La prematura muerte de Gustavo Adolfo
Fue al finalizar el año 1632, cuando los ejércitos del rey
de Suecia comenzaron a sufrir la derrota. A mediados de
noviembre, los suecos avanzaron hacia Lützen, en Sajonia,
donde el general Wallenstein había establecido sus cuarteles
de invierno para retirar allí sus tropas ante la llegada del
frío. Gustavo Adolfo consideró aquel momento como una
oportunidad para llevar a cabo un ataque sorpresa contra
Wallenstein. Sus movimientos, sin embargo, fueron
rápidamente detectados por el ejército imperial y,
consecuentemente, el ejército sueco fue atraído a la batalla
por un enemigo más potente, bien preparado y con refuerzos
cercanos. El 16 de noviembre, católicos y protestantes
lucharon en una de las batallas más cruciales en la Guerra de
los Treinta Años.
La batalla de Lützen ha dejado una gran huella más por
la muerte de Gustavo Adolfo que por las modernas tácticas
ensayadas por él. Fue lamentable, como señala Guthrie, que
Gustavo Adolfo tomara…
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… el mando de los regimientos de Smaland y Gothland Oriental para
efectuar un ataque improvisado. Cargó tan impetuosamente en la niebla
que sus menos entusiastas jinetes del Smaland quedaron atrás —un acto
inexplicable en un comandante tan experimentado—. Tratando de volver,
se perdió también de su escolta y de su estado mayor, excepto por el duque
Franz Albrecht de Sax-Lauenburg y dos asistentes.
Dándose la vuelta por completo se toparon de bruces con una partida
de infantes Imperiales, probablemente uno de los destacamentos de
mosqueteros. Estos dispararon hiriendo al rey en el brazo —su suerte se
había acabado—. Aturdido, le dijo al duque Franz que lo sacara de allí. Lo
intentó, aunque lo único que se encontraron fue una partida extraviada de
coraceros Imperiales; el rey fue herido en la espalda por uno de los
disparos de pistola. Luego ambos grupos se perdieron de vista en la niebla.
Cuando Gustavo Adolfo cayó de su caballo, Franz fue presa del pánico
y huyó, gritando a todo el que se encontraba que el rey estaba muerto.
Uno de los ayudas de campo permaneció con el rey y trató de subirlo a su
caballo. Otra partida de coraceros los encontró. Gustavo Adolfo fue
disparado en la cabeza y luego apuñalado repetidamente; el cuerpo fue
desvalijado, joyas y ropa, llevándose también la casaca.
El análisis de esta batalla ha puesto de manifiesto que
Gustavo Adolfo atacó con coraje pero temerariamente por
delante de sus hombres. Algunos textos propagandísticos
han señalado que antes de morir fue rodeado por soldados
enemigos, quienes le exigieron su nombre. Se dice que
Gustavo respondió: «Yo soy el rey de Suecia, y hoy sello con
mi sangre las libertades y la religión de la nación alemana».
Herido por arma de fuego en un brazo y la espalda,
inmediatamente fue abatido por una docena de espadas.
El factor climático —la niebla en el campo de batalla— y
el factor humano de aquel acontecimiento han llegado
gracias a numerosas relaciones, cartas y avisos que, con
distintas versiones de aquellos hechos, cruzaron por toda
Europa. Según una de estas relaciones, la muerte de Gustavo
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Adolfo había sido pronosticada por un astrólogo e
interpretada incorrectamente por el propio monarca.
Al principio de los primeros encuentros de uno y otro campo, Inocencio
Bucela, camarada del Piccolomini, conoció en tierra herido y muerto al
Rey de Suecia y habiendo dado cuenta de ello a su coronel, fue con él y
con otras diez personas a ver el cuerpo que aún estaba palpitando; y
mientras trataban de retirarle, sobrevino una tropa enemiga, que les forzó
a retirarse ellos. Esparciose luego la voz de esta muerte, pero suspendiose
su crédito por la relación de algunos prisioneros que decían está herido el
rey, pero que andaba en una carroza cerrada y detrás de su corneta o
estandarte blanco; mas habiendo quedado accidentalmente preso en la
batalla un Astrólogo entretenido de Su Alteza y rescatándose después de
ocho días, trajo la nueva cierta de que el Rey había quedado herido de un
mosquetazo en un brazo y dos pistoletazos en el pecho y de que había
caído muerto en el campo. La muerte del rey ha verificado el pronóstico de
un Astrólogo llamado David Erlisio de Estergard en Pomerania, el cual dijo
los meses pasados que el Rey no había de volver a pasar el Albis (el río
Elba) y él interpretando esto en su favor, creyó que se había de hacer
Señor del Imperio, como entre sus Coligados estaba ya repartido, y dejar
de volver a Suecia, donde no hay otra cosa que montañas asperísimas, mas
Dios que es quien lo dispone todo, ha hecho que se salga vana esta su
esperanza, y dándonos a entender que a él solo está reservada la
disposición de los Imperios.
El narrador, enemigo de las fuerzas antiHabsburgo,
describe despectivamente a Suecia utilizando una versión
negativa de la orografía de aquel país: «Suecia, donde no
hay otra cosa que montañas asperísimas».
Se ha dicho, con cierta razón, que aquel día Europa
perdió uno de sus hombres más valerosos y singulares. La
lucha continuó durante horas. A pesar de los refuerzos
católicos contra las vacilantes tropas suecas, estas se
recuperaron y lograron desbaratar al ejército imperial. Pero
la victoria protestante llevó consigo un alto precio: murieron
15.000 hombres y, entre ellos, lo mejor del ejército sueco.
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Pese a la desaparición de su rey, Suecia pudo mantener
sus tropas en Alemania, gracias a la formación en 1633 de
una liga que incluía a una serie de príncipes protestantes del
centro y el oeste de Alemania. La Liga de Heilbronn se creó
el 19 de marzo bajo la dirección del canciller de Suecia, Axel
Oxenstierna. Su objetivo consistía en establecer una alianza
con todos los príncipes alemanes protestantes para
conseguir que todos ellos volvieran a gozar de la plena
posesión de sus tierras y derechos. Para estos príncipes, el
verdadero enemigo de la libertad alemana era el emperador
y su aliada la Liga Católica. La guerra era inevitable y para
ello la Liga de Heilbronn se propuso levantar un ejército
formado por 44 regimientos de infantería —cada uno de
1.000 hombres—, 216 compañías de caballería y 12
regimientos de infantería para las guarniciones. El coste del
proyecto se estableció en 15 millones de florines al año.
A partir de ese momento, los protestantes recuperaron el
Palatinado y avanzaron hacia Alsacia, bloqueando el camino
español. Con la ocupación de Alsacia, la estrategia de la Liga
de Heilbronn consistió en cercenar las posibilidades de
ayuda entre Madrid y Viena. España respondió con rapidez
enviando desde Flandes un nuevo cuerpo de ejército al
mando de Gonzalo Fernández de Córdoba y desde Italia al
denominado ejército de Alsacia, al frente del cual iba el
duque de Feria. Esta última fuerza, formada en 1633, tenía
como objetivo dejar abierto el camino a la expedición del
cardenal infante don Fernando, que debía llegar a los Países
Bajos con la mayor seguridad y brevedad posible. Pero no
solo los suecos, también los franceses habían ocupado
diversos puntos clave del camino español. Francia
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controlaba zonas y poblaciones tan estratégicas como
Breisgau, pero la ciudad más estratégica era Breisach sobre
el Rin porque suponía el punto de unión entre el Imperio,
Milán y Flandes. A finales de 1633, Feria cruzó los Alpes por
la Valtelina con un contingente de 8.000 hombres y 1.300
jinetes españoles e italianos, a los que se sumó otro
contingente de alemanes reclutado en el Tirol. Aquellas
tropas, que se abrieron paso con dificultad, lograron liberar
la plaza suiza de Constanza, que estaba siendo sometida por
las tropas suecas del general Horn. La ciudad tenía un gran
valor estratégico, bien advertido por el diplomático Saavedra
Fajardo, «como quiera que sea, conviene no dejar perder a
Constanza, llave de Alemania y de Italia». Tras la liberación
de Constanza, Feria tomó Rheinfelden, una de las llamadas
cuatro ciudades del Bosque, situada en el alto Rin, en la
frontera con Suiza. Ante su negativa de rendición, la ciudad
fue tomada al asalto. Gracias a la obra pictórica
propagandística «La expugnación de Rheinfelden» de
Vicente Carducho, se explica que la liberación de la ciudad
no presentó grandes dificultades. Rheinfelden no solo
carecía de un recinto de fortificaciones modernas al estilo de
la traza italiana, sino que mantenía las altas murallas
medievales que fueron fácilmente abatidas y asaltadas por
las tropas del duque de Feria. Con la liberación de Breisach
del asedio francés, se logró reinstaurar el control hispánico
en la zona y afianzarlo con la toma de la ciudad.
Las conquistas de Feria tuvieron un gran eco en España y
en Alemania, pero al final resultaron efímeras y aportaron
poco al mantenimiento del corredor militar español. En
1638, Breisach volvió a caer en manos francesas tras seis
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meses de asedio. Pero las acciones de Feria allanaron de
manera inmediata la llegada de refuerzos del Franco
Condado y ayudaron a los aliados alemanes a restablecer la
situación anterior a la llegada de los suecos.
Aunque Olivares quiso que se considerase aquel año de
1633 como otro annus mirabilis, y así parecía conmemorarse
en la sala de batallas del palacio del Buen Retiro, lo que sí
debía haber rememorado, o al menos evocado, fue la muerte
del duque de Feria en Múnich como consecuencia de una
epidemia de tifus que afectó también a un gran número de
soldados de sus tropas; aquello fue un duro golpe para el
ejército de Alsacia. Otra contrariedad para los Habsburgo
fue la conquista francesa de Nancy y de diversas localidades
importantes de Lorena. En 1629, Gastón de Orleans, el
díscolo hermano pequeño de Luis XIII, se refugió en Lorena,
huyendo de Richelieu y, tres años después, se casó con la
hija del duque lorenés Carlos IV sin pedir permiso al rey de
Francia. Esta fue la excusa perfecta para que Richelieu
lanzara una operación de castigo que llevó a la toma de
Nancy en 1633 y la ocupación del país. El duque de Lorena,
aliado de España, se vio obligado a huir de su propio
territorio. Por si fuera poco, en 1634, los protestantes
invadieron Bohemia, llegando hasta las murallas de Praga, y
tomaron Landshut en Baviera. Las tropas imperiales,
dirigidas por el rey de Hungría y de Bohemia, y futuro
emperador, Fernando III, reconquistaron Ratisbona y
Donauwörth, restableciendo el contacto entre Baviera y los
territorios de los Habsburgo.
Fue ese mismo año de 1634 cuando el propio cardenalinfante
don Fernando, hermano de Felipe IV, partió de Milán
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hacia Bruselas al frente de un poderoso ejército con la
misión de hacerse cargo del gobierno de los Países Bajos. Y,
uniéndose a las tropas de Fernando III comandadas por el
general austriaco Matthias Gallas, acudió al encuentro del
ejército sueco-protestante. El 6 de septiembre se produjo en
Nördlingen un enfrentamiento que parecía iba a ser decisivo
en el curso de la guerra, y lo fue de alguna manera. La
batalla duró dos días. La táctica del cardenal infante fue la
clave del éxito al elegir una posición llave que dominaba el
terreno, desde la cual sus tropas batieron al enemigo hasta
derrotarlo. La fortificación de esta colina se debió a la
ciencia poliorcética del jesuita padre Camasa, profesor de
táctica en los estudios de San Isidoro de Madrid. Los suecos,
debilitados por las rivalidades de sus jefes, perdieron en el
campo 12.000 soldados, 80 cañones, 4.000 bagajes, 300
banderas. El general sueco Horn y otros tres comandantes
cayeron prisioneros.
Durante el combate, las unidades suecas —las mejores y
más modernas unidades militares de la Edad Moderna,
según los principios teóricos de la «Revolución Militar»— se
estrellaron dieciséis veces contra dos tercios —uno español y
otro italiano—, que defendieron como un muro de hierro la
colina fortificada cuya posesión decidió el desenlace de la
lucha. Don Fernando de Austria se reveló como un notable
táctico gracias a su estancia en Milán, donde completó su
formación militar; por ello, se le ha considerado como el
último de los grandes capitanes de la escuela hispanoitaliana
de arte militar.
El milagro de aquella victoria, a finales de 1634,
alcanzada en gran parte por los tercios viejos del cardenal
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infante don Fernando, frente a los veteranos regimientos
suecos, pareció dirimir la guerra hacia una victoria de los
Habsburgo de Madrid y Viena.
Uno de los efectos de la victoria católica fue la desunión
aún más de sus enemigos. El canciller Oxenstierna, que
dirigía la política sueca durante la minoría de edad de la
reina Cristina, abandonó la Liga de Heilbronn, mientras
Hesse-Darmstadt y, sobre todo, Sajonia pactaban con el
emperador. Sin embargo, la victoria de Nördlingen significó
mucho más para la monarquía española, pues fue la causa
directa que llevó al inicio de la guerra abierta entre Francia y
España.
Tras la victoria, el cardenal infante se dirigió a Flandes
para retomar el gobierno que había dejado vacante la
gobernadora Isabel Clara Eugenia tras su muerte en 1633. El
recibimiento del triunfador de Nördlingen fue apoteósico.
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