Pues no es así, amigos míos. Por encima de esta cortesía, que no es más que un talento, concibo yo otra, que casi sería una virtud. Hay almas tímidas, ávidas de aprobación porque desconfían de sí mismas, y que unen a una vaga conciencia de su mérito el deseo y la necesidad de oírlo loado por otro. ¿Será vanidad, será modestia? No lo sé; pero mientras el engreído nos repugna con su pretensión de imponer a los demás la buena opinión que de sí mismo tiene, nos sentimos más bien atraídos hacia aquéllos que esperan con ansiedad, para tener su propio mérito esta misma opinión ventajosa, que nosotros tengamos a bien otorgársela. Una alabanza merecida, una palabra amable. Podrá producir en estas almas el efecto de un rayo de sol cayendo de golpe en un campo desolado; como el sol, les devolverá la vida, e incluso de un modo más eficaz, transformará a veces en frutos flores que sin esto se hubieran marchitado. Al contrario, una alusión involuntaria, una palabra de reproche venida de una persona autorizada, pueden hundirnos en esta tristeza en la que, descontentos con nosotros mismos, desesperando del porvenir, creemos ver cerrarse ante nosotros todos los caminos de la vida. Y así como el cristal infinitamente pequeño, cayendo en una solución sobresaturada, atrae a sí la inmensa multitud de las moléculas sueltas y hace que el líquido transparente se transforme de golpe en masa opaca y sólida, así, con el leve rumor de este reproche recién caído entre ellas, acuden de mil puntos diversos y por todos los caminos que van al fondo del corazón, las timideces aparentemente vencidas, las desilusiones un instante consoladas, todas estas tristezas flotantes que no esperaban sino una ocasión para cristalizar en masa compacta y pesar con todo su peso sobre el alma inerte ya y desanimada. Esta sensibilidad un poco enfermiza es cosa rara, felizmente; pero ¿quién no se ha sentido en ciertos momentos dolorosamente tocado en su amor propio y detenido en el impulso que hubiera podido tomar, mientras que en otros momentos una armonía deliciosa lo penetra, porque una palabra deslizada en su oído, insinuándose en el alma y llegando a los más secretos pliegues ha venido a tocar esta fibra escondida que no puede resonar sin que todas las potencias del ser se muevan con ella y vibren al unísono? ¿No sería ésta, queridos jóvenes alumnos, la más alta cortesía, la cortesía del corazón, aquella que llamábamos una virtud? Es la caridad ejercitándose en la región de nuestros amores propios, allí donde es tan difícil a veces conocer el mal como querer curarlo. Una gran bondad natural forma su fondo; pero esta bondad quedaría tal vez ineficaz si la penetración del espíritu, la finura y un conocimiento profundo del corazón humano nos lleve a una república ideal, verdadera ciudad del espíritu, donde la libertad sería la liberación de las inteligencias, la igualdad un reparto equitativo de la consideración y la fraternidad una simpatía delicada para los sufrimientos de la sensibilidad. Prolongaría la justicia y la caridad más allá del mundo tangible; añadiría a la vida de todos los días, en que unas relaciones útiles se establecen entre los hombres, el atractivo sutil de una obra de arte. La cortesía entendida así reclama el concurso del espíritu y del corazón; es decir que se enseña poco; pero si algo pudiera predisponer a ella, serían los estudios desinteresados, y en particular los que vosotros cursáis aquí, jóvenes alumnos, los estudios clásicos.
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