El tiempo transcurría lento, las horas se arrastraban eternas, sin embargo
Alex no se aburría. Se sentaba en la proa del bote a observar la naturaleza, leer y
tocar la flauta de su abuelo. La selva parecía animarse y responder al sonido del
instrumento, hasta los ruidosos tripulantes y pasajeros del barco se callaban para
escucharlo; ésas eran las únicas ocasiones en que Kate Coid le prestaba
atención. La escritora era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo
en sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a cualquier otro
miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella para plantearle un problema de
mera supervivencia, como la comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo
miraba de arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos clases de
problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución, así es que no la
molestara con tonterías. Menos mal que su mano había sanado rápidamente, si no
ella sería capaz de resolver el asunto sugiriendo que se la amputara. Era mujer de
medidas extremas. Le había prestado mapas y libros sobre el Amazonas, para
que él mismo buscara la información que le interesaba. Si Alex le comentaba sus
lecturas sobre los indios o le planteaba sus teorías sobre la Bestia, ella replicaba
sin levantar la vista de la página que tenía por delante: «Nunca pierdas una buena
ocasión de callarte la boca, Alexander».
ISABEL ALLENDE
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