Rima XCII:
[Poema - Texto completo.]
Gustavo Adolfo BécquerTu aliento es el aliento de las flores, |
Lírica y prosa de un polígrafo, de los autores de todos los tiempos, artes, filosofía, ciencia y mucho más... Levantarse como un taumaturgo resuelto a poblar su jornada de milagros, y caer de nuevo en la cama para rumiar hasta la noche penas de amor y de dinero…
No existiría la Piedad
si no hiciéramos a alguien Pobre:
y no existiría la Misericordia,
si todos fueran tan felices como nosotros:
Y el miedo mutuo trae la paz;
hasta que aumentan los amores egoístas.
Entonces la Crueldad teje una trampa,
y siembra con cuidado sus cebos.
Se sienta con sagrados temores,
y riega la tierra con lágrimas:
entonces la Humildad echa sus raíces
debajo de su paso.
No tarda en extender la triste sombra
del Misterio sobre su cabeza;
Y la Oruga y la Mosca
se alimentan de él.
Y sostiene el fruto del engaño.
Rojo y dulce para comer;
y el Cuervo hace su nido
en su sombra más espesa.
Los Dioses de la tierra y el mar
buscaron entre la Naturaleza para encontrar este Árbol
pero en vano resultó su búsqueda:
crece en cada Cerebro Humano.
–
The Human Abstract
Pity would be no more,
If we did not make somebody Poor:
And Mercy no more could be,
If all were as happy as we;
And mutual fear brings peace;
Till the selfish loves increase.
Then Cruelty knits a snare,
And spreads his baits with care.
He sits down with holy fears,
And waters the ground with tears:
Then Humility takes its root
Underneath his foot.
Soon spreads the dismal shade
Of Mystery over his head;
And the Catterpiller and Fly.
Feed on the Mystery.
And it bears the fruit of Deceit.
Ruddy and sweet to eat;
And the Raven his nest has made
In its thickest shade.
The Gods of the earth and sea,
Sought thro’ Nature to find this Tree
But their search was all in vain;
There grows one in the Human Brain.
–
Nada hay tan dulce como una habitación
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,
si no es esta ligera sensación
de irrealidad. Algo como el verano
en casa de mis padres, hace tiempo,
como viajes en tren por la noche. Te llamo
para decir que no te digo nada
que tú ya no conozcas, o si acaso
para besarte vagamente
los mismos labios.
Has dejado el balcón.
Ha oscurecido el cuarto
mientras que nos miramos tiernamente,
incómodos de no sentir el peso de tres años.
Todo es igual, parece
que no fue ayer. Y este sabor nostálgico,
que los silencios ponen en la boca,
posiblemente induce a equivocarnos
en nuestros sentimientos. Pero no
sin alguna reserva, porque por debajo
algo tira más fuerte y es (para decirlo
quizá de un modo menos inexacto)
difícil recordar que nos queremos,
si no es con cierta imprecisión, y el sábado,
que es hoy, queda tan cerca
de ayer a última hora y de pasado
mañana
por la mañana...
Nos reciben las calles conocidas
y la tarde empezada, los cansados
castaños cuyas hojas, obedientes,
ruedan bajo los pies del que regresa,
preceden, acompañan nuestros pasos.
Interrumpiendo entre la muchedumbre
de los que a cada instante se suceden,
bajo la prematura opacidad
del cielo, que converge hacia su término,
cada uno se interna olvidadizo,
perdido en sus cuarteles solitarios
del invierno que viene. ¿Recordáis
la destreza del vuelo de las aves,
el júbilo y los juegos peligrosos,
la intensidad de cierto instante, quietos
bajo el cielo más alto que el follaje?
Si por lo menos alguien se acordase,
si alguien súbitamente acometido
se acordase... La luz usada deja
polvo de mariposa entre los dedos.
La noche, que es siempre ambigua,
te enfurece -color
de ginebra mala, son
tus ojos unas bichas.
Yo sé que vas a romper
en insultos y en lágrimas
histéricas. En la cama,
luego, te calmaré
con besos que me da pena
dártelos. Y al dormir
te apretarás contra mí
como una perra enferma.
Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.
Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
Es el amanecer.
Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.
Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,
y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
desde el amanecer.
Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho al amanecer.
-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
y no por el placer.
Áyax, una vez se ha decidido por el suicidio, en casi las últimas palabras que dirige a otro ser hum ano, dice: Pues yo voy allá adonde debo ir1. La palabra que utiliza es poreuteon : una expresión impersonal de necesidad, una forma de hablar frecuente en los héroes de Sófocles. En térm inos similares, Edipo dice, «soy yo quien debe m andar» y «hay que oírlo». «¿Qué cosas me haces realizar?», le dice su hijo a Heracles en Las Traquinias. «Lo que debe realizarse», responde él2. Esta no es más que una de las formas empleadas por estos personajes para expresar insistencia, rechazo, rebeldía y otras actitudes intransigentes, que con frecuencia evocan a su vez en otros expresiones de necesidad. El modelo de estos caracteres se encuentra en Homero, sobre todo en Aquiles, con su rechazo de la embajada y su terrible negativa a Héctor3.
Vergüenza y necesidad
Bernard Williams
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.
En una de las visitas que como remanso en la lucha diaria hago a la vestuosa y silenciosa Toledo, sucedieron estos pequeños acontecimientos que, agrandados por mi fantasía traslado a las blancas cuartillas.

Vagaba una tarde por las estrechas calles de la imperial ciudad con mi carpeta de dibujo debajo del brazo, cuando sentí que una voz como un inmenso suspiro pronunciaba a mi lado vagas y confusas palabras; me volví apresuradamente y cuál no sería mi asombro al encontrarme completamente solo en la estrecha calleja. Y, sin embargo, indudablemente una voz, una voz extraña, mezcal de lamento, voz de mujer sin duda, había sonado a pocos pasos de donde yo estaba. Cansado de buscar inútilmente la boca que a mi espalda había lanzado su confusa queja, y habiendo ya sonado el Ángelus en el reloj de un cercano convento, me dirigí a la posada que me servía de refugio en las interminables horas de la noche.
Al quedarme solo en mi habitación, y a la luz de la débil y vacilante bujía, tracé en mi álbum una silueta de mujer.
Dos días después, y cuando ya casi había olvidado mi pasada aventura, la casualidad me llevó nuevamente a la torcida encrucijada teatro de ella. Empezaba morir el día; el sol teñía el horizonte de manchas rojas, moradas; caía grave en el silencio la voz de bronce de las horas. Mi paso era lento, una vaga melancolía ponía un gesto de duda en mi semblante.
Y otra vez la voz, la misma voz del pasado día, volvió a turbar el silencio y mi tranquilidad. Esta vez decidí no descansar hasta encontrar la clave del enigma, y cuando ya desconfiaba de mis investigaciones, descubrí en una vieja casa, de antiquísima arquitectura, una pequeña ventana cerrada por una reja caprichosa artística. De aquella ventana salía, indudablemente la armoniosa y silente voz de mujer.
Era completamente de noche, la voz-suspiro había callado y decidí volver a mi posada, en cuya habitación de enjalbegadas paredes, y tendido en el duro lecho, ha creado mi fantasía una novela que, desgraciadamente… nunca podrá ser realidad.
Al día siguiente, un viejo judío que tiene su puesto de quincalla frente a la vieja casa en que sonó la misteriosa voz, me contó que dicha casa está deshabitada desde hace mucho tiempo. Vivía en ella una bellísima mujer acompañada de su esposo, un avaro mercader de mucha más edad que ella. Un día el mercader salió de la casa cerrando la puerta con llave, y no volvió a saberse de él ni de su hermosa mujer. La leyenda cuenta que desde entonces todas las noches un fantasma blanco con formas de mujer vaga por el ruinoso caserón, y se escuchan confusas voces mezcladas de maldición y lamento.
Y la misma leyenda cree ver en el blanco fantasma a la bella mujer del mercader avaro.
Voz de mujer que como música celeste, como suspiro de alma enamorada, viniste a mí, traída por la caricia del aire lleno de aromas de primavera. ¿Qué misterio hay en tus palabras confusas, en tus débiles quejas, en tus armoniosas y extrañas canciones?
[Poema - Texto completo.]
Gustavo Adolfo BécquerTu aliento es el aliento de las flores, |
Alga quisiera ser, alga enredada,
en lo más suave de tu pantorrilla.
Soplo de brisa contra tu mejilla.
Arena leve bajo tu pisada.
Agua quisiera ser, agua salada
cuando corres desnuda hacia la orilla.
Sol recortando en sombra tu sencilla
silueta virgen de recién bañada.
Todo quisiera ser, indefinido,
en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
gaviota, cielo, nave, vela, viento…
Caracola que acercas a tu oído,
para poder reunir, tímidamente,
con el rumor del mar, mi sentimiento.
Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él disimulaba.
Esperanza,
araña negra del atardecer.
Tu paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.
Ángel González
Las artes de la memoria y la lógica combinatoria pertenecen, sin duda alguna, a la categoría de los fósiles intelectuales. La combinatoria desapareció definitivamente en la segunda mitad del si glo xvn, destruida y a su vez transfigurada por el gran discurso de Leibniz. El arte de la memoria, "inventado" por Simónides de Ceos, va a confluir en las enciclopedias, en las clasificaciones y en los métodos del siglo xvn y desaparece casi por completo como técnica separada. Incluso hoy, sobrevive como tal en las páginas publicita rias de algunas revistas semanales o en las novelas policiacas de la editorial Mondadori, donde reaparecen (a veces con términos idénticos a los utilizados hace cuatro o cinco siglos) las mismas sorprendentes promesas contenidas en los textos de ars memorativa escritos en los siglos xv y xvi. La historia siempre está llena de sorpresas. Harry Loraine, quien se autodefinió en 1965 como "la memoria más fenomenal del siglo", presume también de tener en los Estados Unidos 250000 lectores a los que ha enseñado a "alimentar la mente con cosas, hechos, rostros y nombres esculpidos en forma de imágenes precisas". Uno de los mayores estudiosos del cerebro en nuestro tiempo, el soviético A. R. Luria, que no ha oído nunca hablar ni del ars memorativa clásica ni de los estudios acerca de ésta, publicó en 1968 un libro, The Mind of a Mnemonist, donde describe un caso contemporáneo de capacidad memorativa fantástica basada (como lo ha destacado F. A. Yates) en los principios clásicos de la mnemotecnia.
PAOLO ROSSI CLAVIS UNIVERSALIS
El tiempo transcurría lento, las horas se arrastraban eternas, sin embargo
Alex no se aburría. Se sentaba en la proa del bote a observar la naturaleza, leer y
tocar la flauta de su abuelo. La selva parecía animarse y responder al sonido del
instrumento, hasta los ruidosos tripulantes y pasajeros del barco se callaban para
escucharlo; ésas eran las únicas ocasiones en que Kate Coid le prestaba
atención. La escritora era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo
en sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a cualquier otro
miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella para plantearle un problema de
mera supervivencia, como la comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo
miraba de arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos clases de
problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución, así es que no la
molestara con tonterías. Menos mal que su mano había sanado rápidamente, si no
ella sería capaz de resolver el asunto sugiriendo que se la amputara. Era mujer de
medidas extremas. Le había prestado mapas y libros sobre el Amazonas, para
que él mismo buscara la información que le interesaba. Si Alex le comentaba sus
lecturas sobre los indios o le planteaba sus teorías sobre la Bestia, ella replicaba
sin levantar la vista de la página que tenía por delante: «Nunca pierdas una buena
ocasión de callarte la boca, Alexander».
ISABEL ALLENDE
Si comparamos las dos razas de hombres (c/p. 20yAnexo,p. 56), el rasgo más
problemático es el de la inconvertibilidad
del phaûlos. El phaúlos «no está predispuesto
a la virtud» (ns 5), «no es receptivo a las palabras rectas» (nB 16); «la parenética
no ha enraizado en él» (nQ 17); «no tiene acceso alguno a la verdad» (na 15), etc.
¿A quiénes enseñan entonces los maestros del Antiguo Pórtico? Entre los fundadores
del estoicismo, las actitudes que hemos mostrado hasta ahora no buscan tanto
«enseñar» cuanto recriminar. Esta actitud es una característica distintiva del Antiguo
Pórtico en relación al estoicismo medio y reciente, que pretende consolar y ser edificante.
Los estoicos de Atenas no consuelan.
También en este punto llevan a su máxima expresión una de las tendencias más
importantes de su tiempo. Por lo demás, tampoco queda claro cuál podría ser la «enseñanza
» del animalismo o del primitivismo. No hay vuelta posible a los animales o a los
hombres primitivos. Arato y Dicearco no les dan a sus contemporáneos consejos de
«buena vida», sino que se limitan fundamentalmente a mostrarles su decadencia; la
alternativa a los males presentes es el «pasado», pero el tiempo no tiene vuelta atrás.
Toda esta corriente despierta las conciencias, pero no muestra una salida. Cabría
hablar de una especie de profetismo griego, si dejamos a un lado que aquí no hay ni
esperanza mesiánica ni amenaza de desgracias futuras. La conflagración universal es
para los estoicos lo que traerá la purificación mediante el fuego, y entonces todos,
incluido el Sabio en tanto que figura individual, morirán; en cuanto a la humanidad
presente, su castigo no está por venir, sino que ya está aquí, en la «desdicha total y
perpetua» de los phaûloi.
En vano buscaríamos en esta corriente la idea de «redención» en lo que ésta
puede tener de caritativa. Por otro lado, se acabó de una vez con el tema -y la práctica-
tradicional de la responsabilidad, de las élites. Ni responsabilidad del destino colectivo,
ni enseñanza. Los phaûloi son inconvertibles, y el Sabio es el autárkes por
excelencia, «se basta a sí mismo». Su tiempo no es el de la historia, ni en el presente
histórico ni en el pasado lejano. El Sabio se despega del «tiempo de los hombres», no
mediante una vuelta al tiempo de los orígenes, sino por una elevación gracias a la cual
se reúne con el «tiempo de los dioses». La eternidad actualizada es una fusión entre
el tiempo humano y el tiempo divino, algo que ya conoce la tradición: se trata del
tiempo del theios anér, el «hombre divino».
La diferencia con la tradición -y es una diferencia fundamental, que indica un verdadero
cambio- es que el Sabio estoico, último de los «hombres divinos» de Grecia,
señala el fin de la implicación social; sólo queda la renuncia. Acaba así una tradición
que había dejado su impronta en la experiencia griega. Por muy atrás que nos remon34
temos en la historia de las Ciudades griegas, no encontraremos la figura de una élite
espiritual que se mantenga «fuera del mundo». Como dijo Pitágoras, los hombres
superiores deben ocuparse de los astros y de las Ciudades.
El hombre divino activo políticamente( indisociable del sistema de la Ciudad, tuvo
su momento. El Sabio estoico, también. El es el individuo en toda su soledad. Y ése
es precisamente el sentido de esta gran figura.
Aunque esté fuera de la historia, la adecuación histórica del Sabio estoico es que
él representa al individuo en una sociedad de individuos. En una sociedad en pedazos,
en donde una vuelta a la cohesión del grupo se ve como algo imposible, los estoicos
se limitan a precisar que la nueva situación deja dos posibilidades a los hombres,
y dos solamente: el individuo en tanto que hombre envilecido, y el individuo en tanto
que superhombre. Y entre los dos, según la concepción de las dos razas de hombres,
no hay nada.
El hombre moderno podría llegar a ver esto como maniqueísmo e intolerancia;
Pero de hecho los estoicos no hacen sino adaptar a la situación de su tiempo un principio
tradicional. Para Aristóteles, «el hombre es por naturaleza un zóon politikón», de
suerte que «el individuo asocial (a-pólis) por naturaleza, y no por azar, es o bien un
ser inferior (phaúlos) o bien un superhombre (kreítton éi ánthropos) [...] Y el que no
puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia autosuficiencia, no es
miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios» (Política, 1.2, 9 y 14 = 1253a).
La cuestión de fondo es que los Griegos nunca pudieron considerar al individuo
como una figura propia del hombre. Las descripciones estoicas de la descomposición
social de su tiempo, tan excesivas para el lector moderno, atestiguan un asombro
horrorizado ante el descubrimiento de la sociedad individualista, de la que la psicología
estoica en su conjunto se hará eco. Descubrirán entonces al hombre «no conforme
a la naturaleza», e imprimirán en el principio tradicional griego que
consideraba al hombre como un ser social «por naturaleza» un giro inesperado: los
hombres que se alejan de la naturaleza se vuelven incapaces de vivir en sociedad...
Sin embargo, puesto que todo está consumado, y puesto que «las Ciudades actuales
no tienen de Ciudad más que el nombre», el hombre-individuo parece imponerse
de modo irremediable. Los phaúloí del estoicismo describen el individualismo como
una patología. En cuanto al Sabio, él es el antiguo Superhombre.
Me quiere mucho, poquito y nada...
así me dice la blanca flor
cuando en la tarde junto a la Amada
yo le consulto cosas de amor.
Y Ella, la nena, dulce y bonita
por cuyas gracias suspiro y lucho,
también consulta la margarita,
que a todas horas, fresca o marchita,
le dice siempre: te quiere mucho...
Juntos a veces entre las flores,
frente a las matas de su vergel,
hablamos largo cosas de amores,
cosas de amores, de las mejores
como una rosa o algún clavel.
Pero si acaso mi amor deshoja
la margarita recién cortada
se aumenta el peso de mi congoja,
pues siempre acaba la última hoja:
me quiere mucho, poquito y nada...
CARLOS VILLAFAÑE
(1881-1959)
Quando come un coperchio, il cielo basso e greve
schiaccia l'anima che geme nel suo eterno tedio,
e stringendo in un unico cerchio l'orizzonte
fa del dì una tristezza più nera della notte,
quando la terra si muta in umida cella segreta
dove sbatte la Speranza, timido pipistrello,
con le ali contro i muri e con la testa nel soffitto marcito;
quando le immense linee della pioggia
sembrano inferriate di una vasta prigione
e muto, ripugnante un popolo di ragni
dentro i nostri cervelli dispone le sue reti,
furiose ad un tratto esplodono campane
e un urlo lacerante lanciano verso il cielo
che fa pensare al gemere ostinato
d'anime senza pace né dimora.
Senza tamburi, senza musica, sfilano funerali
a lungo, lentamente, nel mio cuore: Speranza
piange disfatta e Angoscia, dispotica e sinistra
infilza nel mio cranio il suo vessillo nero.
---
Quand le ciel bas et lourd pèse comme un couvercle
Sur l'esprit gémissant en proie aux longs ennuis,
Et que de l'horizon embrassant tout le cercle
Il nous verse un jour noir plus triste que les nuits;
Quand la terre est changée en un cachot humide,
Où l'Espérance, comme une chauve-souris,
S'en va battant les murs de son aile timide
Et se cognant la tête à des plafonds pourris;
Quand la pluie étalant ses immenses traînées
D'une vaste prison imite les barreaux,
Et qu'un peuple muet d'infâmes araignées
Vient tendre ses filets au fond de nos cerveaux,
Des cloches tout à coup sautent avec furie
Et lancent vers le ciel un affreux hurlement,
Ainsi que des esprits errants et sans patrie
Qui se mettent à geindre opiniâtrément.
Et de longs corbillards, sans tambours ni musique,
Défilent lentement dans mon âme; l'Espoir,
Vaincu, pleure, et l'Angoisse atroce, despotique,
Sur mon crâne incliné plante son drapeau noir.
[Poema - Texto completo.]
Luis CernudaTe lo he dicho con el viento, Te lo he dicho con el sol, Te lo he dicho con las nubes, Te lo he dicho con las plantas, Te lo he dicho con el agua, Pero así no me basta: |
No te conozco pero quiero saber todo de ti
nunca te he visto pero quisiera siempre verte
no he oído jamás tu voz y siento que vive en mi
estamos muy alejados el uno del otro estas cerca
nunca te he siquiera tocado pero te se de memoria
somos de cultura distinta mas el amor es universal
no nos entendemos por culpa de nuestro idioma
nos separan siglos de cultura e historia
tu vives en un pais del primer mundo,
yo vivo en un pais donde se estanco el tiempo
hasta hay una tremenda diferencia en horarios
mientras tu duermes y sueñas yo abro los ojos
tienes la piel blanca el cabello dorado claro
yo soy una mezcla de muchos pueblos hispanos
en mis venas corre por la sangre la música
Tu vives en un lugar de nieves perpetuas
el sol dura poco donde hay invierno nueve meses
aquí es todos los días una eterna primavera
hay selva, hay humedad, llueve cuando hace sol
que nos motivo a un día el silencio romper
todavía no lo se fue como jugar a la ruleta
esperando quizá un día poder hallar una voz
que rompiese el hechizo de la vana soledad.
MP
I shall roll up the carpet of life when I see,
Thy dear face again and shall cease to be
For self will be lost in that rapture, and all
The threads of my thought from my hand will fall;
Not me wilt thou find, for this self will have fled:
Thou wilt be my soul in mine own soul’s stead.
All thought of self will be swept from my mind,
And thee only thee, in my place shall I find;
More precious than heaven, than earth more dear,
Myself were forgotten if thou wert near.”
Sera que hay cosas para las cuales no sirven las palabras
estas cortas se quedan dejando paso a los largos silencios
esos que no dicen nada pero lo dicen todo sin remedio
Entra uno a otros lenguajes como por ejemplo la música
cada tono es una forma de decir lo inexpresable
hay cosas del alma que solo se comunica por esos medios
Llega un momento de máxima altura en una conversación
un momento de máximo esplendor y florecimiento vocal
luego trata uno de echar mano de algo que excede
todo lo que hasta el momento ha sido un mar tranquilo
para luego arrebatarse en un remolino de emociones
que se estrellan contra las rocas en las playas
finalmente se pone en calma nuevamente pero no somos
los mismo...hay algo que no se dijo...su momento paso.
MP
Un dia me enamore de una estrella
no se como fue, algo del azar
una entre tantas en el cielo
Todas las noches la observaba
salir del horizonte al anochecer
era muy seductor su brillo
El dia era tan rutinario
la realidad era melancolia
mas soñar despierto podia
Cuando apuntaba el objetivo
hacia lo mas profundo
en el magico telar estelar
No dormia no comia con reselo
sentia que era mi obligacion
seguirla dia a dia sin razon.
MP
En el hondo y extraño precipicio
donde las palabras suenan cuatro veces,
donde los vientos se entremezclan y confunden
para formar el viento,
donde las horas se convierten en siglos
y la vida no pasa.
En el hondo, extraño precipicio,
he querido ser para ti
pedazos de infinito,
vida y muerte,
noche y aurora,
silencio de tus labios
y palabra,
oscura palabra de tu boca...
Cesar Rodriguez Chicharro
Serás como el dado
que se agita mil veces,
que tiembla en la mano
o en el cubilete,
que señala la dicha
o el número helado de la muerte.
Serás como el dado:
torpe, callada, indiferente.
Cesar Rodriguez Chicharro
Pense que quizá podría
pensé que quizá debería
quizá debería y no podría
no podría quizá y debería
no podría quizá y no debería
aunque podría y aunque debería
aun podría o aun aunque pensé
sino debería mas no debería quizá
quizá una tiza en pizarrón
resolviese la ecuación del corazón
no me atrevo porque es ilógico
y es ilógico para el sentir
y es impensable para el latir
y es indispensable que piense
si aun debería poder un quizá
que tonteria mas falaz creer
creer si soy del amor un ateo
se desdibujo una sonrisa leve
en un rostro que es cual nieve
busque un borrador del alma
y en ese bosquejo sin nombre
del cual todos los días aparento
no debería pensar en ficciones
no debiera soñar desilusiones
por lo tanto creo que quizá
y desde mi punto de vista
donde un cuento leí de un Sueco
que encarcelado escribía cartas
a una libertadora lejana
desconocida y solo un retrato
así como un poema de Huerta
que dice que su amor inicio
como un miedo que floreció
ahora un personaje loco
mata a su amada porque se
lo pide y le da un beso
a mi todo eso me desconcierta
perder la razón por unas
cuantas líneas de una chica
que nunca he visto jamás
veo que no hay remedio
alguno para los arrebatos
me lo dicen la mayoría
de las historias leídas:
es que este tal Don Amor
es todo un maléfico genio
como siempre digo y repito
a mis ahora pocos lectores
no perdáis vuestra vida
no vale la pena de amor morir.
MP
[Cuento - Texto completo.]
Ernesto CardenalYo soy sueco. Y hago notar en primer lugar esta peculiaridad de que soy sueco porque a ello se debió todo el extraño caso de mi vida, el acontecimiento verdaderamente increíble, que hoy me propongo relatar. Yo soy sueco, pues, como iba diciendo, y me llamo Eric Hjalmar Ossiannilsson. Sucedió que vine, aún joven, por el año 1897 a esta pequeña república de Centroamérica (en la que aún me encuentro), con el objeto de buscar una curiosa especie de la familia de las Iguanidae, que yo considero descendiente muy directa del dinosaurio. Mi viaje fue, sin embargo, con tal mala suerte, que apenas había acabado de cruzar la frontera cuando caí preso. Por qué caí preso no se espere que lo explique; que he concentrado toda mi mente durante años tratando de explicármelo sin ningún éxito y creo que no hay nadie en el mundo que lo sepa. El país estaba entonces en revolución y mi aspecto nórdico causaría suspicacias, además de que yo no podía hacerme entender de nadie por desconocer el idioma; aunque es evidente que ninguna de estas causas por sí solas son suficientes para caer preso. Pero, en fin, ya he dicho que es completamente inútil tratar de explicárselo; sencillamente, caí preso.
De nada me sirvió el que en un idioma imperfecto tratara de hacerles ver que yo era sueco. Mi convicción de que el representante de mi país llegaría a rescatarme se desvaneció con el tiempo, cuando descubrí que ese representante no solo no podía entenderse conmigo, porque no sabía sueco y jamás había tenido la menor relación con mi país, sino que también era un anciano de más de noventa años y enfermo y que además a menudo caía preso. Allí en la cárcel conocí a un sinnúmero de personalidades importantes de la república, que también acostumbraban a menudo a caer presos: expresidentes, senadores, militares, señoras respetables y obispos, y aún una vez incluso el mismo jefe de policía. La llegada de estas personas, que ocurría generalmente en grandes grupos, ocasionaba toda clase de disturbios en la cárcel; visitantes, mensajes, envío de viandas, sobornos al carcelero, motines y, a veces, hasta fugas. A causa de esa constante afluencia de presos, la situación de nosotros, los que teníamos ya un carácter más permanente en la cárcel, era continuamente modificada. De una celda individual, relativamente confortable, me pasaban a una sala en la que encerraban a cien o doscientas personas, o si no, un agujero en el que difícilmente cabía un cuerpo. Lo que era peor, si había demasiados huéspedes en la cárcel y todas las celdas estaban llenas, me trasladaban a la cámara de tortura, que tal vez estaba desocupada por no tener ningún castigado. Pero digo mal, sin embargo, cuando digo la cárcel, pues eran muchas y frecuentemente se nos cambiaba de una a otra. Yo creo haberlas recorrido casi todas.
Así fue que me rocé con todas las personas más importantes del país, mientras poco a poco iba aprendiendo el idioma. Por mucho tiempo continué asegurando que yo era sueco, ahora ya con toda claridad y corrección, hasta que por fin dejé de hacerlo, convencido de que, si para mí era absurdo el que me encarcelaran sin motivo, para ellos era igualmente absurdo ponerme en libertad por el solo motivo de ser sueco.
Llevaba yo ya cinco años en estas condiciones, habiendo abandonado ya desde hacía tiempo mis protestas de ciudadanía y perdidas las esperanzas de que al terminar el período del presidente mi situación se remediaría porque este se había reelegido, cuando llegaron de pronto una mañana unos empleados del gobierno a preguntarme, para mi sorpresa, que si yo era sueco. Al punto que dije que sí, me hicieron bañarme y rasurarme y cortarme el pelo (cosas que nunca habían hecho) y vestirme de etiqueta. Al comienzo creí que las relaciones con mi país habrían mejorado de manera admirable, aunque por una extraña razón, todos esos preparativos, y especialmente el traje de etiqueta, me hicieron sospechar también que me fueran a matar. El temor en cierto modo se disipó, cuando descubrí que me llevaban ante el presidente de la república. Este, que me estaba esperando, me saludó con gran afabilidad, preguntándome repetidas veces que “qué había hecho”, exactamente. Luego, con sumo interés, me hizo la pregunta de que si yo era sueco, y como le respondiera firmemente que sí, agregó: “Entonces, ¿usted sabe sueco?” Al oír mi respuesta igualmente afirmativa, me alargó una carta escrita con suave letra de mujer en la lengua de mi país, pidiéndome hiciera el favor de traducirla. (Tiempo después se me informó que a la llegada de esa carta el gobierno había buscado inútilmente por todo el país a alguien que pudiera leerla, hasta que recordó dichosamente haber oído a un preso gritar que era sueco.) La carta era la de una muchacha que decía llamarse Selma Borjesson, pidiendo como un favor unas cuantas de esas bellas monedas de oro que, según había oído decir, circulaban aquí, y expresando al mismo tiempo su admiración por el presidente de ese exótico país, a quien enviaba también como un recuerdo su retrato: la más bella fotografía de mujer que yo he visto en mi vida.
Enseguida que oyó mi traducción el presidente, a quien la carta, y más que todo el retrato de la muchacha, habían producido un profundo deleite, me dictó su respuesta en términos abiertamente galantes, accediendo al punto al envío de las monedas, no obstante explicar que ello estaba expresamente prohibido por la ley. Traduje con toda fidelidad a la lengua sueca su pensamiento, firmemente convencido de que esa inesperada utilidad recién descubierta en mí, me valdría no solo la libertad, sino hasta un pequeño nombramiento quizás, o al menos el apoyo oficial para encontrar la ansiada Iguanidae. Pero, como una medida de prudencia por todo lo que pudiera sobrevenir, tuve la precaución de agregar a la carta que me dictó el presidente unas breves palabras, en las que resumía la situación en que yo estaba, suplicándole a esa muchacha tan admirable que intercediera por mi libertad.
No tardé mucho en felicitarme por la ocurrencia que había tenido, porque apenas el presidente había terminado de darme las gracias, cuando, con gran sorpresa de mi parte, fui llevado nuevamente a la cárcel, donde se me quitó el traje de etiqueta, volviendo otra vez exactamente a la lamentable situación de antes. Los días desde entonces ya fueron llenos de esperanza; sin embargo, y al poco tiempo, una nueva bañada y rasurada y el regreso del traje de etiqueta me anunciaron que la deseada contestación había llegado.
Como yo ya lo había previsto, esta segunda carta ahora traía un largo párrafo sobre mí, pidiendo amablemente la libertad del compatriota; pero desgraciadamente, como yo también ya lo había previsto, no podía hacérselo saber al presidente, porque este creería que era de mi invención, o bien descubriría que yo había intercalado palabras mías en su carta, castigando hasta tal vez con la muerte mi atrevimiento. Así pues, me vi obligado a saltarme el párrafo que pedía mi libertad, sustituyéndolo por unas frases de insinuación amorosa muy halagadoras al presidente. Pero, en cambio, en la contestación que este me dictó, intercalé una más completa exposición del caso en que me encontraba, aprovechando al mismo tiempo la ocasión de desvanecer la idea romántica que ella tenía del presidente, revelándole lo que este era en realidad.
A partir de entonces, ya la muchacha comenzó a escribir con frecuencia, demostrando un interés cada vez más creciente en mi asunto, con el aumento por consiguiente de mis rasuradas y baños y las puestas del traje de etiqueta (lo que no me dejaba de ser un poco humillante), al mismo tiempo que de mis esperanzas de libertad.
Fui adquiriendo así cada vez más confianza con ella a través de las contestaciones que me dictaba el presidente. Debo confesar entonces que durante los tediosos e insufribles intervalos habidos entre carta y carta, el pensamiento de mi libertad, junto con el de la bella y posible libertadora, no me dejaban de día ni de noche, obsesionantes, confundiéndose de tal modo el uno con el otro, que yo, al fin, ya no sabía si era ella o mi libertad lo que más deseaba (ella era realmente mi libertad, como yo tantas veces se yo dije mientras el presidente dictaba). O sea, para decirlo en otras palabras: estaba enamorado y con la infinita satisfacción de ver que era plenamente correspondido. Pero, para desgracia mía, el presidente también lo estaba, y en alto grado, y lo que era peor, yo había sido el causante y fomentador de ese amor, haciéndole creer que era para él esa correspondencia, de la que dependía mi vida.
En mis largos angustiosos encierros, yo me entretenía en preparar muy bien la próxima carta que leería al presidente (lo cual me era indispensable, pues este no permitía que primero la leyese toda para mis adentros y después procedería a su traducción, sino que exigía le fuese traduciendo al mismo tiempo que leía, y además, fuese porque desconfiara de mí o por el placer que ello le proporcionaba, me hacía leer tres y aún cuatro veces seguidas una misma carta), como también la nueva contestación que daría a mi amada, puliendo y acicalando cuidadosamente cada una de sus frases, esforzándome por poner en ellas toda la poesía y belleza tradicional de la lengua sueca y aún agregando a veces pequeñas composiciones en verso de mi invención.
Con el objeto de prolongar aún más esas cartas, hacía responder al presidente a un sinnúmero de preguntas sobre la historia, costumbres y situación política del país, a lo cual él accedía siempre con sumo gusto. Así me empezaba entonces él a dictar largas epístolas, generalmente sobre su gobierno y los problemas de estado, llegando a adquirir cada vez más confianza con el tiempo y a aumentar el número de sus confidencias, pidiendo continuamente el consejo y el parecer de la amada. Sucedió entonces que yo, desde una inmunda cárcel, tenía en mis manos los destinos del país, sin que nadie, ni aún el mismo presidente, lo supiera, y mediante oportunas sugerencias e indicaciones, permití el regreso de desterrados, conmuté sentencias y liberté a muchos de mis compañeros de prisión sin que nadie pudiera agradecérmelo.
Uno de los más grandes placeres de los días de dictado era también el de poder mirar de nuevo el retrato de ella que el presidente sacaba, según él, para inspirarse. Comencé a pedirle entonces que mandara más retratos con frecuencia, pero, como es de suponer, todos iban a parar a manos del presidente. Mi venganza consistía en cambio en los regalos de este, numerosos y de mucho valor, que siempre eran enviados en mi nombre.
Pero una nueva ansiedad iba creciendo al mismo tiempo que mi amor: era esa inmensa colección de cartas que se iba depositando en el escritorio del presidente, y en las cuales estaba escrita con todo detalle la historia de nuestro idilio; cartas en las que ya, por último, ni siquiera lo mencionábamos a él sino muy de vez en cuando, casi siempre para insultarle. En cada una de esas cartas de amor, por así decirlo, estaba firmada mi sentencia de muerte.
El tema de mi libertad —además del amor— era el que predominaba en nuestra correspondencia, como podría comprenderse. Siempre estábamos haciendo toda clase de planes de fuga e imaginando todas las estrategias posibles. En un principio yo me había negado a traducir nuevas cartas, a menos que se me pusiera en libertad; pero entonces me condenaron a pan y agua, y esto, junto con el tormento aún mayor de no leer más cartas de ella, que ya desde entonces me eran indispensables, quebrantó mi voluntad. Propuse, al menos como una condición para rendirme, que la rasurada y el buen vestido y el aseo fueran proporcionados de una manera regular y no únicamente los días de carta, lo cual no solo resultaba impráctico, sino humillante; pero ni aún eso me fue concedido.
Después, mi amada propuso hacer un viaje de visita al presidente y arreglar con él que se me pusiera en libertad (plan que tenía la ventaja de contar con el apoyo decidido de este, quien desde hacía tiempo venía insistiendo muy enérgicamente en ese viaje); pero yo me opuse a él terminantemente, porque ello equivalía a perderla a ella para siempre. Yo le propuse, a mi vez, que viniera otra mujer bellísima, haciéndose pasar por ella ante el presidente y gestionara mi libertad; pero entonces fue ella la que se opuso, alegando que, además de muy expuesto, era difícil encontrar a alguien que se prestara. Otra propuesta de su parte, que estuvo verdaderamente a punto de realizarse, fue la de solicitar una protesta enérgica de parte de mi gobierno y aún una ruptura de relaciones; pero yo le hice ver a tiempo que con semejantes medidas no solo se suspendería inmediatamente nuestra correspondencia, sino que esa ruptura me significaría la pena de muerte en el acto. Yo era más bien partidario de que se mejorasen hasta lo increíble las relaciones —entonces tan lamentables— con mi país. Pero como ella me hizo notar, con mucha razón: “¿Cómo convencer al gobierno sueco de que mejore sus relaciones por el motivo de que tienen a un ciudadano preso injustamente?” Pero la más descabellada ocurrencia fue la que tuvo un abogado amigo suyo, quien se ofreció a conseguir mi extradición alegando que yo era un criminal, no reparando en que el presidente, sin lugar a duda, me mandaría a matar en el momento de saberlo.
Mientras tanto, una nueva preocupación se había venido a agregar a las otras, y era la de ver cómo día a día yo venía siendo más peligroso a los ojos del presidente por el tremendo secreto y todas sus demás confidencias innumerables de que era depositario, con la consiguiente amenaza para mi vida que ello significaba. Es cierto que su amor (cada vez en aumento) constituía mi mayor seguridad, porque él no me mataría mientras necesitara mis servicios; pero esta seguridad me angustiaba por otro lado, porque a causa de esos servicios también era más difícil que me dejara ir. Hasta la misma esperanza que tuve antes de que un compatriota mío acertara a pasar, se había convertido ahora en un nuevo temor por la posibilidad de que leyera alguna carta y se descubriera mi fraude.
Estábamos así, mi amada y yo, ocupados en la preparación de un nuevo plan que demostrara ser más efectivo, cuando de pronto, aquello que más angustiosamente me aterrorizaba y con todas las fuerzas de mi alma había tratado de evitar, llegó a suceder: el presidente dejó de estar enamorado. No fue, para mi desdicha, su desamoramiento gradual, sino súbito, sin que me diera tiempo de prepararme. Sencillamente, las cartas que llegaban ya fueron desde entonces tiradas al canasto y no se me llamó, sino de tarde en tarde, para que leyera alguna que otra —más bien por curiosidad que por otra cosa— haciéndoseme contestarlas en breves y apresuradas líneas para tratar de poner fin al asunto. Toda la desesperación y mortal angustia de mi alma fueron vertidas en esas líneas y en las pocas cartas de ella que aún tuve la suerte de leer al presidente puse a mi vez las más tiernas, las más entrañables y apasionada súplicas de amor que haya proferido mujer alguna; pero con tan poco éxito que aún a veces se me suspendía la lectura a mitad de la carta. Para colmo de desdicha las que ella me escribía eran más que todo de reproche para mí por demorar las contestaciones, y poseída por los celos, se atrevía a poner en duda que todavía estuviera preso, llegando aún a insinuar que tal vez nunca en mi vida había estado preso. La última vez en la que ya ni siquiera se me hizo llegar de etiqueta a la Casa Presidencial, sino que en la propia cárcel me fue dictada por un guardia una ruptura ya completamente definitiva, me hizo saber que ella, mi libertad y todo, había llegado a su fin. Las postreras y desgarradoras palabras para Selma Borjesson fueron escritas.
Se me había dejado aún en mi celda unas cuantas hojas de papel y una pluma, tal vez por si acaso se ofrecía alguna carta más, supongo yo. Si el presidente no me ha mandado a matar, porque me queda agradecido o porque puede necesitarme después si alguna otra enamorada le escribe de Suecia, o sencillamente porque ya se olvidó de mí, yo no lo sé. Ignoro también si mi amada, Selma Borjesson, me ha seguido escribiendo o si ya ella tampoco se acuerda de mí (aún pienso en el absurdo terrible de que tal vez ni siquiera ha existido sino que fue todo tramado por algún enemigo del presidente, debido a una costumbre de pensar absurdos que aquí en la cárcel se me ha desarrollado).
Han transcurrido ya más de cuatro años desde entonces y ya otra vez perdí las esperanzas en la terminación del período del presidente porque este nuevamente se ha reelegido. En vista de lo cual, decidí ocupar la pluma y las pocas hojas de papel que ya no tiene objeto, en relatar mi historia. Escribo en sueco para que el presidente no lo entienda si esto llega a sus manos. En el caso remoto de que algún compatriota mío acierte por casualidad a leer estas páginas, le ruego se acuerde de Eric Hjalmar Ossiannilsson, si aún no me he muerto.
*
NOTA: Un amigo mío que estuvo preso encontró este manuscrito en la cárcel, casi destruido por la humedad, debajo de un ladrillo. Parece haber sido escrito hace ya muchos años. Y años más tarde un representante sueco de la Compañía de Teléfonos Ericksson nos lo tradujo. No hemos podido encontrar ningún dato referente a la persona que lo escribió. Yo he publicado el texto como me ha sido dado, haciéndole obvias correcciones de redacción y de gramática.
FIN