viernes, 19 de marzo de 2021

Julián Casanova Europa contra Europa

 La creación de sistemas de partido único, donde ya no cabía la lucha parlamentaria, llevó a la exaltación del líder. En Alemania, el «mito del Führer» configuró la imagen de Hitler como un hombre destinado a superar las debilidades del sistema democrático. Stalin fue festejado por la propaganda de los años treinta como el salvador de la revolución de Lenin. En España, ya en plena guerra civil, obispos, sacerdotes y religiosos comenzaron a tratar a Franco como un enviado de Dios para poner orden en la «ciudad terrenal». Franco manejó magistralmente ese culto a su persona y trató de demostrar, como Hitler también lo había hecho, que él estaba más allá de los conflictos cotidianos y muy alejado de los aspectos más «impopulares» de su dictadura, empezando por el terror. El culto a esos líderes fue aceptado por una parte importante de la población, que veía en ellos seguridad frente al desorden y el acoso del enemigo. Sus «proyectos utópicos fundamentales — construcción del socialismo en un solo país, una Volksgemeinschaft germana o una Italia imperial— proyectaban —como ha observado Mark Mazower— imágenes positivas de una nación nueva e integrada» y tuvieron amplios apoyos populares.



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