miércoles, 7 de abril de 2021

Nueve ensayos sobre el amor y la cortesía en la Edad Media

 Sin embargo, lo importante para nuestro propósito es que, al leer esta obra, se percibe mejor el verdadero papel que desempeñó el amor cortés en la promoción de la condición femenina. Ante todo observemos que Andreas Capellanus, como contrapartida de las proclamaciones misóginas cuyo exceso mismo arroja dudas sobre su plena sinceridad, es uno de los primeros en dar la palabra a las mujeres y en atribuirles, en algunos de los diálogos que inventa, opiniones cuyo peso supera netamente al de los hombres. El tratado revela, por otra parte, el beneficio que pudieron extraer las mujeres de la extensión de tantos usos y prácticas que hacían del asalto sexual algo menos brutal y menos peligroso. La disciplina que la literatura amorosa invitaba a practicar les valió el verse, poco a poco, menos rigurosamente vigiladas por su marido o por su padre. Las reglas del juego imponían el relajamiento de esta tutela y es posible pensar que era en el encuentro a solas entre el amante y la amada, en el seno del espacio de libertad que así se abría en los niveles más altos del edificio social, tan limitado, tan efímero, tan estrechamente controlado como estaba por los hombres, donde el poder femenino comenzó a desbordar los límites del gineceo. Pero hubo más. El progreso general, que alcanzó su mayor intensidad en Francia durante el paso del siglo XII al XIII, liberaba a la persona de las trabas colectivas que la encadenaban. Estoy totalmente de acuerdo con Daniel Rocher (1987) cuando recuerda que los ejercicios del amor cortés liberaron de gran parte de su tosquedad el comportamiento de los varones y la política matrimonial de los linajes. Al escuchar los cantares y los romans, los hombres que se pretendían civilizados tuvieron que reconocer que la mujer no solo era un cuerpo del que apoderarse para gozar un instante o al que fecundar con el fin de que produzca descendientes y prolongue la duración de un linaje. Aprendieron que también importa conquistar su corazón, es decir, asegurarse su buena voluntad y que para ello hay que tomar en cuenta la inteligencia, la sensibilidad y las virtudes singulares del ser femenino. Sin duda, a través del fine amour, la cultura caballeresca afirmaba su autonomía ante la cultura de los sacerdotes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario