sábado, 20 de febrero de 2021

La Ciudad de las Bestias

 El tiempo transcurría lento, las horas se arrastraban eternas, sin embargo

Alex no se aburría. Se sentaba en la proa del bote a observar la naturaleza, leer y

tocar la flauta de su abuelo. La selva parecía animarse y responder al sonido del

instrumento, hasta los ruidosos tripulantes y pasajeros del barco se callaban para

escucharlo; ésas eran las únicas ocasiones en que Kate Coid le prestaba

atención. La escritora era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo

en sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a cualquier otro

miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella para plantearle un problema de

mera supervivencia, como la comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo

miraba de arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos clases de

problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución, así es que no la

molestara con tonterías. Menos mal que su mano había sanado rápidamente, si no

ella sería capaz de resolver el asunto sugiriendo que se la amputara. Era mujer de

medidas extremas. Le había prestado mapas y libros sobre el Amazonas, para

que él mismo buscara la información que le interesaba. Si Alex le comentaba sus

lecturas sobre los indios o le planteaba sus teorías sobre la Bestia, ella replicaba

sin levantar la vista de la página que tenía por delante: «Nunca pierdas una buena

ocasión de callarte la boca, Alexander».


ISABEL ALLENDE

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