viernes, 23 de abril de 2021

James Joyce, Introducción crítica

El héroe de Herman Melville (1819-1891) en Moby Dick no está psicoanalizado sino dramatizado. Y, sin embargo, Ahab, solitario y absoluto, observando el mar desde su 60camarote a la puesta del sol, tiene una curiosa semejanza con Esteban, cuando éste persigue el curso de sus ideas paseando por la playa. Los gestos son idénticos y aunque sus palabras difieren, la diferencia es fundamentalmente una cuestión de retórica. Las palabras de Ahab se acomodan al verso trágico inglés: Lo que me atreví, deseo, y lo que deseo lo cumpliré. Me creen loco. Lo cree Starbuck. Pero soy demoniaco. ¡Soy la locura enloquecida! ¡Locura furiosa que se calma para estudiarse mejor! Profetizan que seré descuartizado, y, ay, perdí esta pierna. Yo profetizo ahora que descuartizaré a mi descuartizador. Ahora y entonces y ahora profeta y víctima son uno. ¡Es más de lo que nunca fuisteis, grandes dioses! No es cierto que Joyce, más que cualquier otro artista, ensanche en su obra el dominio de la conciencia. Ulises no revela más acerca del funcionamiento del espíritu que Les Rougon-Macquart sobre las leyes de la herencia. No se favorece a Joyce insistiendo en que su libro es una demostración científica, y no se le perjudica reconociendo que su verdadera originalidad descansa en una sólida tradición literaria. Nos admira tanto con su consumada habilidad que olvidamos al consciente y hábil artífice que hay detrás de ella. Aunque sea más diestro y complicado que los demás escritores, sigue las normas generales de su oficio común. Aunque el Ulises utiliza los recursos del lenguaje al grado de emplear 29 899 palabras distintas, más de la mitad de ellas aparecen sólo una vez y la mayoría de las demás se emplean con fines tan particulares que no hay ocasión de que se repitan. Casi la mitad de las 260 430 palabras del libro pertenecen a un vocabulario básico de casi un centenar de monosílabos, lo cual —como lo han demostrado en su índice el profesor Hanley y sus colaboradores— coincide justamente con las normas del lenguaje corriente. A veces hay una diferencia significativa: la palabra “calle” es mucho más frecuente en el Ulises que en el lenguaje ordinario. Por otra parte “es” y los principales auxiliares verbales son —debido a la sintaxis telegráfica del monólogo interior — relativamente raros en Joyce. Los hábitos de composición de Joyce eran un verdadero trabajo laberíntico, según lo demuestran sus manuscritos y sus correcciones de pruebas. Una comparación de una página cualquiera del original enviado a la imprenta y la versión final del Ulises, muestra que se hicieron en las pruebas 75 correcciones; y aunque las más de ellas fueron simples detalles mecánicos, hay por lo menos 10 de verdadera importancia. Hay pocas tachaduras o supresiones; siempre se trata de añadir, nunca de quitar. A la reflexión se deben algunos de los rasgos más significativos del libro.

Harry Levin

pag 61

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