miércoles, 2 de febrero de 2022

El archivo de egipto - Leonardo Sciascia.

El autor murio en el año de mi nacimiento. Escribio muchas obras pero solo tengo una en mis manos. La obra la titulan el consejo de ejipto.


Escritor italiano que destaca por sus novelas sobre el poder y la corrupción en Sicilia. Nació en Recalmuto, Sicilia, el 8 de enero de 1921. Fue profesor en varios colegios de Caltanissetta entre 1949 y 1957, y de Palermo desde 1957 a 1968, a la vez que publicaba sus novelas, narraciones cortas, obras de teatro y ensayos que, según el propio autor, formaban un solo cuerpo de obras cuyo tema era el trágico pasado y el no menos trágico presente de su isla natal. Por ejemplo, Las parroquias de Regalpetra (1956) es una colección de historias breves en las que se describe la Sicilia rural bajo el dominio de la mafia, el Partido Fascista y la Democracia Cristiana, o bien otras novelas situadas en la Sicilia de nuestros días, como El día de la lechuza (1961), A cada uno lo suyo (1966) y Todo modo (1974), que reflejan las investigaciones policiales sobre la mafia. Dentro de este grupo se puede incluir también, El contexto (1971), que constituyó la base de una película de Francesco Rosi, Cadáveres excelentes (1976). Del mismo modo, otras novelas de Sciascia, como El consejo de Egipto (1963) y Candido (1979), por citar sólo algunas, dan cuenta de la áspera realidad de la vida siciliana. A partir de 1978, el autor escribió sobre todo ensayos sobre literatura y política y, como miembro que fue del Partido Radical, resultó elegido tanto para el Parlamento Europeo como para el Italiano en 1979. El 20 de noviembre de 1989 murió en Palermo.  © M.E.

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El Archivo de Sicilia estaba ya en su punto: el códice de San Martina había sido corrompido por entero, con gran habilidad, con arte, incluso. El texto italiano estaba a punto, aunque aún era necesaria una definitiva y cuidadosa revisión, que resolviera no pocas incongruencias y equívocos. Pero esa tarea corresponderla, más bien, a monseñor Airoldi, que en esos momentos había asumido una actitud de porfia frente a Gregario y a todos aquellos que, o bien estaban de acuerdo con el canónigo, o bien seguían las alternativas del caso en calidad de divertidos espectadores.

 Ahora, fray Giuseppe se dedicaba totalmente a la fabricación del Archiva de Egipto. Y como aquel •que desde un tenducho miserable se expande hacia un comercio más amplio, confiado en el viento de la fortuna, habla hecho llamar a un fiel amigo maltés, el monje Giuseppe Cammilleri, para que le ayudara en el trabajo material. Cammilleri era hombre de su misma pasta, pero de mente sórdida y lenta, de apetitos elementales e inmediatos. En cuanto a mantener un secreto, se podía confiar en él como en una tumba, si bien era imprescindible depositar en la tumba el mismo óbolo que los antiguos sallan depositar en las tumbas de sus seres queridos. Y por la forma en que desaparecía entre las manos del monje el dinero que fray Giuseppe le entregaba, bien se podría haber pensado que su destino era convertirse en hallazgo de anticuarios o, para utilizar un vocablo más moderno, de arqueólogos. • Sin duda lo entierra en el huerto•, pensaba fray Giuseppe, por· que entre los efectos del monje, que de tanto en tanto inspeccionaba con sumo cuidado, no lograba descubrir evidencias de que Cammilleri gastase nada, puesto que ni siquiera salla de la casa. En realidad, el monje enterraba sus dineros en el seno de una prostituta que iba a visitarle durante las horas en las que el amo de la casa se hallaba fuera, es decir entre el avemaría y los dos toques de la noche. Generosísima dádiva, según la opinión del maltés, misérrima, según el parecer de la mujerzuela. Y as!, bajo el techo de fray Giuseppe V ella, en la casa donde monseñor Airoldi lo habla alojado con amabilidad, a cada visita prohibida nacía una discusión en cuyo transcurso ciertos vicios, ciertas cualidades y muchas otras cosas resultaban ser llamadas por el más crudo de los nombres posibles.

Por fortuna, fray Giuseppe no sospechaba de nada. De lo contrario. profundas hubieran sido sus inquietudes y tribulaciones. porque ya no podía hacer regresar a Malta al monje, depositario de un peligroso secreto y menos posible aún le sería admitir que en su propia casa continuase tan torpe ejercicio. Además. la casa se hallaba muy apartada y las primeras sombras de la noche la sumergían en una soledad tan absoluta que hasta inspiraba toda suerte de temores. 

 Ignorante de la tosca pasión m la que el monje se desfogaba, con absoluta impunidad. a sus espaldas, fray Giuseppe gozaba de la compañia y se beneficiaba con la ayuda de Cammilleri. En especial, le importaba la compañía, luego de muchos años de soledad: soledad comparable a la de un artista que, atrapado en una isla desierta, se hubiese entregado a crear una obra de la que ningún otro hombre pudiera llegar a complacerse. Vella tenia conciencia de que en su trabajo, tal como en realidad era, existía una cualidad fantasiosa, una categoría artística. Pensaba que, revelada su impostura después de un siglo o tal vez más (después de su muerte, en todo caso), se mantendría válida su invención: la extraordinaria novela de los musulmanes de Sícilia. Y para la posteridad, su nombre habría de adquirir la dorada gloria de un Fénélon o de un Le Sage, sumada, claro está, a la negra gloria que por esos afios envolvía el nombre del palermitano Giuseppe Balsamo. Su desesperación de artista se fundla con la vanidad comón a todos Jos hombres que incurren en delito: le urgfa la necesidad de tener a su lado a alguien, espectador y cómplice, que en su cotidia· no trabajo admirase al original creador de una obra literaria y al no menos original y despreocupado impostor.

En este sentido, el monje no era el hombre ideal pues, aunque pagaba tributo de ansiosa admiración a la impostura, no sabía apreciar con justicia la obra literaria: Cammilleri era incapaz de cubrir cumplidamente el papel de representante de la posteridad que la intención de fray Giuseppe le había asignado. Pero no obstante, era un hdlito, como se dice en Sicilla de cualquier presencia humana que sirva para endulzar la soledad y la desesperación, que pueda compararse a la ligera caricia del viento en medio de la espesura. Además, como ayudante del trabajo mecánico de copiar y de acuñar, resultaba un individuo impagable: paciente, atentísimo, escrupuloso. 

En las horas de trabajo ambos se mantenían en silencio: pareclan sordomudos. Pero en la mesa y en Jos momentos de descanso en el huerto, llegaban a la locuacidad en el recuerdo de Malta, de la infancia, de sus familiares y amigos, a quienes el monje había visto en dlas cercanos y de quienes, por lo tar>- 59 lo, poseía frescas noticias. También solían enfras - carse en consideraciones sobre sus vidas, sobre cómo estaban cambiando, o en comentarios acerca de las cosas del mundo, que a Cammílleri le eran casi por entero desconocidas.

Cuando hablaban de los hechos mundanos, el rús· tioo maltés se transformaba en un personaje de Fioretti. En las ocas iones en que se sumergían en el tema de las mujeres, a pesar de que tenia conocí· miento de ellas, por inconfesado y oculto que fuese, Cammílleri desembocaba en un inevitable extravío de vagas y temblorosas fantas!as, de deseos y sentimientos que, en cambio, a fray Giuseppe Vella produelan malicioso goce.

-¿No creéis que las ha hecho el diablo? -preguntaba el monje maltés.

 -Oh, no -sonreía fray Giuseppe-, también ellas son obra de Dios. ¿Qué mérito habria para no sotros en el hecho de abstenemos de ellas, en tal caso? Es fácil abstenerse de las cosas diabólicas. Lo dificil es abstenerse de las cosas que Nuestro Señor ha hecho y que, por amor a El, nos ha pedido que no utilicemos.

-Tal vez tenéis razón -decia el monje-sin duda tenéis razón, con la doctrina en la mano. Pero no hallo demasiado sentido en esta historia... Se me hace que esa prohibición valdria tanto como negar a Dios en una parte de su creación...

-Nosotros otorgamos gloria a Dios en cada uno de los elementos de la creación, incluso en la mujer. Alabamos al sexo femenino en materia de belleza y de armonia, la exaltamos en su faceta de madre .. , Pero la convertimos en objeto de nuestra renuncia, de nuestro sacrificio, para sólo ser sacerdotes de Dios. ministros suyos en nuestra totalidad.

-¿Y vos lo lográis? No me refiero a prescindir de la mujer, sino a no pensar en ella, a no requerirla en vuestros sueños, a no revestiros con ella en el ensueño, como si se tratara de un manto de delicias ...

-No lo logro -respondía fray Giuseppe, cerrando los ojos.

 Y el monje se sentía confortado con esa confesión. Y porque su memoria era flaca y estaba sujeto a la cotidiana renovación de su arrepentimiento y de su contrición, a menudo y a partir de cualquier subterfugio, volvía a plantear el mismo tema. En medio de la oscuridad de su mente y de su corazón, centelleaban de cuando en cuando chispas de superstición y de fe. Fray Giuseppe lo sabia muy bien y por eso mismo hallaba las palabras más pertinentes para apaciguar a Cammilleri, a quien muchas veces asal~taban sentimientos de culpa por aquel trabajo suyo de amanuense y fundidor.

-¿No cometo una mala acción? -preguntaba. 

-¿Y yo? -replicaba fray Giuseppe. 

-Pues... también vos -respondía con timidez, bajos los ojos, el monje. 

En esos momentos, con gran llaneza. fray Giuseppe le explicaba que la tarea del historiador es un verdadero embrollo, una impostura, y que signicaba mayor merecimiento inventar la historia que transcribirla, sin más ni más, a partir de viejos folios, de antiguas lápidas, de viejos mausoleos. Además, en todo caso, era mucho más laborioso inventarla : por ende, honestamente, las fatigas que ambos emprendían eran dignas de una compensación más importante que la que premiaba a un historiador verdadero, a un historiógrafo que gozara de nombradía, pagas y prebendas.

-Toda una impostura. La historia no existe. ¿Quién podría asegurar que existen las generaciones de hojas que han caldo de un árbol, otoño tras otoño? Existe el árbol, existen sus hojas nuevas~ más adelante también estas hojas caerán; y en cierto instante, también el árbol ha de desaparecer. La historia de las hojas, la historia del árbol. ¡Futilezas! Si cada hoja escribiera su hi s t oria , si aquel árbol escribiera la suya, entonces, diriamos: ah, si, la historia ... ¿Vuestro abuelo ha escrito su historia? ¿Y vuestro padre? ¿Y el mio? ¿Y nuestros bisabuelos y tatarabuelos ... ? Han descendido a sufrir podredumbre en la tierra, tal como las hojas, sin dejar historia tras de si... Exi ste aún el árbol, si; exi stimos también nosotros, como hojas nuevas ... Y también nosotros nos habremos de marchar. .. Quedará el árbol, si perdura, pero también podría ser hachado, rama por rama : los reyes, los virreyes, los papas, 1os capitanes, en una palabra, los grandes ... Hagamos con todos ellos un poco de fuego, algo de humo, para ilusionar a los pueblos, a las naciones. a la humanidad viviente ... ¡La historia! ¿Y mi padre? ¿Y vuestro padre? ¿Y los borborigmos de sus vfsceras vacías? ¿Y la voz de sus hambrinas? ¿Creéis que se oirá su rugido en la hi stori a ? ¿Que habrá un hi storiador dueño de un oído tan sensible como para percibirlo?

Fray Giuseppe cabalgaba sobre reales fmpetus de predicador. Y el monje se sentía presa de la mortificación, de la inquietud. Por detrás de la prédica, aparecía el impostor, el cómplice: 

Quizá es el bienestar lo que os corroe la conciencia ... ? Si es así, no tenéís más que decirlo : os pagaré el pasaje de regreso ... Para el monje. como resumen final, este argumento era el más convincente. 





https://www.epdlp.com/escritor.php?id=2283

https://cicutadry.es/el-dia-de-la-lechuza-leonardo-sciascia-la-primera-novela-sobre-la-mafia/

https://introconquista.files.wordpress.com/2018/11/sciascia-archivo-de-egipto-l.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Sciascia

https://es.wikipedia.org/wiki/El_archivo_de_Egipto

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/sciascia.htm

https://lasoga.org/el-caso-moro-de-leonardo-sciascia-o-el-analisis-literario-como-deber-ciudadano/

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