En cierto modo, podría afirmarse que el punto de vista de Proust, al menos para lo que yo quisiera analizar aquí, se puede sustanciar en esto: la memoria permite recuperar experiencias pasadas y, por esta vía, mantener la unidad del yo. Quizá el fragmento en el que dicho convencimiento aparece con mayor claridad sea en el siguiente, ubicado en las primeras páginas de En busca del tiempo perdido: «Aunque me durmiera en mi cama de costumbre, me bastaba con un sueño profundo que aflojara la tensión de mi espíritu para que este dejara escapar el plano del lugar en donde yo me había dormido, y al despertarme a media noche, como no sabía en dónde me encontraba, en el primer momento tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva, tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y hallábame en la mayor desnudez de todo que el hombre de las cavernas». Por suerte para el autor, enseguida conseguía escapar de tan preocupante situación, precisamente merced a la memoria: «Pero entonces el recuerdo —y todavía no era el recuerdo del lugar en el que me hallaba, sino el de otros sitios en donde yo había vivido y en donde podría estar— descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada, porque yo solo nunca hubiera podido salir; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización, y la imagen borrosamente entrevista de las lámparas de petróleo, de las camisas con cuello vuelto, iba recomponiendo lentamente los rasgos peculiares de mi personalidad» [223] . Conviene advertir que esta función atribuida a la memoria por parte de Proust no es la única que esta puede desarrollar. Más aún: incluso sería un buen tema de discusión el establecimiento de la jerarquía entre las diferentes funciones que le competen. Pero como para entrar en este capítulo haría falta previamente desplegar los criterios con los que valorar la señalada diversidad, bastará por el momento con constatar el carácter polisémico del término memoria y con apuntar que, de entre sus diversas acepciones, probablemente quepa destacar dos: la memoria voluntaria y la memoria involuntaria. Añadamos a continuación que cada una de ellas, a su vez, admitiría en su interior más de un uso. Así, si pensamos en la memoria de carácter involuntario, comprobaremos que los autores que se han referido a ella —denominándola expresamente así o de parecida manera— han destacado rasgos diferentes en cada caso. No les llamaba dicha memoria la atención por idénticas razones a Freud, a Kafka, a Benjamin o… al mismo Proust. Porque mientras en este último los episodios involuntarios (por ejemplo, del duermevela) acaban encontrando de forma inexorable su articulación con los manifiestamente voluntarios (de la vigilia), cosa que queda paradigmáticamente expresado en el celebérrimo pasaje de la magdalena [224] , en otros autores (quizá el caso más flagrante sea el de Freud, aunque también aporta elementos de notable interés Walter Benjamin) la involuntariedad genera un efecto específico, un efecto de ruptura, de sobresalto, que convendrá tener presente en lo sucesivo. Anticipemos el motivo por el que (o la perspectiva desde la que) nos va interesar dicho efecto: porque pone en cuestión un relato fundamental, el relato que nos componemos acerca de nosotros mismos. Pero antes de avanzar en esta dirección permítaseme añadir otro ejemplo de autoridad, ilustrativo de una manera bien distinta a la proustiana de apelar a la memoria. Es la manera que aparece en la obra de W. G. Sebald, Austerlitz, protagonizada por un individuo (Jacques Austerlitz, cuyo nombre da título a la novela) que anda buceando en su pasado, en busca de su origen y de su verdadero nombre. En un momento determinado, visitando la vieja casamata de Breendonk, convertida en sala de tortura por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, el protagonista declara: «Nadie puede explicarme exactamente qué ocurre dentro de nosotros cuando se abren de golpe las puertas tras las que se esconden los terrores de la infancia» [225] . Y a modo de indicación, tentativa y torpe, de qué fondos de su memoria está removiendo lo que le está removiendo su visita a ese lugar, continúa: «Sé que allí, en la casamata de Breendonk, me subió a la nariz un asqueroso olor a jabón verde; que ese olor, en algún lugar demente de mi cabeza, se relacionaba con la palabra würzelburste (cepillo de fregar) que siempre me ha repugnado y que mi padre utilizaba con predilección; que unas estriaciones negras comenzaron a temblar ante mis ojos y que me vi obligado a apoyarme con la frente en el muro inyectado de manchas azuladas, grisáceo y, según me pareció, cubierto de frías gotas de sudor.
Adiós, historia, adiós El abandono del pasado en el mundo actual
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