martes, 9 de febrero de 2021

Recuerdos de amor

Suave sería el labio de mi musa

modular solitario sus congojas,

al son del agua y silbo de las hojas

de selva y río en variedad confusa;

         tal vez allí la ilusa

         copia de mis pesares,

en tan nuevos cantares

sanara que envidioso a mis recreos

el ruiseñor, en circulares giros

bajara y repitiera entre gorjeos

lo que yo le cantara entre suspiros.


La vi deidad, y me postré a adorarla,

y por volver el ídolo benigno,

la prosa olvido, y me dedico a hablarla

en el lenguaje de los dioses digno.

          De entonces fue mi signo

          pintar en mis canciones

sus dulces perfecciones;

¡y cuánto, oh cielos, su beldad me humilla!

que es a su lado mi elocuencia parca.

Un hilo de agua que en el campo brilla,

y el ancho mar que casi el mundo abarca.


Hijos mis versos, Silvia, de tus ojos,

cuando mi amor mirabas indecisa,

tras de mil que engendraron tus enojos

volaron mil nacidos de tu risa;

            Oh, cómo se divisa

            en unos aquel frío

            de tu ingrato desvío,

y en otros un calor que al mismo exceda

con que el torno del eje diamantino

la gran masa del sol rápido rueda,

ardiendo en fervoroso remolino!


Tú los cantabas, Silvia, ¡en qué lugares!

¿Te acuerdas de la selva en que habitamos,

que remedaba el ruido de los mares

con el sordo susurro de sus ramos?

             Muramos, ¡ay! muramos

             de vergüenza y disgusto;

             que aún en algún arbusto

se ve escrito que en todo el universo

fuerza no habrá que a separarnos baste;

y aún está allí tu letra, allí mi verso;

¿y dónde está la fe que me juraste?


Los sauces pintarán con elegancia,

bajo el imperio de los euros roncos,

en sus fugaces hojas tu inconstancia,

y mi tristeza en sus desnudos troncos;

              destemplados y broncos

              murmurarán los vientos

              de aquellos juramentos

cuando desafiaste a aquella roca

a firmeza... ¡oh dolor! ¡y ahora es aquella

en la que sólo estampo yo mi boca,

porque sólo tu nombre encuentro en ella.


Tal lo dispuso irremisible el hado;

encubra el velo lúgubre y espeso

que oculta el porvenir, lo ya pasado.

Silvia, murió el amor; mas no por eso

                te ofendas de que impreso

                subsista en mi memoria;

                que si hay alguna gloria

en conmover los bellos corazones

con dulces metros llenos de ternura,

y esto se diere a mí, serán lecciones

de tus gracias, tu fuego y tu hermosura.


Y como corren a la mar undosa

las claras aguas por el campo ameno,

a ti mis versos; bríndales, hermosa,

tu blanda mano y tu mirar sereno;

                 guárdalos en tu seno;

                 y al abrigo de aquellas

                 cimas del Pindo bellas,

verá, de aliento y no de furia escaso,

el monstruo vil que por morderlos lidia,

que no se oye en la cumbre del Parnaso

el ladrar de la cueva de la envidia.


Juan Bautista Arriaza  

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