La ficción Ficción y naturaleza se reparten a su modo el mundo empirista. Abandonada a sí misma, la mente no se encuentra privada del poder de pasar de una idea a otra, pero da este paso al azar y conforme a un delirici que recorre el universo formando dragones de fuego, caballos alados y gigantes monstruosos. Los principios de la naturaleza humana, al contrario, imponen a este delirio reglas constantes que son las leyes de e so s pasos, tránsitos o inferencias de acuerdo con la propia Naturaleza. Pero, a partir de ahí, se desarrolla una extraña contienda. Los principio s de asociación fijan la mente imponiéndole una naturaleza que disciplina el delirio o las ficciones de la imaginación y, correlativamente, la imaginación utiliza estos principios para introducir .sus ficciones, su s fantasías, para dotarlas de una garantía de la que por sí mismas carecen. En este sentido, es propio de la ficción el fingir las relaciones en cuanto tales, inducir relaciones ficticias y hacernos creer en locuras. Ello se evidencia no solamente en el poder que la fantasía tiene de duplicar toda relación presente mediante relaciones inexistentes, sino sobre todo en el caso de la causalidad, en el cual la fantasía construye cadenas causales ficticias, reglas ilegítimas, simulacros de creencias, ya sea por confusión de lo accidental con lo esencial, ya porque utilice propiedades lingüísticas (que sobrepasan la experiencia) para sustituir las repeticiones de casos semejantes realmente observados por una sim ple repetición verbal que simula su efecto. Este es el motivo de que el mentiroso acabe creyéndose su s mentiras a fuerza de repetirlas; y así proceden también la educación, la superstición, la elocuencia y la poesía. Aquí, la experiencia no se supera en una vía científica que será confirmada por la propia Naturaleza y su correspondiente cálculo, sino en todas las direcciones de un delirio que forma una contra-naturaleza y asegura la fusión indiscriminada. La fantasía se sirve de lo s principios de asociación para torcerlos y conferirles una extensión ilegítima. Hume va a llevar a cabo un segundo gran desplazamiento de la filosofía, que consiste en sustituir el concepto tradicional de error por el de delirio o ilusión , según el cual hay creencias que, m ás que falsas, son ilegítimas, ejercicio ilegítimo de las facultades, funcionamiento ilegítimo de la s relaciones. Incluso en este punto, Kant le debe a Hume algo esencial. Lo que no s amenaza no es el error sino algo peor, la inmersión en el delirio. Y aún es cosa de poca importancia el que las ficciones de la fantasía vuelvan lo s principios de la naturaleza contra sí mismos, mientras lo hagan en condiciones tales que admitan la posibilidad de corrección: así sucede con la causalidad, para la cual un riguroso cálculo de probabilidades puede denunciar las exageraciones delirantes o las relaciones ficticias. Pero la ilusión es especialmente grave cuando forma parte de la misma naturaleza humana, es decir, cuando el ejercicio o la creencia ilegítimos son incorregibles, inseparables de las creencias legítimas, indispensables para su organización. En este caso, el u so fantasioso de lo s principio s de la naturaleza humana llega a ser él mismo un principio. El delirio y la ficción se transfieren a la naturaleza humana. Esto es lo que muestran lo s más difíciles y sutiles análisis de Hume, lo s que conciernen a las ideas de Yo, Mundo y Dios: la posición de una existencia de lo s cuerpos como algo distinto y continuo o la posición de una identidad del yo hacen intervenir toda suerte de funcionamientos ficticios de las relaciones, y especialmente de la causalidad en condiciones tales que ninguna ficción admite ser corregida sino que, al contrario, no s precipita a otras ficciones que también forman parte de la naturaleza humana. En un texto póstumo que es, probablemente, su obra maestra. Hume aplica el mismo método crítico, ya no solamente a la religión revelada, sino a la llamada religión natural y a lo s argumentos teleokágicos en los que se apoya. Hume lleva su sentido del humor hasta u n extremo hasta entonces no alcanzado: hay creencias que, a la vez que forman parte de nuestra naturaleza, son completamente ilegítimas desde el punto de vista de lo s principio s de la naturaleza humana. Sin duda, es ello lo que no s permite comprender la compleja noción de escepticismo moderno, tal y como es elaborada por Hume. A diferencia del escepticismo antiguo, que se basa en la variedad de las apariencias sensible s y en lo s errores de los sentidos, el escepticismo moderno reposa en el estatuto de las relaciones y en su exterioridad. El primer acto del escepticismo moderno consistió en el descubrimiento de la creencia como base del conocimiento, es decir, en la naturalización de la creencia (positivismo). A continuación, el segundo acto consiste en denunciar las creencias ilegítimas como aquellas que no obedecen a las reglas efectivamente productoras de conocimiento (probabilismo, cálculo de probabilidades). Pero, gracias a un último refinamiento, en un tercer acto, la creencia ilegítima en el Yo, en el Mundo y en Dios aparece como horizonte de todas las creencias legítimas posible s o como el grado más bajo de toda creencia. Pues, si todo es creencia, todo es cuestión de grados de creencia, también el delirio del falso conocimiento. El humor, la moderna virtud escéptica de Hume, se opone a la ironía, la antigua virtud dogmática de Sócrates y de Platón.
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