Todo el que entra en el movimiento filosófico se halla condicionado por aquellos que había antes de él y por aquello que se piensa en torno a él. Siguiendo ve, se opone, enlaza, es una rama de un árbol de crecimiento vivo. Es necesario conocer la dependencia; si él es, es porque antes fueron otros pensadores. Pero esto es lo esencial: todos tienen ante sí el mismo y único mundo, la realidad que aparece en la conciencia. El sol de Homero sigue luciendo. Platón veía la misma realidad que Tales. De aquí se sigue que la unidad de todas las filosofías se funda, en último término, en la identidad del mundo exterior e interior. Esto hace que se consideren siempre las mismas relaciones fundamentales. Permite que el espíritu humano reflexione sobre él, siempre de nuevo pero siempre sobre lo mismo. Platón, Spinoza, Hegel contienen muy grandes diferencias, pero si pudiéramos compararlos con pensadores que tuvieran ante sí una realidad del todo diferente o tan sólo la realidad de otro astro, entonces se nos haría patente el parentesco extraordinario de sus concepciones del mundo. Si queremos conocer, por lo tanto, la ley de la diversidad de los sistemas según su sucesión y coexistencia hay que partir, primeramente, del hecho de que tratan de conocer el mismo mundo. Esto es lo que les une a todos. Hay que partir de lo que les es común; para quien busca la legalidad en esta rama de la historia la cuestión primera es aquello en que tienen que coincidir todos los sistemas. La diversidad de la forma es la segunda cuestión y también debe ser comprendida por la relación del mismo genio filosófico con la misma realidad. Y como el mundo es uno y el mismo ya sea mirado por los filósofos del Vedanta o por Comte, así también la naturaleza del genio filosófico es fundamentalmente la misma en toda la variedad de sus manifestaciones, pues sus rasgos fundamentales se hallan determinados precisamente por la disposición filosófica. ¿Qué es filosofía? Ni por el objeto ni por el método se puede determinar. Los que señalan como su campo especial la investigación epistemológica o la psicológica o la conexión enciclopédica sólo demarcan lo que, en una determinada época y desde un punto determinado, aparece como el objeto que a la filosofía le queda reservado después de tantos procesos de diferenciación. Es lo que se ha salvado todavía de su viejo imperio. Hay que preguntar a la historia qué sea la filosofía. Nos muestra el cambio en el objeto, las diferencias en los métodos; solamente la función de la filosofía en la sociedad humana y su cultura es lo que persiste. El enigma de la existencia nos mira en todas las épocas con el mismo rostro misterioso, percibimos bien sus rasgos pero quisiéramos adivinar el alma que tras ellos se oculta. En este enigma se encuentran siempre radicalmente entrelazados el misterio de qué sea este mundo y la cuestión de qué es lo que yo tengo que hacer en él, para qué estoy en él, cuál ha de ser mi fin. ¿De dónde vengo? ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué será de mí? Ésta es, de todas las cuestiones, la más universal y la que más me importa. La respuesta a esta pregunta le buscan en común el genio poético, el profeta y el pensador. Éste se distingue porque busca la respuesta en un conocimiento universalmente válido. Esta característica enlaza el trabajo filosófico con el del investigador particular. Pero se diferencia de éste porque siempre se halla ante el enigma de la vida, su mirada se dirige siempre a este todo inexplicable y misterioso. Esto será así en toda etapa de la filosofía. El escéptico es científico porque reclama la validez universal del saber, es filosófico porque desespera de la solución de este enigma con los medios de la ciencia de validez universal. El nervio de su sentimiento vital y de su dialéctica radica en esta circunstancia. El positivista es filósofo porque separa las cuestiones que aborda de la conexión de este uno, enigmático, lo grande, lo ignoto, y porque sustituye lo ignoto con una conexión de las ciencias cuyos fundamentos establece con seguridad, los delimita frente a lo oscuro, que se sustrae a toda respuesta, y desarrolla los fundamentos que radican en la naturaleza del conocer y en las antinomias del conocimiento absoluto. De esta tarea radical y permanente de la filosofía derivan otras características esenciales y constantes de la misma. Para poder ver históricamente hay que comprender bien lo que es el espíritu filosófico y no buscar filosofía únicamente en los grandes sistemas sino también en esos casos en que parece desparramarse por los anchos campos de la ciencia, de la literatura o de la especulación teológica. Históricamente, el espíritu filosófico es un poder universal no vinculado con exclusividad a los grandes sistemas filosóficos. Todos los tipos de realidad, de valor o de ideal son “momentos” contenidos en la conciencia filosófica. Lo que dentro de una época o en el corazón de un hombre se presenta desordenado o en pugna debe ser elevado a una conexión unitaria, lo oscuro aclarado, y lo que se ofrece de modo “inmediato”, disperso, debe ser “mediado” y puesto en conexión. Hay que elevar a conciencia toda clase de sentimiento, afán o creencia. Debe producirse una autoconsciencia unitaria del espíritu y de todo su contenido. El espíritu filosófico no abandona ningún afán, ningún sentimiento de valor a su carácter inmediato. No deja ningún saber ni ninguna prescripción en su dispersión. Pregunta por la legitimidad de todo lo que asoma con pretensiones de validez, busca la conexión universalmente válida de toda prescripción y de todo saber. En esta conexión encontramos el punto capital para trabar en relación el conocimiento de lo real con el ideal de la acción. Pues esta relación entre realidad, valor e ideal se halla contenida en el enigma de la vida como tal. De aquí resultan las características del espíritu filosófico, que encuentran su realización en los grandes sistemas filosóficos pero se extienden a partir de ellos por todas partes. Autognosis, percatación es lo primero en él. En Heráclito tropezamos por primera vez con la conciencia de esta propiedad fundamental del genio filosófico. Una mirada circunspecta en torno a lo que nos rodea, sobre lo cotidiano; como lo expresa Platón: una sorpresa, una admiración por lo que al hombre medio no le llama la atención; como señala Spinoza: una meditación sobre las relaciones fundamentales del todo de la realidad, que pueden ser aprehendidas en cada parte de la misma. Esta reflexión del espíritu que eleva la creación del poema, el entusiasmo profético, la técnica del político a una conciencia potenciada, conexa, refleja, se lleva a cabo por primera vez en la escuela socrática. La segunda característica del espíritu filosófico consiste en elevar los conocimientos o las prescripciones dispersas a una conexión que trata de trabar todo lo trabable y no descansa hasta lograr la unidad. Este rasgo filosófico enlaza primeramente todo lo cognoscible en una conexión; sólo poco a poco se van desprendiendo las ciencias particulares; todavía el proceso se halla en marcha: pero en las ciencias persiste como impulso filosófico el afán por su enlace, ese concepto de una enciclopedia de las ciencias filosóficas que es común a Bacon, Hobbes, D’Alembert y Comte. Siempre que un investigador trabaje en su campo con la conciencia de esta conexión se halla presente el espíritu filosófico. Siempre que no se respeten las fronteras de las ciencias especiales y se busque su enlace, siempre que la generalización sobrepase los límites de la especialidad. Por eso el siglo XVIII pobre en grandes sistemas filosóficos, pudo ser, sin embargo, el siglo más filosófico de todos. Una tercera característica resulta del afán por la validez universal dentro de la conexión. Este afán obtiene satisfacción únicamente en la dirección hacia la última legitimación del conocimiento. También es Platón el que ha cobrado plena conciencia de este rasgo fundamental. En el profundo pasaje de la República desarrolla como etapa suprema del conocimiento la captación de los principios por medio de los cuales reciben un fundamento los supuestos de las ciencias particulares, un fundamento más allá del cual no se da ninguna cuestión. Y al empujar así al sistema filosófico a la profundidad de sus raíces, florece éste por arriba en derivación de los valores vitales, de los ideales y de los nexos finales. Ésta es la tercera característica del espíritu filosófico. Se halla presente cuantas veces se abarca en conjunto todo lo accesible para que el sujeto volitivo tenga certeza de sus fines y alcance una resolución y una seguridad en esa pugna de los ideales y de los bienes de la vida que le oprime. Con una energía sin par el espíritu griego ha recorrido en la filosofía esta dirección de potenciación de la existencia moral luego que perdieron su vigencia las respuestas que el mito, los sacerdotes de los misterios y los oráculos daban a la cuestión del valer de la existencia y luego que hubo desaparecido la satisfacción inmediata que la vida encontraba en el estado siguiendo las costumbres y el derecho de los antepasados.
Dilthey
Pag 109-111
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