lunes, 5 de abril de 2021

La vida espiritual


El salvaje medieval era el más solitario de los hombres. Y la soledad era

considerada como una situación muy rara y extraña, que inspiraba—

como dice Georges Duby—ya sea una gran admiración o una profunda

sospecha, pues la sociedad feudal estaba formada por grumos sociales

tan compactos que aprisionaban al individuo en una estrecha

convivencia con los demás.43 La soledad podía ser el signo de una

cercanía con el creador supremo, como era el caso de los anacoretas, o

bien de una incapacidad radical para conocer a Dios. Los hombres

agrestes aislados de la sociedad eran vistos como locos sin capacidades

intelectuales, seres solitarios y vacíos desprovistos de alma y de razón.

En el siglo XIV Heinrich van Hesler—uno de los pocos teólogos que

toca directamente el tema—los describe “con forma humana, pero son

tan toscos y han crecido tan salvajes que nunca han escuchado la

palabra de Dios”.44 El hombre solitario suele estar poseído por la locura,

o es un salvaje; la sociedad medieval no admitía fácilmente un espacio

de soledad para el individuo; y cuando lo admitía, como en el caso de los

ermitaños, lo regulaba con severidad. Es posiblemente esta peculiaridad

del hombre salvaje—su soledad—lo que se convertirá en uno de los

resortes para su evolución como un ideal de nobleza y de bondad:

cuando la cultura renacentista e iluminista requirió de una exaltación

del individuo—y de lo privado—es comprensible que haya buscado su

modelo en el prototipo medieval de la soledad.

Para la cultura eclesiástica medieval la soledad se fue convirtiendo

cada vez más claramente en un peligro que debía evitarse. El gran

movimiento de ermitaños de los siglos VI y VII fue detenido

abruptamente por la legislación carolingia, con el objeto de 􀅁jar con

precisión los linderos de una sociedad ordenada, en la que cada quien

tenía su lugar; después, la regla de Grimlaïc (de principios del siglo IX)

prohibió la práctica del aislamiento monacal, con objeto de eliminar a

los locos y desequilibrados que ingresaban masivamente a las órdenes

religiosas para huir del mundo.45

El melancólico era un ser tan temido como el maniaco que era

poseído por la furia. Husband señala con razón que en la sintomatología

que la tradición medieval asignaba al melancólico y al maniaco

podemos reconocer fácilmente el síndrome del hombre salvaje: el

melancólico era un ser oscuro, peludo, triste, deprimido, silencioso y

solitario; y el maniaco era colérico, agresivo, feroz y ruidoso.

Ciertamente, el homo sylvestris sería hoy diagnosticado como un

maniaco-depresivo.46 ¿Qué vida espiritual puede tener un hombre

irracional? ¿Existe el pensamiento salvaje? Estas preguntas—implícitas

en el mito del hombre silvestre—abrían un angustioso espacio de dudas

y perplejidades. Sólo un antiguo apologista como Arnobio, cuya fe

cristiana no apagó nunca completamente su paganismo, tal vez podría

haber contestado con seguridad estas preguntas: para él, si las plantas y

los animales pudieran hablar proclamarían a Dios como el señor del

universo. Pero desde las perspectivas neoplatónica o tomista el hombre

salvaje era algo así como una desgarradura del orden cósmico, una

ruptura extraña que no tenía explicaciones; en la tradición popular, en

cambio, este mito permitía a los hombres recordar la existencia de esas

maravillas que los teólogos jamás pudieron explicar bien. En el interior

de ese hombre hueco y desalmado habitaban pasiones y miedos,

sentimientos y recuerdos, placeres y dolores. El vacío que debía ocupar

el alma era llenado por tendencias que no tenían cabida en el mundo

hierático y jerarquizado de la cristiandad: la soledad, la libertad, el

placer. Estas tendencias no podían, en la Edad Media, generar una vida

espiritual reconocida y ni siquiera debían tener nombre: no existían

más que como fantasmas en el interior del hombre-bestia, y se

manifestaban bajo la forma del hosco aislamiento, el desenfreno

agresivo y la lascivia perversa. El salvaje era la manifestación de una

paradoja: el individuo sin nombre. Era la pulsión por de􀅁nir los límites

de una soledad que no debía ser nombrada y que, por ello, no podía

existir. El pensamiento salvaje no podía ser descifrado, pues todavía no

había sido codi􀅁cado siquiera. Pero su espacio natural ya había sido

acotado.

El mito del salvaje, Roger Bartra

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