II |
| Qué horror, Dios mío, la luz sin luz, el amor sin amor de tus hijos deformes: | | | | mueven la lengua vertiginosamente y no dicen palabra; | | | | y si callan, el ruido aumenta y les da miedo; | | | | y recuerdan, pero no saben. No tienen hambre, no tienen alegría: | | | | sus carcajadas hacen temblar al pobre pájaro | | | | en lo obscuro del bosque | | |
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| Vale más seguir que volver: dice el necio. | | | | Y dice: el árbol miente y las estrellas; | | | | es falso, dice, el testimonio de mis manos, | | | | e indiferente la semejanza de mi prójimo. | | | | Y entretanto, sobre los montes de donde viene nuestro auxilio, | | | | la infinita paciencia destila sangre y agua. | | |
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| Señor asoma tu clemencia y mira al rey como se arrastra henchido, | | | | vuelto de espaldas a la luz, vendido a los amores subterráneos, | | | | partida en dos la lengua, y los ojos de lodo lúcidos bajo el lodo. | | | | Mira a la sierva mal regida meter las mulas del rey en palacio, | | | | y cómo viene abajo con las audiencias de la chusma la inocente sala del trono. | | | | —119→ | | ¿Quién nos dará que el rey vuelva a cantar en comunión católica la alegre historia de su miseria? | | | | ¿Quién nos dará que el rey vuelva a llorar ante la perfección de la rosa? |
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