domingo, 7 de febrero de 2021

 Así, la confianza en la propiedad, incluida la confianza en los gobiernos

que la protegen, es la falta de confianza en sí mismo. Hace tanto que los

hombres han apartado la mirada de sí mismos y la han puesto en las cosas,

que han llegado a estimar las instituciones religiosas, doctas y civiles como

defensas de la propiedad y desprecian los ataques que reciben porque los

consideran ataques a la propiedad. Miden su estima mutua por lo que cada

uno tiene y no por lo que cada uno es. El hombre culto se avergüenza de su

propiedad al respetar de nuevo su naturaleza. Odia en especial lo que tiene si

ve que es accidental, si le ha llegado por herencia, donación o crimen;

entonces siente que no lo tiene, no le pertenece, no tiene raíces en él y solo

yace ahí porque ninguna revolución o ladrón se lo ha llevado. Lo que un

hombre es siempre lo adquiere por necesidad, y lo que un hombre adquiere es

propiedad viva, que no está al albur de gobernantes, masas o revoluciones o

incendios o tormentas o bancarrotas, sino que perpetuamente se renueva

dondequiera que el hombre respira. Dijo el califa Ali: «Tu suerte o porción de

vida te busca; no te canses buscándola». Nuestra dependencia de estos bienes

ajenos nos lleva a un respeto servil por los números. Los partidos políticos se

reúnen en numerosas convenciones; cuanto mayor el concurso, y con el

rugido de cada nuevo anuncio, ¡la delegación de Essex!, ¡los demócratas de

New Hampshire!, ¡los Whigs de Maine!, el joven patriota se siente más fuerte

que antes por mil nuevas miradas y brazos. De manera similar los

reformadores convocan convenciones y votan y deciden en multitudes. Oh,

amigos, no es así como Dios se digna a entrar y habitar en vosotros, sino

precisamente con el método inverso. Solo cuando el hombre se deshace de

todo apoyo ajeno y permanece solo veo que es fuerte y dominante. Cada

nuevo recluta de su bandera lo debilita. ¿No es mejor un hombre que una

ciudad? No pidáis nada a los hombres y, por una mutación interminable, la

única columna firme pronto deberá parecer el sostén de cuanto os rodea.

Quien sabe que el poder es innato, que es débil porque ha buscado el bien

fuera de él y en otra parte y, al advertirlo, se lanza sin dudar a su propio

pensamiento, al instante se corrige, permanece en posición erecta, manda

sobre sus miembros, obra milagros, tal como un hombre erguido sobre sus

pies es más fuerte que un hombre erguido sobre su cabeza.


Trabajad y adquirid en la voluntad y habréis encadenado la rueda del

azar y os sentaréis en adelante sin temor a sus rotaciones.


Emerson

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