El salvaje medieval era el más solitario de los hombres. Y la soledad era
considerada como una situación muy rara y extraña, que inspiraba—
como dice Georges Duby—ya sea una gran admiración o una profunda
sospecha, pues la sociedad feudal estaba formada por grumos sociales
tan compactos que aprisionaban al individuo en una estrecha
convivencia con los demás.43 La soledad podía ser el signo de una
cercanía con el creador supremo, como era el caso de los anacoretas, o
bien de una incapacidad radical para conocer a Dios. Los hombres
agrestes aislados de la sociedad eran vistos como locos sin capacidades
intelectuales, seres solitarios y vacíos desprovistos de alma y de razón.
En el siglo XIV Heinrich van Hesler—uno de los pocos teólogos que
toca directamente el tema—los describe “con forma humana, pero son
tan toscos y han crecido tan salvajes que nunca han escuchado la
palabra de Dios”.44 El hombre solitario suele estar poseído por la locura,
o es un salvaje; la sociedad medieval no admitía fácilmente un espacio
de soledad para el individuo; y cuando lo admitía, como en el caso de los
ermitaños, lo regulaba con severidad. Es posiblemente esta peculiaridad
del hombre salvaje—su soledad—lo que se convertirá en uno de los
resortes para su evolución como un ideal de nobleza y de bondad:
cuando la cultura renacentista e iluminista requirió de una exaltación
del individuo—y de lo privado—es comprensible que haya buscado su
modelo en el prototipo medieval de la soledad.
Para la cultura eclesiástica medieval la soledad se fue convirtiendo
cada vez más claramente en un peligro que debía evitarse. El gran
movimiento de ermitaños de los siglos VI y VII fue detenido
abruptamente por la legislación carolingia, con el objeto de jar con
precisión los linderos de una sociedad ordenada, en la que cada quien
tenía su lugar; después, la regla de Grimlaïc (de principios del siglo IX)
prohibió la práctica del aislamiento monacal, con objeto de eliminar a
los locos y desequilibrados que ingresaban masivamente a las órdenes
religiosas para huir del mundo.45
El melancólico era un ser tan temido como el maniaco que era
poseído por la furia. Husband señala con razón que en la sintomatología
que la tradición medieval asignaba al melancólico y al maniaco
podemos reconocer fácilmente el síndrome del hombre salvaje: el
melancólico era un ser oscuro, peludo, triste, deprimido, silencioso y
solitario; y el maniaco era colérico, agresivo, feroz y ruidoso.
Ciertamente, el homo sylvestris sería hoy diagnosticado como un
maniaco-depresivo.46 ¿Qué vida espiritual puede tener un hombre
irracional? ¿Existe el pensamiento salvaje? Estas preguntas—implícitas
en el mito del hombre silvestre—abrían un angustioso espacio de dudas
y perplejidades. Sólo un antiguo apologista como Arnobio, cuya fe
cristiana no apagó nunca completamente su paganismo, tal vez podría
haber contestado con seguridad estas preguntas: para él, si las plantas y
los animales pudieran hablar proclamarían a Dios como el señor del
universo. Pero desde las perspectivas neoplatónica o tomista el hombre
salvaje era algo así como una desgarradura del orden cósmico, una
ruptura extraña que no tenía explicaciones; en la tradición popular, en
cambio, este mito permitía a los hombres recordar la existencia de esas
maravillas que los teólogos jamás pudieron explicar bien. En el interior
de ese hombre hueco y desalmado habitaban pasiones y miedos,
sentimientos y recuerdos, placeres y dolores. El vacío que debía ocupar
el alma era llenado por tendencias que no tenían cabida en el mundo
hierático y jerarquizado de la cristiandad: la soledad, la libertad, el
placer. Estas tendencias no podían, en la Edad Media, generar una vida
espiritual reconocida y ni siquiera debían tener nombre: no existían
más que como fantasmas en el interior del hombre-bestia, y se
manifestaban bajo la forma del hosco aislamiento, el desenfreno
agresivo y la lascivia perversa. El salvaje era la manifestación de una
paradoja: el individuo sin nombre. Era la pulsión por denir los límites
de una soledad que no debía ser nombrada y que, por ello, no podía
existir. El pensamiento salvaje no podía ser descifrado, pues todavía no
había sido codicado siquiera. Pero su espacio natural ya había sido
acotado.
El mito del salvaje, Roger Bartra
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