Las creaciones de la mente primitiva son difíciles de captar; parece que sus conceptos están mal definidos, o, mejor, que resultan imposibles de delimitar, ya que cada relación se convierte en una participación de esenciales. La parte participa del todo, el nombre de la persona, la sombra y la efigie del original. Esta «participación mística» reduce el significado de las distinciones, mientras que aumenta el de cada semejanza. Ofende todos nuestros hábitos del pensamiento y, por consiguiente, el instrumento de nuestro pensamiento, nuestro lenguaje, no está bien adaptado para describir ideas primitivas. Queremos aislar una sola noción, pero siempre que lo intentamos nos encontramos sujetando una única malla de una red muy desplegada y extendida; y parecemos condenados, bien a seguir sus ramificaciones hasta los rincones más remotos de la vida antigua, bien a cortar la madeja y hacer como si el concepto, de tal modo aislado por la fuerza, correspondiera al pensamiento primitivo. Por tanto, si nos proponemos estudiar la institución de la realeza, que constituye el centro mismo de las sociedades civilizadas más antiguas, tenemos que estar muy conscientes de la diferencia de mentalidad que acabamos de señalar. Cuando seguimos la traza de las funciones políticas y económicas de la realeza en el Próximo Oriente Antiguo, encontramos factores irracionales ejerciendo su influencia a cada momento. Si, por otra parte, tenemos en cuenta las implicaciones religiosas de la realeza y seguimos la línea del razonamiento teológico, encontramos que no hay más remedio que empezar por un relato de la creación, a fin de que equiparemos ese Primer Día con cada salida del sol, con cada Año Nuevo, con la subida al trono de cada rey, más aún: con cada una de sus apariciones en el trono o en el campo de batalla. Tampoco podemos seguir la cronología y, empezando con las formas de la institución más tempranas que se conocen, describir sus cambios sucesivos, ya que si así actuásemos nos encontraríamos ocupándonos de modificaciones insigfmicantes de una idea básica que seguiría siendo enigmática. Si, por otro lado, siguiéramos la moda y trazásemos un «modelo» de realeza que se supone generalmente válido, y arreglásemos nuestro ma- 10 Reyes y dioses terial para adaptarlo a él, pasaríamos por alto características que pertenecen a la esencia de la institución tal como la conocieron los antiguos. Nuestro tratamiento, pues, será ahistórico, pero será así sólo en cuanto a que pase por alto — no porque viole— algunas verdades históricas; será fenomenológico en cuanto que es un «estudio sistemático de lo que aparece». Pero no seguirá una única línea de razonamiento, sino que más bien convergerá en el problema central desde distintas direcciones. Este método no deja de tener ciertas desventajas; nos encontraremos con que la coherencia del pensamiento de los antiguos se dejará sentir de un modo inquietante. En cada enfoque, nos veremos obligados a dar con fenómenos que requieren otra vía para que los podamos entender plenamente, y que, por lo tanto, por el momento, ponen a prueba la paciencia del lector. Sin embargo, creemos que sólo este método nos permitirá hacer justicia a los muchos aspectos de las concepciones antiguas, rasgo que con demasiada frecuencia se malinterpreta como fruto de la «confusión» o del «sincretismo». Las reaÜ2aciones de Grecia y las enseñanzas del Antiguo y Nuevo Testamento se sitúan en la base de nuestra alienación con respecto a los antiguos. Por lo tanto, es lógico que afrontemos el Próximo Oriente Antiguo como un todo; pero es una suerte que Egipto y Mesopotamia difieran tan profundamente en espíritu, ya que si, a través del abismo que nos separa, nos concentramos ahora en uno de estos dos centros de civilización y luego en el otro, encontraremos que la interacción de contrastes y semejanzas agudiza bastante nuestra visión. Es más, los dos resaltan cuando los comparamos con los hebreos que conocieron las culturas de Egipto y Mesopotamia y rechazaron con fanatismo los más altos valores que ambas reconocieron. Hemos planteado nuestro tema sucintamente —y, por lo tanto, necesariamente, en una forma dogmática— en esta Introducción, que no pretende ser más que una orientación provisional del lector que le capacite para tener una visión de conjunto del tema antes de que los detalles concretos, las pruebas y las argumentaciones requieran su atención. La Introducción demuestra también la diferencia entre la idea egipcia y la idea mesopotámica de la realeza, por medio de la expresión que halló en el arte cuyo testimonio es autosuficiente e inequívoco y puede captarse directamente sin tener en cuenta las diferencias conceptuales entre los artistas antiguos y el espectador moderno *. Al examinar el material literario, hemos intentado describir los textos, ritos y festivales como fruto de experiencias político-religiosas. Además, hemos presentado las tradiciones del modo más concreto posible, lo que significa colocar al lector ante una gran cantidad de detalles; pero abstrac * La introducción está basada en un artículo leído en la Academia de Artes y Ciencias Americana de Boston, el 9 de abril de 1942, durante la celebración del centenario de la Sociedad Oriental Americana. Prefacio 11 ciones y fórmulas como «rey divino», «dios local», «dios superior», etc., se convierten fácilmente en obstáculos para nuestro entendimiento al interponer su falsa precisión entre nosotros y las concepciones de los antiguos. Ninguna generalización, por apropiada que sea, puede remplazar las formas auténticas en las que ha hallado expresión la vida espiritual. Las imágenes no son accesorios u ornamentos del pensamiento antiguo, el cual llega a sus conclusiones de una forma intuitiva e imaginativa en la misma medida que por modo intelectual; de aquí que se pierda algo esencial cuando lo despojamos de sus imágenes. Abrigamos la esperanza de compartir con el lector una disposición de ánimo muy bien expresada en los «graffiti» que garrapatearon unos visitantes griegos en los monumentos faraónicos: llegué y me maravillé; porque, aunque hemos comenzado este prólogo caracterizando la mentalidad primitiva, y a veces nos hemos acercado a los pueblos antiguos a través de la experiencia de los salvajes actuales, sobre nuestro trabajo gravita la convicción de que las estructuras de pensamiento con el que el hombre pre-griego aprehendió su mundo constituyen una realización tan inaudita como lo son sus monumentos más tangibles. La literatura referente a nuestro tema es cuantiosa; llena veintitrés páginas de bibliografía en un trabajo reciente, y nos complacemos en referirnos aquí a esta lista *. Hemos hecho citas cuando hemos estimado que era necesario dar las gracias, o que servía a un propósito útil el refutar explícitamente una opinión; tales comentarios se relegan a las notas. En otros casos el silencio podría dar a entender un desacuerdo, ya que en este libro tratamos de ahorrarnos la controversia. En cuanto a las fuentes primarias, las que están en escritura cuneiforme no están a mi alcance, ya que mis conocimientos de lengua egipcia no son suficientes como para garantizarme un juicio independiente sobre puntos discutibles de la gramática. Mis amigos los profesores Thorkild Jacobsen y John A. Wilson han sido muy generosos conmigo ayudándome en el manejo de los textos, aunque a ninguno hay que hacerle responsable de ninguna traducción en la que no aparezca explícitamente su nombre. Algunas de estas traducciones se hicieron cuando colaborábamos en una serie de conferencias sobre «E l Pensamiento Especulativo en el Próximo Oriente Antiguo» (publicadas bajo el título The Intellectual Adventure of Ancient Man, Chicago, 1946). Por esta razón, y porque los procesos del pensamiento mitopoético se estudiaron a fondo allí, pareció deseable publicar primero el resultado de nuestro esfuerzo en cooperación, aunque el presente trabajo estaba ya completó en lo esencial cuando se pronunciaron las conferencias.
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