viernes, 29 de enero de 2021

Hace años que he adquirido y leído el libro de Harry Cobdan y Cabell,
Los hijos de Satán, pero ignoro por qué razón había dejado una parte de los
apéndices sin leer y sin siquiera meter la plegadora en los folios. Tiene que
haber alguna razón, ya que en estos libros que tratan de demonios es muy
difícil que algo pase por casualidad. Y ahora releo todo el libro, con todos
los apéndices, y encuentro que uno de ellos trata de la potencia marítima de
Satanás y de su flota mercante, la cual tuvo su máximo momento de
esplendor en los grandes días de la trata en el siglo XVIII. Era jefe de las
naves militares y mercantes de Satán un demonio que se hacía pasar por
holandés y llegó a tener relaciones con los grandes jefes de la revolución
americana, especialmente con Jefferson, al que más de una vez parece haber
sacado de apuros económicos. Jefferson lo conocía como marino holandés,
que no como demonio, e ignoraba que aquel pequeño, gordo y rubicundo
capitán Lutfson era un príncipe muy importante en el Infierno, domador de
ballenas y práctico en artillería como si hubiera leído el tratado de
pirotecnia del Biringucho, llamado Babel. La flota militar que mandaba el
almirante Babel estaba compuesta por una nave capitana, «construida como
el Arca de Noé, pero de menor tamaño», y por setenta bestias marinas
capaces de transportar en su lomo cada una setenta demonios desde Lisboa,
o de las costas del África negra, a las costas de América del Norte o del
Brasil en una sola noche.


Fábulas y leyendas de la mar (Álvaro Cunqueiro)

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