Entonces las esposas decidieron ojearla y, una vez atontada, golpearla, pisotearla y torturarla. Unas cincuenta mujeres de todos los poblados del valle subieron y cuando la vieron bella y desnuda bañándose en una fuente buscando, con los ojos entre las rocas y los altos arbustos, a un hombre que no hubiera tenido todavía entre sus brazos, se quedaron petrificadas y se persignaron. Oana avanzó a su encuentro, desnuda como estaba, simplemente con su cabellera muy larga cubriéndole el pecho y les preguntó: «¿Qué quieren señoras?»Una salió del grupo y le dijo: «Venimos para hechizarla, señorita, para que deje a nuestros maridos en paz, pero ahora que la vemos, entendemos que no serviría de nada hechizarla. No es como nosotras, pobres mujeres y simples criaturas de Dios. Usted es de una raza de gigantes. Probablemente desciende de judíos gigantes que atormentaron a Nuestro Señor Jesucristo. Eran lo bastante altos y poderosos como para torturar incluso a él, al Hijo de Dios. Siendo así, ¿para qué ojearla? No daría resultado. Pero le rogamos que deje a nuestros maridos en paz. Los pobres no son para usted. Son bastante buenos para nosotras, mujeres valientes que vivimos en el temor de Dios. Vuelva allá de donde vino, busque un marido de su clase. ¡En el país donde nació, debe haber algún hijo de gigante, un muchacho que se case con usted y con el que se podrá entender bien!...». «Señoras, les contestó Oana, si vine a la montaña fue con un propósito deliberado. Está escrito en mi destino que debo buscar aquí a mi marido, y cómo debo encontrarlo. Descenderá un día a mi encuentro, sobre dos caballos a la vez... Y si el jefe de los pastores no me hubiera sometido con un vergajo en la nuca no hubiera conocido varón todavía, porque de todos los pastores que quisieron someterme ninguno ha logrado echarme por tierra. Pero fue por sorpresa que fui violada. Así que no es mi culpa si ahora quiero seducirlos y conocerlos a todos. ¡No soy de madera, yo tampoco!...». «¡Oye, chica, gritó una de las mujeres, un hombre montado en dos caballos a la vez no existe en todo el país! Si eres de una raza de gigantes sería mejor que buscaras un dragón del cielo. Paséate sobre las colinas, desnuda como estás y verás surgir uno de esos dragones cerca tuyo y harán pareja...» Oana la miró detenidamente y sonrió. «¡Muchas gracias, señora! Sus palabras me servirán de lección.»
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