La leyenda caracteriza a Endimión como un pastor de gran
belleza. La luna, Selene, se enamoró de él; se amaban en
una gruta del monte Latmo. Endimión, por argucias de
Selene, consiguió que Zeus le concediera el deseo de permanecer eternamente joven, aunque sumido en un sueño
perpetuo y con los ojos abiertos, sin ver a nadie más que a
su espléndida amante, quien lo visitaba todas las noches y
acabó dándole cincuenta hijas.
He aquí el poder embriagante del sueño celebrado por
los románticos como una bendición que entraña una maldición, porque nos permite alcanzar lo imposible —vivir
fuera del tiempo— y nos regala la contemplación extasiada
del objeto de nuestro deseo, la unidad inaccesible con la
persona amada. Pero al hundirnos en la cueva de nuestros
sueños, al despertarnos en el seno original y fundirnos en
el misterio de la creación, nos aislamos mortalmente del
mundo y terminamos destrozándonos, consumidos por la
locura o marginados por la limitada y dura realidad material que nos impone su norma rutinaria, el fastidioso imperio
de la imperfección.
En medio de nuestras miserias, Selene, la de hermosa
faz, círculo de la esperanza y ojo sangriento, somete el
corazón del hombre soñador a su capricho, desconectándolo del mundo como a un feto fascinado.
Madre etíope, con senos de estrellas,
Matriz donde brota lentamente el universo;
Negra carne de médulas relucientes,
Sombra lechosa en el polo y verde en el Ecuador.
Secreta tibieza donde los cuerpos se penetran
Y el alma se derrama en sombríos perfumes;
Hora cero, asombro de los seres, donde aparecen
Los blancos fantasmas de noches ya muertas.
Vacío pozo de lo absoluto, presencia del espacio,
Limosna de una paz sin reposo; viento adormecedor
Que se levanta y pasa, pleno de olvido,
Y doblega a los vivos, esos rebaños.
Punto de agotamiento, espasmo que se extingue,
Donde se hacen, se deshacen y rehacen nuestras cadenas,
Donde esos extraños NOSOTROS que llamamos sueños
Nos llevan, arriándonos, a secretos infiernos.
Oscuridad que hace resplandecer la belleza del pastor,
La palidez de la luna y el deseo.
Manojo negro de sombras, cálido hueco de alabastro,
Sepulcro sideral donde sangra el placer.
Momento en que el universo vuelve a ser posible,
Oscura resolución donde yacen los acordes;
Temblor confuso, indistinto y apacible
Donde todos los cuerpos son un solo cuerpo.
Noche en que el recién nacido cree recobrar el asilo
De la gruta maternal que lo abrigó tanto tiempo,
Océano de negrura donde el astro es una isla
Y el día despliega su matinal apostasía.
Gracias a ti huimos de la luz que nos despedaza
Y nos enfrenta unos contra otros, oponiéndonos a todo.
Yo me entrego, oh tinieblas, esposa universal,
A los mil labios de oro de tu beso sombrío.
Ya no soy el que vagaba entre las viñas
Buscando un fruto claro como esperanza fundadora,
Y ofrecía su pálida belleza al incendio del sol
Al salir del agua donde retozan los cisnes.
Ya no soy el que busca su imagen en las zanjas
Donde el agua se adormece con dulzura,
Y besa en vano, en voluptuoso homenaje,
La tierna ilusión de un cuerpo ingrávido.
Ni soy el que corría tras la ninfa o el sátiro
Y tendía sus brazos desnudos al objeto pasajero;
Ya no distingo en la oscuridad que me llama
Al otro, al enemigo de Mí, al extranjero
Después de haber luchado, tendido sobre el musgo,
En la arena o las piedras, sin intención de gozar,
Mis ojos aumentan la noche cerrando los párpados
Y el reposo del mundo es mi serenidad.
La inmensa vida se agita y fermenta en silencio,
Fluido que el objeto alberga sin retenerlo,
Líquida paz donde mi cuerpo se balancea
E ignora que odiar es lo contrario de amar.
El día prisionero, tropieza en los límites de las cosas,
Se esfuerza en su lucha, se agota al crecer,
Mientras la noche y la vida reposan en el fondo de todo
Y el corazón de cada hombre es un secreto nadir.
En el día me busqué, en la noche me encuentro;
Por un instante el seno primordial se abre de nuevo;
Y mi perra, sombría loba junto a mí,
Lame la blancura del invierno en los dedos de mi pie
La noche hincha mis flancos, mis vértebras, mis venas;
Oscuros señuelos me reclaman desde el frío seno de
Diana;
Como un niño acurrucado en el corazón de las tinieblas,
Me deslizo, perdido, hacia todo lo que no es.
Nada espero, nada persigo, nada deseo alcanzar;
Soy el olvido que alienta y se mece;
La sombra, secreto regazo donde nada se teme,
Hace de la inmensa vida una pesadilla que pasó
La noche resuelve en mí el enigma que me obsesiona;
En el estío nocturno mi cuerpo se funde como la miel;
Y cada tarde mi ser se rinde y cede, paso
De los brazos de Pan a los brazos de Astarté.
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