Lo mismo que muchas otras plazas fuertes que cayeron en las Guerras Púnicas,
Arpi fue tomada mediante la traición y la astucia. En esos mismos años, Aníbal
consiguió algunos éxitos un poco por todas partes, y haciendo uso habitualmente de
los mismos métodos, pero fracasó en sus repetidos intentos por conquistar Nola, que
se encuentra en el límite de la llanura de la Campania. Los romanos eran despiadados
en sus ataques a los aliados que se habían rebelado contra ellos, pero sus
comandantes prestaban suma atención por volverse a ganar la lealtad de los
aristócratas italianos desafectos antes de comprometerse con el enemigo. En Nola,
Marcelo recompensó y no se cansó de elogiar la bravura de Lucio Bantio, que había
sido hecho prisionero en Cannas y liberado como parte del plan de Aníbal para
ganarse a los italianos. Fabio puso también mucha atención para conservar la lealtad
de los aliados que estaban con él, recompensando, por ejemplo, a un soldado de
Marsia, que se creía que estaba planeando desertar, y manifestando públicamente que
las hazañas de ese hombre se habían pasado injustamente por alto con
anterioridad [12].
***
Aníbal estaba particularmente ansioso por hacerse con un puerto. El rechazo romano
a aceptar la derrota después de Cannas y la continuada lealtad mostrada por la
mayoría de sus aliados habían puesto de manifiesto que la guerra no se ganaría
rápidamente. En su lucha por controlar los pueblos y las ciudades fortificadas de la
Italia meridional, Aníbal se encontraba en creciente desventaja a medida que los
romanos iban movilizando más y más soldados. Su principal ejército permaneció
invicto en cualquiera de los encuentros serios que había mantenido, y repetidamente
lo conducía contra las fortalezas leales a Roma, esperando forzar su rendición o
descubrir una manera de conquistarlas. Los ejércitos romanos se mantuvieron en las
zonas más elevadas próximas a los Apeninos, tan lejos como les era posible, y
evitaban las llanuras donde la superioridad de la caballería cartaginesa era
indiscutible. Los comandantes romanos presentaban batalla solamente desde
posiciones defensivas fuertes, que raramente los cartagineses deseaban atacar. En los
terrenos de monte bajo situados alrededor de lugares tales como Benevento o Nola
era difícil librar una batalla decisiva. Las llanuras abiertas no acostumbraban a ser
suficientemente amplias como para desplegar ejércitos numerosos y siempre se
encontraba un terreno más elevado al que el bando derrotado podía retirarse y donde
poder recuperarse. Incluso un general de la genialidad de Aníbal no podía obligar a
un enemigo que se negara a ello a presentar batalla en campo abierto en esa clase de
terreno, y era preciso que su ejército se mantuviera concentrado si quería seguir
constituyendo una amenaza para los romanos. Los movimientos de éstos deberían
estar guiados por una extremada prudencia en cualquier lugar por donde pudiera
hacer acto de presencia el ejército enemigo, pero éste solamente podía estar en un
lugar a la vez, e inevitablemente las fuerzas romanas fueron aumentando por todas
partes su agresividad. Carentes de protección los aliados de aquél, se dedicaban a
atacarlos y a asolar sus campos. Las rápidas e inesperadas marchas de Aníbal en esos
años mostraron toda su conocida genialidad y la continuada eficacia de su ejército,
pero ni siquiera así podía superar por entero la enorme superioridad numérica del
enemigo.
***
Rápidamente se fueron propalando rumores por Cartago, y una multitud nerviosa
rodeó a los embajadores cuando entraron en la ciudad, y esperó en el exterior
mientras informaban al Consejo de los Ciento Cuatro. La exigencia romana se
rechazó de plano inmediatamente. Fueron linchados algunos hombres que habían
estado defendiendo la conciliación con Roma, lo mismo que les sucedió a todos los
comerciantes italianos que, para su desgracia, se encontraban en la ciudad. Los
Ciento Cuatro votaron a favor de declararle la guerra a Roma y comenzaron los
preparativos para conseguir los medios con que llevarla a cabo. Los esclavos fueron
liberados y se les alistó en el ejército, al tiempo que Asdrúbal era indultado y se le
enviaban mensajes suplicándole que viniera en ayuda de sus desagradecidos
conciudadanos. Se le entregó el mando de la propia Cartago a otro Asdrúbal, hijo de
una de las hijas de Masinisa, lo que demuestra una vez más los estrechos vínculos
existentes entre la nobleza cartaginesa y la númida. Por una vez, los ciudadanos
púnicos se lanzaron todos a una y poniendo en ello todo su coraje a contribuir al
esfuerzo de guerra. Se fabricaron armas a toda prisa, las mujeres sacrificaron sus
largos cabellos para convertirlos en las cuerdas necesarias para hacer funcionar las
catapultas
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