Steele ridiculiza esta moda en la escena segunda del acto cuarto de The Tender Husband (1705), donde el Capitán Clerimont, disfrazado de pintor, dialoga con Biddy Tipkin (la sobrina de Mr. Tipkin):
Sobrina. En un cuadro hay espacio para la fantasía, así que me gustaría
aparecer como la amazona Talestris, sosteniendo una lanza; ante mí habrá una
mesa y sobre ella un yelmo; detrás, a cierta distancia, un enano tendrá la brida de
un palafrén blanco como la leche.
Clerimont. La idea es muy ingeniosa, Señora. Si os parece bien, añadiremos un
Cupido en el acto de robar vuestro yelmo: para mostrar que el amor debería estar
presente en toda acción valerosa.
Sobrina. Ese detalle puede resultar bastante pintoresco.
Clerimont. Aquí, Señora, irá vuestro retrato; aquí el palafrén; aquí el enano: el
enano debe ser muy pequeño, si no no cabría.
Sobrina. Un enano nunca puede ser demasiado pequeño.
Clerimont. Este enano será africano, para poder distinguirlo del otro enano
poderoso (suspiros): Cupido; a este bello niño lo colocaré cerca de vos; parecerá
muy natural: seguro que os confundirá con su madre, Venus.
Sobrina. Esos son detalles que dejo para vuestra propia fantasía.
***
Así, por la influencia decisiva de ciertos pintores, fue cobrando fuerza a lo largo
del siglo XVIII esa tradición icónica secular. A los modernos siempre nos ha
sorprendido la popularidad de que gozaron en ese siglo pintores que más tarde
decayeron en la estimación de los críticos, como Guido Reni, los Carracci y
Guercino (aunque recientemente parece haberse producido una especie de revalorización de sus obras).
Reni fue un gran maestro de la delicadeza y de la gracia,
cualidades que ese siglo valoraba más que cualquier otra. Suele creerse que los
poetas se anticipan a los pintores en el descubrimiento de nuevos reinos de la
imaginación, pero Hagstrum ha mostrado en su libro que James Thomson,
supuesto inventor del paisaje romántico, se limitó a trasladar a la poesía ciertos
temas comunes en los paisajistas del siglo xvil: no sólo en Claude Lorrain [4] y en
Salvator Rosa, sino también en otros maestros que utilizaban el escenario natural
para expresar ideales heroicos, pastorales o religiosos. El hecho de que Thomson
recurriera a personificaciones para crear el punto focal de la escena demuestra que
su verdadera fuente de inspiración no era tanto el paisaje natural como el heroico.
Esas personificaciones constituyen el centro alrededor del cual se organiza la
naturaleza: el poeta las presenta con sus atributos característicos, y los elementos
naturales se ajustan a ellas. Sin lugar a dudas, la descripción que hace Thomson (en
la versión revisada del pasaje sobre la llegada del Verano) del «padre de las
Estaciones», es decir, el Sol, en su «radiante carro» alrededor del cual danzan las
«horas de rosados dedos», está inspirada en el famoso techo donde Reni representa
la Aurora [5].
No hay comentarios:
Publicar un comentario