Desde que el lector toma en sus manos la primera novela de Salvador Elizondo, mucho antes de abrir sus páginas y entregarse a la lectura, hay algo que le salta a la vista y se apodera un momento de su atención: es el título: Farabeuf o la crónica de un instante. En particular el subtítulo. O, para ser más específico, la imposibilidad que revela el subtítulo. ¿Cómo hacer la crónica de un instante, si la crónica es un relato a través del tiempo, y el instante, por definición, es la ausencia de tiempo? (El instante es al tiempo lo que el punto al espacio, diría Bergson1 ). Y es precisamente a esa contradicción en los términos, a esa imposibilidad aparentemente insalvable, a la que habrá de enfrentarse la escritura de esta novela. Para lograr ese objetivo, a todas luces irrealizable, la escritura echa mano de una serie de recursos narrativos que, en conjunto, terminan configurando un discurso ríspido, siempre tenso, dirigido más a la inteligencia que a la sensibilidad del lector y en el que, sobre todo, las coordenadas espacio-temporales acaban reducidas precisamente a ese punto y a ese instante de los que hablábamos hace un momento como la imposibilidad de toda escritura, precisamente porque, hasta el nouveau roman al menos, la escritura de la novela fue, ante todo, el desenvolvimiento de una historia en el espacio y en el tiempo. Sin duda, en Farabeuf se reúnen muchas de las técnicas empleadas por Robbe-Grillet y Nathalie Sarraute en sus novelas, pero me parece que la escritura de Elizondo va más allá de cualquier encasillamiento estético o ideológico a que el lector se pueda sentir por momentos tentado. A algunas de esas técnicas habré de referirme aquí, no sólo para mostrar cómo una escritura puede rebasar su propia imposibilidad, sino sobre todo para evidenciar cómo una escritura logra encarnar, no como imagen sino como escritura misma, la propia escena que la convocó y de la que quiere dar cuenta.
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