Mucho más célebre que esta explicación política del coro es el pensamiento de A.
W. Schlegel, quien nos recomienda considerar el coro en cierto modo como un compendio y
extracto de la masa de los espectadores, como el «espectador ideal». Confrontada esta
opinión con aquella tradición histórica según la cual la tragedia fue en su origen sólo coro,
muestra ser lo que es, una aseveración tosca, no científica, pero brillante, cuyo brillo procede
tan sólo de la forma concentrada de su expresión, de la predisposición genuinamente
germánica a favor de todo lo adjetivado de «ideal», y de nuestra estupefacción momentánea.
Nosotros nos quedamos estupefactos, en efecto, tan pronto como comparamos el bien
conocido público teatral de hoy con aquel coro, y nos preguntamos si será posible sacar
alguna vez de ese público, a base de idealizarlo, algo análogo al coro trágico. Negamos esto
en silencio, y ahora nos maravillamos tanto de la audacia de la aseveración de Schlegel como
de la naturaleza totalmente distinta del público griego. Nosotros habíamos opinado siempre,
en efecto, que el espectador genuino, cualquiera que sea, tiene que permanecer consciente en
todo momento de que lo que tiene delante de sí es una obra de arte, no una realidad empírica:
mientras que el coro trágico de los griegos está obligado a reconocer en las figuras del
escenario existencias corpóreas. El coro de las oceánides cree ver realmente delante de sí al
titán Prometeo, y se considera a sí mismo tan real como el dios de la escena. ¿Y la especie
más alta y pura de espectador sería la que considerase, lo mismo que las oceánides, que
Prometeo está corporalmente presente y es real? ¿Y el signo distintivo del espectador ideal
sería correr hacia el escenario y liberar al dios de sus tormentos? Nosotros habíamos creído
en un público estético, y al espectador individual lo habíamos considerado tanto más
capacitado cuanto más estuviese en situación de tomar la obra de arte como arte, es decir, de
manera estética; y ahora la expresión de Schlegel nos ha insinuado que el espectador perfecto
e ideal es el que deja que el mundo de la escena actúe sobre él, no de manera estética, sino de
manera corpórea y empírica. ¡Oh, esos griegos!, suspirábamos; ¡nos echan por tierra nuestra
estética! Pero, habituados a ella, repetíamos la sentencia de Schlegel siempre que se hablaba
del coro.
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