jueves, 4 de noviembre de 2021

La noche de la verdad - Albert Camus

PRÓLOGO

 El moralista en combate

 Albert Camus fue nombrado redactor jefe de Combat , periódico que hablaba en nombre de la Resistencia francesa contra el nazismo, en otoño de 1943; apenas contaba treinta años. El dato es chocante: pensamos en un autor reputado cuando pensamos en Camus, pero entonces no lo era todavía. Es cierto que su vida había empezado a acelerarse y ya solo se vería frenada por el accidente de coche que lo mató en enero de 1960, dejándonos para siempre la imagen emblemática del escritor que se da un aire al Humphrey Bogart de la Warner y fuma Gauloises en blanco y negro. Pero a comienzos de la Segunda Guerra Mundial solo era un escritor vacilante que encadenaba aventuras amorosas moviéndose entre Argel y Orán, lejos de París y por tanto del éxito que tanto anhelaba. Es la publicación casi simultánea de El extranjero y El mito de Sísifo en 1942 la que le abriría las puertas del estamento literario. Poco después de su aparición, tras pasar una temporada recuperándose de su vieja tuberculosis en un sanatorio situado al norte de Occitania, Camus entró a trabajar a tiempo parcial en la editorial Gallimard, mientras su esposa Francine le esperaba en Argelia. Y fue entonces cuando —tras haber sido rechazado en varias ocasiones por el ejército por razones de salud— asumió la responsabilidad editorial en Combat , formalizando así su relación con la Resistencia. El joven Camus se convertiría con ello en una de las voces más prominentes de aquella Francia minoritaria que no se resignaba a ser Vichy. 

***

27 DE OCTUBRE DE 1944

 Se nos hizo muy cuesta arriba hablar ayer de René Leynaud. [42] Quienes hayan leído en un rincón de algún periódico la noticia de que los alemanes habían fusilado a un periodista resistente que atendía a ese nombre no habrán prestado sino una atención distraída a lo que para nosotros era una terrible, una atroz noticia. Y, no obstante, tenemos que hablar de él. Tenemos que hablar de él para que se conserve la memoria de la resistencia, no en una nación que bien podría ser olvidadiza, sino al menos en unos cuantos corazones que atienden a la calidad humana. Ingresó en la Resistencia en los primeros meses. Todo cuanto constituía su vida ética, el cristianismo y el respeto a la palabra dada, lo impulsó a ocupar silenciosamente su puesto en esta batalla de las sombras. Escogió el nombre de guerra que respondía a lo más puro que había en él; para todos sus camaradas de Combat se llamaba Clair. [43] La única pasión personal que le quedaba aún, junto con el pudor, era la poesía. Había escrito poemas que solo dos o tres de nosotros conocían. Tenían la virtud de lo que era él, es decir, la transparencia misma. Pero en la lucha cotidiana dejó de escribir, y solo se concedió la compra de los más diversos libros de poesía, que reservaba para leerlos después de la guerra. En lo demás, compartía nuestro convencimiento de que determinado lenguaje y la obstinación de la rectitud devolverían a nuestro país el rostro sin igual que esperábamos para él. Desde hacía meses su sitio estaba esperándolo en este periódico y, con toda la tozudez de la amistad y del cariño, rechazábamos la noticia de su muerte. Lo cual no es ya hoy posible. Ese lenguaje que había que usar, ya no volverá a usarlo. La absurda tragedia de la resistencia está entera en esta espantosa desgracia. Pues hombres como Leynaud habían entrado en la lucha convencidos de que nadie podía hablar antes de haber pagado un tributo personal. La desgracia es que en la guerra sin uniforme no existía la terrible justicia de la guerra a secas. Las balas del frente hieren a cualquiera, al mejor y al peor. Pero en esos cuatro años fueron los mejores quienes se significaron y cayeron, fueron los mejores los que se ganaron el derecho a hablar y no pudieron hacerlo. En cualquier caso, este a quien queríamos no volverá a hablar. Y, sin embargo, Francia necesitaba voces como la suya. Ese corazón, el más orgulloso de entre los orgullosos, tanto tiempo callado entre su fe y su honor, habría sabido decir las palabras necesarias. Pero ahora ya está callado para siempre. Y otros, que no son dignos de ello, hablan de ese honor que él había hecho suyo, igual que otros, que no están seguros de ello, hablan en nombre del Dios que él había escogido. Es posible hoy criticar a los hombres de la Resistencia, indicar sus debilidades y acusarlos. Pero eso es quizá porque los mejores de ellos han muerto. Lo decimos porque lo pensamos en lo más hondo: si todavía estamos aquí es que no hicimos lo suficiente. Y hoy, vuelto a esa tierra, para nosotros sin porvenir y para él pasajera, apartado de esa pasión a la que lo había sacrificado todo, tenemos al menos la esperanza de que su consuelo sea no oír las palabras de amargura y baldón que retumban en torno a esta infeliz aventura humana en que nos hemos visto implicados. Que nadie tema nada: no vamos a utilizarlo, a él que nunca utilizó a nadie. Salió desconocido de esta lucha en la que entró desconocido. Le guardaremos lo que él habría preferido, el silencio de nuestro corazón, el recuerdo atento y la espantosa tristeza de lo irreparable. Pero aquí, donde siempre hemos intentado ahuyentar la amargura, nos perdonará si le permitimos que esta regrese y empezamos a pensar que, quizá, la muerte de un hombre así es un precio demasiado elevado para que otros hombres recuperen el derecho a olvidar en sus hechos y en sus escritos lo que valieron durante cuatro años el valor y el sacrificio de unos cuantos franceses.

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