En una obra llamada Euboulos esto se describe así: Para los hombres sensibles preparo tres barriles: uno para la salud (el que beben primero), el segundo para el amor y el placer, y el tercero para dormir. Cuando se acaba el tercero, los hombres sensatos van a casa. El cuarto barril ya no es mío, pertenece al mal comportamiento. El quinto es para gritar; el sexto para la mala educación y los insultos; el séptimo para pelear; el octavo para romper muebles; el noveno para la depresión, y el décimo para la locura y la inconsciencia. “Locura” puede parecer una palabra fuerte, pero los griegos realmente creían que beber alcohol en grandes cantidades podía enloquecerte. Y, quizás porque lo creían, eso ocurría. Un historiador llamado Timeo de Tauromenio cuenta esta historia, que parece muy extraña para nosotros, pero claramente era verosímil para los griegos: Hubo en Acragas cierta casa llamada Trireme [un tipo de embarcación] debido a esto: ciertos hombres jóvenes se emborracharon en ella y enloquecieron de tal manera, excitados por el vino, que creyeron que navegaban en una trireme, y que eran arrojados al mar por una violenta tormenta y perdían los sentidos, tanto que lanzaron por la ventana los muebles, sofás, sillas y camas, como si los estuvieran tirando al océano, porque creían que el capitán les había ordenado aligerar la nave. Y aunque una multitud se reunió alrededor de la casa y comenzó a llevarse todo lo que era arrojado, eso no curó a los jóvenes de su delirio. Y al día siguiente, cuando los generales llegaron a la casa, todavía había jóvenes echados, según ellos mareados, y cuando los magistrados los interrogaron, respondieron que habían estado en gran peligro bajo una tormenta y, por eso, se habían visto obligados a aligerar el barco arrojando toda carga superflua al mar. Y mientras los señores se sorprendían ante el desconcierto de estos hombres, uno de ellos, el que parecía ser el más viejo, dijo: “Yo, oh, tritones, me recosté tan abajo y alejado de la vista como pude”. Y los magistrados perdonaron su insensatez y los despidieron, reprendiéndolos y advirtiéndoles que no debían beber tanto en el futuro. Y ellos, profesando estar muy agradecidos, dijeron: “Por haber venido por nosotros a tiempo, si llegamos a puerto después de haber escapado de esa terrible tormenta, erigiremos estatuas suyas como salvadores en nuestro país, en un lugar visible, junto a las de otros dioses del mar”. Y desde entonces la casa fue llamada “Trireme”. No todos los simposios terminaban como este, pero lo claro es que si crees que el alcohol puede volverte loco, entonces lo hará. Si crees que te hará alucinar, alucinarás. Un simposio podía terminar de otras maneras. Podías irte a casa tranquilamente o descubrir que una gran cosa de emborracharte sobre unos sofás es que puedes dormir un poco, a ratos. A veces todo terminaba en un komos en el que todos corrían por la calle gritando y despertando a los vecinos. Jenofonte finaliza su simposio con todos los asistentes yendo a casa de buen ánimo y en carruajes; Platón termina el suyo con todo el mundo borracho, excepto Sócrates, que está completamente sobrio. Es raro, pero todos los historiadores y filósofos parecen coincidir: Sócrates bebía grandes cantidades y jamás se embriagaba. Quizás de verdad tenía un alma tan lógica que la borrachera jamás reveló nada que no fuese su racionalidad, o quizás tenía un hígado increíblemente eficiente. Como sea, parece ser el primero de los muchos hombres que han sido alabados por tener la capacidad de beber sin embriagarse. Pero, bien visto, es una razón un poco extraña para enorgullecerse o estar contento. Imagina a alguien presumiendo de que el LSD nunca le ha hecho alucinar. Te desconcertaría, y le preguntarías educadamente por qué se molesta en tomarlo si no altera su conciencia. Pero el alcohol es distinto y, a través de la historia veremos a personas orgullosas de que la bebida no tenga efecto sobre ellas, que son admiradas por esto y que incluso se jactan de aquello. Los demás decimos que tienen buena cabeza y los respetamos. E s c u c h a m o s s u s a r g u m e n t o s. Y n a d i e n u n c a d i c e: “ E n t o n c e s , ¿ p a r a q u é t e m o l e s t a s e n b e b e r ? ”
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