Uno de los acontecimientos más sorprendentes y llamativos del reinado de Fernando fue
el intento de asesinato que se tramó contra él en Barcelona. A finales del mes de mayo de
1492, los soberanos españoles abandonaron Granada, donde habían permanecido las últimas
semanas después de la rendición de la ciudad. Allí estuvieron ocupados durante los dos
meses siguientes con los asuntos de Castilla, y en la primera semana de agosto se trasladaron
a Aragón, acompañados por la corte, el infante Juan y las infantas. Pasaron dos meses de
descanso y asueto antes de que toda la corte se trasladara a Cataluña, en cuya capital los
monarcas entraron el 24 de octubre de 1492. Entraron en Barcelona, en cualquier caso, sin el
infante Juan. Como heredero de la Corona de Aragón, el príncipe fue honrado con una
entrada triunfal muy especial al día siguiente. Entró bajo palio por la puerta de Sant Antoni,
y el desfile continuó entre los vítores de la multitud mientras sus padres observaban desde
una ventana en el palacio del obispo de Urgell, donde estaban residiendo durante la visita.
Justo un mes después tuvo lugar el incidente. El crimen fue planeado minuciosamente.
Era diciembre de 1492, el séptimo día del mes, Barcelona brillaba bajo el sol del
Mediterráneo. Grupos de personas se congregaban emocionados en la pequeña plaza del Rey
para dar la bienvenida a Fernando de Aragón, que se encontraba en el Palacio de la
Diputació y asistía a una reunión por asuntos judiciales. Al terminar la sesión, los
funcionarios salieron del tribunal y bajaron las escaleras. Cuando Fernando la bajaba con
ellos, el asesino salió veloz de su escondrijo y le clavó un cuchillo en la nuca. Según el
cronista Andrés Bernáldez, el rey gritó: «“¡Ó, Santa María, y valme!” E començó de mirar a
todos e dixo: “¡Ó, qué traición! ¡Ó, qué traición!”».
En los primeros momentos se temió una grave conspiración contra los reyes. Isabel se
desmayó cuando le dieron la noticia, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para ordenar
que un barco estuviera listo de inmediato en el puerto para que ella y sus hijos pudieran
escapar si fuera necesario. Resultó que Fernando tuvo muchísima suerte, porque llevaba en
el cuello una cadena de oro, probablemente la del Toisón de Oro, que repelió el cuchillo del
asesino y que al final le salvó la vida al rey. El asesino sobrevivió a los espadazos que
recibió durante el intento de asesinato; sin embargo, a pesar de la tortura a la que fue
sometido, únicamente se obtuvo la confesión de que había actuado solo y por mediación del
diablo: «Temptat del esperit maligne». Resultó ser un campesino de remensa, ya de cierta
edad, llamado Joan de Canyamàs, y sus motivos podrían haber guardado alguna relación tal
vez con las quejas de las clases rurales durante los últimos conflictos civiles. Fue
descuartizado públicamente como castigo ejemplarizante para aquellos que se atrevieran a
atentar contra el rey. Desesperanzada y con una falta de ánimo evidente, Isabel temió por la
posible muerte de su esposo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario