Si comparamos las dos razas de hombres (c/p. 20yAnexo,p. 56), el rasgo más
problemático es el de la inconvertibilidad
del phaûlos. El phaúlos «no está predispuesto
a la virtud» (ns 5), «no es receptivo a las palabras rectas» (nB 16); «la parenética
no ha enraizado en él» (nQ 17); «no tiene acceso alguno a la verdad» (na 15), etc.
¿A quiénes enseñan entonces los maestros del Antiguo Pórtico? Entre los fundadores
del estoicismo, las actitudes que hemos mostrado hasta ahora no buscan tanto
«enseñar» cuanto recriminar. Esta actitud es una característica distintiva del Antiguo
Pórtico en relación al estoicismo medio y reciente, que pretende consolar y ser edificante.
Los estoicos de Atenas no consuelan.
También en este punto llevan a su máxima expresión una de las tendencias más
importantes de su tiempo. Por lo demás, tampoco queda claro cuál podría ser la «enseñanza
» del animalismo o del primitivismo. No hay vuelta posible a los animales o a los
hombres primitivos. Arato y Dicearco no les dan a sus contemporáneos consejos de
«buena vida», sino que se limitan fundamentalmente a mostrarles su decadencia; la
alternativa a los males presentes es el «pasado», pero el tiempo no tiene vuelta atrás.
Toda esta corriente despierta las conciencias, pero no muestra una salida. Cabría
hablar de una especie de profetismo griego, si dejamos a un lado que aquí no hay ni
esperanza mesiánica ni amenaza de desgracias futuras. La conflagración universal es
para los estoicos lo que traerá la purificación mediante el fuego, y entonces todos,
incluido el Sabio en tanto que figura individual, morirán; en cuanto a la humanidad
presente, su castigo no está por venir, sino que ya está aquí, en la «desdicha total y
perpetua» de los phaûloi.
En vano buscaríamos en esta corriente la idea de «redención» en lo que ésta
puede tener de caritativa. Por otro lado, se acabó de una vez con el tema -y la práctica-
tradicional de la responsabilidad, de las élites. Ni responsabilidad del destino colectivo,
ni enseñanza. Los phaûloi son inconvertibles, y el Sabio es el autárkes por
excelencia, «se basta a sí mismo». Su tiempo no es el de la historia, ni en el presente
histórico ni en el pasado lejano. El Sabio se despega del «tiempo de los hombres», no
mediante una vuelta al tiempo de los orígenes, sino por una elevación gracias a la cual
se reúne con el «tiempo de los dioses». La eternidad actualizada es una fusión entre
el tiempo humano y el tiempo divino, algo que ya conoce la tradición: se trata del
tiempo del theios anér, el «hombre divino».
La diferencia con la tradición -y es una diferencia fundamental, que indica un verdadero
cambio- es que el Sabio estoico, último de los «hombres divinos» de Grecia,
señala el fin de la implicación social; sólo queda la renuncia. Acaba así una tradición
que había dejado su impronta en la experiencia griega. Por muy atrás que nos remon34
temos en la historia de las Ciudades griegas, no encontraremos la figura de una élite
espiritual que se mantenga «fuera del mundo». Como dijo Pitágoras, los hombres
superiores deben ocuparse de los astros y de las Ciudades.
El hombre divino activo políticamente( indisociable del sistema de la Ciudad, tuvo
su momento. El Sabio estoico, también. El es el individuo en toda su soledad. Y ése
es precisamente el sentido de esta gran figura.
Aunque esté fuera de la historia, la adecuación histórica del Sabio estoico es que
él representa al individuo en una sociedad de individuos. En una sociedad en pedazos,
en donde una vuelta a la cohesión del grupo se ve como algo imposible, los estoicos
se limitan a precisar que la nueva situación deja dos posibilidades a los hombres,
y dos solamente: el individuo en tanto que hombre envilecido, y el individuo en tanto
que superhombre. Y entre los dos, según la concepción de las dos razas de hombres,
no hay nada.
El hombre moderno podría llegar a ver esto como maniqueísmo e intolerancia;
Pero de hecho los estoicos no hacen sino adaptar a la situación de su tiempo un principio
tradicional. Para Aristóteles, «el hombre es por naturaleza un zóon politikón», de
suerte que «el individuo asocial (a-pólis) por naturaleza, y no por azar, es o bien un
ser inferior (phaúlos) o bien un superhombre (kreítton éi ánthropos) [...] Y el que no
puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia autosuficiencia, no es
miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios» (Política, 1.2, 9 y 14 = 1253a).
La cuestión de fondo es que los Griegos nunca pudieron considerar al individuo
como una figura propia del hombre. Las descripciones estoicas de la descomposición
social de su tiempo, tan excesivas para el lector moderno, atestiguan un asombro
horrorizado ante el descubrimiento de la sociedad individualista, de la que la psicología
estoica en su conjunto se hará eco. Descubrirán entonces al hombre «no conforme
a la naturaleza», e imprimirán en el principio tradicional griego que
consideraba al hombre como un ser social «por naturaleza» un giro inesperado: los
hombres que se alejan de la naturaleza se vuelven incapaces de vivir en sociedad...
Sin embargo, puesto que todo está consumado, y puesto que «las Ciudades actuales
no tienen de Ciudad más que el nombre», el hombre-individuo parece imponerse
de modo irremediable. Los phaúloí del estoicismo describen el individualismo como
una patología. En cuanto al Sabio, él es el antiguo Superhombre.
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