jueves, 25 de marzo de 2021

Punto ciego Diego Casas Fernández.

 Mi problema con la escritura es que siento que le debo algo. Supongo que esta sensación de deuda es una de las causas del rechazo hacia la escritura a mano como primer peldaño de una carrera literaria profesional. De hecho, hasta hoy me pregunto por qué desde un principio no me hice de dos cuadernos como José García. O al menos me gustaría saber qué rumbo seguiría mi escritura si en la secundaria hubiese elegido el taller de mecanografía en vez del taller de música. Ahora que lo pienso, creo que hubo dos razones por las que tomé esta última decisión: 1) a esa edad consideraba que era inútil utilizar una máquina de escribir, pues la mayoría nos dábamos abasto con la computadora para hacer tareas, y 2) según yo, a ese taller únicamente podían inscribirse mujeres; ¿qué haría allí, con el tecleo incesante producido por los deditos de uñas mordisqueadas de quinceañeras aspirantes a secretarias? Tal vez coquetear, pero no más. Reconozco que el uso de cuadernos a la José García, al igual que las máquinas de escribir, me resultan todavía utensilios arcanos de un pasado en el que con o sin mí se escribía, y mucho. Aun así, sufro cuando pienso en ello: algo me dice que la “verdadera” literatura es (fue) escrita a mano. Escribir con lápiz y papel, parece, es acceder a un pasado en el que hasta esa forma tan rudimentaria de hacerlo era mejor. Varias veces he sentido que por más que me esfuerce en corregir y borrar, corregir y borrar, comenzar de nuevo sin guardar HIDE AND SEEK 23 ningún cambio, lo único que conseguiré será tanto como una hoja en blanco, pero cuyo silencio no forme parte de metáfora alguna. Desde que comencé a escribir he pensado más en la derrota que en el éxito. No me refiero, desde luego, a los concursos o la fama; sino a no conseguir nada más que llenar páginas, para luego cerrarlas sin guardar los cambios (el eterno cliché de la escritura). Es común que me deshaga de todo lo que hasta ese momento llevaba escrito. Me incomoda hallar errores, me agota corregirlos, pero si no lo hago y días después encuentro uno me siento indefenso, como si alguien fuese a burlarse de mí si lo notara. Por eso prefiero cerrar el documento y comenzar de nuevo en uno limpio. Gracias a esto me he dado cuenta de que me equivoco más de lo que pienso. Yerro porque no pongo la suficiente atención. Necesito una segunda, a veces una tercera oportunidad para no sentirme mal, pues al fallar inmediatamente tiendo a dar explicaciones de por qué no pude hacerlo a la primera. Ensayar me libera de asumirme tal cual soy: un enfermo de perfeccionismo.


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En ocasiones, la incertidumbre da pie a una imaginación desbocada; la ambigüedad es génesis de las más insólitas ficciones. En México, por ejemplo, la duda nos demanda especular, aventurarnos en lo turbio. Al hacerlo damos por sentado que el objeto de nuestro recelo posee más de una interpretación. En otras palabras, el desasosiego por prejuicio es parte fundamental de la creación como hecho ambicioso y osado, pues jamás quedamos satisfechos; además de ser tarima de la representación, hace de la realidad un hecho controvertible. Leemos una ficción y no nos conformamos con una sola lectura: miramos, creando nuevas formas de mirar. Interpretamos. Por ello, mirar en México implica una acción doble: una práctica que involucra por fuerza un lado contrario, un opuesto igual de legítimo que su antípoda. También lo cree Daniel Mundo cuando escribe que no hay nada mejor que detentar un secreto, o presumir de hacerlo, para despertar el misterio. La sospecha provoca estragos hasta en los ánimos más resistentes. Mundo continúa, metafórico no sin cierta razón: en un hecho que da lugar  a múltiples dudas, siempre “se persigue la transparencia”. Que la vista sea tomada como facultad innata, pero más aún como posibilidad total para atisbar los escondrijos por naturaleza ocultos, resulta sugestivo en un país donde la ceguera es una condición compartida en masa. 


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