Así, la confianza en la propiedad, incluida la confianza en los gobiernos
que la protegen, es la falta de confianza en sí mismo. Hace tanto que los
hombres han apartado la mirada de sí mismos y la han puesto en las cosas,
que han llegado a estimar las instituciones religiosas, doctas y civiles como
defensas de la propiedad y desprecian los ataques que reciben porque los
consideran ataques a la propiedad. Miden su estima mutua por lo que cada
uno tiene y no por lo que cada uno es. El hombre culto se avergüenza de su
propiedad al respetar de nuevo su naturaleza. Odia en especial lo que tiene si
ve que es accidental, si le ha llegado por herencia, donación o crimen;
entonces siente que no lo tiene, no le pertenece, no tiene raíces en él y solo
yace ahí porque ninguna revolución o ladrón se lo ha llevado. Lo que un
hombre es siempre lo adquiere por necesidad, y lo que un hombre adquiere es
propiedad viva, que no está al albur de gobernantes, masas o revoluciones o
incendios o tormentas o bancarrotas, sino que perpetuamente se renueva
dondequiera que el hombre respira. Dijo el califa Ali: «Tu suerte o porción de
vida te busca; no te canses buscándola». Nuestra dependencia de estos bienes
ajenos nos lleva a un respeto servil por los números. Los partidos políticos se
reúnen en numerosas convenciones; cuanto mayor el concurso, y con el
rugido de cada nuevo anuncio, ¡la delegación de Essex!, ¡los demócratas de
New Hampshire!, ¡los Whigs de Maine!, el joven patriota se siente más fuerte
que antes por mil nuevas miradas y brazos. De manera similar los
reformadores convocan convenciones y votan y deciden en multitudes. Oh,
amigos, no es así como Dios se digna a entrar y habitar en vosotros, sino
precisamente con el método inverso. Solo cuando el hombre se deshace de
todo apoyo ajeno y permanece solo veo que es fuerte y dominante. Cada
nuevo recluta de su bandera lo debilita. ¿No es mejor un hombre que una
ciudad? No pidáis nada a los hombres y, por una mutación interminable, la
única columna firme pronto deberá parecer el sostén de cuanto os rodea.
Quien sabe que el poder es innato, que es débil porque ha buscado el bien
fuera de él y en otra parte y, al advertirlo, se lanza sin dudar a su propio
pensamiento, al instante se corrige, permanece en posición erecta, manda
sobre sus miembros, obra milagros, tal como un hombre erguido sobre sus
pies es más fuerte que un hombre erguido sobre su cabeza.
Trabajad y adquirid en la voluntad y habréis encadenado la rueda del
azar y os sentaréis en adelante sin temor a sus rotaciones.
Emerson
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