domingo, 4 de abril de 2021

Cristina Borreguero Beltrán, LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS

 La prematura muerte de Gustavo Adolfo

Fue al finalizar el año 1632, cuando los ejércitos del rey

de Suecia comenzaron a sufrir la derrota. A mediados de

noviembre, los suecos avanzaron hacia Lützen, en Sajonia,

donde el general Wallenstein había establecido sus cuarteles

de invierno para retirar allí sus tropas ante la llegada del

frío. Gustavo Adolfo consideró aquel momento como una

oportunidad para llevar a cabo un ataque sorpresa contra

Wallenstein. Sus movimientos, sin embargo, fueron

rápidamente detectados por el ejército imperial y,

consecuentemente, el ejército sueco fue atraído a la batalla

por un enemigo más potente, bien preparado y con refuerzos

cercanos. El 16 de noviembre, católicos y protestantes

lucharon en una de las batallas más cruciales en la Guerra de

los Treinta Años.

La batalla de Lützen ha dejado una gran huella más por

la muerte de Gustavo Adolfo que por las modernas tácticas

ensayadas por él. Fue lamentable, como señala Guthrie, que

Gustavo Adolfo tomara…

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… el mando de los regimientos de Smaland y Gothland Oriental para

efectuar un ataque improvisado. Cargó tan impetuosamente en la niebla

que sus menos entusiastas jinetes del Smaland quedaron atrás —un acto

inexplicable en un comandante tan experimentado—. Tratando de volver,

se perdió también de su escolta y de su estado mayor, excepto por el duque

Franz Albrecht de Sax-Lauenburg y dos asistentes.

Dándose la vuelta por completo se toparon de bruces con una partida

de infantes Imperiales, probablemente uno de los destacamentos de

mosqueteros. Estos dispararon hiriendo al rey en el brazo —su suerte se

había acabado—. Aturdido, le dijo al duque Franz que lo sacara de allí. Lo

intentó, aunque lo único que se encontraron fue una partida extraviada de

coraceros Imperiales; el rey fue herido en la espalda por uno de los

disparos de pistola. Luego ambos grupos se perdieron de vista en la niebla.

Cuando Gustavo Adolfo cayó de su caballo, Franz fue presa del pánico

y huyó, gritando a todo el que se encontraba que el rey estaba muerto.

Uno de los ayudas de campo permaneció con el rey y trató de subirlo a su

caballo. Otra partida de coraceros los encontró. Gustavo Adolfo fue

disparado en la cabeza y luego apuñalado repetidamente; el cuerpo fue

desvalijado, joyas y ropa, llevándose también la casaca.

El análisis de esta batalla ha puesto de manifiesto que

Gustavo Adolfo atacó con coraje pero temerariamente por

delante de sus hombres. Algunos textos propagandísticos

han señalado que antes de morir fue rodeado por soldados

enemigos, quienes le exigieron su nombre. Se dice que

Gustavo respondió: «Yo soy el rey de Suecia, y hoy sello con

mi sangre las libertades y la religión de la nación alemana».

Herido por arma de fuego en un brazo y la espalda,

inmediatamente fue abatido por una docena de espadas.

El factor climático —la niebla en el campo de batalla— y

el factor humano de aquel acontecimiento han llegado

gracias a numerosas relaciones, cartas y avisos que, con

distintas versiones de aquellos hechos, cruzaron por toda

Europa. Según una de estas relaciones, la muerte de Gustavo

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Adolfo había sido pronosticada por un astrólogo e

interpretada incorrectamente por el propio monarca.

Al principio de los primeros encuentros de uno y otro campo, Inocencio

Bucela, camarada del Piccolomini, conoció en tierra herido y muerto al

Rey de Suecia y habiendo dado cuenta de ello a su coronel, fue con él y

con otras diez personas a ver el cuerpo que aún estaba palpitando; y

mientras trataban de retirarle, sobrevino una tropa enemiga, que les forzó

a retirarse ellos. Esparciose luego la voz de esta muerte, pero suspendiose

su crédito por la relación de algunos prisioneros que decían está herido el

rey, pero que andaba en una carroza cerrada y detrás de su corneta o

estandarte blanco; mas habiendo quedado accidentalmente preso en la

batalla un Astrólogo entretenido de Su Alteza y rescatándose después de

ocho días, trajo la nueva cierta de que el Rey había quedado herido de un

mosquetazo en un brazo y dos pistoletazos en el pecho y de que había

caído muerto en el campo. La muerte del rey ha verificado el pronóstico de

un Astrólogo llamado David Erlisio de Estergard en Pomerania, el cual dijo

los meses pasados que el Rey no había de volver a pasar el Albis (el río

Elba) y él interpretando esto en su favor, creyó que se había de hacer

Señor del Imperio, como entre sus Coligados estaba ya repartido, y dejar

de volver a Suecia, donde no hay otra cosa que montañas asperísimas, mas

Dios que es quien lo dispone todo, ha hecho que se salga vana esta su

esperanza, y dándonos a entender que a él solo está reservada la

disposición de los Imperios.

El narrador, enemigo de las fuerzas antiHabsburgo,

describe despectivamente a Suecia utilizando una versión

negativa de la orografía de aquel país: «Suecia, donde no

hay otra cosa que montañas asperísimas».

Se ha dicho, con cierta razón, que aquel día Europa

perdió uno de sus hombres más valerosos y singulares. La

lucha continuó durante horas. A pesar de los refuerzos

católicos contra las vacilantes tropas suecas, estas se

recuperaron y lograron desbaratar al ejército imperial. Pero

la victoria protestante llevó consigo un alto precio: murieron

15.000 hombres y, entre ellos, lo mejor del ejército sueco.

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Pese a la desaparición de su rey, Suecia pudo mantener

sus tropas en Alemania, gracias a la formación en 1633 de

una liga que incluía a una serie de príncipes protestantes del

centro y el oeste de Alemania. La Liga de Heilbronn se creó

el 19 de marzo bajo la dirección del canciller de Suecia, Axel

Oxenstierna. Su objetivo consistía en establecer una alianza

con todos los príncipes alemanes protestantes para

conseguir que todos ellos volvieran a gozar de la plena

posesión de sus tierras y derechos. Para estos príncipes, el

verdadero enemigo de la libertad alemana era el emperador

y su aliada la Liga Católica. La guerra era inevitable y para

ello la Liga de Heilbronn se propuso levantar un ejército

formado por 44 regimientos de infantería —cada uno de

1.000 hombres—, 216 compañías de caballería y 12

regimientos de infantería para las guarniciones. El coste del

proyecto se estableció en 15 millones de florines al año.

A partir de ese momento, los protestantes recuperaron el

Palatinado y avanzaron hacia Alsacia, bloqueando el camino

español. Con la ocupación de Alsacia, la estrategia de la Liga

de Heilbronn consistió en cercenar las posibilidades de

ayuda entre Madrid y Viena. España respondió con rapidez

enviando desde Flandes un nuevo cuerpo de ejército al

mando de Gonzalo Fernández de Córdoba y desde Italia al

denominado ejército de Alsacia, al frente del cual iba el

duque de Feria. Esta última fuerza, formada en 1633, tenía

como objetivo dejar abierto el camino a la expedición del

cardenal infante don Fernando, que debía llegar a los Países

Bajos con la mayor seguridad y brevedad posible. Pero no

solo los suecos, también los franceses habían ocupado

diversos puntos clave del camino español. Francia

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controlaba zonas y poblaciones tan estratégicas como

Breisgau, pero la ciudad más estratégica era Breisach sobre

el Rin porque suponía el punto de unión entre el Imperio,

Milán y Flandes. A finales de 1633, Feria cruzó los Alpes por

la Valtelina con un contingente de 8.000 hombres y 1.300

jinetes españoles e italianos, a los que se sumó otro

contingente de alemanes reclutado en el Tirol. Aquellas

tropas, que se abrieron paso con dificultad, lograron liberar

la plaza suiza de Constanza, que estaba siendo sometida por

las tropas suecas del general Horn. La ciudad tenía un gran

valor estratégico, bien advertido por el diplomático Saavedra

Fajardo, «como quiera que sea, conviene no dejar perder a

Constanza, llave de Alemania y de Italia». Tras la liberación

de Constanza, Feria tomó Rheinfelden, una de las llamadas

cuatro ciudades del Bosque, situada en el alto Rin, en la

frontera con Suiza. Ante su negativa de rendición, la ciudad

fue tomada al asalto. Gracias a la obra pictórica

propagandística «La expugnación de Rheinfelden» de

Vicente Carducho, se explica que la liberación de la ciudad

no presentó grandes dificultades. Rheinfelden no solo

carecía de un recinto de fortificaciones modernas al estilo de

la traza italiana, sino que mantenía las altas murallas

medievales que fueron fácilmente abatidas y asaltadas por

las tropas del duque de Feria. Con la liberación de Breisach

del asedio francés, se logró reinstaurar el control hispánico

en la zona y afianzarlo con la toma de la ciudad.

Las conquistas de Feria tuvieron un gran eco en España y

en Alemania, pero al final resultaron efímeras y aportaron

poco al mantenimiento del corredor militar español. En

1638, Breisach volvió a caer en manos francesas tras seis

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meses de asedio. Pero las acciones de Feria allanaron de

manera inmediata la llegada de refuerzos del Franco

Condado y ayudaron a los aliados alemanes a restablecer la

situación anterior a la llegada de los suecos.

Aunque Olivares quiso que se considerase aquel año de

1633 como otro annus mirabilis, y así parecía conmemorarse

en la sala de batallas del palacio del Buen Retiro, lo que sí

debía haber rememorado, o al menos evocado, fue la muerte

del duque de Feria en Múnich como consecuencia de una

epidemia de tifus que afectó también a un gran número de

soldados de sus tropas; aquello fue un duro golpe para el

ejército de Alsacia. Otra contrariedad para los Habsburgo

fue la conquista francesa de Nancy y de diversas localidades

importantes de Lorena. En 1629, Gastón de Orleans, el

díscolo hermano pequeño de Luis XIII, se refugió en Lorena,

huyendo de Richelieu y, tres años después, se casó con la

hija del duque lorenés Carlos IV sin pedir permiso al rey de

Francia. Esta fue la excusa perfecta para que Richelieu

lanzara una operación de castigo que llevó a la toma de

Nancy en 1633 y la ocupación del país. El duque de Lorena,

aliado de España, se vio obligado a huir de su propio

territorio. Por si fuera poco, en 1634, los protestantes

invadieron Bohemia, llegando hasta las murallas de Praga, y

tomaron Landshut en Baviera. Las tropas imperiales,

dirigidas por el rey de Hungría y de Bohemia, y futuro

emperador, Fernando III, reconquistaron Ratisbona y

Donauwörth, restableciendo el contacto entre Baviera y los

territorios de los Habsburgo.

Fue ese mismo año de 1634 cuando el propio cardenalinfante

don Fernando, hermano de Felipe IV, partió de Milán

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hacia Bruselas al frente de un poderoso ejército con la

misión de hacerse cargo del gobierno de los Países Bajos. Y,

uniéndose a las tropas de Fernando III comandadas por el

general austriaco Matthias Gallas, acudió al encuentro del

ejército sueco-protestante. El 6 de septiembre se produjo en

Nördlingen un enfrentamiento que parecía iba a ser decisivo

en el curso de la guerra, y lo fue de alguna manera. La

batalla duró dos días. La táctica del cardenal infante fue la

clave del éxito al elegir una posición llave que dominaba el

terreno, desde la cual sus tropas batieron al enemigo hasta

derrotarlo. La fortificación de esta colina se debió a la

ciencia poliorcética del jesuita padre Camasa, profesor de

táctica en los estudios de San Isidoro de Madrid. Los suecos,

debilitados por las rivalidades de sus jefes, perdieron en el

campo 12.000 soldados, 80 cañones, 4.000 bagajes, 300

banderas. El general sueco Horn y otros tres comandantes

cayeron prisioneros.

Durante el combate, las unidades suecas —las mejores y

más modernas unidades militares de la Edad Moderna,

según los principios teóricos de la «Revolución Militar»— se

estrellaron dieciséis veces contra dos tercios —uno español y

otro italiano—, que defendieron como un muro de hierro la

colina fortificada cuya posesión decidió el desenlace de la

lucha. Don Fernando de Austria se reveló como un notable

táctico gracias a su estancia en Milán, donde completó su

formación militar; por ello, se le ha considerado como el

último de los grandes capitanes de la escuela hispanoitaliana

de arte militar.

El milagro de aquella victoria, a finales de 1634,

alcanzada en gran parte por los tercios viejos del cardenal

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infante don Fernando, frente a los veteranos regimientos

suecos, pareció dirimir la guerra hacia una victoria de los

Habsburgo de Madrid y Viena.

Uno de los efectos de la victoria católica fue la desunión

aún más de sus enemigos. El canciller Oxenstierna, que

dirigía la política sueca durante la minoría de edad de la

reina Cristina, abandonó la Liga de Heilbronn, mientras

Hesse-Darmstadt y, sobre todo, Sajonia pactaban con el

emperador. Sin embargo, la victoria de Nördlingen significó

mucho más para la monarquía española, pues fue la causa

directa que llevó al inicio de la guerra abierta entre Francia y

España.

Tras la victoria, el cardenal infante se dirigió a Flandes

para retomar el gobierno que había dejado vacante la

gobernadora Isabel Clara Eugenia tras su muerte en 1633. El

recibimiento del triunfador de Nördlingen fue apoteósico.

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