viernes, 9 de julio de 2021

Honorata de Wan Guld Emilio Salgari

 -Entonces, escuchadme:

“Hace dos meses estaba yo en comisión en La Habana cuando un día vino a

mí un marinero diciéndome que tenía importantes revelaciones que hacerme.

Al principio creí que se trataba de alguna confidencia relacionada con los

filibusteros de las Tortugas; pero no, se trataba de Honorata Wan Guld.

“Habiendo sabido que yo era confidente del Duque, se había decidido a

buscarme para suministrarme preciosos detalles acerca de la joven Duquesa.

“Supe por él que la tormenta que estalló la noche en la cual el Corsario Negro

la había abandonado en una chalupa para vengarse del Duque, la había

respetado.

“La nave que tripulaba aquel marinero había encontrado a la joven Duquesa a

sesenta millas de las costas de Maracaibo, y la había recogido, a pesar del

furor de las aguas.

“La carabela iba con rumbo a La Florida, y se la llevó consigo, por haberse

negado el capitán a cambiar de ruta.

“Desgraciadamente, era entonces la época de los huracanes. La carabela,

frente a las costas meridionales de La Florida, naufragó en una escollera, y la

tripulación fue asesinada por los salvajes, que acudieron en gran número y los

devoraron.

“Tan sólo el marinero que fue a buscarme se había librado milagrosamente de

la muerte permaneciendo oculto entre los maderos y despojos de la nave;

pero no era él solo.

“También la joven Duquesa había sido perdonada.

“Aquellos salvajes, impresionados acaso por su admirable belleza, en vez de

degollarla le hicieron manifiestos signos de respeto extraordinario.

“Desde su escondite el marinero vio a aquellos feroces antropófagos

arrodillarse ante la joven Duquesa como si fuese alguna divinidad del mar, y

por fin reclinarla en un palanquiín adornado con plumas y pieles de caimán, y

llevársela consigo.

“El marinero vagó varias semanas por la inhospitalaria costa hasta encontrar

una canoa abandonada entre la arena, en la que se hizo a la mar, siendo

recogido por una nave que venía de San Agustín de La Florida.

“He aquí señor, cuanto he sabido.”

El Corsario Negro le había escuchado en silencio, con la cabeza baja y los

brazos cruzados sobre el pecho.




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