
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado, 
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo, 
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,

si no es esta ligera sensación 
de irrealidad. Algo como el verano 
en casa de mis padres, hace tiempo, 
como viajes en tren por la noche. Te llamo

para decir que no te digo nada 
que tú ya no conozcas, o si acaso 
para besarte vagamente 
los mismos labios.

Has dejado el balcón.  
Ha oscurecido el cuarto 
mientras que nos miramos tiernamente,
incómodos de no sentir el peso de tres años.

Todo es igual, parece  
que no fue ayer. Y este sabor nostálgico, 
que los silencios ponen en la boca, 
posiblemente induce a equivocarnos

en nuestros sentimientos. Pero no 
sin alguna reserva, porque por debajo 
algo tira más fuerte y es (para decirlo 
quizá de un modo menos inexacto) 
difícil recordar que nos queremos, 
si no es con cierta imprecisión, y el sábado, 
que es hoy, queda tan cerca 
de ayer a última hora y de pasado

mañana
por la mañana...


Jaime Gil de Biedma

Nos reciben las calles conocidas...


Nos reciben las calles conocidas
y la tarde empezada, los cansados
castaños cuyas hojas, obedientes,
ruedan bajo los pies del que regresa,
preceden, acompañan nuestros pasos.
Interrumpiendo entre la muchedumbre
de los que a cada instante se suceden,
bajo la prematura opacidad
del cielo, que converge hacia su término,
cada uno se interna olvidadizo,
perdido en sus cuarteles solitarios
del invierno que viene. ¿Recordáis
la destreza del vuelo de las aves,
el júbilo y los juegos peligrosos,
la intensidad de cierto instante, quietos
bajo el cielo más alto que el follaje?
Si por lo menos alguien se acordase,
si alguien súbitamente acometido
se acordase... La luz usada deja
polvo de mariposa entre los dedos.


Jaime Gil de Biedma


Loca

La noche, que es siempre ambigua,

          te enfurece -color
de ginebra mala, son
          tus ojos unas bichas.

 Yo sé que vas a romper
           en insultos y en lágrimas
histéricas. En la cama,
           luego, te calmaré

 con besos que me da pena
           dártelos. Y al dormir
te apretarás contra mí
           como una perra enferma.


Jaime Gil de Biedma

 


Conversación


Los muertos pocas veces libertad
alcanzáis a tener, pero la noche
que regresáis es vuestra,
vuestra completamente.

Amada mía, remordimiento mío,
la nuit c’est toi cuando estoy solo
y vuelves tú, comienzas
en tus retratos a reconocerme.

¿Qué daño me recuerda tu sonrisa?
¿Y cuál dureza mía está en tus ojos?
¿Me tranquilizas porque estuve cerca
de ti en algún momento?

La parte de tu muerte que me doy,
la parte de tu muerte que yo puse
de mi cosecha, cómo poder pagártela...
Ni la parte de vida que tuvimos juntos.

Cómo poder saber que has perdonado,
conmigo sola en el lugar del crimen?
Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?

Jaime Gil de Biedma



Albada


Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
              llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
              y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
               Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
               después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
               que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
               en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
                desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
                 hecho al amanecer.

-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
                 en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
                 y no por el placer.


Jaime Gil de Biedma


lunes, 22 de febrero de 2021

Vergüenza y autonomía

Áyax, una vez se ha decidido por el suicidio, en casi las últimas palabras que dirige a otro ser hum ano, dice: Pues yo voy allá adonde debo ir1. La palabra que utiliza es poreuteon : una expresión impersonal de necesidad, una forma de hablar frecuente en los héroes de Sófocles. En térm inos similares, Edipo dice, «soy yo quien debe m andar» y «hay que oírlo». «¿Qué cosas me haces realizar?», le dice su hijo a Heracles en Las Traquinias. «Lo que debe realizarse», responde él2. Esta no es más que una de las formas empleadas por estos personajes para expresar insistencia, rechazo, rebeldía y otras actitudes intransigentes, que con frecuencia evocan a su vez en otros expresiones de necesidad. El modelo de estos caracteres se encuentra en Homero, sobre todo en Aquiles, con su rechazo de la embajada y su terrible negativa a Héctor3. 


Vergüenza y necesidad

Bernard Williams


LOS AMANTES

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.


Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.


Julio Cortázar




LA VOZ DEL SILENCIO

 


En una de las visitas que como remanso en la lucha diaria hago a la vestuosa y silenciosa Toledo, sucedieron estos pequeños acontecimientos que, agrandados por mi fantasía traslado a las blancas cuartillas.

Vagaba una tarde por las estrechas calles de Toledo...
La voz del silencio por las calles de Toledo

Vagaba una tarde por las estrechas calles de la imperial ciudad con mi carpeta de dibujo debajo del brazo, cuando sentí que una voz como un inmenso suspiro pronunciaba a mi lado vagas y confusas palabras; me volví apresuradamente y cuál no sería mi asombro al encontrarme completamente solo en la estrecha calleja. Y, sin embargo, indudablemente una voz, una voz extraña, mezcal de lamento, voz de mujer sin duda, había sonado a pocos pasos de donde yo estaba. Cansado de buscar inútilmente la boca que a mi espalda había lanzado su confusa queja, y habiendo ya sonado el Ángelus en el reloj de un cercano convento, me dirigí a la posada que me servía de refugio en las interminables horas de la noche.

Al quedarme solo en mi habitación, y a la luz de la débil y vacilante bujía, tracé en mi álbum una silueta de mujer.

Dos días después, y cuando ya casi había olvidado mi pasada aventura, la casualidad me llevó nuevamente a la torcida encrucijada teatro de ella. Empezaba morir el día; el sol teñía el horizonte de manchas rojas, moradas; caía grave en el silencio la voz de bronce de las horas. Mi paso era lento, una vaga melancolía ponía un gesto de duda en mi semblante.

Y otra vez la voz, la misma voz del pasado día, volvió a turbar el silencio y mi tranquilidad. Esta vez decidí no descansar hasta encontrar la clave del enigma, y cuando ya desconfiaba de mis investigaciones, descubrí en una vieja casa, de antiquísima arquitectura, una pequeña ventana cerrada por una reja caprichosa artística. De aquella ventana salía, indudablemente la armoniosa y silente voz de mujer.

Era completamente de noche, la voz-suspiro había callado y decidí volver a mi posada, en cuya habitación de enjalbegadas paredes, y tendido en el duro lecho, ha creado mi fantasía una novela que, desgraciadamente… nunca podrá ser realidad.

Al día siguiente, un viejo judío que tiene su puesto de quincalla frente a la vieja casa en que sonó la misteriosa voz, me contó que dicha casa está deshabitada desde hace mucho tiempo. Vivía en ella una bellísima mujer acompañada de su esposo, un avaro mercader de mucha más edad que ella. Un día el mercader salió de la casa cerrando la puerta con llave, y no volvió a saberse de él ni de su hermosa mujer. La leyenda cuenta que desde entonces todas las noches un fantasma blanco con formas de mujer vaga por el ruinoso caserón, y se escuchan confusas voces mezcladas de maldición y lamento.

Y la misma leyenda cree ver en el blanco fantasma a la bella mujer del mercader avaro.

Voz de mujer que como música celeste, como suspiro de alma enamorada, viniste a mí, traída por la caricia del aire lleno de aromas de primavera. ¿Qué misterio hay en tus palabras confusas, en tus débiles quejas, en tus armoniosas y extrañas canciones?

Tu aliento es el aliento de las flores

 

Rima XCII: 

[Poema - Texto completo.]

Gustavo Adolfo Bécquer

Tu aliento es el aliento de las flores,
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día,
y el color de la rosa es tu color.
Tú prestas nueva vida y esperanza
a un corazón para el amor ya muerto:
tú creces de mi vida en el desierto
como crece en un páramo la flor.

MÁS POEMAS DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Alga quisiera ser, alga enredada...

Alga quisiera ser, alga enredada,
en lo más suave de tu pantorrilla.
Soplo de brisa contra tu mejilla.
Arena leve bajo tu pisada.

Agua quisiera ser, agua salada
cuando corres desnuda hacia la orilla.
Sol recortando en sombra tu sencilla
silueta virgen de recién bañada.

Todo quisiera ser, indefinido,
en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
gaviota, cielo, nave, vela, viento…

Caracola que acercas a tu oído,
para poder reunir, tímidamente,
con el rumor del mar, mi sentimiento.

 

Ángel González

A veces

 


Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él disimulaba.

 

Ángel González

Esperanza



Esperanza,
araña negra del atardecer.
Tu paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.

 

Ángel González

domingo, 21 de febrero de 2021

 Las artes de la memoria y la lógica combinatoria pertenecen, sin duda alguna, a la categoría de los fósiles intelectuales. La com­binatoria desapareció definitivamente en la segunda mitad del si­ glo xvn, destruida y a su vez transfigurada por el gran discurso de Leibniz. El arte de la memoria, "inventado" por Simónides de Ceos, va a confluir en las enciclopedias, en las clasificaciones y en los métodos del siglo xvn y desaparece casi por completo como técnica separada. Incluso hoy, sobrevive como tal en las páginas publicita­ rias de algunas revistas semanales o en las novelas policiacas de la editorial Mondadori, donde reaparecen (a veces con términos idénticos a los utilizados hace cuatro o cinco siglos) las mismas sorprendentes promesas contenidas en los textos de ars memorativa escritos en los siglos xv y xvi. La historia siempre está llena de sorpresas. Harry Loraine, quien se autodefinió en 1965 como "la memoria más fenomenal del siglo", presume también de tener en los Estados Unidos 250000 lectores a los que ha enseñado a "alimentar la mente con cosas, hechos, rostros y nombres esculpidos en forma de imágenes precisas". Uno de los mayores estudiosos del cerebro en nuestro tiempo, el soviético A. R. Luria, que no ha oído nunca hablar ni del ars memorativa clásica ni de los estudios acerca de ésta, publicó en 1968 un libro, The Mind of a Mnemonist, donde describe un caso contemporáneo de capacidad memorativa fantástica basada (como lo ha destacado F. A. Yates) en los principios clásicos de la mnemotecnia.


PAOLO ROSSI  CLAVIS UNIVERSALIS

sábado, 20 de febrero de 2021

Panteismo



No os lo diré jamás, claras estrellas;
ni a ti lo diré nunca, sol fulgente.
Su nombre, hermosa flor de cosas bellas,
en mi pecho ha sonado solamente.

Las estrellas no obstante, en sus reflejos,
mi secreto se cuentan, una a una;
por eso, puesto el sol, sonríen lejos
en todos sus coloquios con la luna.

Y una flor a otra flor con voz secreta
lo murmura en los cármenes risueños;
las aves cantan al pasar: «Poeta,
el amor te ha enseñado dulces sueños».

Nunca dije el secreto de mi vida,
mas divino fragor el hombre clama;
y entre efluvios de acacia florecida
el gran todo murmura: «Ella te ama».


Giosué Carducci

La Ciudad de las Bestias

 El tiempo transcurría lento, las horas se arrastraban eternas, sin embargo

Alex no se aburría. Se sentaba en la proa del bote a observar la naturaleza, leer y

tocar la flauta de su abuelo. La selva parecía animarse y responder al sonido del

instrumento, hasta los ruidosos tripulantes y pasajeros del barco se callaban para

escucharlo; ésas eran las únicas ocasiones en que Kate Coid le prestaba

atención. La escritora era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo

en sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a cualquier otro

miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella para plantearle un problema de

mera supervivencia, como la comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo

miraba de arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos clases de

problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución, así es que no la

molestara con tonterías. Menos mal que su mano había sanado rápidamente, si no

ella sería capaz de resolver el asunto sugiriendo que se la amputara. Era mujer de

medidas extremas. Le había prestado mapas y libros sobre el Amazonas, para

que él mismo buscara la información que le interesaba. Si Alex le comentaba sus

lecturas sobre los indios o le planteaba sus teorías sobre la Bestia, ella replicaba

sin levantar la vista de la página que tenía por delante: «Nunca pierdas una buena

ocasión de callarte la boca, Alexander».


ISABEL ALLENDE

viernes, 19 de febrero de 2021

EL individuo magnífico

Si comparamos las dos razas de hombres (c/p. 20yAnexo,p. 56), el rasgo más

problemático es el de la inconvertibilidad

del phaûlos. El phaúlos «no está predispuesto

a la virtud» (ns 5), «no es receptivo a las palabras rectas» (nB 16); «la parenética

no ha enraizado en él» (nQ 17); «no tiene acceso alguno a la verdad» (na 15), etc.

¿A quiénes enseñan entonces los maestros del Antiguo Pórtico? Entre los fundadores

del estoicismo, las actitudes que hemos mostrado hasta ahora no buscan tanto

«enseñar» cuanto recriminar. Esta actitud es una característica distintiva del Antiguo

Pórtico en relación al estoicismo medio y reciente, que pretende consolar y ser edificante.

Los estoicos de Atenas no consuelan.


 También en este punto llevan a su máxima expresión una de las tendencias más

importantes de su tiempo. Por lo demás, tampoco queda claro cuál podría ser la «enseñanza

» del animalismo o del primitivismo. No hay vuelta posible a los animales o a los

hombres primitivos. Arato y Dicearco no les dan a sus contemporáneos consejos de

«buena vida», sino que se limitan fundamentalmente a mostrarles su decadencia; la

alternativa a los males presentes es el «pasado», pero el tiempo no tiene vuelta atrás.

Toda esta corriente despierta las conciencias, pero no muestra una salida. Cabría

hablar de una especie de profetismo griego, si dejamos a un lado que aquí no hay ni

esperanza mesiánica ni amenaza de desgracias futuras. La conflagración universal es

para los estoicos lo que traerá la purificación mediante el fuego, y entonces todos,

incluido el Sabio en tanto que figura individual, morirán; en cuanto a la humanidad

presente, su castigo no está por venir, sino que ya está aquí, en la «desdicha total y

perpetua» de los phaûloi.


En vano buscaríamos en esta corriente la idea de «redención» en lo que ésta

puede tener de caritativa. Por otro lado, se acabó de una vez con el tema -y la práctica-

tradicional de la responsabilidad, de las élites. Ni responsabilidad del destino colectivo,

ni enseñanza. Los phaûloi son inconvertibles, y el Sabio es el autárkes por

excelencia, «se basta a sí mismo». Su tiempo no es el de la historia, ni en el presente

histórico ni en el pasado lejano. El Sabio se despega del «tiempo de los hombres», no

mediante una vuelta al tiempo de los orígenes, sino por una elevación gracias a la cual

se reúne con el «tiempo de los dioses». La eternidad actualizada es una fusión entre

el tiempo humano y el tiempo divino, algo que ya conoce la tradición: se trata del

tiempo del theios anér, el «hombre divino».


La diferencia con la tradición -y es una diferencia fundamental, que indica un verdadero

cambio- es que el Sabio estoico, último de los «hombres divinos» de Grecia,

señala el fin de la implicación social; sólo queda la renuncia. Acaba así una tradición

que había dejado su impronta en la experiencia griega. Por muy atrás que nos remon34

temos en la historia de las Ciudades griegas, no encontraremos la figura de una élite

espiritual que se mantenga «fuera del mundo». Como dijo Pitágoras, los hombres

superiores deben ocuparse de los astros y de las Ciudades.

El hombre divino activo políticamente( indisociable del sistema de la Ciudad, tuvo

su momento. El Sabio estoico, también. El es el individuo en toda su soledad. Y ése

es precisamente el sentido de esta gran figura.

Aunque esté fuera de la historia, la adecuación histórica del Sabio estoico es que

él representa al individuo en una sociedad de individuos. En una sociedad en pedazos,

en donde una vuelta a la cohesión del grupo se ve como algo imposible, los estoicos

se limitan a precisar que la nueva situación deja dos posibilidades a los hombres,

y dos solamente: el individuo en tanto que hombre envilecido, y el individuo en tanto

que superhombre. Y entre los dos, según la concepción de las dos razas de hombres,

no hay nada.

El hombre moderno podría llegar a ver esto como maniqueísmo e intolerancia;

Pero de hecho los estoicos no hacen sino adaptar a la situación de su tiempo un principio

tradicional. Para Aristóteles, «el hombre es por naturaleza un zóon politikón», de

suerte que «el individuo asocial (a-pólis) por naturaleza, y no por azar, es o bien un

ser inferior (phaúlos) o bien un superhombre (kreítton éi ánthropos) [...] Y el que no

puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia autosuficiencia, no es

miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios» (Política, 1.2, 9 y 14 = 1253a).

La cuestión de fondo es que los Griegos nunca pudieron considerar al individuo

como una figura propia del hombre. Las descripciones estoicas de la descomposición

social de su tiempo, tan excesivas para el lector moderno, atestiguan un asombro

horrorizado ante el descubrimiento de la sociedad individualista, de la que la psicología

estoica en su conjunto se hará eco. Descubrirán entonces al hombre «no conforme

a la naturaleza», e imprimirán en el principio tradicional griego que

consideraba al hombre como un ser social «por naturaleza» un giro inesperado: los

hombres que se alejan de la naturaleza se vuelven incapaces de vivir en sociedad...

Sin embargo, puesto que todo está consumado, y puesto que «las Ciudades actuales

no tienen de Ciudad más que el nombre», el hombre-individuo parece imponerse

de modo irremediable. Los phaúloí del estoicismo describen el individualismo como

una patología. En cuanto al Sabio, él es el antiguo Superhombre.

LO QUE DICE LA FLOR


Me quiere mucho, poquito y nada...

así me dice la blanca flor

cuando en la tarde junto a la Amada

yo le consulto cosas de amor.

Y Ella, la nena, dulce y bonita

por cuyas gracias suspiro y lucho,

también consulta la margarita,

que a todas horas, fresca o marchita,

le dice siempre: te quiere mucho...

Juntos a veces entre las flores,

frente a las matas de su vergel,

hablamos largo cosas de amores,

cosas de amores, de las mejores

como una rosa o algún clavel.

Pero si acaso mi amor deshoja

la margarita recién cortada

se aumenta el peso de mi congoja,

pues siempre acaba la última hoja:

me quiere mucho, poquito y nada...

CARLOS VILLAFAÑE

(1881-1959)

Spleen (IV)

Cuando el cielo bajo y pesado como tapadera
Sobre el espíritu gemebundo presa de prolongados tedios,
Y del horizonte, abarcando todo el círculo,
Nos vierte un día negro más triste que las noches;

Cuando la tierra se cambia en un calabozo húmedo,
Donde la Esperanza, como un murciélago,
Se marcha batiendo los muros con su ala tímida
Y golpeándose la cabeza en los cielorrasos podridos;

Cuando la lluvia, desplegando sus enormes regueros
De una inmensa prisión imita los barrotes,
Y una multitud muda de infames arañas
Acude para tender sus redes en el fondo de nuestros cerebros,

Las campanas, de pronto, saltan enfurecidas
Y lanzan hacia el cielo su horrible aullido,
Cual espíritus errabundos y sin patria
Poniéndose a gemir porfiadamente.

—Y largos cortejos fúnebres, sin tambores ni música,
Desfilan lentamente por mi alma; la Esperanza
Vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica,
Sobre mi cráneo prosternado planta su bandera negra.

***

Quando come un coperchio, il cielo basso e greve
schiaccia l'anima che geme nel suo eterno tedio,
e stringendo in un unico cerchio l'orizzonte
fa del dì una tristezza più nera della notte,
quando la terra si muta in umida cella segreta
dove sbatte la Speranza, timido pipistrello,
con le ali contro i muri e con la testa nel soffitto marcito;
quando le immense linee della pioggia
sembrano inferriate di una vasta prigione
e muto, ripugnante un popolo di ragni
dentro i nostri cervelli dispone le sue reti,
furiose ad un tratto esplodono campane
e un urlo lacerante lanciano verso il cielo
che fa pensare al gemere ostinato
d'anime senza pace né dimora.

Senza tamburi, senza musica, sfilano funerali
a lungo, lentamente, nel mio cuore: Speranza
piange disfatta e Angoscia, dispotica e sinistra
infilza nel mio cranio il suo vessillo nero.

---

Quand le ciel bas et lourd pèse comme un couvercle
Sur l'esprit gémissant en proie aux longs ennuis,
Et que de l'horizon embrassant tout le cercle
Il nous verse un jour noir plus triste que les nuits;
Quand la terre est changée en un cachot humide,
Où l'Espérance, comme une chauve-souris,
S'en va battant les murs de son aile timide
Et se cognant la tête à des plafonds pourris;
Quand la pluie étalant ses immenses traînées
D'une vaste prison imite les barreaux,
Et qu'un peuple muet d'infâmes araignées
Vient tendre ses filets au fond de nos cerveaux,
Des cloches tout à coup sautent avec furie
Et lancent vers le ciel un affreux hurlement,
Ainsi que des esprits errants et sans patrie
Qui se mettent à geindre opiniâtrément.

Et de longs corbillards, sans tambours ni musique,
Défilent lentement dans mon âme; l'Espoir,
Vaincu, pleure, et l'Angoisse atroce, despotique,
Sur mon crâne incliné plante son drapeau noir.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Te quiero

 


[Poema - Texto completo.]

Luis Cernuda

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena.
O iracundo como órgano tempestuoso.

Te lo he dicho con el sol,
que dora cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes.

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas.

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino.

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela en un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.



LUIS CERNUDA

martes, 16 de febrero de 2021

 No te conozco pero quiero saber todo de ti

nunca te he visto pero quisiera siempre verte

no he oído jamás tu voz y siento que vive en mi

estamos muy alejados el uno del otro estas cerca

nunca te he siquiera tocado pero te se de memoria

somos de cultura distinta mas el amor es universal

no nos entendemos por culpa de nuestro idioma

nos separan siglos de cultura e historia 

tu vives en un pais del primer mundo,

yo vivo en un pais donde se estanco el tiempo

hasta hay una tremenda diferencia en horarios

mientras tu duermes y sueñas yo abro los ojos

tienes la piel blanca el cabello dorado claro

yo soy una mezcla de muchos pueblos hispanos

en mis venas corre por la sangre la música

Tu vives en un lugar de nieves perpetuas

el sol dura poco donde hay invierno nueve meses

aquí es todos los días una eterna primavera

hay selva, hay humedad, llueve cuando hace sol

que nos motivo a un día el silencio romper

todavía no lo se fue como jugar a la ruleta

esperando quizá un día poder hallar una voz

que rompiese el hechizo de la vana soledad.


MP


Self Dies in Love

I shall roll up the carpet of life when I see,
Thy dear face again and shall cease to be
For self will be lost in that rapture, and all
The threads of my thought from my hand will fall;
Not me wilt thou find, for this self will have fled:
Thou wilt be my soul in mine own soul’s stead.
All thought of self will be swept from my mind,
And thee only thee, in my place shall I find;
More precious than heaven, than earth more dear,
Myself were forgotten if thou wert near.”


Jami

 Sera que hay cosas para las cuales no sirven las palabras

estas cortas se quedan dejando paso a los largos silencios

esos que no dicen nada pero lo dicen todo sin remedio

Entra uno a otros lenguajes como por ejemplo la música

cada tono es una forma de decir lo inexpresable

hay cosas del alma que solo se comunica por esos medios

Llega un momento de máxima altura en una conversación

un momento de máximo esplendor y florecimiento vocal

luego trata uno de echar mano de algo que excede 

todo lo que hasta el momento ha sido un mar tranquilo

para luego arrebatarse en un remolino de emociones

que se estrellan contra las rocas en las playas

finalmente se pone en calma nuevamente pero no somos

los mismo...hay algo que no se dijo...su momento paso.


MP

lunes, 15 de febrero de 2021

 Un dia me enamore de una estrella

no se como fue, algo del azar

una entre tantas en el cielo

Todas las noches la observaba

salir del horizonte al anochecer

era muy seductor su brillo

El dia era tan rutinario 

la realidad era melancolia

mas soñar despierto podia

Cuando apuntaba el objetivo

hacia lo mas profundo 

en el magico telar estelar

No dormia no comia con reselo

sentia que era mi obligacion

seguirla dia a dia sin razon.


MP

Se quiebra el misterio del silencio


la luz de la vida se va apagando
alejando los ruidos de las sombras en tiniebla
sólo se escucha el vuelo de los pájaros
me pierdo en la soledad de los bosques
desnudando mis sentimientos...que gritan tu nombre
las hojas de los árboles acarician la tristeza de mi alma
me abrazo al viento y vuelo...vuelo en la oscuridad
hasta llegar a tus brazos olvidando las distancias
que separan tu mar y el mío
guárdame en tu pecho mientras la tierra no me llame
y... escucha los latidos de nuestros cuerpos
tu boca en mi boca duermen el amor de nuestros besos...
Deja que el viento pase sin que pueda llevarme.
¡Ay! este amor quema y me condena.
Kika Pérez Ibarriola.

viernes, 12 de febrero de 2021

PALABRAS


En el hondo y extraño precipicio

donde las palabras suenan cuatro veces,

donde los vientos se entremezclan y confunden

para formar el viento,

donde las horas se convierten en siglos

y la vida no pasa.

En el hondo, extraño precipicio,

he querido ser para ti

pedazos de infinito,

vida y muerte,

noche y aurora,

silencio de tus labios

y palabra,

oscura palabra de tu boca...

Cesar Rodriguez Chicharro

Una palabra - Carlos Varela

SERÁS

 

Serás como el dado

que se agita mil veces,

que tiembla en la mano

o en el cubilete,

que señala la dicha

o el número helado de la muerte.

Serás como el dado:

torpe, callada, indiferente.


Cesar Rodriguez Chicharro

jueves, 11 de febrero de 2021

Pense que quizá podría

pensé que quizá debería

quizá debería y no podría

no podría quizá y debería

no podría quizá y no debería

aunque podría y aunque debería

aun podría o aun aunque pensé

sino debería mas no debería quizá

quizá una tiza en pizarrón

resolviese la ecuación del corazón

no me atrevo porque es ilógico

y es ilógico para el sentir

y es impensable para el latir

y es indispensable que piense

si aun debería poder un quizá

que tonteria mas falaz creer

creer si soy del amor un ateo

se desdibujo una sonrisa leve

en un rostro que es cual nieve

busque un borrador del alma

y en ese bosquejo sin nombre 

del cual todos los días aparento

no debería pensar en ficciones

no debiera soñar desilusiones

por lo tanto creo que quizá

y desde mi punto de vista

donde un cuento leí de un Sueco

que encarcelado escribía cartas

a una libertadora lejana 

desconocida y solo un retrato

así como un poema de Huerta

que dice que su amor inicio

como un miedo que floreció

ahora un personaje loco

mata a su amada porque se 

lo pide y le da un beso

a mi todo eso me desconcierta 

perder la razón por unas

cuantas líneas de una chica

que nunca he visto jamás

veo que no hay remedio

alguno para los arrebatos

me lo dicen la mayoría

de las historias leídas:

es que este tal Don Amor

es todo un maléfico genio

como siempre digo y repito

a mis ahora pocos lectores

no perdáis vuestra vida

no vale la pena de amor morir.


MP


miércoles, 10 de febrero de 2021

El sueco

 


[Cuento - Texto completo.]

Ernesto Cardenal

Yo soy sueco. Y hago notar en primer lugar esta peculiaridad de que soy sueco porque a ello se debió todo el extraño caso de mi vida, el acontecimiento verdaderamente increíble, que hoy me propongo relatar. Yo soy sueco, pues, como iba diciendo, y me llamo Eric Hjalmar Ossiannilsson. Sucedió que vine, aún joven, por el año 1897 a esta pequeña república de Centroamérica (en la que aún me encuentro), con el objeto de buscar una curiosa especie de la familia de las Iguanidae, que yo considero descendiente muy directa del dinosaurio. Mi viaje fue, sin embargo, con tal mala suerte, que apenas había acabado de cruzar la frontera cuando caí preso. Por qué caí preso no se espere que lo explique; que he concentrado toda mi mente durante años tratando de explicármelo sin ningún éxito y creo que no hay nadie en el mundo que lo sepa. El país estaba entonces en revolución y mi aspecto nórdico causaría suspicacias, además de que yo no podía hacerme entender de nadie por desconocer el idioma; aunque es evidente que ninguna de estas causas por sí solas son suficientes para caer preso. Pero, en fin, ya he dicho que es completamente inútil tratar de explicárselo; sencillamente, caí preso.

De nada me sirvió el que en un idioma imperfecto tratara de hacerles ver que yo era sueco. Mi convicción de que el representante de mi país llegaría a rescatarme se desvaneció con el tiempo, cuando descubrí que ese representante no solo no podía entenderse conmigo, porque no sabía sueco y jamás había tenido la menor relación con mi país, sino que también era un anciano de más de noventa años y enfermo y que además a menudo caía preso. Allí en la cárcel conocí a un sinnúmero de personalidades importantes de la república, que también acostumbraban a menudo a caer presos: expresidentes, senadores, militares, señoras respetables y obispos, y aún una vez incluso el mismo jefe de policía. La llegada de estas personas, que ocurría generalmente en grandes grupos, ocasionaba toda clase de disturbios en la cárcel; visitantes, mensajes, envío de viandas, sobornos al carcelero, motines y, a veces, hasta fugas. A causa de esa constante afluencia de presos, la situación de nosotros, los que teníamos ya un carácter más per­manente en la cárcel, era continuamente modificada. De una celda individual, relativamente confortable, me pasaban a una sala en la que encerraban a cien o doscientas personas, o si no, un agujero en el que difícilmente cabía un cuerpo. Lo que era peor, si había demasiados huéspedes en la cárcel y todas las celdas estaban llenas, me trasladaban a la cámara de tortura, que tal vez estaba desocupada por no tener ningún castigado. Pero digo mal, sin embargo, cuando digo la cárcel, pues eran muchas y frecuentemente se nos cambiaba de una a otra. Yo creo haberlas recorrido casi todas.

Así fue que me rocé con todas las personas más importantes del país, mientras poco a poco iba aprendiendo el idioma. Por mucho tiempo continué asegurando que yo era sueco, ahora ya con toda claridad y corrección, hasta que por fin dejé de hacerlo, convencido de que, si para mí era absurdo el que me encarcelaran sin motivo, para ellos era igualmente absurdo ponerme en libertad por el solo motivo de ser sueco.

Llevaba yo ya cinco años en estas condiciones, habiendo abandonado ya desde hacía tiempo mis protestas de ciudadanía y perdidas las esperanzas de que al terminar el período del presidente mi situación se remediaría porque este se había reelegido, cuando llegaron de pronto una mañana unos empleados del gobierno a preguntarme, para mi sorpresa, que si yo era sueco. Al punto que dije que sí, me hicieron bañarme y rasurarme y cortarme el pelo (cosas que nunca habían hecho) y vestirme de etiqueta. Al comienzo creí que las relaciones con mi país habrían mejorado de manera admirable, aunque por una extraña razón, todos esos preparativos, y especialmente el traje de etiqueta, me hicieron sospechar también que me fueran a matar. El temor en cierto modo se disipó, cuando descubrí que me llevaban ante el presidente de la república. Este, que me estaba esperando, me saludó con gran afabilidad, preguntándome repetidas veces que “qué había hecho”, exactamente. Luego, con sumo interés, me hizo la pregunta de que si yo era sueco, y como le respondiera firmemente que sí, agregó: “Entonces, ¿usted sabe sueco?” Al oír mi respuesta igualmente afirmativa, me alargó una carta escrita con suave letra de mujer en la lengua de mi país, pidiéndome hiciera el favor de traducirla. (Tiempo después se me informó que a la llegada de esa carta el gobierno había buscado inútilmente por todo el país a alguien que pudiera leerla, hasta que recordó dichosamente haber oído a un preso gritar que era sueco.) La carta era la de una muchacha que decía llamarse Selma Borjesson, pidiendo como un favor unas cuantas de esas bellas monedas de oro que, según había oído decir, circulaban aquí, y expresando al mismo tiempo su admiración por el presidente de ese exótico país, a quien enviaba también como un recuerdo su retrato: la más bella fotografía de mujer que yo he visto en mi vida.

Enseguida que oyó mi traducción el presidente, a quien la carta, y más que todo el retrato de la muchacha, habían producido un profundo deleite, me dictó su respuesta en términos abiertamente galantes, accediendo al punto al envío de las monedas, no obstante explicar que ello estaba expresamente prohibido por la ley. Traduje con toda fideli­dad a la lengua sueca su pensamiento, firmemente convencido de que esa inesperada utilidad recién descubierta en mí, me valdría no solo la libertad, sino hasta un pequeño nombramiento quizás, o al menos el apoyo oficial para encontrar la ansiada Iguanidae. Pero, como una medida de prudencia por todo lo que pudiera sobrevenir, tuve la precaución de agregar a la carta que me dictó el presidente unas breves palabras, en las que resumía la situación en que yo estaba, suplicándole a esa muchacha tan admirable que intercediera por mi libertad.

No tardé mucho en felicitarme por la ocurrencia que había tenido, porque apenas el presidente había terminado de darme las gracias, cuando, con gran sorpresa de mi parte, fui llevado nuevamente a la cárcel, donde se me quitó el traje de etiqueta, volviendo otra vez exactamente a la lamentable situación de antes. Los días desde entonces ya fueron llenos de esperanza; sin embargo, y al poco tiempo, una nueva bañada y rasurada y el regreso del traje de etiqueta me anunciaron que la deseada contestación había llegado.

Como yo ya lo había previsto, esta segunda carta ahora traía un largo párrafo sobre mí, pidiendo amablemente la libertad del compatriota; pero desgraciadamente, como yo también ya lo había previsto, no podía hacérselo saber al presidente, porque este creería que era de mi invención, o bien descubriría que yo había intercalado palabras mías en su carta, castigando hasta tal vez con la muerte mi atrevimiento. Así pues, me vi obligado a saltarme el párrafo que pedía mi libertad, sustituyéndolo por unas frases de insinuación amorosa muy halagadoras al presidente. Pero, en cambio, en la contestación que este me dictó, intercalé una más completa exposición del caso en que me encontraba, aprovechando al mismo tiempo la ocasión de desvanecer la idea romántica que ella tenía del presidente, revelándole lo que este era en realidad.

A partir de entonces, ya la muchacha comenzó a escribir con frecuencia, demostrando un interés cada vez más creciente en mi asunto, con el aumento por consiguiente de mis rasuradas y baños y las puestas del traje de etiqueta (lo que no me dejaba de ser un poco humillante), al mismo tiempo que de mis esperanzas de libertad.

Fui adquiriendo así cada vez más confianza con ella a través de las contestaciones que me dictaba el presidente. Debo confesar entonces que durante los tediosos e insufribles intervalos habidos entre carta y carta, el pensamiento de mi libertad, junto con el de la bella y posible libertadora, no me dejaban de día ni de noche, obsesionantes, confundiéndose de tal modo el uno con el otro, que yo, al fin, ya no sabía si era ella o mi libertad lo que más deseaba (ella era realmente mi libertad, como yo tantas veces se yo dije mientras el presidente dictaba). O sea, para decirlo en otras palabras: estaba enamorado y con la infinita satisfacción de ver que era plenamente correspondido. Pero, para desgracia mía, el presidente también lo estaba, y en alto grado, y lo que era peor, yo había sido el causante y fomentador de ese amor, haciéndole creer que era para él esa correspondencia, de la que dependía mi vida.

En mis largos angustiosos encierros, yo me entretenía en preparar muy bien la próxima carta que leería al presidente (lo cual me era indispensable, pues este no permitía que primero la leyese toda para mis adentros y después procedería a su traducción, sino que exigía le fuese traduciendo al mismo tiempo que leía, y además, fuese porque desconfiara de mí o por el placer que ello le proporcionaba, me hacía leer tres y aún cuatro veces seguidas una misma carta), como también la nueva contestación que daría a mi amada, puliendo y acicalando cuidadosamente cada una de sus frases, esforzándome por poner en ellas toda la poesía y belleza tradicional de la lengua sueca y aún agregando a veces pequeñas composiciones en verso de mi invención.

Con el objeto de prolongar aún más esas cartas, hacía responder al presidente a un sinnúmero de preguntas sobre la historia, costumbres y situación política del país, a lo cual él accedía siempre con sumo gusto. Así me empezaba entonces él a dictar largas epístolas, generalmente sobre su gobierno y los problemas de estado, llegando a adquirir cada vez más confianza con el tiempo y a aumentar el número de sus confidencias, pidiendo continuamente el consejo y el parecer de la amada. Sucedió entonces que yo, desde una inmunda cárcel, tenía en mis manos los destinos del país, sin que nadie, ni aún el mismo presidente, lo supiera, y mediante oportunas sugerencias e indicaciones, permití el regreso de desterrados, conmuté sentencias y liberté a muchos de mis compañeros de prisión sin que nadie pudiera agradecérmelo.

Uno de los más grandes placeres de los días de dictado era también el de poder mirar de nuevo el retrato de ella que el presidente sacaba, según él, para inspirarse. Comencé a pedirle entonces que mandara más retratos con frecuencia, pero, como es de suponer, todos iban a parar a manos del presidente. Mi venganza consistía en cambio en los regalos de este, numerosos y de mucho valor, que siempre eran enviados en mi nombre.

Pero una nueva ansiedad iba creciendo al mismo tiempo que mi amor: era esa inmensa colección de cartas que se iba depositando en el escritorio del presidente, y en las cuales estaba escrita con todo detalle la historia de nuestro idilio; cartas en las que ya, por último, ni siquiera lo mencionábamos a él sino muy de vez en cuando, casi siempre para insultarle. En cada una de esas cartas de amor, por así decirlo, estaba firmada mi sentencia de muerte.

El tema de mi libertad —además del amor— era el que predominaba en nuestra correspondencia, como podría comprenderse. Siempre estábamos haciendo toda clase de planes de fuga e imaginando todas las estrategias posibles. En un principio yo me había negado a traducir nuevas cartas, a menos que se me pusiera en libertad; pero entonces me condenaron a pan y agua, y esto, junto con el tormento aún mayor de no leer más cartas de ella, que ya desde entonces me eran indispensables, quebrantó mi voluntad. Propuse, al menos como una condición para rendirme, que la rasurada y el buen vestido y el aseo fueran proporcionados de una manera regular y no únicamente los días de carta, lo cual no solo resultaba impráctico, sino humillante; pero ni aún eso me fue concedido.

Después, mi amada propuso hacer un viaje de visita al presidente y arreglar con él que se me pusiera en libertad (plan que tenía la ventaja de contar con el apoyo decidido de este, quien desde hacía tiempo venía insistiendo muy enérgicamente en ese viaje); pero yo me opuse a él terminantemente, porque ello equivalía a perderla a ella para siempre. Yo le propuse, a mi vez, que viniera otra mujer bellísima, haciéndose pasar por ella ante el presidente y gestionara mi libertad; pero entonces fue ella la que se opuso, alegando que, además de muy expuesto, era difícil encontrar a alguien que se prestara. Otra propuesta de su parte, que estuvo verdaderamente a punto de realizarse, fue la de solicitar una protesta enérgica de parte de mi gobierno y aún una ruptura de relaciones; pero yo le hice ver a tiempo que con semejantes medidas no solo se suspendería inmediatamente nuestra correspondencia, sino que esa ruptura me significaría la pena de muerte en el acto. Yo era más bien partidario de que se mejorasen hasta lo increíble las relaciones —entonces tan lamentables— con mi país. Pero como ella me hizo notar, con mucha razón: “¿Cómo convencer al gobierno sueco de que mejore sus relaciones por el motivo de que tienen a un ciudadano preso injustamente?” Pero la más descabellada ocurrencia fue la que tuvo un abogado amigo suyo, quien se ofreció a conseguir mi extradición alegando que yo era un criminal, no reparando en que el presidente, sin lugar a duda, me mandaría a matar en el momento de saberlo.

Mientras tanto, una nueva preocupación se había venido a agregar a las otras, y era la de ver cómo día a día yo venía siendo más peligroso a los ojos del presidente por el tremendo secreto y todas sus demás confidencias innumerables de que era depositario, con la consiguiente amenaza para mi vida que ello significaba. Es cierto que su amor (cada vez en aumento) constituía mi mayor seguridad, porque él no me mataría mientras necesitara mis servicios; pero esta seguridad me angustiaba por otro lado, porque a causa de esos servicios también era más difícil que me dejara ir. Hasta la misma esperanza que tuve antes de que un compatriota mío acertara a pasar, se había convertido ahora en un nuevo temor por la posibilidad de que leyera alguna carta y se descubriera mi fraude.

Estábamos así, mi amada y yo, ocupados en la preparación de un nuevo plan que demostrara ser más efectivo, cuando de pronto, aquello que más angustiosamente me aterrorizaba y con todas las fuerzas de mi alma había tratado de evitar, llegó a suceder: el presidente dejó de estar enamorado. No fue, para mi desdicha, su desamoramiento gradual, sino súbito, sin que me diera tiempo de prepararme. Sencillamente, las cartas que llegaban ya fueron desde entonces tiradas al canasto y no se me llamó, sino de tarde en tarde, para que leyera alguna que otra —más bien por curiosidad que por otra cosa— haciéndoseme contestarlas en breves y apresuradas líneas para tratar de poner fin al asunto. Toda la desesperación y mortal angustia de mi alma fueron vertidas en esas líneas y en las pocas cartas de ella que aún tuve la suerte de leer al presidente puse a mi vez las más tiernas, las más entrañables y apasionada súplicas de amor que haya proferido mujer alguna; pero con tan poco éxito que aún a veces se me suspendía la lectura a mitad de la carta. Para colmo de desdicha las que ella me escribía eran más que todo de reproche para mí por demorar las contestaciones, y poseída por los celos, se atrevía a poner en duda que todavía estuviera preso, llegando aún a insinuar que tal vez nunca en mi vida había estado preso. La última vez en la que ya ni siquiera se me hizo llegar de etiqueta a la Casa Presidencial, sino que en la propia cárcel me fue dictada por un guardia una ruptura ya completamente definitiva, me hizo saber que ella, mi libertad y todo, había llegado a su fin. Las postreras y desgarradoras palabras para Selma Borjesson fueron escritas.

Se me había dejado aún en mi celda unas cuantas hojas de papel y una pluma, tal vez por si acaso se ofrecía alguna carta más, supongo yo. Si el presidente no me ha mandado a matar, porque me queda agradecido o porque puede necesitarme después si alguna otra enamorada le escribe de Suecia, o sencillamente porque ya se olvidó de mí, yo no lo sé. Ignoro también si mi amada, Selma Borjesson, me ha seguido escribiendo o si ya ella tampoco se acuerda de mí (aún pienso en el absurdo terrible de que tal vez ni siquiera ha existido sino que fue todo tramado por algún enemigo del presidente, debido a una costumbre de pensar absurdos que aquí en la cárcel se me ha desarrollado).

Han transcurrido ya más de cuatro años desde entonces y ya otra vez perdí las esperanzas en la terminación del período del presidente porque este nuevamente se ha reelegido. En vista de lo cual, decidí ocupar la pluma y las pocas hojas de papel que ya no tiene objeto, en relatar mi historia. Escribo en sueco para que el presidente no lo entienda si esto llega a sus manos. En el caso remoto de que algún compatriota mío acierte por casualidad a leer estas páginas, le ruego se acuerde de Eric Hjalmar Ossiannilsson, si aún no me he muerto.

*

NOTA: Un amigo mío que estuvo preso encontró este manuscrito en la cárcel, casi destruido por la humedad, debajo de un ladrillo. Parece haber sido escrito hace ya muchos años. Y años más tarde un representante sueco de la Compañía de Teléfonos Ericksson nos lo tradujo. No hemos podido encontrar ningún dato referente a la persona que lo escribió. Yo he publicado el texto como me ha sido dado, haciéndole obvias correcciones de redacción y de gramática.

FIN