El lugar que atravesaba con paso lento era uno de esos almacenes de objetos antiguos y curiosos que parecen cobijarse en los rincones más viejos de esta ciudad y, por recelo y desconfianza, ocultan sus rancios tesoros al ojo público. Por aquí y por allá había armaduras que parecían fantasmas acorazados, fantásticos grabados traídos de monasterios, armas oxidadas de varios tipos, figuras contorsionadas de porcelana, madera, hierro y marfil; en fin, tapices y muebles extraños que parecían concebidos en sueños. El aspecto demacrado del vejete se adecuaba maravillosamente a aquel lugar: habría andado a tientas por viejas iglesias, tumbas y casas abandonadas y reunido todos los despojos con sus propias manos. No había nada en aquella colección que no concordara perfectamente con su persona, nada que pareciera más viejo o más gastado que él.
La Tienda de Antigüedades
No hay comentarios:
Publicar un comentario