viernes, 19 de febrero de 2021

EL individuo magnífico

Si comparamos las dos razas de hombres (c/p. 20yAnexo,p. 56), el rasgo más

problemático es el de la inconvertibilidad

del phaûlos. El phaúlos «no está predispuesto

a la virtud» (ns 5), «no es receptivo a las palabras rectas» (nB 16); «la parenética

no ha enraizado en él» (nQ 17); «no tiene acceso alguno a la verdad» (na 15), etc.

¿A quiénes enseñan entonces los maestros del Antiguo Pórtico? Entre los fundadores

del estoicismo, las actitudes que hemos mostrado hasta ahora no buscan tanto

«enseñar» cuanto recriminar. Esta actitud es una característica distintiva del Antiguo

Pórtico en relación al estoicismo medio y reciente, que pretende consolar y ser edificante.

Los estoicos de Atenas no consuelan.


 También en este punto llevan a su máxima expresión una de las tendencias más

importantes de su tiempo. Por lo demás, tampoco queda claro cuál podría ser la «enseñanza

» del animalismo o del primitivismo. No hay vuelta posible a los animales o a los

hombres primitivos. Arato y Dicearco no les dan a sus contemporáneos consejos de

«buena vida», sino que se limitan fundamentalmente a mostrarles su decadencia; la

alternativa a los males presentes es el «pasado», pero el tiempo no tiene vuelta atrás.

Toda esta corriente despierta las conciencias, pero no muestra una salida. Cabría

hablar de una especie de profetismo griego, si dejamos a un lado que aquí no hay ni

esperanza mesiánica ni amenaza de desgracias futuras. La conflagración universal es

para los estoicos lo que traerá la purificación mediante el fuego, y entonces todos,

incluido el Sabio en tanto que figura individual, morirán; en cuanto a la humanidad

presente, su castigo no está por venir, sino que ya está aquí, en la «desdicha total y

perpetua» de los phaûloi.


En vano buscaríamos en esta corriente la idea de «redención» en lo que ésta

puede tener de caritativa. Por otro lado, se acabó de una vez con el tema -y la práctica-

tradicional de la responsabilidad, de las élites. Ni responsabilidad del destino colectivo,

ni enseñanza. Los phaûloi son inconvertibles, y el Sabio es el autárkes por

excelencia, «se basta a sí mismo». Su tiempo no es el de la historia, ni en el presente

histórico ni en el pasado lejano. El Sabio se despega del «tiempo de los hombres», no

mediante una vuelta al tiempo de los orígenes, sino por una elevación gracias a la cual

se reúne con el «tiempo de los dioses». La eternidad actualizada es una fusión entre

el tiempo humano y el tiempo divino, algo que ya conoce la tradición: se trata del

tiempo del theios anér, el «hombre divino».


La diferencia con la tradición -y es una diferencia fundamental, que indica un verdadero

cambio- es que el Sabio estoico, último de los «hombres divinos» de Grecia,

señala el fin de la implicación social; sólo queda la renuncia. Acaba así una tradición

que había dejado su impronta en la experiencia griega. Por muy atrás que nos remon34

temos en la historia de las Ciudades griegas, no encontraremos la figura de una élite

espiritual que se mantenga «fuera del mundo». Como dijo Pitágoras, los hombres

superiores deben ocuparse de los astros y de las Ciudades.

El hombre divino activo políticamente( indisociable del sistema de la Ciudad, tuvo

su momento. El Sabio estoico, también. El es el individuo en toda su soledad. Y ése

es precisamente el sentido de esta gran figura.

Aunque esté fuera de la historia, la adecuación histórica del Sabio estoico es que

él representa al individuo en una sociedad de individuos. En una sociedad en pedazos,

en donde una vuelta a la cohesión del grupo se ve como algo imposible, los estoicos

se limitan a precisar que la nueva situación deja dos posibilidades a los hombres,

y dos solamente: el individuo en tanto que hombre envilecido, y el individuo en tanto

que superhombre. Y entre los dos, según la concepción de las dos razas de hombres,

no hay nada.

El hombre moderno podría llegar a ver esto como maniqueísmo e intolerancia;

Pero de hecho los estoicos no hacen sino adaptar a la situación de su tiempo un principio

tradicional. Para Aristóteles, «el hombre es por naturaleza un zóon politikón», de

suerte que «el individuo asocial (a-pólis) por naturaleza, y no por azar, es o bien un

ser inferior (phaúlos) o bien un superhombre (kreítton éi ánthropos) [...] Y el que no

puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia autosuficiencia, no es

miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios» (Política, 1.2, 9 y 14 = 1253a).

La cuestión de fondo es que los Griegos nunca pudieron considerar al individuo

como una figura propia del hombre. Las descripciones estoicas de la descomposición

social de su tiempo, tan excesivas para el lector moderno, atestiguan un asombro

horrorizado ante el descubrimiento de la sociedad individualista, de la que la psicología

estoica en su conjunto se hará eco. Descubrirán entonces al hombre «no conforme

a la naturaleza», e imprimirán en el principio tradicional griego que

consideraba al hombre como un ser social «por naturaleza» un giro inesperado: los

hombres que se alejan de la naturaleza se vuelven incapaces de vivir en sociedad...

Sin embargo, puesto que todo está consumado, y puesto que «las Ciudades actuales

no tienen de Ciudad más que el nombre», el hombre-individuo parece imponerse

de modo irremediable. Los phaúloí del estoicismo describen el individualismo como

una patología. En cuanto al Sabio, él es el antiguo Superhombre.

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