martes, 10 de mayo de 2022

Oda - XXXI A APOLO - Horacio

 LA PLEGARIA DEL POETA


HORACIO: CARMEN I, 31

 Quid dedicatum poscit Apollinem vates? Quid orat, de patera novum fundens liquorem? Non opimae Sardiniae segetes feraces,

non aestuosae grata Calabriae armenta, non aurum aut ebur Indicum, non rura, quae Liris quieta mordet agua taciturnus amnis.

 Premant Calena falce quibus dedit Fortuna vitem, dives ut aureis mercator exsiccet culillis vina Syra reparata merce,

dis carus ipsis, quippe ter et quater anno revisens aequor Atlanticum impune: me pascunt olivae, me cichorea levesque malvae.  

Frui paratis et valido mihi, Latoe, dones, at, precor, integra cum mente, nec turpem senectam degere nec cithara carentem.


***

¿Qué le reclama a Apolo en su dedicación el poeta inspirado? ¿Qué pide al derramar vino nuevo de la patera? No las mieses feraces de la opulenta Cerdeña, no los gratos rebaños de la ardiente Calabria, ni el oro o el marfil de la India, ni las campiñas que el Liris, silenciosa corriente, muerde con su agua serena. Poden con la hoz de Cales su vid, a quienes la Fortuna se la concedió, para que el rico mercader apure en vasos de oro sus vinos trocados por mercadería siria, hombre querido de los dioses mismos, ya que tres y cuatro veces por año contempla impune el Atlántico: a mí me sacian aceitunas, achicorias y malvas ligeras. Gozar sano de lo que dispongo, ¡oh hijo de Leto!, concédeme, pero, te ruego, con mente lúcida, y pasar una vejez ni torpe ni carente de cítara.


***

  

¿Qué pide el vate a Apolo en el día de la consagración de su templo? ¿Qué le ruega al derramar el vino nuevo de su copa? No las mieses opimas de la feraz Cerdeña, no los lucidos rebaños de la ardiente Calabria, no el oro o el marfil de la India, ni los campos que socava con sus tranquilas ondas el Liris silencioso.

  Coja la podadera de Cales el que deba a la Fortuna grandes viñedos, y apure en copas de oro los vinos comprados con las esencias de Siria, el rico mercader a quien protegen los dioses, permitiéndole atravesar impunemente el Atlántico tres o cuatro veces al año. 
  La aceituna, la achicoria y la humilde malva proveen a mi sustento, y sólo te suplico, hijo de Latona, que me permitas gozar sano de cuerpo y alma los pocos bienes adquiridos, y que no se arrastre torpemente mi vejez, privada de pulsar la cítara.

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