jueves, 1 de abril de 2021

FERNANDO EL CATÓLICO, Henry Kamen

 Uno de los acontecimientos más sorprendentes y llamativos del reinado de Fernando fue

el intento de asesinato que se tramó contra él en Barcelona. A finales del mes de mayo de

1492, los soberanos españoles abandonaron Granada, donde habían permanecido las últimas

semanas después de la rendición de la ciudad. Allí estuvieron ocupados durante los dos

meses siguientes con los asuntos de Castilla, y en la primera semana de agosto se trasladaron

a Aragón, acompañados por la corte, el infante Juan y las infantas. Pasaron dos meses de

descanso y asueto antes de que toda la corte se trasladara a Cataluña, en cuya capital los

monarcas entraron el 24 de octubre de 1492. Entraron en Barcelona, en cualquier caso, sin el

infante Juan. Como heredero de la Corona de Aragón, el príncipe fue honrado con una

entrada triunfal muy especial al día siguiente. Entró bajo palio por la puerta de Sant Antoni,

y el desfile continuó entre los vítores de la multitud mientras sus padres observaban desde

una ventana en el palacio del obispo de Urgell, donde estaban residiendo durante la visita.

Justo un mes después tuvo lugar el incidente. El crimen fue planeado minuciosamente.

Era diciembre de 1492, el séptimo día del mes, Barcelona brillaba bajo el sol del

Mediterráneo. Grupos de personas se congregaban emocionados en la pequeña plaza del Rey

para dar la bienvenida a Fernando de Aragón, que se encontraba en el Palacio de la

Diputació y asistía a una reunión por asuntos judiciales. Al terminar la sesión, los

funcionarios salieron del tribunal y bajaron las escaleras. Cuando Fernando la bajaba con

ellos, el asesino salió veloz de su escondrijo y le clavó un cuchillo en la nuca. Según el

cronista Andrés Bernáldez, el rey gritó: «“¡Ó, Santa María, y valme!” E començó de mirar a

todos e dixo: “¡Ó, qué traición! ¡Ó, qué traición!”».

En los primeros momentos se temió una grave conspiración contra los reyes. Isabel se

desmayó cuando le dieron la noticia, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para ordenar

que un barco estuviera listo de inmediato en el puerto para que ella y sus hijos pudieran

escapar si fuera necesario. Resultó que Fernando tuvo muchísima suerte, porque llevaba en

el cuello una cadena de oro, probablemente la del Toisón de Oro, que repelió el cuchillo del

asesino y que al final le salvó la vida al rey. El asesino sobrevivió a los espadazos que

recibió durante el intento de asesinato; sin embargo, a pesar de la tortura a la que fue

sometido, únicamente se obtuvo la confesión de que había actuado solo y por mediación del

diablo: «Temptat del esperit maligne». Resultó ser un campesino de remensa, ya de cierta

edad, llamado Joan de Canyamàs, y sus motivos podrían haber guardado alguna relación tal

vez con las quejas de las clases rurales durante los últimos conflictos civiles. Fue

descuartizado públicamente como castigo ejemplarizante para aquellos que se atrevieran a

atentar contra el rey. Desesperanzada y con una falta de ánimo evidente, Isabel temió por la

posible muerte de su esposo.



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