Otro motivo de preocupación fue su imposibilidad de localizar ciudad alguna que dominara la península. A pesar de que toda la región compartía lenguaje y costumbres, no parecía existir un mo-narca que reinara sobre toda ella. No habían encontrado en el sur o en las costas, la ciudad y el personaje que centralizaran el go-bierno de todo el territorio. Comenzaban a sospechar que en Yuca-tán no tendrían un solo enemigo, un adversario que concentrara la resistencia contra la conquista. La inexistencia de un indivi- duo con tal poder significaba que tendrían que someter a decenas de “caciques” independientes, algunos de los cuales ejercían auto-ridad militar, judicial, económica, tributaria y hasta religiosa sobre extensiones considerables. Pero si en algunas áreas había cierta unidad política, la mayoría de los caciques sólo gobernaba su propio poblado. La dificultad que esto significaba para sus intenciones era enorme, cualquier victoria que obtuvieran sin importar que tan valiosa o costosa pudiera ser no tendría repercusiones más allá del asentamiento vencido o, si acaso, de las fronteras del cuchcabal del que formaba parte. La conquista tendría que convertirse en una serie de campañas para someter a cada una de esas entidades políticas que existían en Yucatán. Tendría que ganarse en todos los confines, habría que llevar la guerra a donde hubiera algún “cacique” que rehusara declararse vasallo del rey por pequeña que fuera el área bajo su dominio. Habría que vencerlos a todos, sin embargo la derrota de cualquiera de ellos no tendría repercusiones en los demás. El entorno natural también se había mostrado como un grave obstáculo para la realización de sus planes. La tierra de Yucatán parecía de una condición extraña. Sin ríos que la cruzaran en la superficie, en la parte norte era posible encontrar enormes “pozos” naturales, los cenotes, que según su primera interpretación provi-dencialista eran una compensación divina por la ausencia de co-rrientes del vital líquido. Pero sus peculiaridades no terminaban ahí, la distribución del agua era tan anormal que incluso los ma-nantiales de agua dulce brotaban en el mar.86 Las costas también tenían condiciones especiales: peligrosas en el oriente donde el li-toral por largos trechos era muy rocoso y resguardado por arreci-fes, o difíciles de aproximar por su poca profundidad en el norte y el poniente. Los barcos no podían acercarse con facilidad a puer-tos que por otra parte no existían. En un territorio sin ríos, sólo tres bahías habían podido descubrir en la costa oriental: las bahías de la Ascensión, Espíritu Santo y Chetumal, las tres de poco prove-cho por su escasa profundidad además de la multitud de arrecifes y pequeñas islas en sus bocas que hacían peligrosas sus entradas. Una expresión muy famosa de fray Diego de Landa describe otra peculiaridad del territorio yucateco, la casi ausencia de suelo: “Yucatán es una tierra la de menos tierra que yo he visto, porque toda ella es una viva laja…”.87 En lo que les parecía otra aberra- ción de la naturaleza toda la comarca estaba cubierta de roca, sólo en pocas partes mostraba una delgada capa de suelo vegetal, pero a pesar de esa carencia las plantas y los árboles crecían sobre las rocas con desmesura. Todo estaba cubierto con una vegetación tan densa que hacía penosa la marcha de contingentes que para ello debían abrir su propio camino. Esa increíble densidad de la vege-tación y el suelo de laja viva significaban considerables dificul-
163tades para el transporte de grupos numerosos y en particular para el desplazamiento de la que consideraban su arma más importan-te: la caballería. Otra dificultad asociada a la vegetación era que el “monte” tan apretado no permitía miradas panorámicas, hacía imposible distinguir cualquier objetivo a distancia, por ello tenía las condiciones ideales para brindar refugio a sus habitantes. Pobla-ciones enteras, sus construcciones y vecinos, podían pasar inadver-tidos para quien no tuviera conocimiento previo de su existencia. Otra condición desventajosa para los extranjeros era la insalu-bridad de Yucatán, enfermedades desconocidas eran capaces de acabar con un ejército. Ellos mismos lo habían sufrido en carne propia durante su estancia en Salamanca Xelhá. Aunque los isleños o quienes tenían alguna experiencia previa con la naturaleza ame-ricana parecían poder acostumbrarse, el “aliento” de la tierra era tan malsano que enfermedades desconocidas ponían en peligro la vida de quienes se aventuraban en ella.Pero si algún conocimiento y experiencia habían adquirido de las campañas anteriores, los españoles debieron reconocer que muy poco habían avanzado en el logro de sus objetivos. Después de cua-tro años de esfuerzo no estaban muy lejos de donde habían comen-zado. Todavía no habían conseguido riqueza ni dominaban alguna de las regiones que habían visitado. En algunos lugares los indios habían “aceptado” las formalidades que les requirieron para sujetar-los, pero los cristianos ni siquiera habían podido establecerse en su territorio. En todo caso en la evaluación contó a su favor que los combates habían sido escasos y que los pobladores de Yucatán se habían mostrado poco dispuestos a presentarles batalla, preferían retirarse a la selva o alentarlos para que siguieran su camino antes
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