M á s q u e s e r , una obra funciona. O el ser de una obra es su funcionamiento:
nunca podemos saber lo que ella es sino por el dinamismo que
despliega, su manera de gestarse y de hacerse a sí misma. Con lo cual
no estoy aludiendo a lo que suele llamarse “evolución” de una obra; por
el contrario, a lo que aludo es a su modo de articularse después de toda
“evolución”. Algo nos impresiona, trazamos sobre el papel unas frases,
esas frases van configurando variados motivos; pasan los años y las páginas:
impresiones, frases y motivos se reencuentran, empiezan a encajar
entre sí, forman su propio dibujo, y ese dibujo nos revela finalmente
un rostro (Borges). Lo imprevisible estaba previsto, pero lo previsto
vuelve a ser sólo virtualidad: errancia y entrecruzamientos de signos.
La mano de un adolescente de diecinueve años escribe, no sin cierta
exaltación, una prosa más o menos “poética” o “ensayística” sobre la
experiencia de Newton al ver caer la manzana y concebir la ley de la
gravitación universal; más de tres décadas después, en 1954, esa misma
mano elabora una penetrante y precisa teoría sobre el ensayo, en que
el ejemplo de Newton adquiere toda su significación metafórica. El adolescente
ha salido de su recatada provincia y llega a la capital donde
reina “el tiempo del desprecio”, de la dictadura; va a estudiar Jurisprudencia,
pero su prudencia lo orienta hacia libros que no son precisamente
de Leyes; empieza a escribir una suerte de Diario en el que
anota sobre todo pasajes de sus nuevas lecturas. Anota frases de Unamuno
sobre la historia o la “intrahistoria” de España; al cabo de otras
tantas décadas le servirán para dar una nueva visión de la historia de
su propio país y proponer otros métodos en la historiografía nacional.
También ha anotado brevísimos apuntes y citas sobre Leonardo de Vinci;
después, en Chile, será profesor de Historia del Arte y publica estudios
sobre su metodología; en 1951, escribirá unos luminosos ensayos sobre
Leonardo y la pintura italiana del Renacimiento \
Suerte de empalmes a larga distancia en el tiempo (el tiempo “telescopado”
de Proust): entre muchos ejemplos de este tipo en Mariano
Picón-Salas, me he detenido sólo en tres porque ya ellos sirven, además,
para despejar algunas de las líneas principales de su obra: el poder de
la intuición en el desarrollo del ensayo, la historia como un modo más
íntimo del ser de los pueblos, la estética como una educación a través
de las formas.
Imágenes incipientes que luego, al reiterarse, se amplían, se hacen
más nítidas y alcanzan como un punto de visualización total: ¿no es a
esto a lo que podemos llamar destino en una obra? Pero hablar de destino
es nombrar también la aventura: esa empresa decidida a que el
hombre se entrega y que, según el azar o los dioses, le depara la ventura
o la desventura.
“El hombre moderno no quiere dejar nada al azar y anhela reducir
a signos numéricos hasta sus propias emociones”, escribirá Picón-Salas
en un ensayo de 1937. Y no es por simple hábito verbal que el vocablo
aventura aparece tan insistentemente en su obra. El más ligero recorrido
por ella nos revela los múltiples valores que le asigna y aun la especial
seducción —que es también vivencia profunda— que siente por él. Ya
en sus manifestaciones más portentosas o más sencillas, se siente que la
aventura es para Picón-Salas lo que marca al hombre en el mundo; a su
vez, aquello con lo que el hombre marca al mundo.
Hecho inicialmente revelador: el adolescente que llega a Caracas en
1919 y ha oído y leído en su ciudad natal las prodigiosas historias de
la “patria grande”, va a encontrarse no sólo con la dictadura sino también
con la sumisión o el refinado cinismo de los intelectuales mayores
para quienes Bolívar había sido un genio errático y los venezolanos no
eran más que descendientes de héroes cansados o depredadores 2. Con
ese impacto espiritual volverá a Mérida y luego tendrá que emigrar
a Chile. Pero esta imagen del conformismo y del desencanto no lo
abandonará, justamente porque se opone a ella. ¿Qué será toda su
obra —narrativa, biográfica, ensayística— sino el intento por rescatar
el original tiempo perdido y así crear una nueva conciencia colectiva
con voluntad de empresa? Como escribe en un ensayo de los años cuarenta:
“Formar pueblo, es decir, integrar nuestra comunidad nacional
en un nuevo esfuerzo creador; trocar la confusa multitud en unidad
consciente”. Y uno de sus últimos ensayos, sobre la historia nacional
desde la Independencia hasta la época contemporánea, se titulará justamente
“La aventura venezolana”. No sólo es la certera síntesis de un
vasto tema; es también, y sobre todo, como una imagen cinética: la reflexión
que se va dibujando e intensificando a través del ritmo verbal
que le da cuerpo. Ritmo verbal: el intento de la memoria por oponer
a la atonía de una historia ya desventurada, el esplendor de otra posible;
la nostalgia que quiere encarnar en el presente para vislumbrar un
futuro. Pues lo que busca sugerir Picón-Salas es que sólo un pueblo
con “aventura” es un pueblo “historiable” —para emplear el término
de Américo Castro, uno de sus maestros en el “arte de historiar”. Pero
la aventura no se opone al discurrir mismo de la vida— hay “la sencilla
aventura de vivir”. Si bien busca la plenitud de la vida, no la confunde
con la simple hazaña o la ambición de poder. No es un privilegio sino
una vocación: ejercer, contra todo determinismo, un anhelo de libertad.
“¿Es que la libertad —se preguntará en Regreso de tres mundos—
es sólo dádiva lejana que nos ofrece un régimen o un momento de la
Historia, o más bien terrible aventura afanosa tan frágil como la vida,
que es necesario salir a ganarse cada día?”.
En otras palabras, la aventura es esa apuesta —ese pari pascaliano—
que todo hombre y todo pueblo tiene que librar para labrarse su destino.
Por ello constituye la prueba espiritual por excelencia y, en la obra de
Picón-Salas, es evocada a través de varias experiencias míticas. Es Odiseo,
que encara todos los avatares y sale ileso hasta reencontrar su Itaca. O
es Gilgamesh que emprende la busca de la imposible inmortalidad y al
final sólo oye la voz de los muertos. O es aun Caín, que rompe con
todos los lazos familiares para abrirse nuevos horizontes. “Hay —dice
el escritor recordando su adolescencia— el complejo de Caín de separarse
del grupo, de aislarnos con nuestro remordimiento o nuestra culpa,
por los caminos que conducen al mal y a la aventura”.
Prueba espiritual, la aventura es igualmente una educación estética.
“Sólo para un cuento que se llama también la Historia, narramos lo que
a nosotros nos pasó. Más que una lección práctica, contar historias es
un entretenimiento liberador para el cansancio del hombre”, advierte
en el prólogo de su segundo libro autobiográfico. ¿Y no había dicho ya
Homero, en el canto VIII de la Odisea, que los dioses traman las desventuras
de los hombres para que éstos tengan luego algo que cantar? Una
justificación estética de la vida, dirá Borges.
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