—¿Y qué hay de malo en ello? —Es difícil de explicar. Era estupendo para nosotros iluminar nuestras fiestas nocturnas con luciérnagas cuya luz sosteníamos gracias a la energía psíquica de dos «hombres de vapor». Pero entonces vosotros, las criaturas humanas, instalasteis la luz eléctrica. Nuestra recepción a través de las antenas que poseemos alcanza a kilómetros de distancia, y vosotros inventasteis el telégrafo, el teléfono y la radio. Nuestros gnomos extraían el mineral con mucha mayor eficacia que los seres humanos, hasta que vosotros descubristeis la dinamita. ¿Me sigues? —No. —Seguramente no esperarás que unas criaturas sensitivas y superiores como los elfos, se resignasen a que un grupo de peludos mamíferos les sobrepasase. No hubiera sido tan malo de haber logrado imitar el desarrollo electrónico, pero nuestras energías psíquicas se mostraron insuficientes al respecto. Bueno, acabamos por apartarnos de la realidad. Nos marchitamos, languidecimos y decaímos. Llámalo si quieres complejo de inferioridad, pero desde hace dos siglos fuimos abandonando lentamente al género humano y nos retiramos a centros como Avalón. Prentiss pensaba a toda velocidad. —Pongamos las cosas en claro. ¿Podéis manejar nuestras mentes? —Desde luego. —¿Puedes hacerme creer que eres invisible? Hipnóticamente, quiero decir… —Una burda expresión… pero sí. —Y hace un momento cuando apareciste, alzaste una especie de bloqueo mental, ¿no es eso? —Responderé a tus pensamientos, más que a tus palabras: no estás durmiendo, no estás loco y no soy ninguna entidad sobrenatural. —Sólo trataba de asegurarme. Conjeturo pues que puedes leer en mi mente. —En efecto. Una labor más bien sucia y muy poco agradable, pero lo hago cuando debo hacerlo. Tu nombre es Prentiss y te dedicas a escribir relatos fantásticos. Tienes una larva que, en este momento, se encuentra en el lugar donde las instruyen. Sé mucho sobre ti. —¿Y dónde se encuentra exactamente Avalón? —Nunca lo hallarías. —El elfo castañeteó sus mandíbulas dos o tres veces —. Y no especules sobre la posibilidad de prevenir a las autoridades. Te meterían en un manicomio. Sin embargo, por si crees que el conocimiento puede servirte de algo, Avalón se encuentra en medio del Atlántico y resulta totalmente invisible. Desde que inventasteis el barco de vapor, los seres humanos os movéis de modo tan irracional, que nos hemos visto obligados a guarecer toda la isla bajo un escudo psíquico. Desde luego, tienen que producirse incidentes. En cierta ocasión, una nave inmensa y bárbara chocó contra nosotros. Se precisé de toda la energía psíquica de la población entera para dar a la isla la apariencia de un iceberg. «Titanic» creo que era el nombre pintado en la nave. Y en nuestros días, los aviones nos sobrevuelan sin parar y, a veces, algunos de ellos se estrellan en nuestro suelo. En cierta ocasión, recogimos un cargamento de botes de leche. Fue entonces cuando la probé.
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