En esta unión de nociones lógicamente complejas, está la relación vida-muerte.
Muy a menudo he citado la iluminadora frase de Heráclito, pronunciada seis siglos antes de
nuestra era: “Vivir de muerte, morir de vida”, la cual se hizo inteligible hace poco, cuando
comprendimos que, al degradar su energía, nuestro organismo debía reconstituir moléculas y que,
además, nuestras células se degradaban y que producíamos otras nuevas. Vivimos de la muerte de
nuestras células. Y este proceso de regeneración permanente, casi de rejuvenecimiento permanente,
es el proceso de la vida. Esto permite traer a colación la elocuente expresión de Bichat, que dice:
“La vida es el conjunto de las funciones que luchan contra la muerte, ese complemento extraño que
nos presenta una complejidad lógica: integrar la muerte para dar una mejor pelea a la muerte”. Lo
nuevo que sabemos sobre este proceso es muy interesante: hace muy poco conocimos que las
células que mueren no son sólo las viejas, sino que son células en apariencia sanas que al recibir
diferentes mensajes de las células vecinas, “deciden”, en un momento dado, suicidarse. Y cuando lo
hacen, los fagocitos devoran sus restos. Así, el organismo determina que las células deben morir
antes de llegar a su propia senectud, es decir que la muerte de las células y su liquidación post
mortem están incluidas en la organización viviente.
Existe una especie de fenómeno de autodestrucción, de apóptosis –término que se ha
retomado del mundo vegetal- que consiste en marcar la escisión de los tallos producidos por los
árboles en otoño para que caigan las hojas muertas.
Por un parte, cuando hay insuficiencia de muertes celulares después de diversos accidentes y
perturbaciones, hay cierto número de males mortales a plazos, como la osteoporosis, diversas
esclerosis y ciertos cánceres, en los cuales unas células se niegan a morir, se vuelven inmortales,
forman tumores y se pasean bajo la forma de metástasis (puede parecer que es una rebelión de
células contra su muerte individual, lo que conduce a estas formas de muerte del organismo). Por
otra parte, el exceso de muertes celulares determina el sida, el Parkinson, el mal de Alzheimer.
Veamos hasta qué punto esta relación vida-muerte es compleja: ¡es necesario que mueran
células, pero no demasiadas! Vivimos entre dos tragedias, el exceso o la insuficiencia de
mortalidad. Nos reencontramos con el problema fundamentalmente epistemológico de la
complejidad generalizada.
Inteligencia de la Complejidad
Epistemología y Pragmática.
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