jueves, 18 de marzo de 2021

(Muerte en Venecia, de Thomas Mann)

 "Nada resultaba más extraño ni más irritante que las relaciones que se establecen entre hombres que sólo se conocen de vista, que diariamente, a todas horas, se tropiezan, se observan, viéndose obligados, por la etiqueta o por capricho a no saludarse ni cruzar palabra, manteniendo el engaño de una indiferencia perfecta. Se produce entre ellos inquietud e irritada curiosidad. Es la historia de un deseo de conocerse y tratarse insatisfecho, artificiosamente contenido, y, en especial, de una especie de estimación exaltada. Pues el hombre ama y honra al hombre mientras no puede juzgarle. Y el deseo se engendra por el conocimiento defectuoso.

Entre Aschenbach y Tadrio tenía que haber, necesariamente, cierta relación y conocimiento, de tal manera que el hombre maduro pudo observar gozosamente que su simpatía y su atención no dejaban de ser en cierta forma correspondidas. ¿Qué había sido, por ejemplo, lo que movió al muchacho a no entrar por la mañana, al llegar a la playa, por detrás de las casetas, sino a pasar por delante, cerca de donde estaba Aschenbach, y en ocasiones rozando casi su mesa, su silla, para dirigirse a la caseta de los suyos? ¿Es que la fuerza atractiva, la fascinación de un sentimiento superior, obraba sobre su ánimo delicado e irreflexivo? Aschenbach esperaba cotidianamente la aparición de Tadrio; a veces fingía estar ocupado al divisarle y dejaba que pasase ante él, aparentemente inobservado; pero otras, veces levantaba la vista y sus miradas se encontraban. Ambos permanecían en tal caso profundamente serios. En el digno rostro del hombre maduro nada indicaba la conmoción interior; pero en los ojos de Tadrio brillaba una curiosidad, una interrogación pensativa; su paso vacilaba; bajaba la vista, volvía a alzarla graciosamente, y cuando ya estaba lejos, algo en su actitud indicaba que sólo la urbanidad le impedía volverse."
(Muerte en Venecia, de Thomas Mann)

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